La máscara de Apolo

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En el siglo IV a.C., Nicérato, el famoso actor trágico, viaja por la Grecia clásica junto con una compañía teatral. Observado por el mismísimo Apolo, se encontrará con muchos hombres de fama, incluyendo a Platón, en medio de acontecimientos que podrían alterar para siempre las estructuras del poder en el mundo antiguo. Así, a través de las peripecias de este actor itinerante se reflejan aspectos notables de la cultura griega de la época, como son su religión, su filosofía o sus artes.

Mary Renault fue el pseudónimo de la escritora inglesa Mary Challans (1905 -1983). Formada en Oxford, ejerció como enfermera durante la II Guerra Mundial. Terminada la contienda y acosada por la intolerancia puritana, se instaló en Sudáfrica, donde inició su carrera literaria en 1956. Viajera incansable, recorrió buena parte del continente africano, casi toda Grecia. Su pasión por la Antigüedad, su erudición y su prodigiosa capacidad fabuladora la llevaron a cultivar la novela histórica, género en el que ha alcanzado las más altas cotas de prestigio y calidad literaria.

ANTICIPO:
Figalea era una de las ciudades en las que los espartanos, después de su victoria sobre Atenas en la Gran Guerra, cedieron el poder a los oligarcas locales para que mantuvieran sujeto al pueblo. Como de costumbre, habían escogido su Consejo de los Diez entre lo peor de los viejos terratenientes, que habían sido exiliados por los demócratas y eran quienes más tenían que ganar sometiéndolos. Estos decarcas se habían cobrado diez veces sus viejas cuentas pendientes; actuando sin freno, se apropiaban de cualquier esposa joven y bonita o de cualquier joven agraciado que les apeteciera, o de las mejores tierras de cultivo. Si alguien se quejaba, los espartanos mandaban sus tropas y, cuando terminaban con el demandante, éste deseaba haberse quedado como estaba antes. Entonces se produjo el levantamiento de Tebas; Pelópidas y los demás patriotas habían demostrado allí al mundo que los espartanos estaban hechos del mismo material que los demás hombres. Y mientras los Hijos de Hércules se rascaban la cabeza y corrían de un lado a otro para ver qué les atacaba, las ciudades sojuzgadas aprovecharon la oportunidad. Los habitantes de Figalea habían actuado con rapidez, pero se habían precipitado al lanzarse todos a la vez sobre el más odiado de los decarcas para despedazarlo, dando ocasión a que los demás escaparan a las montañas con sus partidarios. El Concejo de la ciudad nos había mandado aviso por adelantado y había pedido una obra acorde con la celebración; no importaban los gastos, pues parte del oro de los decarcas se había salvado del saqueo. Lamprías había encontrado la pieza más adecuada en el repertorio, un Cadmo, de Sófocles el Joven, que glorificaba a Tebas. Era una obra nueva, mediocre, que nadie había considerado merecedora de una reposición. Cadmo, castigado por matar al dragón del dios de la Guerra, es rescatado de su esclavitud y hecho rey, se casa con Armonía y se llega así a un final con la comitiva nupcial. Para completar el asunto, Demócares, que sabia retocar las obras con ingenio cuando tenía la cabeza despejada, había incluido algunas profecías a cargo de Apolo, varias de las cuales hacían forzadas referencias a Figalea. El Concejo de la ciudad estuvo encantado y dispusimos de una semana para ensayar con el coro, que era todo lo bueno que podía esperarse cuando se había escogido para formarlo a los hijos de los demócratas prominentes primero y a las mejores voces después.

Yo tenía mis esperanzas puestas en la representación porque me permitía actuar más de lo habitual. Tenía unas breves líneas como extra (uno de los guerreros de Cadmo, nacidos de la tierra) y durante todo el final estaba en escena con la máscara de Apolo, ya que Meidias, que interpretaba el papel, también hacia el de Armoma.

Ésa fue la primera vez que llevé la máscara del dios.

Meidias, que se burlaba de todo nuestro vestuario para demostrar a lo que estaba acostumbrado, despreciaba aquella máscara de Apolo más que ninguna otra cosa. Decía que debía de tener, por lo menos, cincuenta años; y descubrí que en esto llevaba razón. Era pesada, pues estaba tallada en madera de olivo, pero no costaba llevaría porque estaba tan pulida y terminada por dentro como por fuera. Era un trabajo de auténtico artesano; hoy, ya nadie hace las máscaras para que duren.

Recuerdo la primera vez que abrí los cestos en Eleusis y la vi. mirándome. Me dio un susto. Era un rostro, pensé, más propio de un templo que de un escenario. Recuerdo también que me senté sobre los talones, entre el desorden de fardos, mirándola y mirándola. Meidias acertaba, eso había que reconocerlo, al decir que estaba pasada de moda. Ante ella, nadie comentaría, como hacían ante un Apolo moderno: «¡Delicioso! ¡Qué joven tan bello!».

Demócares, a quien pregunté por la máscara, me dijo que se la había dejado a Lamprías un viejo actor, que creía que le daba suerte. Se suponía que la habían confeccionado para la primera reposición de Las Euménides, de Esquilo, donde el dios tiene un papel central. Eso había sido en los grandes tiempos de Alcibíades y Nicias, cuando un patrocinador era un patrocinador, me comentó

Demócares.

La noche anterior a nuestra llegada a Figalea la habíamos pasado en Olimpia. Yo no había estado nunca allí y no me cansé de ver y ver cosas. En realidad, al no ser año de Juegos, el lugar estaba completamente muerto. Pero la juventud es fácil de complacer y salí con Demócares para gozar de las vistas de la ciudad. Como un caballo viejo camino de su establo, sus pasos le llevaron a su taberna favorita junto al río y, al advertir en mi mirada que iba a pedirle que siguiéramos, me dijo con su voz sacerdotal:

-Querido muchacho, me preguntabas por la máscara de Apolo. Bien, ya he recordado de qué taller procede, según me contaron. Acércate al templo de Zeus y lo verás. Déjame pensar…, si, en el frontón oeste.

Asentí, contento de poder callejear más deprisa. Hacía calor en el valle boscoso, pues la primavera llega como el estío en esa región. El lecho de guijarros del río estaba ya casi seco, la tierra estaba caliente bajo los pies y las estatuas pintadas brillaban. Un tierno Hermes, sosteniendo unas uvas frente al dios niño que tenía en brazos, le hacía desear a uno acariciar su carne rosada. Más allá estaban las estatuas de sanción, ofrendadas como multa por los atletas sorprendidos haciendo trampas; unas estatuas vulgares, hechas de cualquier manera. Los dorados de los techos resultaban deslumbrantes; el mármol blanco refulgía. El gran altar de Zeus, sin limpiar desde el sacrificio matinal, estaba lleno de moscas y apestaba, pero siempre hay visitantes en el templo. El pórtico y los peristilos bullían de guías y buhoneros, los mercaderes vendían tablillas de barro pintado con la imagen de Zeus, los curanderos anunciaban sus remedios, los carneros y cabritos a la venta para los sacrificios lanzaban sus balidos; un orador de voz ronca declamaba la Odisea mientras su chico pasaba el platillo. Pasé del cálido sol a las sombras suaves y frescas y, junto al resto de los presentes, contemplé con asombro la gran estatua del interior, toda de oro y marfil sobre un trono mayor que mi alcoba de la casa familiar, hasta que mis ojos, en su recorrido de abajo arriba, llegaron a ese rostro poderoso que anuncia: «Oh, hombre, haz las paces con tu mortalidad, pues también ésta es Dios».

A la salida, tuve que quitarme de encima a un tipejo que debía de creerse capaz de sacarme una cena y casi me olvidé de mirar en la parte del frontón oeste, pero pasó un guía conduciendo, como si fueran ocas, a un grupo de mujeres ricas con sus hijos, nodrizas y grandes sombreros de paja. Vi. que el hombre señalaba algo con la mano y oí un comentario sobre Fidias, el escultor. Mi mirada siguió la dirección que indicaba.

El triángulo del frontón contenía la escena de la batalla entre griegos y centauros. Teseo y Piritoo y sus hombres libraban la batalla para salvar a los niños y a las mujeres: hombres contra semihombres peleando con las manos, con garrotes, a patadas o blandiendo hachas, y en el medio, alto y solitario, con el brazo derecho extendido sobre el tropel de combatientes, estaba el Apolo de la máscara.

Resultaba inconfundible, aunque aquí la boca estaba cerrada y el rostro tenía ojos. Retrocedí unos pasos para verlo mejor, tan absorto que tropecé con una dama, que me regañó. Casi no me enteré. El cuerpo me temblaba de asombro y placer. Aun hoy, en ocasiones, ese escalofrío vuelve a mí cuando estoy en Olimpia.

El dios domina la batalla sin necesidad de actuar, sólo con estar allí. El mundo todavía es joven e inmaduro; únicamente el dios sabe que por él combaten los griegos, pero una cierta luz procedente de su figura brilla en el rostro del joven Teseo. Los griegos deben ganar porque son quienes más se parecen a él; sus ojos proféticos alcanzan muy lejos. No tiene favoritos. Es un dios severo, radiante, gracioso y despiadado. Un acorde perfecto es el amigo suyo cuyas cuerdas están afinadas. ¿Puede compadecerse del tañedor de citara que toca con torpeza?

Hice el camino de vuelta hablando como si fuera él, balbuceando tonterías infantiles con los versos vulgares que cualquier actor puede recordar. No tuve tiempo de terminarlos, pues Demócares ya estaba bastante bebido y era preciso que lo llevara de vuelta mientras aún pudiera sostenerse en pie. Me recibió llamándome su precioso Hilas, lo cual produjo risas y exclamaciones entre los demás bebedores, pero yo ya estaba acostumbrado a esas cosas.

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