La otra isla del doctor Moreau

moreau

El sorprendente creador de Dracula desencadenado, además de otros clásicos incuestionables como La nave estelar o Enemigos del sistema, visita en esta ocasión la isla del doctor Moreau.

En los primeros momentos de la guerra, una cápsula procedente de la Luna es saboteada y cae en medio del océano Pacífico. En el momento del impacto ya había muerto uno de sus cuatro tripulantes. Solo queda uno con vida cuando alcanza una isla dominada por una letra enorme: M.

En la Isla, Shaw, el naufrago superviviente, encuantra unos habitantes de apariencia sorprendente: aunque humanos, hay en ellos algo enigmáticamente bestial. El genio siniestro responsable de estos híbridos es un tal Mortimer Dart, una víctima de la talidomida fascinada por las deformidades humanas y que ha llevado a cabo una serie de experimentos que duplican los del legendario doctor Moreau de H.G. Wells.

ANTICIPO:
Era una Xiay 25A que nuestros aliados chinos fabricaban baratas, capaz de múltiples funciones y disparar balas ordinarias, balas de gas CS, balas de clavos y otros proyectiles similares. El hombre que se asemejaba a un robot llevaba un látigo y un revólver en el cinturón. Estaba bien armado para haber salido a dar un paseo matinal. Repitió su pregunta.

Yo le planté cara decidido, tratando de dominar mi debilidad.

-Soy americano, que es, según creo, más de lo que usted puede pretender. Me llamo Calvert Madle Roberts y soy un Subsecretario de Estado en la Administración de Willson. Volvía de una misión estatal cuando el avión en que venía fue derribado en el Pacífico. Sus empleados me trajeron a tierra. Tengo que ponerme en contacto con Washington de inmediato.

-¿Mis empleados? Se refiere usted a Maastricht. ¿A qué demonios jugaba cuando lo trajo hasta aquí? No es una feria de diversiones lo que administro. ¿Por qué no lo llevó a la laguna?

-He estado nueve días a la deriva. Estoy casi repuesto y tengo necesidad de ponerme en contacto con mi departamento lo antes posible ¿de acuerdo? Si es usted el que tiene esto a su cargo, lo hago responsable de mi cuidado.

Emitió un gruñido que bien pudo haber significado risa.

-En efecto, tengo esto a mi cargo, de eso puede estar seguro… y no me resulta posible hacer que lo arrojen de nuevo al mar.

-Muy gentil de su parte. Le he dicho mi nombre. Roberts. ¿Cómo se llama usted?

Sus labios se curvaron ligeramente.

-Llámeme el Amo como los demás -giró sobre sí con un violento movimiento corporal y empezó a alejarse a zancadas por donde había venido. Yo lo seguí.

Avanzábamos por lo que servía de miserable calle a la aldea nativa. Los nativos, recuperando el coraje, habían vuelto a espiamos. Emitían frases con las que quizá pretendían conjurar el mal mientras su Amo avanzaba.

-Suya es la Mano que Mutila…

-Suya es la Cabeza que Inculpa…

-Suyo es el Látigo que Doma. . .

Más allá de la pequeña aldea maltrecha estaba la laguna. El camino la bordeaba dejando atrás las tranquilas aguas verdes y se dirigía a unos edificios que era posible divisar entre los árboles. Más allá todo era una empinada colina cuyas faldas grises dominaban el bosque. Por mezquinos que fueran los asuntos de los hombres, la naturaleza había puesto una nota de grandeza.

Era imposible mantenerse a la par de las grandes zancadas mecánicas del supuesto Amo. Cada vez me fui quedando más y más atrás. Había un grupo de nativos que trabajaban al otro lado de la laguna, donde vi una grúa móvil; se detuvieron para miramos.

Al empezar a ascender la colina, se me enturbió la vista. Allí había un vallado de altos y herrumbrosos postes de metal. Lo alto del cerco estaba decorado con alambres de púas entrelazadas las unas con las otras. El Amo se detuvo ante un estrecho portal, y se inclinó torpemente para abrirlo. Oí el ruido de un cerrojo. Giró una rueda, el portal se abrió y él entró. En cuanto puse los pies en el recinto, cerró las puertas de un empellón y echó el cerrojo por dentro.

Finalmente, la debilidad me venció. Caí con una rodilla en tierra.

-¡Bella! -llamó sin tenerme en cuenta.

Me puse en pie y avancé mientras una extraña figura salió de un edificio a nuestro encuentro. Llevaba un vestido. Era. .. una mujer, Bella. Tenía las cortas piernas deformadas comunes a casi todos los isleños. Su piel era de un rosa oscuro. Su cara era tan espantosa como la de George y los demás, aunque sus ojos ofrecían un fulgor… delicado, creo que es el adjetivo que mejor los define. Parecían resplandecer y tenían un aire oriental. No me miraba directamente, aunque se me acercó sin vacilar mientras escuchaba lo que su amo le decía.

Para mi sorpresa, vino derecha hacia mí y trató de levantarme. Experimenté una especie de excitación nerviosa en su abrazo. Luego me desmoroné.

Mis sentidos nunca me abandonaron por completo. Tenía conciencia de caras extrañas a mí alrededor y de ser llevado a una habitación en penumbra. Me cubrieron la frente con algo fresco. Me vertieron agua entre los labios; apenas podía tragar y retiraron la copa. Entonces me vendaron los ojos. Yacía sin voluntad mientras manos expertas me palpaban el cuerpo y era sometido a una revisión cabal. Estas cosas apenas las registré en el momento, aunque luego las recordé.

Cuando al fin me recobré, me habían quitado las vendas de los ojos. Yacía desnudo bajo una sábana y me sentía fresco. Cuando me apoyé en un codo, vi que me habían aplicado en la cara y el pecho un ungüento para aliviar me de las quemaduras que el sol me había producido. La mujer llamada Bella estaba en cuclillas en un rincón de la habitación. Sus ojos me miraron con un verdoso fulgor al girar la cabeza.

-Usted… ¿se siente bien ahora?

-Creo que sí.

-¿Usted gusta whisky?

-Gracias, pero no bebo.

-¿No bebe? usted bebe agua.

-Quiero decir que no bebo whisky.

Se quedó mirándome con atención e inmóvil. Tenía cortos cabellos oscuros. Me pregunté si no sería una peluca. Su nariz se parecía al morro de un gato.

-Gracias por cuidarme, Bella. He pasado por situaciones muy adversas. Una mera reacción.

-Yo digo a Amo -se escurrió hacia fuera abriendo apenas la puerta para salir y cerrándola enseguida tras haber pasado. Decididamente, un felino.

En cuanto se fue la habitación adquirió nuevas proporciones. Sentía el cuerpo extremadamente ligero.

Bien, me dije, así son las cosas aquí, en la Luna. No le es posible a uno esperar realidad. La realidad, aquí, es sólo una sexta parte de 10 que es en la Tierra.

Sin sensación de esfuerzo abandoné la cama y advertí que me era fácil andar si extendía los brazos para guardar el equilibrio. Estar desnudo facilitaba mucho las cosas. Avancé flotando hasta la ventana sin panel. Pero tenía cristal; claro, no había minerales en la Luna.

-M significa Luna* -me dije en voz alta.

Muy cerca tocaban música, música y el fuerte calor de un día tropical. La música era de Haydn, ese compositor que había llegado a dominar a todos los demás, aun a Bach y a Beethoven en la última década. Creo que era su Sinfonía Quincuagésimo cuarta la que estaban tocando. Haydn y el calor…

Por cierto subterfugio de la mente, recordé quién era Moreau.

Estaba mirando un patio sucio. Había, amontonados, latas de pintura, planchas de madera y paneles de metal. Maastricht, todavía con la botella en la mano, cruzó la línea de mi visión. Me había olvidado de que él estaba en la Luna.

-¿Por qué diablos has dejado a ese político donde lo hiciste? -Oí que el Amo le gritaba-. Fue una invitación al desastre… ¡Esto no es una feria de diversiones! Supón que George hubiera…

-No me molesté en llevarlo al puerto porque tenía prisa en ir a recoger las redes de la pesca, como usted me había dicho que hiciera -replicó la voz de Maastricht-. Con todo lo que me ha gritado ya cumplo con la ración del día. George lo trajo sin daño alguno ¿no es cierto?

-Tuve que ir a rescatar al hombre. Para tu información te diré que estaban a punto de hacerlo pedazos.

-jPsuh! No lo creo. De cualquier modo, ¿qué hacemos con el tío ése ahora que está aquí?

-Sabes que es imposible permitirle que se quede. Por hipótesis, hombre. Supón que le diera por ponerse del lado de Warren.

-¡Vaya! No mencione a Warren… Dejemos la cuestión en paz por ahora, Amo. Es hora de que me beba un trago.

Hubo más, pero extrañas olas me inundaban la cabeza trayendo consigo la oscuridad. Volví vacilante a la cama, metí una mano bajo la almohada y me sumí en un sueño profundo y perturbado. Una y otra vez me despertaba el terror de mis sueños, en los cuales el motivo recurrente era una gigantesca letra M, negra, tallada a veces en la roca, a veces en la carne. De vez en cuando me despertaba y veía a la mujer, Bella, que me asistía o que me enjugaba la frente con torpeza.

Como me encontraba en la Luna, había cosas placenteras que de otro modo habrían resultado desagradables. Con su estilo gatuno, Bella se apretaba contra mÍ. Su boca, con sus agudos incisivos estaba junto a la mía. Gozo del poder y de la capacidad de ejercerlo; en cualquier situación, suelo maniobrar hasta conseguir el control; pero con Bella a mi lado, acariciante aunque predatoria, me deleitaba en la debilidad en que flotaba. Las cosas son así en la Luna.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • ozu
    on

    A mi me pareció un auténtico novelón.

    Aventuras desenfrenadas en estado puro, original, muy original pese a que por el título pueda parecer lo contrario. Un Drácula inesperado con unos propósitos muy peculiares y enfrentado a unos oponentes… distintos, incluso el propio Bran Stoker.

    Recomendable sin duda, espero que esta no le vaya a la zaga.

  • mercurio
    on

    estooo,

    si esto es la otra isla del doctor moreu, ¿k hace el USS Enterprise en la portada del libro? Es el cartel de Star Trek VI.

    ¿a que viene eso?

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