La Orden de Calatrava. Religión, guerra y negocio

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La Orden de Calatrava, cumplidos los 850 años de su existencia en 2008, fue la primera orden religioso-militar creada en España y una de las primeras en Europa, para defender la cristiandad frente al empuje bélico del islam. Fue fundada en la ciudad-fortaleza de Calatrava en el siglo XII (en 1158), después de que los templarios no se vieran con coraje suficiente para defenderla frente a los ataques musulmanes. El abad Raimundo de Fitero (Navarra) y Diego Velázquez, monje de su monasterio que había sido guerrero en su juventud, se ofrecen voluntarios a Sancho III para hacerse cargo de la fortaleza. La Orden de Calatrava comenzó su andadura en un pequeño territorio hostil y semidespoblado y, en el discurrir de los siglos, sin dejar de guerrear, obtuvo importantes propiedades tanto en extensión como en valor económico. Se expandió por varias zonas de la Península Ibérica, incluso Portugal; su poder e influencia fueron enormes, en especial en el conocido todavía como Campo de Calatrava, y fue tan necesitada como temida por los reyes. Fernando el Católico, a finales del siglo XV, decide controlarla y, tras conseguir ser nombrado maestre, la anexiona a la Corona. Desde entonces, los reyes españoles, como grandes maestres, han administrado, vendido o hipotecado los bienes de la orden, desde las minas de Almadén hasta un sinfín de prebendas y de territorios que, en el siglo XIX, fueron definitivamente desamortizados. Hablar de la Orden de Calatrava es recrear el arte cisterciense, revivir la batalla de Las Navas de Tolosa, elegir entre el Pedro I el Cruel o el Justiciero, comprometerse con el partido de la Beltraneja o con el de Isabel, mostrarse tan excesivo como el condeduque de Olivares, o saber que, en la actualidad, es don Juan Carlos I quien ostenta la categoría de gran maestre de las Órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.

ANTICIPO:
Después de la conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085, los castellanos llevaron a cabo, con mejor o peor fortuna, diversas expediciones hacia el sur a través de aquel territorio antes oretano y más tarde llamado Campo de Calatrava, cuyos castillos estaban en poder musulmán [y muchos de los cuales, de mala construc­ción, fueron derruidos en el siglo xm, al acabar la reconquista de esta zona]

Los musulmanes, tras la conquista de Toledo por Alfonso VI, nece­sitaban mantenerse en la plaza fuerte de Calatrava para continuar sus ataques desde ella con el fin inmediato de recuperar la capital tole­dana y frenar la reconquista cristiana. Pero, al mismo tiempo, para los cristianos, conseguir Calatrava era asimismo un objetivo prioritario y fundamental en su camino de reconquista y en su necesidad de defen­der Toledo, así como de repoblar la zona.

El hostigamiento musulmán al reino cristiano continuó, incremen­tado al año siguiente con la ayuda de los almorávides que acudieron a la llamada de los reyes de taifas, temerosos del posible avance de Alfonso VI. Y Calatrava jugó un papel fundamental en ese hostiga­miento, pues era la plaza fuerte musulmana más avanzada hacia el reino cristiano. Y aún lo siguió siendo durante más de medio siglo.

Los almorávides fueron una dinastía de bereberes del Magreb fundada por la tribu Lambtuna. Desarrollaron un nuevo movimiento político-religioso, muy radical, dirigido por Yusuf Ibn Tashfin, hombre rudo e inculto. Por la petición que le hicieron los reyes de taifas de al-Ándalus, Yusuf Ibn Tashfin acudió en su ayuda al mando de sus tropas y se enfrentó a los cristianos, en el año 1086, en Sagrajas (Badajoz). Los almorávides derrotaron a los cristianos. La batalla fue tan terrible que los vencedores la llamaron batalla de Zalaca (resbalar, en árabe) por lo resbaladiza que estaba la tierra a causa de la sangre derramada durante la lucha. Alfonso VI fue herido en una pierna. El ejército cris­tiano, de varios miles de hombres, quedó reducido a la mitad, pero los musulmanes apenas ganaron territorio a Castilla porque Yusuf Ibn Tashfin regresó con sus tropas al Magreb al saber que su hijo había muerto.

Tras la retirada de los almorávides, los reinos de taifas siguieron con sus disputas internas, pero aquellos regresaron cuatro años más tarde (en el 1090), anularon los reinos de taifas e impusieron su dominio sobre al-Ándalus. Los almorávides hicieron de Granada la capital del reino musulmán unificado.

En 1095 los cristianos obtuvieron un gran territorio en la zona central peninsular por la dote de Zaida al casarse [?] con Alfonso VI, que incluía los castillos de Alarcos, Caracoy y otros. [La historia de la relación de Zaida y Alfonso VI se mezcla con la leyenda. Se cree que Zaida tenía lazos familiares con varios reyes de taifas. Era sobrina del rey de Denia y Lérida, y fue esposa de Fath al-Mamum, gobernador de Córdoba, hijo del rey de Sevilla, Abenabeth o Muhammad ibn Abbad o al-Mu´tamid. Y hacia el año 1093, a causa de los ataques del almorávide Yusuf Ibn Tashfin a los reinos de taifas, y antes de que atacase Sevilla, Zaida fue puesta a salvo fuera de la ciudad. Su esposo fue muerto por los almo­rávides y ella fue enviada por su suegro a resguardo del rey Alfonso de Castilla, de quien al-Mu´tamid era vasallo. El rey castellano estaba casado entonces con Constanza de Borgoña, que se hallaba enferma y murió ese mismo año. Zaida y Alfonso VI se enamoraron, y Zaida renunció al islam y fue bautizada en Burgos con el nombre de María o Isabel. Aunque algunas crónicas hablan de matrimonio, no está claro que Zaida y Alfonso se casaran, pero vivieron juntos. El arabista Cándido Ángel González Falencia señala que la corte de Alfonso VI, «casado con Zaida», parecía una corte musulmana por la frecuente presencia de intelectua­les musulmanes, la utilización de vestimentas de estilo árabe y otros usos y costumbres. Zaida y Alfonso tuvieron un hijo, Sancho Alfónsez, reconocido por el rey como heredero, pues no tenía otros hijos varones. No hay certeza de cuándo murió Zaida, si en el parto de su hijo o algún tiempo después. Y Sancho Alfónsez murió en el año 1108 en una batalla de Uclés (Cuenca), conocida como la batalla de los Siete Condes, pero tampoco se fija con exactitud su edad, que se estima alre­dedor de los trece o quince años. Por la unión o boda entre Alfonso y Zaida, según precisó el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, ella aportó al rey los castillos que su padre —su suegro— le dio: Caracuel, Alar­cos, Consuegra, Mora, Ocaña, Oreja, Uclés, Huete, Amasatrigo y Cuenca]. La época del mayor auge almorávide fue la de Ali ibn Yusuf, en las primeras décadas del siglo xn (1107-1124). Al principio de ese periodo, en 1108, nuevamente derrotaron a Alfonso VI, esta vez en Uclés (Cuenca). Y en el 1110 se apoderaron de Zaragoza, aunque aquí se mantuvieron poco tiempo: este reino fue conquistado ocho años después por Alfonso I de Aragón el Batallador. Pero los castellanos seguían fuertes en Toledo.

Al morir Alfonso VI (en 1109, en Toledo) le sucedió en el trono de Castilla su hija Urraca, que murió en el 1126 en Saldaña (Falencia), y, a esta, su hijo Alfonso VII, que fue llamado El Emperador, y asestó duros golpes a los almorávides.

Los almorávides aún permanecieron en al-Ándalus hasta mediados del siglo XII (su dominación duró casi siglo y medio) y lograron una mejoría económicosocial en al-Ándalus a pesar de resistirse a su gobierno una parte de la población, tanto musulmana como mozárabe y judía, descontenta por el puritanismo religioso almorávide a conse­cuencia del cual los gobernantes impusieron un fuerte freno al desarro­llo cultural mediante limitaciones a la literatura, a las ciencias y a la filosofía, consecuencia de lo cual fue una revuelta en Córdoba en 1120 que ya anunciaba su cercana caída.

Pero en el reino cristiano castellano, con Alfonso VII el Emperador (hijo de Urraca, nieto de Alfonso VI), se fortaleció la idea de imperio nacional ya impulsada por su abuelo, buscando la unificación de todos los reinos [aunque aún tardaría tres siglos en lograrse.] Y fue esa polí­tica de expansión unificadora lo que llevó a Alfonso VII, entre otras acciones, a practicar una ofensiva general sobre el islam. El poder almorávide en al-Ándalus empezó a menguar al quebrarse su fuerza militar frente a los cristianos. Los almorávides intentaron de nuevo conquistar Toledo, sin conseguirlo, en 1139. Y, a la par que se enfren­taban al doble problema de la oposición de parte del pueblo y las luchas contra los cristianos, se vieron acosados por los almohades, un nuevo movimiento religioso surgido en otra tribu beréber del Atlas, dirigido y difundido por Abu Abd Allah Ibn Tumart [que poco después los derrocaría.]

El almohade Ibn Tumart, al contrario que el almorávide Ibn Tashfin, era un hombre culto. Había estudiado, en importantes ciudades musul­manas de al-Ándalus y de Oriente. Creía en Alá como único Dios pero también en la ciencia y en el conocimiento como elementos de forta­lecimiento de la fe religiosa. Hacia el año 1120 inició la expansión de su discurso religioso-político y su lucha en el Magreb contra los almo­rávides. Consiguió que el poder almohade creciese. En 1130, Ibn Tumart intentó conquistar Marrakech, sin éxito, y en ese mismo año murió. Le sucedió en el mando Abd al-Mumen, el cual ocultó la muerte de Ibn Tumart durante tres años para evitar la desmoralización del pueblo.

Mientras, en al-Ándalus, los almorávides seguían acosando de vez en cuando la capital toledana. En el año 1138, en una de sus incur­siones desde Calatrava hacia Toledo, avanzaron hasta muy cerca de esta ciudad, aunque no consiguieron entrar en ella. Además, al año siguiente fueron derrotados por Alfonso VII. Los enfrentamientos siguieron, y unos años después (entre 1143 y 1145) ocurrió un episo­dio, también legendario, que elevó la tensión en la frontera del Tajo: murieron dos rivales, Farax Abdalí, un relevante jefe musulmán, y Munio Alfonso, alcaide cristiano de Mora (Toledo). Fue a raíz de un ataque a Toledo comandado por Farax Abdalí, probablemente en 1143. El musulmán hizo prisionero a Munio Alfonso, lo decapitó y clavó su cabeza en las murallas del Guadiana, pero los almorávides no consi­guieron volver a entrar en Toledo por más que lo intentaron. Alfonso VII los derrotó de nuevo tres años después, y parece ser que Farax Abdalí fue muerto por esas fechas. De este episodio u otros de la época surgieron diversas leyendas. Una de ellas habla de un rey moro que arrojó sus tesoros en un lugar del río Guadiana llamado el Ojo de la Campana, donde ha habido reiterados intentos de rescatar tales rique­zas, y no lejos está el sitio llamado Cabeza del Rey, donde fue puesta su cabeza. En todo caso, la legendaria figura de Munio Alfonso, fron­tero de Castilla, gran amigo del rey, está impregnada de heroísmo y tragedia, y refleja el perfil de ese caballero medieval heroico y leal hasta el extremo. Su muerte —el caudillo Farax lo descuartizó: envió su cabeza a Córdoba y después a Sevilla y a Marruecos, y expuso en Calatrava un brazo y un pie del alcaide castellano junto a las cabezas de otros compañeros—, causó un gran pesar al rey, que supo la noticia al acampar en una ribera del Tajo cuando regresaba de una larga campaña en tierras de Córdoba y Sevilla. Todos estos avatares refor­zaron en los cristianos la idea de conquistar Calatrava, pues el mante­nimiento de esta plaza en poder musulmán era un riesgo demasiado alto para la ciudad de Toledo, pero todavía tardarían varios años en conseguirlo, cuando ya los almohades habían llegado a al-Ándalus.

Los almohades entraron en al-Ándalus en 1145 ó 1146. En el Magreb, Marrakech cayó en su poder en 1147, y desde esta ciudad gobernaron también al-Ándalus. Abd al-Mumen, el primer califa almo-hade en al-Ándalus, extendió por su reino los criterios a favor de la fe religiosa en el dios único Alá, a la par del conocimiento científico, y utilizó este espíritu religioso para unir los reinos de taifas frente a los cristianos y contener su avance no detenido por los almorávides. Pero no fue muy bien comprendido en los reinos de taifas, contra los que también tuvo que guerrear para unificarlos.

En ese año de 1147, Alfonso VII, en una de sus más importantes expediciones, conquistó Almería. Un hecho muy significativo del gran empuje militar cristiano, pues esta plaza del sur peninsular, en pleno territorio al-Ándalus contro­lado por los musulmanes, quedaba muy lejos del territo­rio controlado por los cris­tianos.

En ese mismo año, los castellanos, en una expedi­ción contra Córdoba, se hicie­ron con la fortaleza de Cala­trava y volvieron a tomar las plazas fortificadas de Alarcos, Caracuel y Almodóvar 17. Al­gunas fuentes señalan que Al­fonso Vil conquistó la estra­tégica ciudad de Calatrava de forma relativamente sencilla, entregada por su vasallo Abangania, gobernador musulmán de Córdoba, para mantenerse en el poder y en señal de fide­lidad, a la par que le entregó también las posesiones de Baeza y Úbeda al sur de Sierra

Morena, en Jaén. De este modo, Alfonso VII pudo hacerse también, en tierras de Calatrava y alrededores, con los castillos de Caracuel, Almodóvar, Mestanza y Alcudia, que defendían las estratégicas y poco pobladas tierras del valle del Guadiana, logrando el control de toda la región. Seguidamente, el rey procedió al reparto de aquellas tierras entre los conquistadores y quienes estuvieron dispuestos a repoblar­las y defenderlas.

Para el califa Abd al-Mumen fue un duro golpe la pérdida de Cala­trava, precisamente en el mismo año en que su gobierno se impuso en al-Ándalus.

Alfonso VII donó la mezquita de Calatrava, con importantes privi­legios y rentas, a la Iglesia Mayor y al arzobispo de Toledo, Raimundo (1124-1152), para ser transformada en iglesia. Antes de un año dio fuero de población o carta-puebla (prerrogativas a los pobladores de un territorio) a la plaza de Calatrava. A partir de la conquista de Cala­trava, para los cristianos fue prioritario mantener esta plaza fuerte. Era una cuestión de seguridad, tanto para el reino castellano como para todos los demás reinos cristianos. Y también para el resto de la cris­tiandad tenía gran importancia la batalla al islam en la península hispá­nica, pues el arco de poder musulmán desde Oriente hasta Occidente, incluido el Mediterráneo, suponía una amenaza constante para Europa. [En ese tiempo, también en Oriente los cristianos libraban su malo­grada Segunda Cruzada, dirigida por Luís VII de Francia y el empera­dor germánico, Conrado III]. Por tanto, la defensa de Calatrava no era solo una cuestión de prestigio o simbólica, como fue la conquista y el mantenimiento de la lejana plaza de Almería [perdida diez años después, sin que ello tuviera grave repercusión en los reinos cristianos ni en su proceso de Reconquista.] Calatrava era un punto clave. Y su defensa, tan difícil como necesaria. Por entonces, los cristianos carecían de ejércitos regulares y las zonas fronterizas no eran nada fáciles de poblar Resultaba urgente asegurar la defensa de esta plaza que los musulma­nes se empeñarían en reconquistar. Estos problemas encontraron una vía de solución en la estructura monacal europea, que ya estaba bastante desarrollada en ese tiempo, y no solo en su naturaleza religiosa sino, en algunos casos, como sistema militar defensivo de los valores cris­tianos, y en la zona cristiana de la península hispánica, al igual que en otros lugares europeos, ya se habían establecido diversas órdenes religiosas y religioso-militares que ayudaron a los diferentes reinos cris­tianos en sus tareas de Reconquista. Así, Alfonso VII recurrió en el año 1150 a la Orden del Temple para defender Calatrava. Los templa­rios cumplieron tal misión durante ocho años, hasta que renunciaron a ella por la fuerte presión musulmana, a raíz de lo cual nació la Orden de Calatrava.

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