La máscara de Dimitrios

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Considerada a menudo la novela fundacional del thriller moderno, La máscara de Dimitrios ha dejado una profunda huella en la obra de escritores como John Le Carré, Frederick Forsyth o Julian Simmons, pero nadie ha logrado dotar a sus novelas de una profundidad tan rica como Eric Ambler.

El hallazgo del cadáver de un hombre llamado Dimitrios da pie a una historia enigmática e inquietante que constituye un impresionante recorrido por lo más turbio de la Europa de entreguerras: la investigación de una vida de la que todo parecía saberse.

En 1944 Jean Negulesco dirigió una versión cinematográfica protagonizada por Peter Lorre.

Eric Ambler (1909-1998) inició su carrera literaria en la década de 1930 y pronto se convirtió en el creador del thriller político moderno. Al margen de su actividad como guionista cinematográfico, destacan en su obra las novelas Fronteras sombrías (1936), Insólito peligro (1937), Epitafio para un espía (1938), Una cierta angustia (1964), La herencia maldita (1953), La conspiración Intercom (1969), El doctor Frigo (1974) y un espléndido volumen de Memorias (1985).

ANTICIPO:
Latimer sintió que se ruborizaba. Su actitud de profesional condescendiente cambió, de pronto, a la de aficionado ridículo. Era algo desconcertante.

-Pues sí -respondió lentamente-. Creo que sí. El coronel Haki frunció los labios.

-Sabe usted, míster Latimer -dijo-, pienso que el asesino de un roman policíer es mucho más simpático que un asesino de verdad. En una novela hay un cadáver, numerosos sospechosos, un detective y la horca. Se trata de algo artístico. El asesino real no forma parte de una ficción artística. Yo, que soy una especie de policía, me atrevo a asegurárselo a usted rotundamente. -Golpeó con el sobre en el escritorio-. Aquí hay un asesino de verdad. Estamos enterados de su existencia desde hace unos veinte años. Éste es el dossier de ese individuo. Sabemos de un asesinato que tal vez haya cometido él. Sin duda tiene que haber otros muchos que desconocemos. Este hombre es un caso típico. Un tipo sucio, vulgar, cobarde, una escoria. Asesinato, espionaje, drogas: ésa es la historia. De la que también forman parte dos casos de asesinato.

-¡Asesinato! Eso implica una cierta dosis de valor, ¿no es verdad?

El coronel dejó escapar una risa desagradable.

-Mi querido amigo, Dimitrios jamás hubiera cometido un vulgar asesinato. ¡No! No pertenece a la clase de individuos que arriesgan su piel por eso. Es…: te tipo permanece entre las sombras. Son los profesionales, los entrepreneurs, los nexos entre los hombres de negocios, los políticos que desean obtener ciertos resultados pero a quienes les dan miedo los medios para logrados, y los fanáticos, los idealistas que están preparados para morir en aras de sus convicciones. En un asesinato o en un intento, lo importante no es saber quién ha disparado, sino quién ha pagado la bala. Las ratas como Dimitrios son las que mejor podrán decide a usted esto. Siempre están dispuestos a hablar para ahorrarse los inconvenientes de una celda. Dimitrios ha sido igual a cualquier otro. ¡Valor! -Haki volvió a reír-. Sólo que Dimitrios debe de haber sido un poco más inteligente que algunos de los de su clase. Esto se lo puedo asegurar a usted. De acuerdo con los datos de que dispongo, ningún gobierno le ha podido echar el guante y en su dossier no hay fotogranas. Pero aquí le conocemos muy bien y también le conocen en Sofía, en Belgrado, en París y en Atenas. Este Dimitrios ha sido un gran viajero.

-Habla usted como si se tratara de un muerto. -Sí, ha muerto. -El coronel Haki esbozó con sus labios un gesto de evidente desprecio-. Un pescador sacó anoche su cadáver del Bósforo. Se cree que ha sido acuchillado y que su cadáver ha sido arrojado desde un barco. Como basura que ha sido, lo han encontrado flotando.

-Al menos -dijo Latimer- ha muerto de manera violenta. Eso parece ser un arreglo de cuentas.

-¡Ah! -exclamó el coronel, mientras se inclinaba hacia delante-. Aquí tenemos al escritor: todo debe ser pulcro, artístico, como en un roman policier. ¡Muy bien! -Acercó el dossier hacia sí y lo abrió-. Escuche, míster Latimer, escuche esto. Después ya me dirá si encuentra algo artístico aquí.

Al instante comenzó a leer:

-«Dimitrios Makropoulos» -Se detuvo, para alzar los ojos-. No hemos logrado averiguar nunca si éste era el apellido de la familia que lo adoptó o si se trataba de un alias. Normalmente todos le llamaban Dimitrios,-Haki le dio la vuelta a otro folio-, «Dimitrios Makropoulos. Nacido en 1881, en Larissa, Grecia. Lo encontraron después de haber sido abandonado por sus padres, a quienes se desconoce. Madre rumana, tal vez. Registrado como súbdito griego y adoptado por una familia griega. Antecedentes criminales en poder de la policía griega. Los detalles no se han podido obtener». -Haki miró a Latimer-. Esto es cuanto se sabe de él, del período anterior a lo que conocemos nosotros de ese individuo. Tuvimos noticias de Dimitrios por primera vez en Izmir en 1922, pocos días después de que nuestras tropas ocuparan la ciudad. Un deunme llamado Sholem fue hallado en su habitación, degollado. Este hombre era prestamista y guardaba su dinero bajo la madera del suelo. Las tablas aparecieron arrancadas y ya no había dinero debajo. En esos días, en Izmir, la violencia era moneda corriente y muy poco caso hacían de ella las autoridades militares. El asesinato podía haber sido cometido por alguno de nuestros soldados. Pero otro judío, amigo de Sholem, llamó la atención de las autoridades militares respecto a la conducta de un negro llamado Dhris Mohammed, que había ido por los cafés de la ciudad gastando dinero y proclamando que había conseguido que un judío le hiciera un préstamo sin cobrarle intereses. Se llevaron a cabo algunas investigaciones y el individuo llamado Dhris fue arrestado. Sus respuestas ante el tribunal militar fueron consideradas como poco satisfactorias y se le condenó a muerte. Entonces el reo hizo una amplia confesión. Dhris era empaquetador de higos y declaró que uno de sus compañeros, un hombre al que llamó Dimitrios, le había hablado del dinero que Sholem escondía bajo las tablas del suelo de su habitación. Ambos habían planeado el robo y una noche fueron al cuarto de Sholem. Fue Dimitrios quien, según declaró el acusado, asesinó al judío. Dhris creía que Dimitrios, por poseer papeles de nacionalidad griega, había escapado después de comprar un pasaje en uno de los barcos para refugiados que partían desde lugares secretos de la costa.

Antes de proseguir con la lectura, el coronel Haki se encogió de hombros.

-Las autoridades no dieron fe a esta declaración. En aquel entonces Turquía estaba en guerra con Grecia y el relato parecía ser uno de esos que un individuo culpable inventa para no ser condenado. No obstante, se ha comprobado que existía un empaquetador de higos llamado Dimitrios, al que sus compañeros habían repudiado y que desapareció. -Haki sonrió-. Muchos griegos llamados Dimitrios desaparecieron en ese tiempo. Cualquiera podía tropezarse con sus cuerpos en las calles flotando en las aguas del puerto. El relato del negro no pudo ser comprobado y se le ahorcó.

El coronel hizo una pausa. En realidad, durante toda esa exposición no había mirado casi los folios del dossier.

-Tiene usted muy buena memoria para los hechos -comentó Latimer.

Haki volvió a sonreír.

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1 Opinión

Escribe un comentario

  • fatigoso
    on

    Al leer a Ambler uno entiende por qué es el antecesor de Le Carré y otros autores contemporáneos. Es un buen narrador, sin ser la acción su pilar fundamental; sus libros son más psicológicos, menos vibrantes que los de autores actuales, y se descubre en ciertos matices la época en que fueron escritos. Recuerda a esas películas de blanco y negro, donde los gestos y las palabras llevan el peso. Especialmente ocurre en éste y Epitafio de un espía, que son de la década de los treinta. Resulta grato leerlo, pero aquél o aquélla que busquen algo trepidante no lo va a hallar en este libro.

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