La musa oculta de Goya. Una sonrisa que esconde una tragedia

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Mª Teresa de Borbón y Villagriga, Princesa de la Paz y condesa de Chinchón, es una gran desconocida aunque su retrato, pintado por Goya, haya recorrido medio mundo.

Obligada por su primo Carlos IV a casarse con el poderoso valido Manuel de Godoy, que la maltrataba y la humillaba, luchó por la independencia de España contra la invasión de las tropas napoleónicas y más tarde fue perseguida por su sobrino Fernando VII por luchar a favor de la causa liberal y constitucionalista. Una vida apasionante en la que el autor recrea dos siglos de historia.

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Desde el aeropuerto fue directamente a la clínica El Ángel, que estaba en la misma carretera, viniendo desde el aeropuerto, antes de entrar en Málaga. Había comido en la televisión con Alfonso, Carmen y Merche, después Alfonso lo llevó hasta su casa, había preparado una maleta pequeña con las cosas más necesarias. Pidió un taxi y se dirigió a Barajas.

Casualmente no había tenido que esperar casi nada y a las seis y media puntualmente había despegado el avión, que apenas una hora después le había dejado en el aeropuerto Pablo Ruiz Picasso. Como la maleta era pequeña, la había llevado con él en la cabina, así que tampoco tuvo que esperar en la cinta a que llegara el equipaje.

A los quince minutos atravesaba el hall de la clínica y tomaba el ascensor hasta la tercera planta, en cuya habitación 323 estaba su madre. Cuando abrió la puerta de la habitación, con apenas un roce de los nudillos, el espectáculo que se le ofreció le dejó absolutamente mudo y sobrecogido. Su madre, con expresión de desconcierto, estaba sobre la cama, en la que habían instalado unas correas para inmovilizarla. Sus tres hermanas estaban a su lado y al verlo se echaron a llorar con amargura.

—No te queríamos avisar. A mediodía ha tenido una crisis muy fuerte y el doctor Carrillo ha decidido atarla, porque no responde a la sedación.

Era su hermana Amelia la que le hablaba. Era la más serena y la que en situaciones comprometidas siempre sabía guardar la calma.

—Pero ¿tan mal está?

—No recupera la orientación. Tiene episodios violentos y se arranca ella misma el oxígeno y el gotero con la medicación. El médico repite lo que ya nos di]´o en marzo, que a las personas de su edad es frecuente que les suceda esto. Pero también está preocupado porque piensa que ya debería haberse recuperado.

Después de besar a su madre, que le miraba sin reconocerlo y con una mirada aterradora y atónita, hizo lo mismo con sus hermanas y se desplomó en uno de los sillones que había en la habitación. Tuvo que discutir mucho con ellas para que le dejaran quedarse a él toda la noche. Sus hermanas llevaban días haciéndolo y era justo que se repartieran las guardias al lado de la enferma. Además había una cama para los acompañantes y podría descansar un poco, si seguía la tensa calma en la que ahora se encontraba.

A partir de las ocho pasaron las enfermeras con la medicación, los controles de temperatura, de tensión arterial y parecía que la enferma estaba calmada. Los ojos muy abiertos, pero sin mirar a nada en concreto y el cuerpo abandonado, se dejó hacer sin apenas quejarse ni decir palabra. A las diez de la noche se marcharon Marta, Amelia e Isabel y algunas sobrinas que habían pasado por la clínica antes de ir a dormir para visitar a la abuela.

Él ya había tomado un bocadillo con un café en el bar de la clínica, así que cuando se quedó solo, se sentó en el sofá y puso las piernas sobre una silla. Así se mantuvo un buen rato, contemplando a su madre, que seguía despierta, con los ojos muy abiertos, pero muda por completo, respirando sosegadamente al ritmo que le marcaba la máscara de oxígeno que tenía colocada.

Mientras pensaba en el estado en que se encontraba su madre, le fue embargando una profunda sensación de tristeza y desánimo. Su madre se iba. La certeza de su próximo final se le hacía por momentos más y más evidente y no podía dejar de pensar en el enorme vacío que le produciría su pérdida. Una especie de vértigo empezó a apoderarse de él. En los últimos años la existencia de su madre y la constante atención de ella por su vida había sido el único acicate capaz todavía de amarrarlo a una existencia que desde hacía unos años le parecía cada vez más miserable. Su carácter depresivo había empeorado desde hacía tiempo y sabía, aunque él intentara ocultárselo a su madre, que ésta lo percibía y que a su pesar se había convertido en una de sus mayores preocupaciones.

Para tratar de alejar aquellos tristes pensamientos y la pesadumbre que iba apoderándose de él, cogió su maletín y sacó la carpeta en la que estaba toda la documentación de la Condesa de Chinchón. Desde que había empezado a trabajar en aquel tema, más que la propia trama de las ventas millonarias del cuadro y del Palacio de Boadilla del Monte, le había fascinado la existencia de aquella mujer, que habiendo sido un personaje de singular importancia por su matrimonio con Godoy, uno de los hombres y políticos más controvertidos y polémicos de la historia de España, apenas si había podido encontrar información sobre su vida.

El enigma que escondía el hermoso retrato de Goya había excitado su imaginación y su curiosidad. Más que un reportaje sobre las interioridades de la venta del cuadro, más que descubrir todo lo que tal vez se ocultaba en aquellas cifras millonarias con las que una familia se desprendía de su propio pasado, le había empezado a atraer descubrir la personalidad de la Condesa de Chinchón, de cuyos recuerdos ahora sus segundos tataranietos se deshacían a cambio de un montón de millones de pesetas.

Su madre empezó a agitarse en la cama. Como durante las últimas horas había estado tranquila, le habían sido retiradas las correas que la inmovilizaban. Pero ahora, con una fuerza increíble en una anciana en semejante estado de postración, comenzaba a moverse con violencia, a tratar de arrancarse la mascarilla de oxígeno, el goteo que le proporcionaba la medicación, los antibióticos y sedantes que había prescrito el doctor Carrillo, en el que su madre tenía una infinita confianza después de bastantes años cuidando de su salud.

Empezó a gritar, a tirarse de la cama. Intentó sujetarla, pero con una fuerza inusitada, su madre logró al fin poner los pies en el suelo, al tiempo que gritaba enloquecida algo que él no alcanzaba a comprender. Llamó al timbre para pedir ayuda a las enfermeras, que enseguida acudieron a la habitación.

Cuando un rato más tarde se había restablecido la paz en aquella triste habitación de hospital, Salvador Lasso se encontró agotado física y mentalmente. Con ayuda de las enfermeras habían logrado reducir a su madre y volver a ponerla en su lecho de enferma, le habían colocado de nuevo la mascarilla de oxígeno, el gotero, todo lo que se había arrancado con una brutalidad inhumana y habían terminado por volver a rodearla con las correas que la inmovilizaban para impedir que volviera a arrancarse el respirador y las vías que le proporcionaban la medicación.

Ahora volvía a estar tranquila. Una enfermera le había aumentado la sedación, que pronto había hecho su efecto, y poco a poco se había ido calmando, sin llegar a dormirse. Tenía los ojos semicerrados y un hilillo de voz, que la mascarilla de oxígeno hacía imperceptible, repetía algo que él no era capaz de captar.

La noche se hizo interminable y lenta. Ni siquiera el agotamiento que tenía había conseguido tumbarlo y ni un solo minuto se echó en la cama que había frente al lecho de su madre. Se volvió a reclinar en el sofá y así, ensimismado en amargas consideraciones, fueron pasando las horas, hasta que a través de la ventana se filtraron las primeras luces del alba. El otoño malagueño era todavía cálido, pero un frío interior le hizo subirse el cuello de la cazadora al asomarse a la ventana.

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