La máscara negra

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La Mascara Negra junto con Ladrón de Guante Blanco y Los Idus de Marzo son los libros en los que se narran las aventuras de un ladrón un tanto atípico; Raffles es un dandy, un bon vivant, un caballero. Reside en un lujoso hotel de Albany en Londres, pertenece a un distinguido club inglés y practica el cricket, su educación es exquisita, sólo incumple un factor para ser un perfecto caballero; no tiene rentas de las que vivir.

Pero este obstáculo temporal no puede ser obstaculo real para un perfecto gentelman, asique nuestro hábil Raffles decide que sean los acaudalosos vecinos de West End los que corran con sus gastos, demostrando asi que él es el rey de los ladrones; astuto, escurridizo y elegante.

En esta segunda parte, el conocido ladrón Raffles regresa a Londres, con su fiel compañero Bunny, despues de pasar penurias en Italia y en la isla de Elba. Ahora el genial y conocido ladrón debe ocultar su rostro tras una máscara negra viviendo con una falsa identidad.

ANTICIPO:
No es fácil que las personas de la alta sociedad hayan olvidado la serie de audaces robos que muchas de ellas sufrieron durante un breve período aún reciente. Asalto tras asalto fueron perpetrados contra las mansiones más lujosas de la ciudad, y en unas pocas semanas, más de una exaltada cabeza había sido despojada de su principesca tiara. El duque y la duquesa de Dorchester perdieron la mitad de las piezas de su histórica platería la misma noche de su igualmente histórico baile de disfraces. Los diamantes Kenworthy fueron robados a plena luz del día, durante el bullicio de una fiesta benéfica celebrada en la planta baja de su hermosa mansión; y los regalos de su atildado novio fueron robados a lady May Paulton mientras el aire exterior iba esperándose bajo una verdadera lluvia de confeti. Era obvio todos aquellos robos no eran obra de un ladrón ordinario, y tal vez fue inevitable que el nombre de Raffles fuera sacado del olvido por algún policía poco respetuoso con dicho personaje. Asimismo, cierto periodistas no vacilaron en resucitar a un muerto porque no conocían a ningún ladrón vivo capaz de cometer tales latrocinios; y son sus inconsecuentes e irrazonables calumnias las que este artículo pretende refutar. En realidad, nuestra inocencia conjunta en aquel caso sólo se vio superado por nuestra envidia, y durante largo tiempo, como el resto del mundo, ninguno de nosotros intuyó la menor pista sobre la identidad de la persona que estaba siguiendo nuestros pasos con unos resultados tan irritantes.

-No me importaría- comentó Raffles -si este tipo estuviera realmente siguiendo mi camino. Pero abusar de la hospitalidad nunca fue uno de mis rasgos, y en cambio parece ser uno de los suyos. Cuando nos apoderamos del collar de lady Melrose, Bunny, nosotros no estábamos gozando de la hospitalidad de los Melrose, como recordarás.

Estábamos discutiendo sobre los robos por enésima vez, pero por primera en condiciones más favorables para animar nuestra conversación de lo que nuestras circunstancias peculiares permitían en el piso. No solíamos comer fuera. El doctor Theobald era un impedimento para ello, y el peligro de ser reconocidos otro. Pero había excepciones, cuando el doctor no podía estar al cuidado del inválido, y en las raras ocasiones en que frecuentábamos un restaurante de pocas pretensiones en el barrio de Fulham, donde la comida no era muy cara pero sí excelente, y la bodega una sorpresa. Nuestra botella de champán del 89 estaba vacía hasta la altura de la etiqueta cuando salió a relucir aquel tema en labios de Raffles, del modo reminiscente indicado antes. Todavía veo sus claros ojos fijos en mí, leyendo mis pensamientos, como sopesándome. Pero yo, en aquellos momentos, no era tan sensible a su escrutinio. Su tono era deliberado, calculador, preparatorio, no como lo oí entonces, con la cabeza llena de vino, sino como flota en mi cabeza a través del abismo existente entre aquel instante y el actual.

-¡Excelente filete!- ponderé-. O sea que tú crees que ese sujeto está metido en sociedad como lo estuvimos nosotros, ¿eh?.

Prefería no pensar por mí mismo. Ya habíamos hablado bastante del asunto, pero Raffles enarcó elocuentemente las cejas media pulgada.

-¿Cómo nosotros, Bunny? No sólo está metido, sino que pertenece a ella; no hay comparación alguna entre él y nosotros. La alta sociedad está en los cuadriláteros como una diana, y nosotros nunca estuvimos en el ojo de buey, por mucho que te hayas manchado los dedos de tinta. A mí me invitaban por mi fama con el críquet. Y aún no me han olvidado. Pero ese fulano es uno de ellos, con derecho de entrée en casas en las que nosotros sólo podríamos “entrar” en un sentido profesional. Eso es obvio a menos que todas esas hazañas sean obra de distintas manos, cosa que claramente no es así. Y es por esto que esta misma noche daría quinientas libras por ponerle las manos encima.-

-Oh, tú no-exclamé, en tanto apuraba mi copa con festiva incredulidad.

-Pero lo haría, mi querido Bunny… ¡ Camarero, otra media botella de lo mismo!- y Raffles se inclinó a través de la mesa mientras el camarero se llevaba la botella vacía-.Nunca hable con mas seriedad en mi vida -continuo en un susurro-. Sea quien sea mi sucesor, no es un hombre muerto ni marcado como yo. Si mi teoría tiene algo de verdad, es una persona de la que jamás podría sospechar nadie; y ¡oh, Bunny, qué estupendo camarada habría sido para ti y para mí!.

Bajo otras influencias menos geniales, la sola idea de un tercer socio habría llenado mi alma de ofensas; pero Raffles había escogido aquel momento oportunamente y sus argumentos no perdieron nada con el acompañamiento de la nueva botella. Y no obstante, eran unos argumentos muy poderosos en sí mismos. El meollo de los mismos era que nosotros habíamos dado a entender muy poco de lo que él llamaba “nuestras segundas entradas”, recordando su amado críquet. Esto no pude negarlo. Habíamos marcado unos cuantos “lanzamientos largos” pero nuestros “mejores lanzamientos” habían sido “directamente a la mano”, y estábamos “desarrollando un juego diabólicamente lento”. Por consiguiente, necesitábamos un nuevo compañero … y la metáfora dejó en suspenso a Raffles. Ya había efectuado su saque. Y estuve de acuerdo con él. En realidad, yo estaba harto de mi falsa posición como socio mercenario y llevaba algún tiempo bajo las sospechas del doctor, aquel otro impostor. Un nuevo comienzo, más brillante, era para mí una idea fascinante aunque dos eran compañía y tres podían ser peor que ninguno. Pero no entendía cómo podíamos esperar, con nuestras respectivas desventajas, solucionar un problema que estaba desesperando a Scotland Yard.

-Supongamos que lo soluciono- observó Raffles, rompiendo una nuez con la mano.

-¿Cómo podrías lograrlo?- inquirí, creyendo por un instante que sería posible

-Llevo algún tiempo leyendo el Morning Post-.

-¿Y bien …?-

-Tú también, por encargo mío, has conseguido algunas de esas publicaciones dedicadas a la alta sociedad.-

-No veo adonde quieres ir a parar- confesé.

Raffles sonrió con indulgencia, al tiempo que rompía otra nuez.

-Esto se debe a que no posees el don de la observación ni el de la imaginación, Bunny… ¡y, no obstante, pretendes ser escritor!. Bueno, no pienses en ello y haz una lista completa de las personas que cumplían alguna función en las casas donde tuvieron lugar esos coups.-

Repliqué severamente que no veía cómo eso podía ayudarle. Fue la única respuesta a su humorístico aunque satisfactorio desprecio por el ladrón, que resultó ser cierta.

-Reflexiona- me aconsejó Raffles, pacientemente.

-Cuando los ladrones asaltan una casa y roban, por ejemplo en un piso de arriba- reflexione-, no comprendo por qué interesan los que están abajo al mismo tiempo.

-Exacto, Bunny- observó Raffles. -Cuando asaltan una casa -.

-¡Pero esto es lo que se ha hecho en todos esos casos!. Hallaron descerrajada una puerta de arriba, cuando la fiesta estaba en su apogeo abajo; el ladrón desapareció y las joyas con él antes de que se diese la alarma. Vaya, es un truco tan viejo que nunca supuse que tú pudieras ponerlo en práctica.-

-No es tan viejo, Bunny- replicó Raffles, escogiendo unos cigarros y dándome uno.-¿Coñac o benedictino, Bunny?-.

-Brandy- elegí roncamente.

-Además -prosiguió, -las puertas no estan descerrajadas, pues al menos en Dorchester House la puerta estaba bien cerrada y faltaba la llave, por lo que pudo ser abierta y cerrada por cualquiera desde ambos lados.-

-¡Pero fue allí precisamente donde el ladrón se dejó su escala de cuerdas!- exclamé triunfalmente, mas Raffles se limitó a sacudir la cabeza.

-No creo en lo de la escala de cuerdas, Bunny, salvo como cortina de humo.-

-¿Entonces, en qué diablos crees?-.

-Creo que cada uno de esos robos lo ha cometido desde dentro uno de los invitados; más aún: he de estar muy equivocado si no he descubierto a ese deportista-.

Empecé a creer que realmente le había descubierto, tal era la intensa gravedad de sus ojos cuando los fijó en los míos. Levanté la copa a su salud y todavía recuerdo sus ansiosos ojos cuando vació la suya.

-Sólo considero un nombre probable- continuó- de los que figuran en esas listas, y lo elegí a primera vista. Lord Ernest Belville estuvo en todas las ocasiones. ¿Sabes algo de él, Bunny?-.

-Sí-.

-Es cuanto necesito saber.-

-Estupendo- alabó Raffles-, pues nada podría ser más prometedor. Un hombre cuyas opiniones son tan amplias y moderadas, y tan extendidas ya (aparte de ti, Bunny), no molesta al mundo con ellas sin tener motivos ulteriores. Hasta aquí todo va bien. ¿Y cuáles son los motivos de ese individuo?. ¿Acaso desea promocionarse?. No, porque ya es todo un personaje. ¿Pero es rico?. Al contrario, es tan pobre como una rata dentro de su posición, y aparentemente carece de la ambición de serlo mucho más; ciertamente, no se enriquecería convirtiendo un capricho privado en algo público sobre lo que toda la gente está de acuerdo.

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