La mirada del abismo

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Seres depravados dominados por la demencia, un misterioso proyecto secreto que el gobierno trata de ocultar a cualquier precio, una sociedad sin valores donde sólo impera la ley del más fuerte, repleta de depredadores que acechan en las sombras. La trama absorbente de La mirada del abismo sabe impactar en el lector desde la primera página hasta su sorprendente conclusión.

Completa el presente volumen el relato Algo de ti en el e-mail, un vibrante relato finalista del XII Certamen Literario de Ciencia Ficción Alberto Magno. Una atípica historia de amor nos muestra una vez más el lado sórdido del progreso y las trampas que nos tiende el futuro.

ANTICIPO:
I

Noelia Ramos mató a su familia porque se lo ordenaron las Voces. Primero padre y madre, después su hermana Sussie, luego el pequeño Tommy; todos ellos fueron cayendo atravesados a cuchilladas o bien estrangulados por sus recias manos de matarife. Ahora la sangre manaba fértil sobre la sucia moqueta, salpicando con frenesí su impoluta bata de enfermera y embadurnando de rojo las patas de los muebles.

Y Noelia descansaba plácida, tumbada en su sillón favorito, la respiración acompasada y la mirada extraviada, prendida en el televisor. Espesas gotas de color carmesí resbalaban de sus robustos dedos hacia el suelo, marcando un tempo lento, silencioso. A ella no le importaba, seguía mirando la pantalla sin verla, escuchando los gritos estridentes que lanzaba el altavoz. Pero aquellas no eran las Voces, así que se limitaba a esperar con paciencia infinita, aguardando nuevas órdenes.

La imagen de Sussie agitó su mente como una ola furiosa, azotando su conciencia. La veía de nuevo resistirse, contemplarla horrorizada mientras ella hundía en su pecho el cuchillo de cocina. Una, dos, tres… cuatro veces. El escuálido cuerpo de su hermana se le escurrió hacia el suelo, cayendo cerca de los cadáveres aún calientes de sus padres. Noelia se había arrodillado ante ella y había seguido apuñalando. Ocho, nueve, diez… Borbotones de sangre cálida la salpicaban en un enorme surtidor. De repente, un grito… el pequeño Tommy.

El niño la había contemplado desde la otra habitación con infinito horror. ¡Qué delicia saborear aquel terror infantil, tan primario, tan auténtico! Lástima que el pobre durara tan poco. En cuanto ella hizo girar su cabeza, como si fuera un enorme tapón de corcho, el seco chasquido de las vértebras rotas y la súbita flacidez de su diminuto cuerpo le indicaron que ya era inútil insistir en el castigo. Aún así, lo arrojó contra la pared con furia, sintiéndose estafada por el escaso placer que sentía.

Entonces una extraña dejadez se apoderó de ella, había perdido el contacto con las Voces. Por unos instantes contempló el panorama que se ofrecía ante sus ojos como si lo estuviera viendo por primera vez. Una sensación de asco y horror atravesó su ánimo, fugaz como el aleteo de un pájaro. Luego el hastío la invadió por completo. Arrastrando cansinamente los pies, se dejó caer sobre el sillón y encendió el televisor. Ansiaba la presencia de las Voces con sus imperiosas órdenes, aquellos susurros hipnóticos que no dejaban pensar, evitándole el molesto sentimiento de haber hecho algo terrible.

El tiempo transcurrió lento, áspero, vacío. Luego, de súbito, unos golpes enérgicos en la puerta. Noelia no se inmutó, aguardaba a las Voces, ansiaba tenerlas de nuevo estrujando su confusa mente. Dirigió una fugaz mirada hacia el enorme cuchillo que había dejado sobre la mesa, pero ahora no parecía atraerla como antes. Todo resultaba frío, lejano y nebuloso.

La puerta cedió y varias figuras entraron de forma atropellada en la habitación.

—¡Dios mío! —gimió una voz masculina—. ¡Qué masacre más espantosa!

Noelia apenas percibió cómo alguien vomitaba sobre la moqueta, con arcadas violentas y espasmódicas. No tuvo fuerzas ni para sonreír, se sentía vacía. Las Voces la habían abandonado.

Los minutos siguientes fueron confusos. El grupo de recién llegados recorrió en frenético registro cada rincón de la casa. Encontraron los cuerpos de padre y madre, abrazados y cosidos entre sí por las profundas puñaladas de ella. Sussie, abierta en canal, todavía manando sangre, la muy zorra exhibiéndose hasta después de muerta. El pequeño Tommy fue el que más escándalo produjo. Gritos y maldiciones a su alrededor, incluso un puño velludo agitándose furioso ante sus ojos. Pero ella no replicó, todavía aguardaba a las Voces.

Al cabo de media hora llegaron dos hombres vestidos de blanco, quienes la cogieron con firmeza por los hombros y la sacaron de la casa. Ella se dejó llevar, sumisa. Atravesaron el jardín bajo una lluvia de miradas hostiles y asombradas. Noelia rió en voz baja mientras la subían a la ambulancia y cerraban el recio portón tras de sí. Los muy ilusos creían estar protegidos de ella por una simple barrera. Pero las Voces regresarían tarde o temprano, y entonces…

Mientras la sirena del vehículo hendía el aire de la tarde, la mujer se sumió en un plácido sueño. Pronto, muy pronto, las Voces volverían a susurrarle imperiosas órdenes de muerte y destrucción.

Y todo empezaría de nuevo.

II

Pablo Reyes tragó saliva sintiéndose sin ánimos para subir las imponentes escaleras de mármol que se alzaban ante él. El joven permanecía quieto en la acera bajo el caluroso sol de mayo maldiciéndose a sí mismo, a su propia cobardía. Había ansiado tanto aquel momento de gloria, sometiéndose a un sinfín de penas y privaciones, aprobando unas duras oposiciones y llegando incluso a pedir favores, todo para que precisamente entonces, cuando ya había logrado su objetivo, las fuerzas le abandonaran. ¡Cómo se burlaría su padre si pudiera verle en semejante estado! Parecía que una fuerza invisible le cerrara el paso, negándole el acceso al Hospital Neurológico Augusto Blas, el lugar donde le aguardaba su destino.

El joven aspiró el aire con fuerza tratando de serenar el loco golpeteo de su corazón, se mesó el negro cabello de forma involuntaria y se obligó a subir el primer peldaño, luego otro, y otro más… A cada nuevo paso su determinación parecía fortalecerse, crecer con nuevo ímpetu. Tenía un objetivo que cumplir, su vida entera había sido encauzada hacia aquel lugar.

Por fin alcanzó la entrada del recinto, jadeando como un velocista exhausto tras la carrera, y tras una breve vacilación empujó el batiente. El vestíbulo del edificio era inmenso, aterrador, y Pablo vaciló de nuevo, con su delgada figura perdida entre los ecos de la amplia antesala. Por un instante acarició la idea de girarse, echar a correr y huir de allí. Pero de nuevo la cordura se impuso, había tenido que realizar enormes sacrificios para hollar aquel templo de la Medicina, no podía darse por vencido tan pronto. Se lo debía a su padre, a Verónica, a sí mismo…

—Dígame, señor. —La solícita voz femenina le arrancó de su abstracción.

Pablo parpadeó y contempló con cara estúpida el recio mostrador del fondo; desde allí una enfermera de rubia melena y ojos azules le sonreía interrogadora.

—Yo… —el joven se acercó al tablero con paso inseguro—. Soy… ejem… el doctor Reyes. Me… me están esperando, creo.

—¡Oh! —La sonrisa de la enfermera se volvió más cordial—. ¡Por supuesto, doctor! El doctor Blas ya nos ha anunciado su llegada. Aguarde un momento, avisaré al médico de guardia.

Pablo forzó una expresión cortés en su rostro y se relajó mientras la enfermera entraba en un reducido despacho. El joven giró la cabeza para contemplar el enorme vestíbulo con interés. Grupos de hombres y mujeres, todos uniformados de un blanco impoluto, recorrían con rapidez el dédalo de pasillos que desembocaba en aquel punto. De forma ocasional algún paciente en pijama deambulaba dando tumbos acompañado por algún familiar de mirada ansiosa. Entonces Pablo se percató de la presencia de un individuo uniformado y de aspecto musculoso, quien se hallaba situado de forma discreta junto a la gran puerta principal, vigilando en silencio que ninguno de los pacientes saliera del edificio sin la correspondiente autorización.

De repente, surgiendo de uno de los pasillos, llegó casi a la carrera un hombre joven y delgado, de tez pálida, cabello castaño y ojos vivaces. Iba ataviado con la sempiterna bata blanca de médico y avanzó decidido a grandes zancadas hasta él, sonriendo con picardía a la vez que extendía una mano abierta en señal de bienvenida.

—¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó en tono jocoso y desenfadado—. ¡Así que ya ha llegado la octava maravilla de la Medicina vanguardista! ¡Encantado de conocerte, amigo! Mi nombre es Mosca, Víctor Mosca, y soy el más indigno médico de guardia que puedas encontrar, siempre a tu entera disposición.

—Encantado —Pablo se sintió abrumado ante la jovialidad del otro mientras su mano era estrujada por una fuerte sacudida.

—Será mejor que te consigamos una bata, ya sabes, el uniforme de todo buen galeno. Alicia, cielo, trae una bata para mi eminente colega, y a ser posible que esté limpia.

—Me llamo Gladys, señor —contestó la enfermera desapareciendo de nuevo tras el mostrador.

—¿De veras eres tú el famoso doctor Reyes? —preguntó Mosca ignorando a la mujer—. ¡Chico, te creía mucho más viejo! Sin duda eres todo un fenómeno. ¿Qué edad tienes, veinticinco, veintiséis años?

—Tengo veinticuatro —Pablo frunció el ceño—. Creo que me estás confundiendo con mi padre, el cirujano vascular.

—¡Oh, por supuesto! Así que sigues los pasos del progenitor, ¿eh? Herencia genética y todo eso, vaya. Bueno, no te ofendas, yo tengo veintisiete años y sólo hace cinco semanas que trabajo en este manicomio.

—Es un centro de curación y reposo, doctor —la enfermera rubia apareció de nuevo con una bata y lanzando miradas incendiarias contra el médico—. A nuestros pacientes suele desagradarles bastante ese eufemismo que ha utilizado.

—¿Eufemismo? —Mosca rió divertido—. Mira Alicia, encanto, de eufemismo nada. Aunque yo me refería más bien a los médicos que a los propios pacientes. Bueno, muchacho, ponte la tiara que nos vamos de visita. El jefe supremo de este cotarro, el muy honorable doctor Blas, dejó ordenado que se te mostrara todo el recinto nada más llegar, así que nos apresuraremos a obedecerle. No queremos que tan entrañable personaje se enfade, ¿verdad, Alicia?

—Me llamo Gladys —gritó la enfermera a la espalda de los dos médicos, quienes ya se alejaban de ella a grandes pasos.

Víctor Mosca arrastró a velocidad vertiginosa al desconcertado Pablo cogiéndole por el brazo, por lo que éste no tuvo más remedio que seguirle a la vez que trataba de abotonarse la bata, algo ajustada para su talla.

—Distinguido señor, el Centro Sanitario Para Enfermos Mentales Augusto Blas, uno de los hospitales privados con más prestigio de toda la Unión Europea, se complace en ofrecerle una visita guiada al edificio —canturreó el primero manoteando ante su acompañante—. En nuestras modernas instalaciones podrá usted presenciar los últimos adelantos de la neurocirugía aplicados en pacientes que otrora eran declarados irrecuperables para la sociedad. ¡Bienvenido a un nuevo mundo de fantasía donde toda curación es posible! Eso sí, no se permite comer palomitas durante el trayecto.

—¿Cuántos pacientes acoge este centro? —inquirió Pablo tratando de detener la verborrea sin sentido de su acompañante.

—Los suficientes para que esto sea un buen negocio; ya sabes que aunque el hospital sea un centro privado según las disposiciones vigentes se halla concertado con la Seguridad Social, como la práctica totalidad de los hospitales en el país. Tenemos una de las alas acondicionada para realizar las consultas externas a través del Seguro, pero existe otra más elegante donde van los pacientes particulares, aquellos que pagan cifras astronómicas. Los obreros y los patronos de toda la vida, ya sabes. De resultas, no creo que haya tanto loco junto en ninguna otra parte, si exceptuamos tal vez el Congreso o el Parlamento Europeo. Si te interesan los datos, Alicia puede darte toda una lista. ¡Chico, en este hospital tenemos más maníacos depresivos por metro cuadrado que en cualquier otro lugar del jodido planeta!

Pablo guardó silencio, desconcertado por las jocosas explicaciones de Víctor Mosca. Éste rió por lo bajo mientras observaba de reojo a su compañero.

—¡Caramba, no me mal interpretes! —dijo después de un instante—. Simplemente trato de quitar hierro a nuestro trabajo. Resulta muy duro estar todo el santo día rodeado de psicópatas, paranoicos, esquizofrénicos y no sé cuántas clases de maníacos más. La mayoría de estos tipos están deseando morderte, rajarte o algo peor. Si no le pones un poco de humor al asunto, en cuatro días acabas más majareta que ellos.

—Ya.

—Bueno, pues a nuestra derecha observaremos el pabellón de los enfermos con síndromes extrapiramidales. Son gente con trastornos disquinéticos o disfunciones en el sistema neurovegetativo, incluidos los enfermos de Parkinson. A la mayoría de ellos nuestro buen doctor Blas podrá sanarles tras un par de sesiones en el quirófano. Mano de santo, te lo digo yo. A la izquierda la cosa se complica, pues nos hallamos ante el pabellón de las lesiones traumáticas, accidentes y otras lindezas. Aquí nuestro buen doctor se las verá y deseará para subsanar abscesos del cerebro y tumores en las estructuras nerviosas, hidrocefalias y una amplia gama de enfermedades del sistema nervioso central. Pero sigamos…

Pablo lanzó rápidas miradas hacia el interior de los recintos, encontrando una profusión de rostros ora inexpresivos, ora febriles que observaban su rápido caminar con indiferencia.

—Y ahora vayamos al pabellón estrella del recinto —continuó Víctor Mosca con su incesante parloteo—. El reducto de los peligrosos, individuos capaces de realizar las mayores tropelías. Auténticos psicópatas, no simples esquizofrénicos o paranoicos, como los internos del extremo opuesto del corredor.

Ambos hombres se detuvieron ante un enorme portón metálico que cerraba con brusquedad el pasillo. Las dos recias hojas estaban hendidas por estrechos ventanales de grueso vidrio. Tras de ellos un guardia con mirada de pocos amigos les observaba sin inmutarse.

—¡Ah del castillo! —gritó Víctor Mosca golpeando con la palma de la mano en la plancha—. ¡Abrid el portalón, pues venimos en son de paz!

—Doctor Mosca —la voz del guardia llegó apagada a través del grueso portón—, ya sabe usted que no está permitida la entrada a este sector sin una acreditación expresa del doctor Blas.

—Pues sepa vuestra merced que el noble caballero a quien acompaño es el nuevo ayudante del doctor Blas, el mismísimo doctor Reyes en persona. Precisamente el Amo me ha ordenado que le enseñe todo el recinto, incluido su precioso salón de juegos.

—No me gusta ese tono, Mosca. Será mejor que modere su lenguaje infantiloide.

Al oír aquel seco comentario los dos jóvenes lanzaron un respingo al unísono y se volvieron. Tras de ellos había aparecido como por ensalmo un hombre delgado de edad mediana, cabello plateado y perilla estropajosa, enfundado en una bata varias tallas mayor que la suya, y cuyos ojos grises les contemplaban con dureza a través de unas anticuadas gafas de concha.

—¡Ah, doctor Blas! —El aludido enrojeció, perdiendo todo su aplomo—. Yo… estaba acompañando al doctor Reyes como usted había ordenado.

—Ya veo —el médico realizó un rápido reconocimiento ocular de Pablo—, pero sin duda sus obligaciones deben de estar reclamándole en alguna otra parte, ¿verdad?

—Por… supuesto. Con su permiso. —Víctor acabó su frase mientras se alejaba a la carrera como si su vida dependiera de ello.

—Bien, así que usted es el doctor Reyes —el recién llegado se plantó ante Pablo con indiferencia—. Le imaginaba más fornido, como su padre.

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