La Muerte Negra: El triunfo de los No-Muertos

MuerteNegraHazaelGonzalez

¿En qué momento de la Historia empezaron los no-muertos a caminar sobre la Tierra? ¿Eran las visiones apocalípticas de San Juan Evangelista simples delirios de la imaginación humana, o estaban basadas en hechos reales y fehacientes que su cronista había vivido en sus propias carnes? ¿Sabían en la Antigüedad que había muertos capaces de levantarse de sus tumbas para vengarse de los vivos? ¿Y qué ocurrió exactamente en la gran Peste Negra que asoló el mundo conocido en el siglo XIV de nuestra Era? ¿Por qué en algunas fuentes se habla de “Muerte Negra”, pareciendo que se hace referencia a algo distinto a la plaga?
Buceando en las bibliotecas más recónditas y consultando archivos enmohecidos y polvorientos, se ha reconstruido la historia de la mortífera plaga, y también de algo más, tal y como fue vivida en realidad por sus protagonistas: las decenas de miles de muertos, la sensación de que el Mundo se acababa, el desamparo de toda la humanidad… y la presencia de aquellos que volvían del Más Allá y que sembraron el terror tanto o más que la terrible Enfermedad. ¿Fue eso la Muerte Negra, el triunfo de la No-Muerte que hizo pensar a muchos que, definitivamente, había llegado el Juicio Final? 
Y en medio de todo eso, un único hombre con ambiciosas motivaciones pero un único objetivo: el de sobrevivir, intentando por supuesto que ese Mundo del que él formaba parte también sobreviviese… 
A través de una Europa desolada y de una Asia desgarrada por los conflictos internos, un hombre que se llama a sí mismo LeBlanc será la pieza clave de un juego de poder donde las religiones saben mucho más de lo que cuentan, y en el que la Muerte Negra no es sólo una simple enfermedad infecciosa… y caminará entre los vivos y entre los no-muertos tratando de dar con la clave que permita devolver a los difuntos al lugar al que pertenecen, haciendo lo posible por restaurar el equilibrio natural de la Existencia.

ANTICIPO:

Capítulo II

Milano (ciudad-estado de Milán, región de la Lombardía), mediados de 1347

«No quiero saber nada, absolutamente nada, de las medidas que vayas a aplicar en tu archidiócesis, y claro está que te ad­vierto únicamente como favor personal por devolverte el que tú ya sabes: los informes todavía son confusos, pero parece ser que se ha declarado un nuevo brote de peste en la ciudad geno- vesa de Kaffa… y se dice que esta vez es algo verdaderamente peligroso, porque podría tratarse de Muerte Negra. Estás avi­sado.
»Atentamente, Pierre.»
El arzobispo Giovanni Visconti se rascó su tonsurada cabeza, torciendo los labios en un gesto de disgusto mientras dejaba la escueta misiva encima de su mesa. Buen estratega y mejor conspirador, se tomó unos cuantos minutos de su tiempo para analizar cuidadosamente todo aquello, sin dejarse llevar aún por ninguna clase de emoción.
En primer lugar: ¿tenía el malnacido de Pierre alguna razón para querer asustarle con una noticia de ese tipo? No, no podía tenerla, porque no sacaría nada anunciándole un brote de pes­te, acompañada nada más y nada menos que de Muerte Negra: Pierre sabía de sobra que él no era idiota, así que no podía pretender asustarle como si fuese un niño al que le anunciasen seriamente que había venido a buscarle la bruja…
En segundo lugar, estaba el asunto del favor… un favor que, efectivamente, conocía de sobra. Si la intención de Pierre era quedar en paz respecto a aquel favor, entonces lo consegui­ría… siempre y cuando el contenido de la carta fuese verdade­ro. Porque ¿qué pasaría si el contenido fuese falso? Que Pierre no sólo no habría quedado en paz, sino que estaría quedando como un verdadero estúpido y prácticamente declarándole la guerra… y a eso sí que no se atrevería. No después de haber firmado el acuerdo de compra, y mucho menos después de que él en persona le hubiese nombrado arzobispo…
Y, por último, estaba el asunto de los genoveses. Pierre sabía de sobra que a él no le eran precisamente simpáticos, y que es­taba haciendo esfuerzos para hacerse de alguna manera con el control de la dichosa república que tanto estorbaba en su hege­monía… Así que acusar a los genoveses de algo así era también un motivo de peso para darle consistencia a la carta. Maldita sea, casi no había ninguna posibilidad como para pensar que la noticia fuese falsa… y ésa era la peor de todas las opciones.
— ¡Coronel Carletti! —le bastó gritar una sola vez para que la puerta se abriese de inmediato y apareciese por ella un vete­rano soldado con la cara cruzada por una profunda cicatriz —. ¡Dile a mi hermano que venga, -per la Madonna, y prepara a tus hombres! ¡Puede que pronto tengamos que enfrentarnos a un enemigo muy poderoso!
El militar salió de inmediato sin decir palabra y sin saludar y, al cabo de muy poco tiempo, apareció por la misma puerta un hombre más alto que el arzobispo pero de evidente parecido con él a pesar de tener la nariz tan afilada como el pico de un cuervo. Adecentándose sus ropajes con gesto malhumorado, se acercó a grandes pasos hasta la mesa en la que estaba sentado quien le había mandado llamar, sin parar de soltar maldiciones y exabruptos:
— ¡Maldita sea la perra que te trajo al mundo, Giovanni! ¿Es que no puede un hombre agobiado por las batallas fornicar en paz?
— Cállate, Luchino, y mira esto — le tendió el pergamino, que el otro ojeó con desdén hasta que se dio cuenta de lo que conte­nía y, sobre todo, de quién lo firmaba —. ¿Qué te parece?
— ¿Podemos confiar en ese hijo de Satanás?
Lo he estado pensando y, ¡maldita sea la corona de espinas de Nuestro Señor!, podría ser cierto… —se recostó en la recargada silla, suspirando y frotándose la cara con las manos —. De hecho, o Pierre es completamente estúpido y está intentando azuzarnos contra los genoveses sin ningún fundamento, o mu­cho me temo que realmente nos está devolviendo el favor.
— ¡Entonces no podemos quedarnos quietos, maldita sea! ¡Voy a organizar al ejército!
— Espera un poco, hermano. Ésta no es una batalla que po­damos ganar así como así. ¿Sabes por qué ahora somos los se­ñores de Milano, Luchino, y por qué, además de eso, yo soy el arzobispo de la ciudad?
— ¡Porque eres un perro sarnoso y un tramposo, hermano! — se rió a carcajadas, mientras acababa de colocarse su vesti­menta —. ¡No hay nadie peor que tú en muchas leguas a la re­donda, puedes creerme!
— Se nota que no te cuentas a ti mismo, claro — le devolvió la mirada despectiva, sin perder la sonrisa —. Aparte de todo eso, hermano, es así porque Giovanni Visconti no es estúpido, ¿lo entiendes? Es necesario pensar las cosas bien, y más ante un enemigo como éste: si realmente ha vuelto la Muerte Negra, no podremos vencerles con una simple batalla ni mucho menos.
— Oye, hermano, creo que yo tampoco soy estúpido, ¿ver­dad? — le miró a los ojos con bravuconería, aunque también sonriendo.
— A ti lo que te acabará perdiendo serán las mujeres, ya lo verás…
— Eso es otra cosa, y lo tengo asumido — soltó una nueva carca­jada, cruzando los brazos delante del pecho, pero se puso serio de inmediato—. Giovanni, ¿estás seguro de que todo eso de la Muer­te Negra no son cuentos de viejas o de soldados borrachos?
He leído lo suficiente en la biblioteca del Palacio de Letrán como para no fiarme, Luchino. Nunca he conocido a ningún hombre vivo que les haya visto, pero tengo referencias de so­bra respecto a los no muertos… Y si de verdad existen y han vuelto, deberíamos preocuparnos.
— Entonces ¿qué es lo que sugieres?
— Que actuemos como si estuviésemos en guerra, pero sin luchar.
— ¡Ahora sí que no te comprendo, por las barbas de nuestro padre!
— Conozco a nuestros enemigos… y también a nuestros ami­gos: si la peste llega hasta aquí, la gente empezará a moverse de un sitio a otro, y eso nunca me ha gustado. No sé si la enfer­medad la causan los gases venenosos o los desequilibrios, pero los movimientos de la gente tienen algo que ver. Así que quiero Milán completamente cerrada, como si estuviésemos prepara­dos para un asedio.
— ¿Un asedio? — Luchino torció la vista, contrariado — . ¿De cuánto tiempo?
—Meses. Y si es tan virulento como dice Pierre, puede que años.
— ¿¡Años!? ¿¡Estás mal de la cabeza, hermano!?
— ¿¡Se te ocurre otra solución mejor, maldita sea la leche que te alimentó!?
— ¡Mis señores! —la puerta se abrió de golpe, dando paso al coronel Carletti, que entró en la sala atropelladamente — . ¡La peste! ¡Ha aparecido la peste!
— ¡Maldita sea mi cabeza! —el arzobispo se levantó con tanta rapidez que volcó la silla—. ¿Dónde?
— ¡En Porta Venezia, en las casas de unos mercaderes geno­veses! ¡La gente dice que se oyen gritos horribles en el interior, y que ya hay muertos! ¡Nadie se atreve a entrar, aunque hay galenos que quieren hacerlo!
— No podía ser de otra manera, maldita sea… ¡Diles a tus soldados que monten guardia en las puertas de esas casas y que no entre ni salga nadie de ellas! ¡Es el arzobispo quien lo ordena, maldito sea el infierno, y quien se atreva a desobede­cerme se arrepentirá de haber nacido!
Verdaderamente asustado, el coronel salió corriendo de la estancia de forma tan precipitada que ni siquiera cerró la puerta. Nerviosamente, Luchino jugueteó con un estilete que su hermano tenía encima de la mesa mientras Giovanni intentaba tranquilizarse para poder pensar con claridad.
— ¿Y ahora, qué, hermano? ¿Nos ponemos a rezar?
— Maldito seas, Luchino. Si no vas a aportar alguna solución, cállate al menos: estoy intentando pensar.
— Genoveses de los demonios… Deberíamos cargar contra ellos y borrarlos del mapa.
— Sabes que ésa no es una opción sensata, hermano…, aun­que, después de todo, quizá tengas razón — su cara se iluminó, ante la extrañada mirada de Luchino — . ¡Vamos allí, pronto! ¡Que ensillen los caballos!
—¿¡A Porta Venezia!? ¡Ni loco! ¡No pienso ir de cabeza a la muerte!
— ¡No vamos de cabeza a la muerte, estúpido! —le agarró por las ropas con tanta fuerza que se las desgarró, zarandeán­dole—. ¿Es que no lo entiendes? ¡No podemos escapar de algo así, y por una vez en tu estúpida vida tienes razón! ¡Lo que hay que hacer es borrar a los genoveses del mapa!
— ¿Borrar a los…? ¿De qué demonios estás hablando ahora?
Pero su hermano se limitó a apartarle de un empujón y a des­aparecer por la puerta abierta…, por lo que Luchino Visconti no tuvo otro remedio que dar un bufido y salir en su busca, no sin antes demostrar su rabia clavando el fino estilete sobre la inmaculada mesa del escritorio arzobispal.
— ¡El arzobispo, el arzobispo! ¡Ha llegado el arzobispo, y él nos salvará de la cólera de Dios!
Montado a caballo como un simple soldado y repartiendo bendiciones a su alrededor, Giovanni Visconti avanzaba traba­josamente y sin perder la sonrisa por las estrechas calles de su ciudad, en la que desde luego ya se había corrido la noticia. Un poco más atrás, su hermano Luchino era igualmente aclamado por el pueblo, aunque él respondía al populacho con modales bastante más rudos que los del arzobispo.
Acompañados de una muchedumbre cada vez mayor, los ji­netes llegaron finalmente hasta el lugar de Porta Venezia en el que estaban las tres casas de piedra donde se decía que había brotado la peste: eran viviendas de estilo genovés, de dos plan­tas y aspecto compacto que les confería un aire de fortaleza en miniatura, lo cual estaba reforzado por todos aquellos solda­dos que custodiaban las puertas y que no dejaban que nadie las traspasase a pesar de que frente a ellas había un grupo de airados y jóvenes médicos protestando a gritos. El arzobispo se acercó a ellos sin bajarse del caballo y alzó la mano para que todo el mundo allí congregado callase y pudiese escuchar sus palabras:
— Doctos galenos: ¿podéis informar a vuestro arzobispo de qué es lo que está sucediendo aquí?
— ¡Ilustrísima, esto es intolerable! —uno de los médicos más jóvenes, tanto que ni siquiera tenía barba ni bigote, se acercó a él todo lo que los soldados le dejaron—, ¡Estos soldados, que son vuestros soldados, no nos dejan entrar a ver a los enfer­mos! ¡Somos galenos, y nuestro deber divino es el de salvar a los moribundos!
—Y mi deber divino es el de salvar a esta ciudad. ¿O acaso lo has olvidado, joven?
— Yo… —un murmullo de voces aprobando las palabras del arzobispo hizo que el tono de voz se le suavizase — . Por su­puesto que no, Ilustrísima, pero…
— Bien, he oído que la gente menciona algo acerca de la pes­te. Antes de nada, ¿están los doctos galenos aquí reunidos bien seguros de que se trata de la enfermedad o, por ventura, nos encontramos ante un caso de humores mal colocados? —esas palabras arrancaron algunas risas, aunque la gente calló de in­mediato.
— Bueno, nosotros no hemos podido entrar, pero…
—¿Entonces, por Cristo Nuestro Señor, quién ha hablado de peste?
—¡He sido yo!
La voz sonó tan angustiada y tan fuerte que pilló al arzobispo por sorpresa, y su caballo trastabilló sobre sus propias patas. Mientras Giovanni lo dominaba, no pudo dejar de advertir que quienquiera que hubiese dicho aquello estaba en el interior de la casa, probablemente en una de las habitaciones superiores: estaba a punto de gritar para exigir que se mostrase cuando de pronto no hizo falta.
Desde la ventana superior de una de las casas, se asomó a la calle una doncella de aspecto noble y ciertamente hermosa: de largos y rizados cabellos rubios, su piel era blanquecina y su busto se adivinaba generoso… Aunque, desde luego, en lo que más se fijó la gente fue en el enorme bubón oscuro que exhibía bajo su ojo derecho.
— ¡Peste! —chilló alguien de entre la masa de gente — . ¡Esta­mos todos muertos, Dios nos asista!
— ¡Calma, calma! —poniendo sus caballos a dos patas y ha­ciéndose oír por encima de la multitud, el arzobispo y su her­mano consiguieron que nadie se fuese corriendo e iniciase una desbandada —. ¿Quién eres, muchacha?
— Me llamo Maddalena, y soy hija del signore Montaldo, mer­cader de Soldia. Llegamos de allí hace pocos días, y anteayer, de repente, mi padre comenzó a sudar y a temblar, y hoy ha ido a re­unirse con Dios. ¡Por eso os pido ayuda, arzobispo! ¡No por mí ni por mi hermano, que ya estamos condenados, sino por mi madre y las demás personas sanas que están aquí con nosotros! ¡Dejadles salir, por favor, para que puedan salvarse! ¡Ellos son buenos cris­tianos, somos nosotros los que hemos pecado!
— Sanos o enfermos, temo que no puedo arriesgarme, mu­chacha: ten por seguro que Dios os perdonará cualquier peca­do que hayáis cometido, por nefando que sea, pero yo no tengo otro remedio que…
— ¡¡¡Laura!!!
Un grito desesperado salió de entre la masa de gente y se abrió paso un hombre delgado con el rostro descompuesto y la mirada perdida pero con los ojos clavados en la ventana donde se asomaba la mujer: poniéndose de rodillas junto al caballo del arzobispo, tendió las manos hacia ella en una súplica muda.
— El que faltaba, maldita sea… —el arzobispo perdió lo que le quedaba de sonrisa, sin poder evitar un suspiro de impa­ciencia—. Francesco, por favor, deja de hacer el imbécil…
— ¿Se puede saber quién es ese idiota? —tan nervioso como su corcel, que no paraba de piafar y relinchar agitándose in­quieto, Luchino le clavó al recién llegado una mirada asesina mientras le apuntaba con la ballesta que llevaba en la mano.
— Tranquilo, hermano, es Francesco Petrarca, uno de mis protegidos —recuperó la sonrisa a medias, mientras se agacha­ba para darle un manotazo en lo alto de su cabeza —. Levántate de una vez, iluminado de los demonios…
— ¡Laura!
— ¿Es que no has oído a la dama? ¡Siempre estás con lo mis­mo, tú y tu Laura! —entre dos soldados, consiguieron ponerle en pie, y el arzobispo consiguió así tomarle la barbilla y obli­garle a mirarle, bajando la voz para que sólo él pudiese oír sus palabras — . ¡Maldita sea, Francesco, esto no es uno de tus poe­mas! ¡Ya sabes que te consiento demasiadas cosas, pero vuelve a ponerme en evidencia otra vez y seré yo quien escriba ver­sos… con un cuchillo al rojo, y sobre tu piel!
Le zarandeó, arrojándole hacia los soldados y advirtiéndole con una mirada de que la amenaza había ido en serio. Y ni siquiera el poeta, por muy abstraído que estuviese, fue capaz de ponerlo en duda, por lo que decidió calmarse y darles un descanso a sus arrebatados sentimientos. Mientras, el arzobis­po volvió a recuperar su posición inicial sobre el caballo y se encontró de nuevo con la mirada de la muchacha que implo­raba piedad.
¡Por favor, os lo pido, Ilustrísima! ¡Vos sois un hombre pia­doso, un siervo de Dios! ¡No permitáis que los inocentes sean condenados!
— No está en mi mano condenar a inocentes o absolver a cul­pables, bella dama. Eso es precisamente lo que dejo en manos de Nuestro Señor y de su absoluta misericordia. Yo, como hom­bre y gobernante de esta ciudad, me limito a proteger a mis conciudadanos lo mejor que puedo… Y por eso me duele en el alma tener que dar estas órdenes, pero a Dios pongo por testi­go de que no me queda otro remedio. ¡Coronel Carletti, tapie las puertas y ventanas de esas casas ahora mismo!
A pesar de la presencia de los soldados y de los dos gober­nantes, un griterío de disgusto se elevó de las gargantas de los milaneses, a quienes les parecía desproporcionada una medida semejante. Y a pesar de que ni siquiera Luchino Visconti las tenía todas consigo, no dudó en salir en favor de su hermano y acallar las protestas blandiendo su ballesta cargada.
— ¡A callar, pandilla de muertos de hambre! ¿Osáis acaso contradecir la palabra de vuestro arzobispo y señor? ¡Al pri­mero que chille le atravieso la garganta!
— ¡Calma, milaneses, calma! — de nuevo con su caballo a dos patas y demostrando sus dotes de doma, Giovanni Visconti ex­tendió una mano conciliadora sobre la gente, que poco a poco fue reduciendo la intensidad de sus gritos —. Y cálmate tú tam­bién, hermano, porque no son los ciudadanos nuestros enemi­gos, sino aquellos que nos han traído la enfermedad, ¿luzgáis demasiado severa mi orden, ciudadanos? ¿Acaso creéis que me falta piedad? ¡Abramos entonces las puertas de esas casas y dejemos que la peste nos corroa a todos! ¿Queréis entrar en las casas de los genoveses? ¡Adelante, que entre quien lo desee, pero os prometo que después de eso encerraré para siempre al Mal en el interior de esas paredes para que el resto de mi ciudad no se corrompa! ¡Y quizá los hombres me condenen, pero estoy bien seguro de que el mismísimo Dios Todopodero­so comprenderá mis razones!
Hubo alguna tímida protesta, pero los ánimos parecían estar poco divididos… ya que ni siquiera el joven galeno que antes había discutido con el arzobispo se atrevía ahora a decir nada, asustado por la idea de que le emparedasen vivo y rodeado de apestados. La joven Maddalena, llorando de desesperación, continuaba asomada a la ventana implorando a la gente:
— ¡Piedad, señores, piedad! ¡Piedad no para mí, sino para mi familia! ¡Piedad!
— Ya he dicho que la piedad es asunto que le dejaremos a Dios, noble dama, pero yo mismo os doy mi sagrada palabra de que tanto vuestra familia como vos misma seréis recorda­dos como ejemplo de resignación y de superación de estos mo­mentos tan dolorosos para todos nosotros.
Al borde de la desesperación, la joven intentó replicar una vez más…, pero entonces algo la tomó por su espalda y la arrastró hacia el interior de la casa, haciéndole proferir un espantoso grito que dejó en silencio a toda la plaza. Aquel chillido de an­gustia fue contestado con otro grito de menor intensidad:
— ¡Laura!
— ¡Cállate la boca, idiota! —el arzobispo le propinó a Fran­cesco Petrarca una patada que lo tiró al suelo —. ¿Qué demo­nios está pasando ahí dentro, por los clavos de Cristo Nuestro Señor?
Y en ese instante, antes de que nadie pudiese hacer ningún movimiento, un nuevo rostro se asomó a la ventana.
Quizá fuese el padre de Maddalena, el signore Montaldo, el comerciante genovés, pero era muy difícil saberlo, porque, además de las enormes bubas purulentas que le colgaban de su descarnado rostro, mostraba la boca abierta en una horrible mueca mientras emitía una especie de siseo que parecía venir del mismo infierno. Estaba completamente manchado de san­gre, y movía sus brazos y su cuerpo igual que si estuviese muy borracho o como si fuese una carcasa animada por algún espí­ritu que se hubiese colado en su interior. Absolutamente toda la ciudad se quedó muda de asombro, aterrorizada por aquella especie de diablo que les acechaba desde las alturas… e incluso el mismo Luchino, acostumbrado a los horrores de la guerra, comenzó a temblar como una hoja.
— ¿Qué…? ¿Qué…? ¿Qué diablos…?
— ¡Deja de temblar, hermano, y elimina a ese monstruo, mal­dita sea la que te trajo a este mundo!
Luchino Visconti ni siquiera acusó el insulto y, a pesar de que ciertamente estaba impresionado por la visión de aquel espectro, su brazo reaccionó con la misma pericia que habría mostrado en medio de una batalla: apretando el gatillo con toda firmeza, una flecha salió volando para clavarse certera­mente en uno de los ojos del aparecido, haciéndole caer hacia atrás. Un clamor de vítores se elevó de todas las gargantas de los milaneses, alabando a su Señor.
— ¿Lo veis, pandilla de gallinas? ¿Acaso vuestro arzobispo no tenía razón? ¡Tapiad esas puertas y esas ventanas de una maldita vez, si no queréis que nos vayamos todos al infierno!
No necesitó repetirlo… y ni siquiera los mismos señores de Milán habrían podido imaginarse que los ciudadanos fuesen capaces de trabajar con tanta rapidez y a ese ritmo: de todos los lugares empezaron a aparecer maestros de obra con enor­mes piedras, ladrillos y argamasas, construyendo alrededor de aquellas casas malditas una pared tan sólida y tan estan­ca como una auténtica muralla digna de Constantinópolis. Con la ayuda de escaleras, se cegaron todas y cada una de las ventanas superiores, incluida aquella a la que se habían asomado los engendros, e incluso se sellaron las chimeneas y los tejados. En cuestión de pocas horas, las tres viviendas quedaron convertidas en tumbas en cuyo interior no cesaban de escucharse gritos y lamentos, unidos a ruidos de otras cla­ses mucho más siniestros a los que ya nadie parecía prestar atención. El arzobispo, que en ningún momento había que­rido descender de su montura y vigiló personalmente toda la operación con sus escrutadores ojos, sonrió al fin mientras bendecía el final de la obra y recitaba una breve plegaria, a la que todos los milaneses se unieron descubriéndose la cabeza y persignándose en silencio.
— Hijos míos, yo os digo que el Señor, bendito sea, perdo­nará todos y cada uno de los pecados de esas pobres gentes y les ayudará en el difícil tránsito hacia el Reino de los Cielos… Pero nosotros, los que nos quedamos en la tierra para conti­nuar sufriendo, debemos comportarnos como corresponde y luchar contra un enemigo que es incluso más poderoso que el Demonio mismo. ¡Pero nosotros no perderemos la fe, os doy mi palabra, y por eso seremos capaces de ganar esta guerra contra este enemigo! ¡Por eso ahora, hijos míos, hermanos míos, ciu­dadanos de Milán, os digo que estamos en guerra, sí, y es para eso para lo que debemos prepararnos!
— ¿Y qué podemos hacer, Ilustrísima? — el joven galeno que antes se había opuesto firmemente a todo aquello parecía ser ahora uno de los más fervientes defensores del arzobispo — . ¡Decídnoslo, vos que tanto sabéis, y nosotros lo haremos!
— ¡En guerra estamos, y así debemos comportarnos! ¡Pero esta vez la guerra es contra todos nuestros enemigos al mismo tiempo! ¡Luchino!
— ¡Dime, hermano! —espoleó al caballo para que se encabri­tase y desenfundó de nuevo la ballesta de su carcaj —. ¡Mánda­me y te obedeceré!
— ¡Coge al ejército y blinda las fronteras, que no entre nadie en la ciudad de Milán hasta nueva orden! ¡Y quien desee aban­donarla, que lo haga ahora, y para nunca más volver! ¡Porque mientras el resto del mundo se corrompa con la maldad del Demonio, nosotros nos mantendremos puros y libres en el in­terior de nuestra fortaleza! ¡Y yo os prometo, hijos míos, que, por mucho que nos asedie, el enemigo jamás podrá vencernos! ¡Porque Dios está con nosotros!
Esta vez, los vítores fueron tan ensordecedores que los caba­llos se asustaron de verdad, y los dos señores de Milán se vie­ron obligados a retirarse cada uno a sus quehaceres: mientras Giovanni continuaba repartiendo bendiciones a su alrededor con gesto satisfecho por cómo se habían desarrollado los acon­tecimientos, Luchino se dirigió hasta donde estaba el coronel Carletti y le instó a organizar las defensas tanto de la ciudad como de los territorios circundantes, que les asegurarían el su­ficiente suministro de agua y comida para soportar lo que pu­diese venir…
Y pronto, en aquel lugar de la ciudad no quedó absoluta­mente nadie, a excepción de una persona.
En el interior de las casas tapiadas, los gritos y los lamentos continuaban y crecían en intensidad, mientras Francesco Petrarca permanecía de pie mirando el recién terminado muro con gesto triste y pensando en la voz de ángel de la muchacha, y en su cabe­llo al aura desatado, en su gesto de ardiente nieve y en su crin de oro… y sin que nadie lo comprendiese, y por enésima vez, lloró desconsoladamente por haber perdido de nuevo a aquella amada suya que nunca jamás había existido:
— ¡Laura!

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1 Opinión

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  • Wamba
    on

    Lo leí hará cosa de un mes y me ha parecido francamente malo. Además, da la impresión de que los zombies han sido añadidos después de escriibrla para conseguir que la publiquen, porque si se quitaran la trama no se vería afectada apenas.

    El protagonista se nos dice una y otra vez que es taimado y astuto, y que sabe muchomás de lo que aparenta, pero en cambio es un pelele en manos de un puñado de religiosos y no se entera nunca de nada.

    El estilo es chusco, sin un ritmo claro, a veces lento (demasiado) y a veces con prisas.

    En resumen, una auténtica pérdida de tiempo.

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