La niña que sabía dibujar

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Al otro lado del océano, las Cruzadas han terminado. Tres epidemias de peste arrasan Europa, matando a cientos de miles de personas. Pero en Norteamérica, nacida en un poderoso clan de mujeres, Gahrahastah, La Que Dibuja, está dotada de la habilidad de hacer dibujos que predicen el futuro. Al vaticinar que habrá guerra, la niña salva a su amado pueblo ganeogaono, pero es capturada por los brutales algonquinos. Gracias a su valor y a su espíritu indomable, huye de sus captores y encuentra refugio entre los naskapi, una tribu pacífica. Sin embargo, todavía tendrá que cruzar toda Norteamérica para llegar a los confines del hemisferio occidental, donde finalmente conocerá a Halvard, un cazador escandinavo, con quien compartirá su vida y que resultará la clave para desvelar el enigma de su nacimiento. Juntos se harán a la mar para llegar a Groenlandia, donde el estilo de vida de Halvard y los suyos se verá atacado.

ANTICIPO:
Cuando las mujeres levantaron el campamento de invierno, descubrí que la rapidez con que habían recogido sus enseres para abandonar el poblado de verano no se debía a que temieran las represalias de los ganeogaonos, sino a la práctica. Costaba creer que varios cientos de personas, incluyendo los niños, pudieran desmantelar rápidamente sus hogares, encomendar la carga a los perros y ponerse en marcha. De no haberlo visto el otoño anterior, sabiendo que nuestros hombres los perseguían, habría creído que era una excepción. Los algonquinos no parecían quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar. Supongo, claro, que habían adquirido experiencia en el arte de la retirada.

Enganchaban largas pértigas a los costados de los perros y luego con unas pieles formaban un trineo. Los hombres conferenciaban entre sí mientras las mujeres apilaban cosas y enseres sobre el trineo. Los hombres sólo llevaban sus armas.

Mi madre estaba en lo cierto cuando decía que las mujeres algonquinas eran más esclavas que iguales, incluso en sus propias tierras. Por suerte para ellas, no conocían nada mejor y caminaban con las cunas de sus bebés a la espalda y cestas en equilibro sobre la cabeza, chismorreando y riendo.

Varios hombres habían salido antes con las canoas, seguramente para cazar, pescar y elegir dónde acamparíamos por la noche. Yo me fui rezagando poco a poco, pensando en escabullirme y perderme entre los árboles. Para mi consternación, los niños no me perdían de vista un solo momento. Incluso cuando hacía mis necesidades a un lado del camino, se quedaban conmigo hasta que volvía a la columna.

Marchamos hacia el noreste, sin detenernos apenas para descansar. Cada noche, cuando llegaban las mujeres y los niños, encontraban las fogatas encendidas y los recibía el olor de los salmones asados. Las noches empezaron a ser lo bastante cálidas para que se pudiera dormir sin necesidad de levantar refugios, y sólo se cubrían con las pieles bajo las estrellas. Por el camino, los viajeros llegaron a una aldea de tan sólo seis wigwams, con un pequeño maizal ya sembrado. Los ancianos y los jefes de la aldea dieron la bienvenida a los viajeros. Mientras los hombres se reunían y fumaban, las mujeres montaron el campamento junto al maizal. Antes de dormir, varias personas vagaban entre las fogatas.

Una vieja bruja, encorvada bajo el peso de cincuenta inviernos al menos, apareció dando golpes en el suelo con su bastón a la cabeza de un grupo de niños revoltosos.

-¿Dónde está la Niña Mohawk? Quiero veda.

-Allí está. Mírala -gritó el grupo de niños al que mi ama había encargado que no me perdieran de vista.

Por el modo en que me miraba la anciana, parecía que yo tuviera astas. No creo que ni ella ni ningún aldeano hubiera visto jamás a uno de mi tribu.

-¿Hablas algonquino, Niña Mohawk? -preguntó un niño en voz alta.

-No -respondí, y me negué a decir nada más.

Después de comer gachas de maíz al amanecer, levantamos el campamento y reanudamos la marcha. No necesitábamos acarrear agua, ya que los arroyos bajaban crecidos por la nieve derretida de las montañas. Los campamentos nocturnos se montaban siempre junto a algún arroyo. Oí decir a mi amo que tenía intención de instalar a los suyos junto al océano, donde tal vez nos quedaríamos un par de años.

Al día siguiente, varias doncellas caminaron cerca de mí susurrando entre ellas. De vez en cuando me lanzaban alguna pulla, pero yo me negaba a contestar. No sabía, ni me importaba, si se daban cuenta de que entendía sus palabras. Cuando dos de ellas me atosigaron, como hacían otros para mostrarme que el camino era suyo antes que mío, me hice a un lado para dejarlas pasar.

-Hazlo ahora -dijo una, que se arrodilló detrás de mí y la otra me empujó hacia atrás. Caí en las zarzas.

Solté un grito, incapaz de reprimir mi ira y mi sorpresa. Cuando recobré el dominio de mis emociones y regresé al camino, tenía los brazos y las piernas llenos de arañazos de las espinas.

-La Niña Mohawk sangra -dijo una.

-Siente dolor, igual que cualquier animal, aunque intente no demostrarlo -dijo la otra-. Como no quiere hablar, no necesita la lengua. Quizá podríamos cortártela, Niña Mohawk -me amenazó la que hablaba.

Empezaron a hostigarme de nuevo, Intentando conseguir que saliera corriendo, pero yo me coloqué de espaldas junto a un olmo rojo, con los pies separados y los ojos entornados, preparándome para su siguiente ataque.

-Mi padre murió por tu culpa -dijo la mas baja.

-La gente dice que las chicas mohawks se consideraban tan buenas como los hombres.

Me aparté los largos cabellos de los ojos, negándome a responder a una pregunta que no merecía respuesta.

-¿Por qué no quieres hablar? ¿Acaso eres demasiado estúpida para hablar?

-A lo mejor podemos enseñarle nosotras.

-Es demasiado boba -dijo la otra con desdén-. Es una mohawk. -Se echó a reír.

Sospeché que se estaban preparando para volver a empujarme y poder alardear luego de su fácil victoria ante sus amigas.

Antes de que se les ocurrieran más burlas, utilicé las palabras en algonquino que había aprendido y las junté, pero haciéndolo mal a propósito.

-Tu padre sabe malo. Demasiado duro. -Les hice una mueca como si fuera una máscara de terror, lamiéndome los dientes-. Tú, más gorda. Más fácil masticar, creo.

La chica soltó un chillido y echó a correr por el camino, llamando a gritos a su madre. Su amiga vaciló, pero no tardó en decidirse. Intenté calcular qué ventaja podía conseguir a la luz del día. ¿Cuánto tiempo tardarían en reparar en mi fuga? A poco trecho del camino podía desaparecer entre los árboles frondosos. Vacilé, sopesando mis posibilidades. No había ningún arroyo cercano en el que meterme para borrar el rastro y que no pudieran seguirme los perros. Recogí mi fardo y regresé al camino.

A las chicas les dieron permiso para castigarme por mi insolencia. Con gran pesar, cada golpe de la vara me hizo soltar un gemido, sise ando a través de los dientes apretados. Noté el sabor de la sangre en el labio y me di cuenta de que me lo había mordido en mi esfuerzo por guardar silencio como un guerrero.

Finalmente, los robles y arces empezaron a ralear, dando paso a paso a piceas y pinos. La tierra se va vio arenosa bajo mis pies. Las gaviotas planeaban en las corrientes de aire y, cuando el viento soplaba del este a traves de los árboles y las espartinas, las plantas del lago, me salpicaba la nariz de sal. Estábamos cerca del océano.

Nos acercábamos al borde de la tierra.

Sólo nos quedaba una colina cubierta de hierba por ascender. Unos cuantos pinos enanos y robles retorcidos bordeaban el sendero arenoso. Una arboleda de abedules poco tupidos se inclinaba hacia nosotros, combándose bajo el viento cargado de humedad. No había nada más que maleza de color verde claro en la tierra arenosa que llegaba hasta el agua y el horizonte azul.

Los primeros de la larga columna llegaron a la cima y esperaron allí a los demás charlando y gesticulando. Un chico silbó y exclamó:

-Mirad cómo se mueve el océano. El agua se amontona en hileras de montañas blancas y se lanza hacia delante como una fila de guerreros para atacar las rocas y la arena.

Yo imaginaba un río que se perdía en la distancia, moviéndose como hacen los ríos. Ni siquiera las leyendas de mi pueblo me habían preparado para los montículos verdes coronados de blanco que cogían velocidad y acababan estrellándose contra la playa. El agua parecía respirar como si fuera una cosa viva, dejando tras de sí islas de espuma que se desvanecían, algas y cangrejos. Las gaviotas se posaban perezosamente sobre la cresta de las olas, alzándose y hundiéndose con ellas. Desde las alturas se podían ver líneas lejanas de espuma blanca que se precipitaban hacia nosotros. Realmente el océano no tenía fin.

-Apártate. Sal del camino, Niña Mohawk. -Mi ama me agarró del brazo y me hizo retroceder.- ¿No ves al chamán y a los sacerdotes?

Los sacerdotes del poblado, que llevaban los cestos de brasas, encendieron una pequeña hoguera en la colina. Colocaron hojas de tabaco secas sobre las llamas e invocaron la bendición de Manitú para su nuevo asentamiento. Después de la ceremonia apagaron el fuego.

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