La máscara del héroe

MascaraHeroeJoseLuisZarate

¿Qué sucedió realmente en el viaje del Démeter, el barco maldito que partió de Transilvania con un monstruo en su bodega de carga?
¿De quién hablamos cuando hablamos del Hombre de Acero? ¿Qué pasaría si no fuera la figura perfecta e intocable de los comics sino alguien más?
 ¿Puede un héroe del pasado mítico –del cine por más señas– entrar en la vida real para combatir a los monstruos de la Gran Oscuridad?
Desde hace más de veinte años, el escritor mexicano José Luis Zárate (Puebla, 1966) ha marcado el camino de la ciencia ficción y la literatura fantástica de su país. Autor de culto, apreciado por lectores de lo más diverso, tres de sus libros centrales se agrupan en este ómnibus y dejan ver claramente varias de sus obsesiones, como la cultura pop, el horror clásico y la forma en la que los mitos, sin importar su origen, pueden adaptarse interminablemente, para refinar sus características más espantosas o para que nos riamos de ellos… o ellos se rían de nosotros.
La ruta del hielo y la sal obtuvo el Premio MECyF 1998 y fue considerado uno de los mejores libros publicados en lengua española en ese año por la crítica mexicana. Del cielo oscuro y del abismo obtuvo el la mencion Premio UPC . Xanto. Novelucha libre fue publicado en 1994 y se convirtió casi de inmediato en un clásico secreto, que aquí se reedita por primera vez.

ANTICIPO:

En la noche: el olor, el peso, el tacto de la sal.
Mucho más presente que las aguas al otro lado de la madera.
¿Quién podría saberlo?
Las noches no están ocupadas en soñar con las sirenas de sexo incierto, sino en la caricia eterna, infatigable de la materia oculta dentro del líquido.
Cuando el sol de mediodía seca las velas del barco, mojadas por la brisa o la tormenta, están cubiertas por ese blanco granulado que existe entre los cabellos de todos, en medio de sus dedos, infiltrándose con la niebla salada del mar nocturno.
No hay sitio a salvo. Descansa en todas las grietas del barco, en las literas de metal, tras las provisiones, en los tesoros que ocultamos de la herrumbre, sonriendo con su presencia.
Y cuando los hombres se desnudan, la encuentran entre sus muslos, protegida entre la pierna y los testículos.
Los marinos son la mujer de Lot.
Seres de sal.
Cuando voy al castillo de proa, lleno del calor absurdo de los cuerpos descansando en medio del bochorno, casi puedo observarla sobre sus pieles indolentes.
¿Quiénes la han probado? ¿Quiénes han saboreado el océano y el cuerpo en ese lugar oculto?
Yo no.
No puedo.
Soy el capitán.
Me es imposible ordenarle a ninguno de mis hombres venir a mi camarote, pedirle que se desnude, ni que acepte, inmóvil que lo lave con la lengua, mordiendo levemente su carne, temblando con el apetito de su piel.
¿Y si no hay sabor?
Eso querría decir que alguien más lo salvó de la sal.
Entonces tendría que pedir cuentas, exigir disciplina: que conserven su sal para mí, su sexo cálido.
Pero no puedo pedir cuentas.
No cuando el tiempo es tan largo, y el viento inmóvil nos obliga a permanecer bajo el sol, midiendo las horas por el sudor lento que perdemos.
A lo lejos es posible ver el horizonte moverse, un espejismo inútil: agua en medio del agua, hirviente.
En esos momentos no es difícil imaginar que ardemos ahí.
¿Cómo negarles nada si las aguas nos niegan todo en ese momento?
¿No es mejor saber que se sació un hambre inmemorial, que se ofreció uno —enteramente libre— a un apetito que nos crea al devorarnos?
Sus cuerpos son suyos.
No míos ni de los posibles amantes.
Suyos el sudor, y a quien se lo brindan.
La sal de la vida…
Es en esos momentos, cuando añoro las rutas heladas. El golfo de Botnia, el Mar Báltico, el Mar del Norte.
Las habitaciones de la tripulación cerradas rigurosamente. Ocultos en mantas y abrigos. Bajo sitio, tratando de impedir la entrada del eterno, indiferente frío. Podemos deslizarnos sobre él, o morir en él, sin que le importe.
Los capitanes atrapados en el súbito hielo, escuchando cómo sus embarcaciones son abiertas por las agujas heladas, al metal ceder, doblarse ante el peso de un millón de filos transparentes, no se les puede convencer que el frío no es un enemigo.
He visto el hielo formarse en el horizonte, las enormes islas sin tierra derivando lejos de nuestra ruta. El invierno, la nieve son ciclos que no tienen que ver con los barcos que cruzan su camino.
Las auroras boreales se encienden y arden aunque nadie las vea.
El hielo es para otros seres, un ciclo y una razón para ojos ajenos a nosotros.
La indiferencia de Dios, murmurada por el mundo.
El frío sólo se tiene a sí mismo, pero el calor exige que participemos en él.
Podemos refugiarnos de la helada, no nos pertenece, cubrirnos de pieles y acercarnos al fuego.
Pero ¿qué hacer cuando el calor viene de nosotros?
En las horas muertas podemos sentir la sangre como un sudor dentro del cuerpo, mar cálido anidado bajo nuestra carne, la piel afiebrada, palpitante.
¿De qué manera abrigarnos de lo que corre dentro de nosotros?
Quien muere congelado se desprende de su cuerpo, lo abandona en medio de un sueño misericordioso.
Quien muere por fuego, es atrapado por su carne hirviente hasta el último instante, grita hasta que la muerte es un bálsamo.
Es el tipo de cosas que se piensan bajo el sol inmóvil, cuando la sombra que brinda la goleta es también una sombra cálida. El vapor sube de las aguas, el bochorno nos persigue.
Entonces, qué maravilloso andar desnudos.
Pero la carne se fragmenta bajo el sol, y aparecen las primeras grietas, las llagas que lame la sal.
Por ello debo prohibirlo, ordenar que se pongan las ropas ácidas, astringentes camisas, los pantalones crepitantes.
Les pido que se encierren con el bochorno bajo las telas.
Ni siquiera dentro del barco puedo disfrutar con la visión de sus cuerpos. Los miro demasiado fijamente y ellos lo interpretan como otra orden y se cuadran a su pesar y se visten a mi pesar.
El sudor (¿podría ser de otro modo?) me hace imaginar músculos firmes, las líneas de las venas.
Me preguntan por qué escojo hombres de determinadas tierras, por qué trabajan conmigo marineros de acentos exóticos.
No puedo decirles que no me interesa de donde vengan, ni su raza, ni las palabras que anidan en sus lenguas.
Busco cuerpos lampiños, músculos por donde pueda correr libremente el sudor, líquido recorriendo, deslizante.
Por ello soy muy estricto con la ropa.
Porque sé que bajo ella casi no hay vello, nada que estorbe a las caricias húmedas, a los dedos dibujando sobre ellos el deseo.
A los ojos que también parecen tocar el camino de la sal.
Por ello abandoné la ruta helada, los mares de hielo, el azul oscuro.
Fue una mala decisión.
Pero lo sabía desde el principio.
El sol seca a los hombres, abrumándolos con su peso. Los hace conscientes de sí mismos, de que nadan en la atmósfera hirviente.
Su carne, podría decirse, a flor de piel. Siempre presente, susurrando sus apetitos.
Pero también una prisión.
Por ello, en los pocos puertos helados que toca nuestra ruta, dejamos una guardia escasa en el Demeter, y buscamos casas de piedra donde pueda respirarse el frío.
Territorio nuestro: límite entre la carne y mundo. Frío afuera, nosotros dentro de nuestra piel.
Y aún ahí, después del sol hirviente, añoramos el fuego.
Buscamos, entonces, el calor de otras pieles y la sal ajena.
Mi tripulación me convida con vino, y cerveza y a veces sacrifican parte de su paga para comprarme mujeres como a ellos les gustan.
Yo escojo las más jóvenes, las de pechos planos, que parecen más niños que hembras. Cuanto más blancas, mejor.
Pero son caras, y yo no me animo a comprarlas por mi mismo.
Horas en las que cierro los ojos e imagino que son otros labios quienes producen las caricias. Les pido que no hablen, que dejen de ser, para que mi fantasía las cubra con otras carnes y pueda tener un orgasmo débil, tembloroso, casi escapando de mí, derramándose como arena.
Las rameras que buscan a las tripulaciones no ignoran que en las horas inmóviles sobre las aguas, cuando no hay más que la certeza de estar en medio de la noche, y la respiración del resto de los marinos, uno buscará, tarde o temprano, el sabor de la sal entre los muslos.
Por ello también venden a sus hijos.
Hijos devastados, como ellas mismas; hermosas sólo para hombres recién desembarcados, con la vista casi quemada por el sol, y nublada por la bebida.
Los marineros compran esos hijos, ¿por qué no? No es ningún secreto.
En las islas se venden más baratos, y no es raro encontrarlos en los puertos de nuestra ruta.
¿No es acaso Grecia famosa por ello?
Pero yo no los compro. Me quedo con mis hombres fingiendo ver mujeres y hablando de anécdotas que a nadie importan.
No puedo comprarlos.
No cuando acompaño a las tripulaciones.
Soy el capitán, y soy el que decide sobre las vidas de mis hombres.
Mis hombres.
En la ruta de la sal es más sencillo el asesinato, la intriga. Los músculos arden y buscan que el ardor tenga un significado: moverse, estrellarse contra algo, actuar.
¿Contra qué? ¿Contra quién en la inmovilidad?
En mi goleta no deben existir favoritismos.
Por ello no escojo a nadie, no comparto las guardias con quienes me agradan, no los dejo andar desnudos.
No me atrevo.
Por eso es tan difícil encontrar tripulaciones: hombres lampiños de países helados.
Prefiero que el calor los amodorre, que sea una pesada manta sobre sus cabezas. No quiero hombres acostumbrados al calor, cuya piel morena sea capaz de enfrentarse al mediodía.
No deseo que se rían de mis órdenes de vestirse.
No podría apartarme de ellos, no podría dejar de buscar el sabor oculto dentro de sus cuerpos.
La sal de su semen.
Las tripulaciones vienen y van. En cada viaje un hombre nuevo, alguien que se marcha.
Hacen bien. No soy un buen capitán. Muchas cosas me distraen.
Están incómodos conmigo y en una goleta no hay espacio suficiente para ocultar el hastío.
En Varna pensé que perdería a toda mi tripulación. Después de servir durante tanto tiempo en las Espóradas del Mar Egeo, y surtir a las islas del Dodecaneso, deberían estar hartos del calor, de mí, del viejo Demeter atracado tantos días inútiles en el puerto de Rodas.
El Mar Negro debió recordarles que eran hombres de tierras frías, conocedores más de puertos como Odesa, Sebastopol, Soch, Batum que de islas con nombres extraños: Schinausa, Nisyros, Lacania, Kalimnos.
Sé (¿cómo no saberlo?) que desean mujeres de piel blanca, con idiomas comunes, con recuerdos de la tierra helada, del crujir del hielo en las tormentas.
¿Qué podrían saber las mujeres de las islas griegas de la gimiente Baba Yaga, en medio del bosque y la nieve, sobre infinitamente delgadas patas de pollo? Nada. Las mujeres oscuras acostumbran sonreír ante esa imagen y son incapaces de proteger a los marinos del miedo que los susurros maternos les han heredado en las infinitas horas del invierno.
Debieron irse a buscar esos cuerpos blancos, los comunes recuerdos del hielo; pero se quedaron, casi todos, conmigo.
Llegamos a Bulgaria y ellos bajaron a tierra y no pidieron algunas monedas extra mientras encontraban otro barco.
Pasan sus horas en las tabernas oscuras, mientras los dueños del Demeter preparan contratos, organizan otro viaje y otra ruta para nosotros.
Cuando sea hora de zarpar regresaran a la goleta como si fuera su casa, lo único suyo en tanta tierra extranjera.
No se quedaron por mí, por amor a este viejo barco.
Simplemente es difícil encontrar otros trabajos. Todos son tan malos como el anterior.
Me hubiera gustado que se fueran.
Con cada marino que viaja conmigo por primera vez existe una posibilidad.
Siempre es necesaria sangre nueva.

Al anochecer, llegó un grupo de szaganys al puerto.
Gitanos de ropas bastas y movimientos lentos, con las manos llenas de grietas y los ojos quemados por el resplandor de la nieve.
Llegaron en medio del fragor de sus monturas, intercambiando insultos en un idioma que sonaba duro aún en medio de los gritos y blasfemias de los hombres del puerto.
No eran nómadas. Sus caballos llevaban atados al cinto únicamente armas: sables, cuchillos, pesados rifles de un sólo disparo. No había mantas, ningún instrumento para preparar la carne de la caza.
Deben volver a algún lado, después de que entreguen el cargamento de los pesados carros que los siguen.
El puerto les desagrada y los atrae de la misma forma. Ven los barcos que se balancean en las fétidas aguas como yo veo a mis tripulaciones.
Son vehículos hacia algún sitio ignoto, desconocido en sus posibilidades y por ello atemorizante y llenos de promesas.
Dejan los caballos cerca (sin vigilancia ¿quién va a atreverse a tomar algo de ellos? ¿quién va a desafiar su acero?), y miran el mar negro del muelle.
En sus ojos: desconfianza a la madera anclada del lugar.
Son gente de tierra, la desafían sobre sus monturas, recorren sus caminos como la piel de sus amantes: pieles ásperas y oscuras como la de ellos mismos.
Una raza viajera, aman las distancias como yo el camino de la sal.
Pero estos se han quedado por razones que no comprendo.
Tratan a la carga con un cuidado que no tiene cabida en su forma de ser, tocan las cajas como si estas pudieran apreciar esa delicadeza que se exigen a sí mismos.
Casi una caricia, con el gesto temeroso de ciegos cerca del fuego.
¿Qué tanto aproximarse sin peligro, que tan cerca antes de que el placer se vuelva feroz ataque de lo cálido?
Un hombre custodia a los que trabajan, no los protege, cada uno, aún en las pesadas labores de la estibación, conserva consigo un sable largo, preparados siempre para la violencia.
El hombre está encargado de mirar a los extraños con ojos torvos, representa un mensaje dado a los que observan:
No se atrevan a llamarnos siervos.
La forma en que aferran la empuñadura de sus espadas da a entender que estos no son simples filos en su mano: son extensiones de su furia. Pueden hendir el aire con ellas del mismo modo con que los marineros aprietan los puños o se lanzan injurias: sin ningún esfuerzo, tan natural y sencillo como respirar.
Han matado.
Han muerto matando.
Sólo basta verlos para saberlo.
Están descargando pesadas cajas en mi barco, lanzándose maldiciones en una lengua antigua que sólo ellos conocen, ajenos y densos como una amenaza.
Y a pesar de ello, son siervos.
Siervos salvajes de algún noble boyardo.
Noble…
Un señor tan salvaje como ellos mismos. Más aún, ya que los ha avasallado.
¿Qué pudo ofrecerles a quienes arrancan de la tierra lo que necesitan? ¿A una raza orgullosa que no teme morir?
Algo más que la muerte.
Posiblemente una muerte diferente. Tal vez los ha seducido ofreciéndoles algo más salvaje que sus propias vidas.
¿En las estepas de Valaquia aún hay invasiones, voedods, señores guerreros incendiando castillos, avanzando con sus hordas por la nieve oscura?
¿Qué tienen que ver estos hombres con el Demeter? ¿Con las ordenes pulcramente firmadas por los armadores de mi barco? ¿Un noble boyardo dueño de un ejército de szaganys, con S. F. Billington, abogado de Inglaterra?
No es mi papel averiguarlo.
Únicamente transportar las cajas que van amontonando en la bodega.
Los veo trabajar, sin decir nada. No comprendo por qué deben descargar la mercancía sólo de noche. Pareceríamos contrabandistas si no es porque la gente de Varna revisa cada caja, busca minuciosamente irregularidades en los papeles. No importa que no haya nada fuera de lugar, lo encontrarán y pedirán el pequeño soborno que consideran merecido por hurgar en la carga, soportar el frío, y ver acercarse la niebla durante la bajamar como si trajera algo en su interior.
Me pregunto cómo les dirán a los zíngaros que deben pagarles por algún detalle insignificante.
¿Se atreverán?
Pero aquello sucede en tierra.
Mientras, yo espero sobre mi barco, silencioso.
Tal vez creo que ellos suponen que mi silencio tiene algún significado.
Tal vez lo tenga.
Me miran, pasan junto a mí, pero no tratan de amenazarme con su presencia.
Saben que soy el noble boyardo de mi barco, el dueño absoluto del territorio que delimitan las maderas de la goleta.
Me respetan por eso.
Dueño de un territorio móvil.
Están dentro de mis fronteras. Les fue ordenado que entraran. No saben donde están mis guerreros, si esperan en algún escondrijo conocido sólo por mi. Esta tierra es mía y míos sus secretos.
Podría ordenar su muerte y ellos no discutirían la justicia de este hecho.
Su mundo no funciona así.
Son gitanos esclavos, aunque no se dijera que lo fuesen. Ofrecieron sus destinos y el de los suyos a un Señor.
Los miro trabajar y me pregunto qué órdenes cumplirían o dejarían de cumplir.
¿Qué tan dueño de sus vidas era su Amo?
¿Si él se los pidiera, matarían a sus hijos… caerían sobre sus espadas, abrirían sus carnes para él?
¿Se quedarían inmóviles si él llegara con un arma, con el sexo listo para penetrarlos?
Me ven mirarlos.
¿Creen que lo mismo puedo hacer con mis marinos? ¿Qué recorro mis tierras sin más freno que mis deseos, y puedo jugar con sus vidas y sus muertes?
¿Que tan esclavos son?
Deben entregar la carga… ¿a qué costo?
Sin saber porqué, sin poderlo evitar me acerco a ellos.
Tengo que tocarlos.
De ser un boyardo, ellos deberían ser instrumentos. Los observo como si fueran cosas.
No lo son. Son carne viva, movimiento, sudor cálido…
Pero sus decisiones ya no son suyas. Títeres de rostros firmes, de cuellos desnudos que se tensan mientras trabajan, que remarcan su piel, que me invita…
Me acerco a uno de ellos y toco su cuello porque no tiene expresión alguna; tosco, fibroso de músculos, tenso, sólo me dice que es fuerte.
Es como tocar madera grasienta, el calor húmedo del trabajo bajo mi palma.
Lo acaricio, dejo que mis dedos recorran con delicadeza esa piel.
Es el momento exacto para que el szagany aparte mi mano de un golpe, para que empuñe su acero y corte mi cuello.
Debería ser el instante en que yo tuviera miedo.
Y lo tengo, de la desesperación con que mi mano toca esa piel, del hambre de mis dedos, de la erección que despierta en mí.
La piel bajo mi palma también se estremece, se tensa y aparta como si yo trasmitiera frío, como si lo hubiera tocado una estatua viva.
El placer y el temor a veces se parecen tanto.
Alza los ojos hacia mí.
Leo en ellos sin comprender.
Avanza, detente.
No se ha apartado, no ha hecho nada ni lo hace mientras me inclino lentamente hacia él.
Un músculo salta en su rostro, sólo uno y se hunde en su carne como si tratara de huir de mí.
Boyardo.
Voivode.
Amo…
Acerco mis labios a su cuello y toco su sal.
La lengua un filo, un dedo corto que hurga en su piel. Áspera, terrosa, astringente. En ese segundo, mía. La abarco con mi boca, lo saboreó íntimamente, me aparto lentamente, dejando que mis labios lo acaricien, un círculo sobre sus músculos, cada vez más pequeño, hasta que me alejo dejando un pequeño rastro de saliva.
Sigo ahí, la saliva insiste en el cuello de ese hombre que sigo ahí.
Pero sólo está mi mano, aferrándolo.
Puedo ver como el zíngaro se apoya en la caja que momentos antes empujara. Le tiemblan las piernas.
No por la humillación. Saben qué hacer con quien los humilla. Su acero ha aprendido a saberlo.
Los demás nos miran y en sus ojos no existe ningún mensaje, nada, como si vieran la nieve cayendo sobre ellos, el alud que no pueden detener y, de alguna manera, es parte de sus vidas: el hecho inamovible.
Injuzgable.
Lo que ha sucedido entre ese zíngaro y yo nos ha unido a sus ojos. Somos parte de un rito del cual ellos no toman parte.
Un rito que yo no comprendo, a pesar de que lo he iniciado.
No puedo entenderlo, tengo en mi lengua el sabor de una piel desconocida, y es amargo y dulce al mismo tiempo. Recorro con la palma lentamente el cuello del hombre como si acariciara el belfo de un caballo. Después me retiro.
El zíngaro musita algo, y continúa su trabajo. Todos ellos. Nadie se aparta de él cuando se acerca.
No lo he manchado con mi caricia, ese hombre ha salido limpio de mis labios.
¿La orden de su Amo puede librarlos de culpas?
¿O lo que pasó es infinitamente menor a lo que esperaban?
¿Habría habido la misma indiferencia si le hubiera cortado el cuello?
Una vez, sólo una vez, se voltean a verme.
El noble boyardo del Demeter.
Quisiera creerlo…

Cuando el viento muerde las velas, y la madera se afianza en el agua, sin ataduras de ningún tipo, libre de las olas que golpean el puerto; en ese momento sé que hemos empezado el viaje.
Marco en la bitácora: seis de julio y esa fecha no dice nada. 12:00 en punto, con un frío viento del este. Sólo datos.
No un cielo gris, no el mar de color acero rodeado de una niebla pertinaz que no debería estar ahí al mediodía. No los gritos de mis marinos mientras trabajan con las velas.
Hechos de tinta, sin significado real.
La tripulación consta de cinco hombres, dos oficiales de cubierta, el cocinero y yo.
Hombres de Rusia, Vojvodina, Eslovenia, Dalmacia, y Rumanía.
Salimos del puerto de Varna, adentrándonos en el mar Negro, en una ruta que nos sacará de Oriente, para atravesar el Mar Egeo, el mediterráneo, recorriendo toda Europa para atracar finalmente en Inglaterra.
La ruta del hielo y la sal.
Los gitanos, sobre sus monturas, vigilaban nuestros movimientos, los de todos aquellos que se quedaban en tierra. En sus manos oscuras las armas desenfundadas, listas ya, como si esperaran que alguien intentara detenernos, preparados para rechazar cualquier ataque, dispuestos a ofrecer su sangre a cambio de nuestra salida.
Una guardia de honor: demasiado para custodiar sólo unas cajas de arcilla y tierra.
¿Qué órdenes recibieron exactamente?
El segundo Oficial, Muresh, oyó decir que los gitanos habían llegado al medio día de ayer a Varna, que se quedaron de pie en la entrada del puerto, bajo el sol, durante horas, indiferentes al lento pasar de hombres y animales que los rozaban incesantemente.
Los hombres de las llanuras, del horizonte helado, odian que carne ajena los toque, y —sin embargo— se mantuvieron ahí esperando la noche para entregar la carga.
¿Por qué?
El hombre que los comandaba me miró a los ojos un segundo antes de zarpar.
El que tocara a uno de los suyos era una afrenta. El que no pudiera tomar venganza un estigma mayor.
Les había llamado esclavos, siervos.
Y mi sangre se les había escapado.
Me vieron con un odio infinito y en él pude ver la tierra libre que habían perdido, las vidas sin sombras que ofrecieron a cambio de algo mucho más valioso que el orgullo que siempre ha sido su único sustento en tanta tierra que nunca fue suya.
El szagany descubrió su cuello con un leve gesto de reto.
Tal vez diciéndome que si su amo no les hubiera dicho que esas cajas debían de zarpar yo estaría muerto por tocar a uno de sus hombres.
O, quizá, el mensaje fuera diferente, posiblemente me dijera que el sabor de sus pieles era derecho de otro.
No de ellos, nunca de ellos.
Pero mientras no lo reclamara quien tuviera dominio de él, les pertenecía por completo.
En cuanto dejamos el puerto y las amarras fueron recogidas, cuando quedo claro que su misión había terminado, el zíngaro gritó algo, una frase.
Su voz llegó a mi desprovista de énfasis. Tal vez un mensaje, una explicación, un insulto, una terrible verdad.
—Denn die Todten reiten schnell
Después espoloneó a los caballos, y él y sus hombres se alejaron al galope.
«Porque los muertos van de prisa»

El mundo se ha reducido al hacerse inmenso.
Hemos dejado atrás la costa, y el horizonte sólo está compuesto por mar y cielo.
Cielo gris sin límites, mar oscuro sin fondo.
Es posible perderse en ellos. Todos lo sabemos. Guardamos, sin saber por qué, el nombre y los datos de tripulaciones que finalmente atracaron en el fondo de las aguas.
Estamos solos con nuestra goleta.
Nos cubrimos del infinito con la madera del barco, con las velas y las cuerdas vibrantes que se aferran al viento. Con nuestros músculos bajo el sol, y las ordenes vociferantes del Primer Oficial.
Revisamos la carga, y apretamos las tensas cuerdas como si pudiéramos afianzar nuestra posición, la certeza que permaneceremos aquí, a pesar de que las proporciones de lo que nos rodea nos remarcan su indiferencia.
Lo recordamos entonces.
Siempre tarde.
El mundo es esto: estos hombres, la cubierta, la bodega, las amuras, las escotillas, los camarotes.
Hemos reducido el universo a lo que se encuentra entre roda y el codaste.
Caer al agua es abandonar el mundo.
Y que el mundo nos abandone también es inimaginable.
Debe permanecer, seguir con nosotros. La goleta está asentada firmemente en la seguridad de que siempre estará aquí; que naufrague, que las aguas penetren a su interior, es tan inconcebible como que el cielo se agriete y la nada entre a borbotones al mundo.
Pero ha pasado.
Barcos convirtiéndose en coral, hombres alimentando peces jamás iluminados por el sol.
Pero no hablo de ello, no lo apunto en la tinta fresca.
La bitácora tampoco es una compañía.
La escribo para los armadores, y los hombres que hereden este barco cuando me retire.
La voz que le ofrezco a la memoria del viaje es diferente, leerla es conocer a otro hombre que también soy yo. Un hombre que sólo habla de hechos, de detalles sin significado alguno.
Al atardecer subo a cubierta, y escucho hablar a los hombres que se quedaron de guardia. No lo hacen porque tengan algo interesante qué decirse, pero el silencio pesa cuando lo sabemos más grande que nosotros.
El Demeter habla, conocemos su idioma, su charla de crujidos, de susurros, su seco lenguaje de madera. Su voz es para nosotros, la convocamos al enfrentarla con el viento, al marcarle una ruta.
Me dice que todo está bien, que dejamos atrás nudos, millas, kilómetros, que avanza hacia las costas de Turquía como si hubiera algo que deseáramos ahí.

La primera noche.
El trabajo realizado ya, un hombre al timón, posiblemente Acketz, rodeado de lámparas encendidas que iluminan esa inmensa oscuridad sobre la que navegamos. La cena dentro de nosotros, aún cálida, con gusto de reciente, el agua sin sabor alguno y el pan fresco.
Nosotros flotando en nuestras camas, sobre la fatiga en la cual podemos hundirnos, aferrados a las mantas para no ahogarnos en sueños.
No hay más sonido que las olas allá afuera, y el chasquido del velamen, el lento gemir de la madera que lucha por mantenerse unida. Más cerca aún, una respiración, la única en este camarote.
Yo.
El frío entra ininterrumpidamente desde la puerta abierta. El lento movimiento de la goleta hace que la puerta se abra y cierre casi sin ningún sonido. Un ojo que parpadea. ¿Qué ve? Un hombre sin poder dormir, un pasillo oscuro.
En otro lugar, un ojo diferente mira a la tripulación, sumergidos en el calor de su fatiga, el aroma de sus cuerpos, una niebla cálida en la cual nadie hurga.
Pongo mi mano sobre mi boca, abro lentamente los labios, humedeciéndola.
Siento la barba que nace, la piel áspera, mi saliva.
Aprieto lentamente mis pómulos.
Si mi mano fuera libre, si no hubiera una voluntad dirigiéndola…
Soy dos pieles: la que recorre y la que espera.
Pero ambas son ninguna, porqué sé quien las maneja.
A veces, casi en el sueño, imagino que alzó mis manos y puedo hundirlas en la noche. Si cierro las palmas casi puedo sentirla deslizarse entre mis dedos como un aceite lento.
No hay forma de apresarla, de arrancar un trozo. No quiero. Sólo sentirla.
Hundo los rasgos en ella: un aliento sin vida al otro lado del rostro, una boca enorme que me absorbe.
Abro los labios, deseando ahogarme en las sensaciones.
La oscuridad es un todo, no partes, ni miembros. Un cuerpo en si, ininterrumpido.
Aparto las sábanas de golpe, impaciente arranco las ropas de mi cuerpo, con ellas se va el calor que he anidado.
Arqueo la espalda sobre mi camastro, puedo sentir la tela basta bajo mi espalda, pero no importa, sólo mi pecho al sumergirse en la noche, el lento líquido deslizándose, un aliento helado recorriendo los músculos, presente en las tetillas.
Hundo mi sexo en esa carne oscura que no se aparta, ni se abre, o palpita en mi entrada, ni me humedece.
Me hundo en la nada, mientras mi propio sexo, al crecer, es quién aparta la piel que lo cubre, como si tuviera voluntad propia, como si una mano invisible retirara suavemente la piel oscura.
La sensación de hielo no es una caricia, es algo que le sucede a otro, que no tiene que ver conmigo. Como no lo tiene el órgano vibrante. Estéril en la nada, abandonado en el silencio.
Nada lo roza, nada lo toca, y aún así crece, aún así puedo sentirlo tenso en su propia piel, como si se preparara a abrirla, a desgarrarse a sí mismo en la espera.
No puedo mantenerme mucho tiempo en esa posición, me dejo caer en la cama, en la realidad.
Me toco, buscando un líquido que no existe, el frío del aceite: pero sólo está mi piel, que sigue siendo ninguna piel, sólo aquello que cubre mi cuerpo. Una sábana viva.
Toco mi sexo.
Tan sensible que me estremezco, los dedos en la base, en la piel arrugada, en el humedecido prepucio que espera en vano. No me acaricio.
¿Para qué?
Me he apartado de las sensaciones, y lo único que sucede son los minutos.
Todas las primeras noches son iguales.

No esta noche.
No cierro los ojos, no dejo que el sueño llegue a mí.
Y sin embargo los parpados se cierran por sí mismos, como si una mano invisible los obligara a ello.
Dormir es abandonarnos a la oscuridad.
A mi alrededor los ruidos comunes, el mar tras la madera, yo. Un barco en la nada.
Siento que algo, alguien, entra al camarote. ¿No es por ello que nunca cierro mi puerta?
Espero.
Yo, convertido en siervo de otra piel que me deje libre de culpas.
No haré nada, no me moveré siquiera hasta que esos otros labios empiecen a tocarme.
Pero no me tocan.
Quisiera abrir los ojos, ver quién está en el quicio de mi puerta.
Debe haber viento allá afuera, siento que una corriente de frío envuelve al visitante.
Casi puedo sentir su silueta helada, esperando.
Pero puede ser un sueño esos pasos deslizantes, el susurro de finas telas a mi alrededor, el leve pero inconfundible olor a tierra, pero también a ropa fresca, que no se ha humedecido un millón de veces.
Los labios tocando mis labios, deslizantes, con esa humedad densa que sólo tiene el semen o la sangre.
Debe ser un sueño, porque esos labios están muertos.
Los isleños de la isla de Tera dicen que los vrykolakas llegan así, con pasos lentos y delicados, furtivos, tratando que las garras de sus pies no raspen la madera, no despierten a quienes acechan con ojos incandescentes.
Cuando están a su lado extienden un brazo increíblemente largo y se apoyan en el techo, en cualquier lugar que soporte su peso, y entonces se aferran a su asidero, penden sobre el durmiente para posarse sobre él con una delicadeza infinita, no deseando despertarlo, que abra los ojos para enfrentarse a su cara negra.
Como una caricia se posan en el pecho, se agazapan encima de él, entierran sus uñas en la carne fresca de su víctima.
Se quedan ahí, robándole el aire, dejando caer inexorable su peso sucesivo, soltándose del asidero para asentarse firmemente en los sueños del que duerme.
Es el momento de robar el alma. Cuando abandonamos al cuerpo para que se las arregle por sí mismo en las horas nocturnas, dejando atrás los apetitos concretos de la carne.
El sueño que producen los vrykolakas es pesado y denso, opresivo.
Quien es víctima de él, sueña en aguas oscuras que lo apartan del mundo, y pesadas sombras que saben demasiado, en los pecados que es imposible perdonarse uno mismo y nos miran con caras negras y ojos incandescentes.
El marino de Tera lo dijo:
«Los vrykolakas son los suicidas, los apóstatas, los excomulgados, quienes tocaron la magia oscura, aquellos que dejaron que un gato pasara sobre su cadáver, los muertos violentamente, los asesinados sin venganza, los concebidos en las Fiestas Mayores, aquellos que han comido carne de ovejas muertas por lobo, quienes vivieron inmoralmente»
Somos todos.
Fui yo.
En las aguas oscuras del sueño me acerqué, como lo hice en la realidad, a un hombre dormido en mi cama.
No lo había invitado a ella, no se recostó en ese lecho tibio por mi, para darme caricias o placer.
Estaba, simplemente, y yo no podía hacer nada por ello. Era un niño.
Casi un niño.
Mi sexo sobresalía de las ropas mientras me acercaba a ese desconocido.
Nos lo presentaron, dijeron que era nuestro primo Mikhail.
Pero era mentira.
Mikhail estaba ahí por motivos que no comprendíamos, su presencia era el pago de alguna secreta deuda. Alguien que ocultábamos sin saber por qué.
¿Quién les explica las cosas a los niños?
Sólo debían aceptarlas. Y mi cuerpo las aceptaba, estuvo de acuerdo en albergar al intruso en la intimidad de las sábanas.
Con un precio…
El sueño alimentándose de los recuerdos, de esa noche en que me acerqué a ese desconocido, a la figura oculta bajo sábanas, castañeteando mis dientes por un deseo combinado a partes iguales con el miedo, con el extraño poder del cual había pasado a ser dueño.
Él necesitaba el refugio.
La sensación de que algo fundamental iba a cambiar desde el instante en que decidí apretar mi cuerpo desnudo contra el intruso.
Acercándome…
No con miedo de despertarlo sino lenta, sinuosamente.
Que me escuchara, que supiera que estaba ahí, que aquilatara el valor de su seguridad.
Una figura bajo sábanas, un joven oculto entra ellas, con ropas ásperas que debería apartar, botones y lazos entre él y mis manos; lana vieja, pieles de animales muertos ocultando su piel viva. Yo mismo oculto en la ropa. Sólo mi sexo era libre como deseaba que nuestros cuerpos lo fueran.
Pero en el sueño pesado del vrykolaka algo había cambiado, las imágenes eran distintas.
Vivía una nueva realidad.
Me acercaba a esa cama y sabía que la forma oculta bajo las sábanas no era la de un hombre.
Había algo erróneo en ella, un detalle que no era natural.
Eso estaba despierto, inquieto, moviéndose como si la sábana fuera la delgada membrana de un huevo roto, una telaraña que ese ser estuviera preparando, parte integral de la cosa que me aguardaba ahí, hambrienta.
Y a la vez que lo sabía, lo ignoraba.
Me dirigí a ello como si todavía fuera Mikhail, y yo ahí, erecto, acercándome.
Toqué la sábana.
Más que tibia febril, palpitante, la empecé a apartar porque no podía dejar de hacerlo.
Una rata.
Lo que estaba ahí era una rata atrapada bajo las ropas de cama, frenética por escapar. Rata de barco, gorda y peligrosa, sin miedo a los marinos y a las varas, enorme como dicen que crecen las de los grandes buques, casi sin patas porque no les son necesarias entre tanto alimento, con dientes enormes y ojos enloquecidos.
Una rata dispuesta a saltar sobre lo que fuera.
Y yo, con el deseo apretando mi pecho, desconociendo el peligro, acercando mi sexo al ser.
Apartando las sábanas de golpe…
Un súbito movimiento hacia mi pene, y antes de despertar, de encontrarme gritando, el dolor inmediato, terrible.
Mire mi entrepierna esperando encontrar sangre, colgantes hileras de carne.
Sólo una mancha blanca, el aroma polvoso de mi semen.
Salir al sol es una necesidad, sin importar que la bruma del amanecer conserve algo de oscuridad y mar en su interior.
Salir al gris desvaneciéndose.
Miro las aguas y no son diferentes a la niebla que me rodea. El amanecer a lo lejos, como si no tuviera nada que ver con nosotros.
Las aguas empiezan a perder consistencia, no son ya sombras líquidas bajo el Demeter sino profundidades, abismo sobre el que navegamos.
Joachim está al timón, vigilante, y Acketz en las amuras revisa algo. Demasiado activos a pesar de que se acerca el cambio de guardia.
Deberían estar casi inmóviles añorando el calor de las frazadas, un trago de ron dentro de ellos, deseando una piel viva y desnuda para librarlos del frío en los huesos, de la humedad que la vigilia ha puesto bajo sus ropas.
Pero trabajan bajo el peso de la mirada vigilante del Primer oficial.
Le temen. Saben que Vlahutza cree firmemente que el dolor es el mejor argumento.
Lo miran de reojo, esperando que también esté cansado, que las horas nocturnas hayan hecho mella en él.
Pero el rumano camina por el puente como si nunca fuera a cansarse.
Parece un capitán, más que yo.
Está bien abrigado, pero sus ropas no se han amontonado sobre su cuerpo: disciplinadas lo cubren, y muestran su aspecto marcialmente. La camisa aferrada a los hombros, marcando los fuertes pectorales, los anchos brazos, el enorme cuello; el pantalón rodeando sus piernas, terminando en el interior de las botas de piel, abrazando las delgadas caderas, señalando apenas el bulto del sexo.
Se ve bien.
No se oculta en su abrigo, lo lleva con él, es un instrumento para defenderse del clima, como instrumentos son también su sangre caliente, su fuerza, los duros músculos que se tensan.
Su ropa no es un montón de pieles sobre un cuerpo cualquiera. Repito, no es yo.
Al verme me saluda con un gesto corto. No es que desee saludarme, es que soy el capitán y es su deber.
Cree en la cadena de mando, en que hay una lógica en las asignaciones.
Los capitanes acostumbran decir en las tabernas que «En el barco, después de mí, sólo está Dios. Pero mientras Dios no se acerque yo soy el que manda».
Cree en los signos de los uniformes que casi nunca usamos.
Soy el capitán de la goleta y después de mí sólo está Dios, pero antes del Capitán está él.
Sólo le faltan dos escaños para ser Dios.
Miro su rostro. Fuerte y firme. El frío le ha puesto la piel roja, bajo su barba es posible adivinar una cara aún fresca. No es más que el cuarto día de navegación, y el Demeter se desliza sin problemas por las aguas.
Me gusta su rostro, las mandíbulas firmes, ese músculo que se marca en sus mejillas cuando algo lo molesta.
Es piedra, roca. Lo sé.
Quisiera penetrar esa dureza, entrar en su cálido interior, eyacular dentro de él buscando diluir la arena que lo compone.
No ignoro que puede matarme si lo intento.
En el barco que es su cuerpo, después de él ni siquiera está Dios.
No sé si disfruta de las mujeres que compra. Lo he visto apartarlas de la taberna casi con indiferencia.
La cadena de mando, las insignias: él tiene el dinero que ellas desean, ellas tienen el sexo que él ocupará. Ofrece al mismo tiempo las monedas de cobre y su semen.
Las caricias que hace frente a los otros marineros no son para excitarlo o para complacerlas a ellas: es una manera de decirnos que el trato está hecho.
Besos pesados, lenguas abriendo labios sin que sea divertido para ninguno de los dos. Forcejeos pesados para palpar su mercancía.
—Capitán —dice cuando subo al puente.
—Vlahutza.
Me mira atentamente, tal vez preguntándose si había despertado gritando de otra pesadilla, como la primera noche.
Con un gesto, afirmé que no, pero grité. No sé si en la vigilia o en el sueño. Mi garganta está seca y me arde, pero ello no demuestra nada. El miedo desparrama sal en los pulmones, seca la boca, amarga la saliva.
Miro la cubierta como cerciorándome del orden de todo, que él ha hecho bien su trabajo nocturno.
Casi despreciativo. No tiene caso demostrarle que el mismo temor que infunde a los marinos, lo sufre su capitán.

Recorro la goleta acariciando su madera, con miedo a que se convierta en polvo entre mis dedos, el tocar la frágil membrana de un sueño, rompiéndola y descubrir que me encuentro despierto entre las aguas y el Demeter no es más que la hermosa fantasía de un hombre que se ahoga.
No hay más que el áspero susurro de mis dedos recorriendo las vetas, los huecos, las marcas en la carne del barco.
¿Estás bien?
Pero uno no puede preguntarle eso a las cosas inanimadas, a los cadáveres sobre los que recorremos el mundo.
Uno debe revisar cada cuerda, tocar las velas, escuchar el ritmo preciso de la embarcación. Certificar que en la obra muerta no esté penetrando el mar oscuro, que no haya más vía de agua que nuestra ansiedad.
Miro el cielo sobre nuestras cabezas, buscando.
La sensación de que algo está mal, de que hay algo errado en nuestro barco, que las cosas no son como deberían ser.
Pero nunca lo son.
Y en el cielo no hay nada. Ni siquiera los strigoi bajando en busca de carne viva. Los demoníacos pájaros de la noche, me dijo una vez Vlahutza, burlándose de ello. De su padre que se untaba ajo en la carne para ahuyentarlos, para que esa inimaginable oscuridad en forma de ave no se lo llevara.
«No tienen cuerpo, le dijo, no deberían poder aferrar nada, son noche, simplemente, agujeros en la realidad, y no desean más que un poco de sangre, y los que sobreviven a ellos conservan heridas negras que, dicen, sólo trasmiten frío»
«Únicamente aparecen después del atardecer, en el océano de la oscuridad, una oscuridad que avanza con hambre…, que busca carne humana, y la puesta del sol puede verse como una inundación de esas aves»
La noche, un sólo strigoi devorando al mundo.
A veces me pregunto si un miedo concreto es mejor, si ese gajo de noche bajando por nosotros sea preferible a la nada royendo nuestros nervios.
A la extraña sensación de que uno ha dejado una puerta abierta, en algún lado, y que esta es una invitación a lo que se encuentra fuera, acechándonos.
Recuerdo la nieve sucesiva del invierno, crujiendo sobre los tejados prometiendo siempre, hablándole al niño que era entonces de un cielo enorme desmoronándose sobre nuestra casa; los vecinos que, por culpa del congelamiento, perdieron un dedo de la mano, y saber que extraviarse en la nevada era la certeza de astillarnos, de rompernos como un cristal lleno de sangre.
Antes de la tormenta, miraba por última vez la tierra oscura, antes de que el puntilloso dibujo del blanco lo convirtiera en otra cosa. La impotencia de ver al mundo cálido, conocido, amable del otoño desaparecer poco a poco.
Sobre la cubierta del Demeter, mirando el mar y los inexistentes strigoi, miraba, dentro de mí, desaparecer todo bajo una nieve que nadie más que yo sentía. Sin saber, aún, el por qué estaba seguro que, de alguna manera, había embarcado el Invierno con nosotros.

Al quinto día quedan definitivamente instaladas las rutinas, los hechos y actos que debemos efectuar a diario. Son los turnos repartidos, asignaciones para este viaje, cartas de navegación para las horas que debemos pasar a bordo.
Recorrer el barco de nueva cuenta, revisar las cuerdas que sostienen la carga, la bodega estéril que llevamos en este viaje. Cincuenta cajas de tierra. En los permisos alguien ha anotado «Para experimentos científicos» como justificación suficiente. Nuestra goleta ha sido contratada en exclusiva para llevarlas. No habrá ningún puerto que interrumpa el viaje de Bulgaria a Inglaterra.
Los castillos de proa y popa, ocupados por la tripulación y los oficiales. Los marinos han escondido ya un poco de su ración en ese lugar, se ha derramado aceite sin desearlo en el suelo, sus ropas empezaron ya la confusa marcha del desorden.
Sobre mi mesa los papeles se irán multiplicando a sí mismos, los instrumentos para determinar la estima se ocultarán entre ellos, el aroma pesado del humo y del licor impregnarán los sitios, el picante olor de la comida que prepara Arghezi, el continuo ir y venir para cumplir las órdenes y tratar de aplacar el tedio.
Hoy, cuando la oscuridad no traiga el sueño, se narrarán historias, recuerdos falsos de mujeres inexistentes ofreciéndose desesperadas a los hombres del Demeter.
Se hablará por primera vez del Primer Oficial, mientras alguien mira los moretones que el espeque de Vlahutza le ha provocado. El rencor fermentará de ahora en adelante.
En las noches empezarán los sonidos furtivos, las caricias propias buscando agostar el deseo.
Rutinas que he de perderme.
Mi puesto no me permite acercarme a ellos cuando comen, escuchar sus anécdotas lentas en la penumbra, quedarme en el interior del castillo de proa que se inunda sucesivamente de sus olores.
Soy el capitán, el propietario marino de esta casa. Y ahí está el Primer Oficial para recordármelo, y fruncir el ceño cuando hablo de más con alguno de los hombres.
No es mi papel hablar: soy el dueño de todos ellos, esclavos momentáneos de la paga en puerto.
Pero no son míos.
Yo también tengo un dueño: los armadores del Demeter. Las oficinas en Rusia, los papeles en donde me comprometo a evitar problemas. Los sitios donde mis esclavos podrían denunciarme de ceder a mis apetitos.
Debo hacer mis propias rutinas.
Servir la comida a los oficiales en nuestras habitaciones, ser el anfitrión diario de los segundos al mando.
Sé que Vlahutza odia esos momentos y no lo obligo a que los comparta. Por ello es mi Primer Oficial: porque acostumbra subir al puente y gobernar la nave mientras yo como, seguro que hay un Amo allá arriba y no es necesaria mi presencia.
Arghezi subirá una ración para él, o bajará aquí para comer en solitario, sin más compañía que las ratas del barco y las olas al otro lado de la madera.
El cocinero desaparecerá después de servir las fuentes de comida y Muresh se relaja mientras sirvo un poco de vino en su vaso y me digo que es extraño estar con él, a solas.
Lo miro a los ojos y casi consigo sonreír. Corto la mejor parte de la carne (sangre cálida, humeante cubierta sazonada, la flexibilidad de la poca grasa) y se la sirvo como un favor que él no entiende.
Muchas veces, cuando salgo al puente, Vlahutza mira ostensiblemente su reloj.
¿Tanto tiempo para terminar el poco alimento?
¿Cómo decirle que el tiempo no tiene importancia cuando nos encontramos con la boca llena, el vino en el estómago?
En la sencilla comunión de los sentidos.
El gusto suave al morder la carne, el aroma seco de la bebida, el tacto de nuestra lengua recorriendo la boca, el sonido satisfecho de nuestro cuerpo alimentándose.
La gula es un pecado capital y puedo comprenderlo cada tarde, cada vez que le tiendo un trozo más de comida al segundo oficial, un placer extra servido como anfitrión.
Intimidad, cuerpos satisfaciéndose juntos, sin tocarse pero unidos en el acto común.
Sólo Muresh y yo. Compartiendo ese sencillo acto diario. Intimo, casi conyugal, como si esos momentos nos acercara de alguna manera. Entonces casi puedo creer que he pasado la noche con el hombre que alimento, y descansamos del placer en el placer de la comida común.
Si para sentir esa intimidad solo basta que estemos aislados del resto de la tripulación ¿Qué implica que los nueve hombres del Demeter nos hayamos apartado del mundo?
¿En que nos convierte el quedarnos solos en medio del océano?

—Las costas de Turquía, señor —dice Muresh, cuando el amanecer nos muestra el horizonte del mar roto por una línea de tierra.
Observo la entrada al estrecho de Bósforo con tal atención que el Segundo Oficial vuelve a mirar en busca de algo nuevo. Pero sólo encuentra la falúa de la aduana turca maniobrando para alcanzar nuestra nave.
Ordeno al Primer Oficial que reduzca la velocidad.
Toco la bolsa oculta en mis ropas, las monedas dispuestas desde el inicio del viaje para los impuestos que nos serán reclamados para mayor gloria del Sultán Abdul-Hamid II. Y el soborno imprescindible.
La vieja ceremonia: recibir a los oficiales, los papeles que revisarán con desconfianza, la revisión somera del Demeter, el descubrimiento de algún detalle que hará a nuestra vieja goleta un peligro para los otros barcos que navegan hacia el Mar de Mármara, el hecho de que al fin se nos perdonen magnánimamente de ello y nos permitan continuar, la despedida en que les doy el dinero extra, nunca un soborno, sólo el pago de su generosidad.
Una ceremonia que nos ocupará casi todo el día.
El jefe de los hombres que nos abordan es el capitán Melih, y al ver nuestro pabellón menciona, como si no tuviera nada que ver con el asunto, que su padre fue muerto por un ruso, durante la guerra.
Mentalmente añado un par de monedas al soborno.
Mira a su alrededor como si pudiera darse cuenta de nuestras intenciones por nuestro aspecto. Observo a mi tripulación y no hay nada sospechoso en ellos.
Tal vez el aspecto cansado de Abranoff el cual, como yo, no ha dormido bien en un par de noches, la familiaridad con la cual Petrofsky y Acketz se mantienen juntos, el aspecto serio de Vlahutza.
Me pide que lo acompañe a revisar la carga.
Deja que un par de hombres baje primero y luego los sigue empuñando su lámpara con una mano y la pistola con la otra. No es un gesto firme, seguro de sí mismo, como el de los zíngaros de Varna.
En la bodega sólo hay cajones, algunas ratas grises muertas en el piso, y nada más.
El turco me mira acusadoramente, como si hubiera puesto esos pequeños cadáveres sólo para incomodarlo.
Debo tratar a esa rata como una curiosidad sin importancia, de lo contrario el Backsheesh será inusitadamente grande. Y no llevamos demasiado dinero para permitírnoslo.
La tomo con indiferencia y la reviso someramente.
—Ratas viejas —digo, tirándola a un rincón, sin dejar que asome a mi rostro el asco, al ver que el animal era una bolsa desprovista de peso, ha sido vaciada, roídos los órganos internos. Una cáscara.
Junto con el capitán Melih revisó las cajas que transportamos.
Madera firme y bien ensamblada.
Demasiado.
Sólo hasta ese momento me doy cuenta de la extraña construcción de los cajones. Madera valiosa, con una triple hilera de clavos asegurando que no fuera a desbaratarse por ninguna causa.
No simples embalajes, instrumentos para transportar una carga; casi podría clasificarlos de muebles, la precisa construcción de un objeto para un fin bien determinado.
No hay defecto alguno, excepto una pequeña grieta que corre por algunas de las tapas.
Mientras los turcos cuentan las cajas, recorro con mis dedos la minúscula imperfección.
Es cómo acariciar una piel firme, suave, redondeada… La miro de nuevo, es demasiado precisa, casi el dibujo ideal de cómo debe ser una grieta.
Sin saber por qué, cierro los ojos, dibujo la grieta en mi palma, dejo que la sensación de ella recorra las líneas de mi mano. Es difícil, suave… la recorro y con el movimiento es más sencillo hacerme una imagen de ella…
Llevo esa imagen entre mis dedos, la transporto hasta otra grieta, hacia un cajón diferente con otra imperfección. Toco la nueva tapa, descansando mi mano sobre ella, cierro los ojos.
Las grietas son idénticas, el dibujo en la madera el mismo, sin variación alguna.
No un defecto, fue puesta ahí a propósito.
Alguien ocultó el fin preciso de ese dibujo disfrazándolo. Pero ¿con qué fin? Es demasiada pequeña para servir de ventilación. Tan minúscula como el camino de los gusanos dentro de la fruta, los imagino saliendo de la caja, uniéndose bajo mi palma para formar una rata con una pelambre de un millón de gusanos albinos que se retuercen, un millón de ojos ciegos atisbando.
Una rata como la que aguarda bajo mis sábanas, cada noche.
Algo infinitamente pequeño roza mi mano, hurga entre las líneas de mis yemas, húmedo y móvil, lengua infinitesimal…
Con un grito aparto la mano de la caja. Melih levanta la mirada de un documento y la dirige hacia mí. Puede confiscar la carga, mi barco, detenernos en este lugar el tiempo que crea necesario, encerrarnos en la goleta con estas cajas durante meses enteros.
Sin que pueda imaginar el esfuerzo que requiere, sacudo la mano con un gesto de dolor, y aunque aún pueda percibir la sensación de algo viscoso en la yema de los dedos, la llevo a mis labios…
Una astilla.
Como si no me diera cuenta de su mirada, busco un fragmento inexistente clavado en mi piel. Después de que arranco nada, suspiro, hastiado, y miro a mi alrededor.
Melih continúa leyendo los permisos, y los sellos de los papeles.
No hay nada inusual en ellos. No ahí.
A las 16.00 horas recibimos la orden de continuar nuestro rumbo. Anoto en la bitácora con gesto firme que todo está en orden.
Yo no lo creo.
No cuando conservo en mi palma el aroma de una saliva rancia.
No cuando recuerdo que Mikhail me besaba así, antes de morder firmemente mi carne, porque después del placer únicamente quedaba por experimentar el dolor.
No al saber que tengo en mi palma el aroma muerto de la rata que me espera erecta en mis sueños.
Vlahutza me observa inclinado sobre la borda, vomitando un miedo amarillo que se pierde en las aguas del Bósforo.

Lo siento deslizarse sobre mí, sin prisa alguna, con una lentitud casi majestuosa, territorio conquistado; la piel del cuello estremeciéndose ante la sensación de aquello que recorre el borde de mi garganta, y se desliza rápido sobre mi pecho, tocándolo con una libertad absoluta.
Abro los ojos sin saber dónde me encuentro, quién soy yo. Veo el techo, puedo sentir el calor del sol sobre la madera. El peso del calor en el puente.
Los objetos que no he asegurado derivan sobre las superficies, susurrando al deslizarse.
Amortiguado por la distancia, puedo escuchar al mástil cortando el aire, y es fácil imaginar las velas preñadas de viento.
No hay ropa alguna sobre mi cuerpo, en algún momento del sueño fui desnudándome sin darme cuenta.
Toco mi piel, más que ella.
Miro la punta de los dedos, húmedos.
Eso me despertó: el tacto del sudor al salir lentamente de mis poros, su camino de sal sobre mi cuerpo.
Piel líquida, aceite vivo.
Hemos abandonando la ruta del hielo, hasta que crucemos el Golfo de Vizcaya, a un par de días de Inglaterra y del fin de nuestro viaje.
Mientras tanto estamos en el calor, en la brisa seca que se aferra en nuestras carnes. No más nieblas heladas ni mares grises. Bajo nosotros se encuentra el verde, y el lento evaporarse de las aguas.
Los abrigos serán amontonados sin orden alguno, y la ropa se dejará abierta, espacio para la brisa y el sudor.
Espacio para mis ojos, para adivinar la figura oculta, el secreto tramado de músculos y deseo.
No he dormido más que un par de horas. Pero ¿qué importa si el sol se encuentra allá afuera?
Me visto y salgo al puente, a los gritos del Primer Oficial pidiendo que se aseguren los nudos del obenque del palo mayor.
Puedo ver a mis hombres trepando por las cuerdas, sus pies desnudos afianzados en la escala, las marcas en el borde de los talones, la fuerza de los dedos remarcándose, dibujo perfecto de músculos a flor de piel.
Vlahutza también se ha descalzado. ¿Por qué no? es nuestro primer día de calor franco, de sudor nuevo. Es el inicio de la resequedad en los labios, de párpados quemados, y llagas ácidas que no querrán cerrarse, piel ardiente, ¿pero qué importa en este momento?
El viento es fuerte, y podemos sentir el avance decidido de la goleta. Todas las superficies del barco, a pesar de la brisa, están calientes. Si uno introduce la mano entre el cabello es posible descubrir ahí la sensación febril, como si cada mechón fuera un pan recién salido del horno.
Si no fuera por la atmósfera húmeda que nos rodea, el pesado manto de sal invisible y agua del cual es imposible escapar, no sería difícil que soñáramos con barcos ardiendo en la oscuridad, arboladuras llenas de fuego. Rescoldos iluminando levemente la oscuridad del después, humo como ofrenda al poder desmesurado del sol.
Los uniformes de los hombres que custodian el estrecho de los Dardanelos se encuentran abiertos, y agradecen la sombra del velamen.
La falúa de la escuadra de guardia maniobra hacia nosotros. Su navegante sabe cómo arrancar más velocidad al continuo viento y no es necesario que nosotros arriemos algunas velas.
La gente del Bósforo debe haber telegrafiado nuestros datos. La información sobre lo sencillo que es sacarnos más dinero.
Vlahutza es el encargado de atenderlos. Sé que ofrecerá el soborno y los impuestos con un gesto firme. No va a regatear, ni añadir algunas monedas extra.
Hoy es mi día franco, saludaré al capitán de la guardia y me dedicaré a ver su piel morena brillando bajo el sol y el sudor.
Me quedo recargado en la borda, mientras ellos suben la escala. Mis hombres trabajan sin excesivo empeño.
Petrofsky tiene problemas para alzar una lona. No es un gran peso, pero él se mira agotado, sus movimientos densos dan la impresión de que se siente enfermo. Sin darse cuenta, como cuando uno se aparta el pelo de la frente, se lleva la mano al cuello.
Me acerco a él, alza la vista y puedo ver huellas de agotamiento en su rostro, manchas oscuras alrededor de sus ojos, heces de noches en blanco.
Petrofsky se queda de pie, junto a mí, con un gesto indolente. Soy otra de las molestias de un día pesado.
Toco su barbilla con un gesto firme, seco. Es uno de mis hombres, así que no acaricio esa piel; simplemente dejo que mis dedos se deslicen hacia la articulación de la mandíbula, sobre el sudor. Hago girar su cabeza, desnudando el cuello.
Es perceptible una mancha roja e irregular en la carne.
Aún recuerdo cómo Mikhail se aferraba a mi pecho, el estremecimiento cuando sus labios rodeaban mi tetilla, la lengua húmeda, luego el tirón cuando él aspiraba mi carne con todas sus fuerzas, marcándose sus mejillas, sintiendo sus ansias en mi piel. Después quedaba la huella oscura donde no se posó su boca, el espacio entre sus labios, un círculo imperfecto, elipse de sangre muerta bajo la pie

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