La Perla

Perla

Steinbeck consiguió sus grandes novelas centrándose en la observación de la realidad cotidiana y describiendo la indiscutible grandeza de personajes aparentemente sencillos, elementos a partir de las cuales mostraba las grandes verdades del comportamiento humano.

Esta novela breve narra el hallazgo de una perla de incalculable valor y las consecuencias que acarrea a un modesto pescador, Kino, cuyo hijo a sido víctima de la picadura de un escorpión. Sin embargo, el interés de esta novela reside en el enfrentamiento entre dos mundos, el de los ricos y el de los pobres, y en el proceso de cambio en las relaciones humanas en función de la situación económica de las personas. Esto explica que sea una novela ampliamente usada en la escuela para invitar a la reflexión ética.

ANTICIPO:
El alba llegaba rápida ya, un destello, un relámpago y luego una explosión ígnea al surgir el sol del fondo del Golfo. Kino miró al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oía el batir de la masa de las tortas y su aroma sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeñas y parduscas, mucho más veloces. Kino las observó con la indiferencia de un dios mientras una de las pequeñas trataba frenéticamente de, escapar a la trampa de arena que una hormiga—león había preparado para ella.

Un perro flaco y tímido se aproximó y a una suave llamada de Kino se acurrucó, colocó el extremo de la cola sobre sus patas y apoyó delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro, con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquella era una mañana como otras y sin embargo perfecta entre todas. Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también formaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: «esto es certeza, esto es calor, esto lo es TODO».

Al otro lado de la empalizada había otras casas de ramas, de las que también salía humo y los rumores previos al desayuno, pero aquellas eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello— negro caía sobro su morena frente. Sus ojos eran cálidos y fieros y su bigote exiguo y áspero. Libró su nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso había huido y la luz dorada del sol caía sobre la casa. Junto a la cerca dos gallos se encaraban con las alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los miró un momento y luego sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas silvestres que se dirigían hacia las montañas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y Kino se incorporó y entró en su choza.

Cuando atravesó la puerta, Juana estaba en pie, algo apartada del centelleante fogón. Devolvió a Coyotito a su cuna y empezó a peinarse la negra cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos ató dos cintas verdes. Kino se agachó junto al hogar, extrajo una tortilla caliente, la mojó en salsa y se la comió. Luego bebió un poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el único que había conocido exceptuando los días de fiesta y un increíble banquete de pastelillos que había estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regresó al fuego y desayunó. En una ocasión habían hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se actúa por hábito. Kino suspiraba satisfecho, y ésta era suficiente conversación.

El sol caldeaba la cabaña, atravesando sus paredes discontinuas. Uno de los delgados rayos cayó sobre la cuna de Coyotito y las cuerdas que la sostenían.

Fue un instante en que dirigieron sus miradas a la cuna, y entonces ambos se quedaron rígidos. Por la cuerda que sostenía el lecho infantil en la pared un escorpión descendía lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras él pero podía encogerla en un segundo.

La respiración de Kino se hizo silbante y tuvo que abrir la boca para impedirlo. Su expresión había perdido el aire de sorpresa y su cuerpo ya no estaba rígido. A su cerebro acudía una nueva canción, la Canción del Mal, la música del enemigo, una melodía salvaje, secreta, peligrosa, bajo la cual la Canción Familiar parecía llorar y lamentarse.

El escorpión seguía bajando por la cuerda hacia el pequeño. En su interior, Juana repetía una vieja fórmula mágica para guardarse del peligro, y, más audible, un Avemaría entre dientes. Pero Kino se movía ya. Su cuerpo atravesaba el cuarto suave y silenciosamente. Llevaba las manos extendidas, las palmas hacia abajo, y. tenía puestos los ojos en el escorpión. Bajo éste, Coyotito reía y levantaba la mano para cogerlo. La sensación de peligro llegó al bicho cuando Kino estaba casi a su alcance.

Se detuvo, su cola se levantó lentamente sobre su cabeza y la garra curva de su extremo surgió reluciente.

Kino estaba absolutamente inmóvil. Ola el susurro mágico de Juana y la

música cruel del enemigo. No podía moverse hasta que lo hiciera el escorpión, consciente ya de la muerte que se le acercaba. La mano de Kino se adelantaba muy despacio, y la cola venenosa seguía alzándose. En aquel momento Coyotito, riéndose, sacudió la cuerda y el escorpión cayó.

La mano de Kino había saltado a cogerlo, pero pasó frente a sus dedos, cayó sobre el hombro de la criatura y descargó su ponzoña. Al momento Kino lo había cogido entre sus manos, aplastándolo. Lo tiró al suelo y empezó a golpearlo con el puño, mientras Coyotito lloraba de dolor. Kino siguió golpeando al enemigo hasta que no fue más que una mancha húmeda en el polvo. Sus dientes estaban al descubierto, el furor ardía en sus ojos y la Canción del Enemigo rugía en sus oídos.

Pero Juana había cogido al pequeño en sus brazos. Encontró la herida ya

enrojecida, la rodeó con sus labios, aspiró fuerte, escupió y volvió a succionar mientras Coyotito chillaba, Kino permaneció en suspenso, su ayuda de nada servía, era un estorbo.

Los gritos del pequeño atrajeron a los vecinos, que fueron surgiendo de sus casuchas de ramaje. El hermano de Kino, Juan Tomás, su gorda esposa Apolonia y sus cuatro hijos se agolparon en la puerta bloqueando el paso mientras detrás de ellos otros trataban de mirar adentro y un pequeñuelo se deslizaba entre las piernas de los demás para ver mejor. Los que estaban delante pasaban la noticia a los de atrás.

Escorpión. Ha picado al pequeño.

Juana dejó dejó de chupar la herida un momento. El orificio era un poco mayor y sus bordes estaban blancos por la succión, pero la roja hinchazón se extendía cada vez más en torno suyo formando un duro bulto linfático. Toda aquella gente sabía cuanto había que saber del escorpión. Un adulto podía ponerse muy enfermo, pero un niño fácilmente podía morir. Sabían que primero venía la hinchazón, luego la fiebre y la sequedad de garganta, después dolorosas contracciones del estómago y por último Coyotito podía morir si había entrado en su cuerpo suficiente veneno. Los gritos del pequeño se habían convertido en gemidos.

Kino había admirado muchas veces la férrea contextura de su paciente y frágil mujer. Ella, obediente, respetuosa, alegre y paciente, era capaz de retorcerse, en los dolores del parto sin exhalar un grito. Sabía soportar el hambre y la fatiga incluso mejor que el mismo Kino. En la canoa era fuerte como Un hombre, y ahora hacía una cosa del todo sorprendente.

—El doctor —pedía—. Id a buscar al doctor.

La demanda pasó de boca en boca entre los que se amontonaban al exterior, que repitieron: «Juana pide un doctor». Asombroso, memorable, pedir la presencia del doctor, y conseguirla, más asombroso aún. El doctor no se acercaba jamás a las cabañas. ¿Cómo iba a hacerlo cuando tenía más trabajo del que podía atender entre los ricos que vivían en las casas de piedra y cemento de la ciudad?

—No vendrá —exclamaron los vecinos.

—No vendrá —repitieron los parientes desde la puerta.

—El doctor no vendrá —dijo Kino a Juana.

Ella lo miró con ojos tan filos como los de una leona. Era el primer hijo de Juana, casi todo lo que había en el mundo para ella. Kino se dio cuenta de su determinación y la música familiar sonó en su cerebro con tono acerado.

—Entonces iremos a él —decidió Juana. Con una mano dispuso el chal azul sobre su cabeza haciendo que un extremo envolviera a la llorosa criatura y con el otro cubrió sus ojos para protegerlos de la luz. Los de la puerta empujaron a los de atrás para abrir paso. Kino la siguió y acompañados por todos emprendieron el camino.

Era ya un problema de toda la comunidad.

Formaban una acelerada y silenciosa procesión dirigiéndose al centro de la ciudad, delante Juana y Kino, tras ellos Juan Tomás y Apolonia, bailándole el enorme vientre por efecto de la apresurada marcha, y luego todos los vecinos con los niños corriendo a ambos lados. El sol amarillo proyectaba sus sombras negras hacia adelante, de modo que andaban persiguiéndolas.

Llegaron al lugar en que cesaban las cabañas y empezaba la ciudad de piedra y mampostería, la ciudad de grandes muros exteriores y frescos jardines interiores donde las fuentes murmuraban y la buganvilla purpúrea, cárdena y blanca trepaba por las paredes. De los ocultos jardines oían los trinos de pájaros enjaulados y el salpicar del agua fresca sobre los mosaicos recalentados. La procesión atravesó la iluminada plaza y cruzó por delante de la iglesia. Había crecido mucho y los recién llegados eran rápidamente informados sobre la marcha de cómo el pequeño había sido picado por un

escorpión y su padre y su madre lo llevaban al doctor.

Y los recién llegados, en particular los mendigos de la entrada de la iglesia que eran grandes expertos en análisis financiero, miraban rápidamente la vieja falda azul de Juana, velan los rotos de su chal, evaluaban las cintas verdes en su pelo, leían la edad en la manta de Kino y el millar de lavados de sus ropas, los clasificaban al momento como gente mísera y seguían tras ellos para ver qué clase de drama se iba a representar. Los cuatro mendigos de la puerta de la iglesia conocían todo lo existente en la ciudad. Estudiaban la expresión de las jóvenes en el confesionario, las miraban al salir y sabían la naturaleza del pecado. Estaban enterados de todos los pequeños escándalos y de algunos grandes crímenes. Dormí en los mismos escalones de la puerta de la iglesia así nadie podía entrar en el templo a buscar consuelo sin que ellos se enterasen. Y conocían al doctor. Sabían de su ignorancia, su crueldad, su avaricia, sus apetitos, sus pecados. Conocían sus feas intervenciones en abortos y los pocos centavos que daba alguna vez como limosnas. Habían visto entrar en la iglesia los cadáveres de todas sus víctimas, y ahora como que la misa había terminado y no era toda la hora mejor de su negocio, seguían a la procesión procurando aprender nuevas cosas sobre sus congéneres, dispuestos a ver lo que iba a hacer el obeso e indolente doctor con una criatura indigente mordida por un escorpión. La apresurada procesión llegó por fin a la gran verja de la casa del doctor. Oían allí también el jugueteo del agua, el canto de lo pájaros y el ruido de escobas sobre las losas de la avenidas sombreadas. Y olían también el tocino frito en la cocina del doctor.

Kino vaciló un momento. Este doctor no. era compatriota suyo. Este doctor era de una raza que casi durante cuatrocientos años había despreciado a raza de Kino, llenándola de terror, de modo que indígena se acercó a la puerta lleno de humildad y como siempre que se acercaba a un miembro de aquella casta, Kino se sentía débil, asustado y furioso a la vez. La ira y el terror se mezclaban en él. Le sería más fácil matar al doctor que hablarle, pues los de la estirpe del doctor hablaban a los compatriotas de Kino como si fueran simples bestias de carga. Cuando levantó su mano derecha para coger el aldabón (en la verja la rabia se había apoderado de él, en sus oídos sonaba intensamente la música del enemigo y sus labios se contraían fuertemente sobre sus dientes; pero con la mano izquierda se quitaba el sombrero. El metálico aldabón resonó contra la verja. Kino acabó de destocarse y esperó. Coyotito gemía en brazos de Juana, que le hablaba dulcemente. La procesión se apiñó más para ver y oír más de cerca.

Al cabo de un momento la gran verja se abrió unas pulgadas. Kino pudo ver el verde frescor del jardín y los juegos del agua en la fuente. El hombre que lo miraba era de su propia raza. Kino le habló en la lengua ancestral

—Mi pequeño, mi primogénito, ha sido envenenado por un escorpión — explicó—. Necesita que lo curen

La verja se cerró un poco y el criado se negó o emplear el viejo idioma.

—Un momentito —dijo—. Voy a informarme.

Cerró la verja y echó el cerrojo. El sol proyectaba las negras siluetas del grupo sobre los blancos muros.

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Interplanetaria

7 Opiniones

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  • pandarock_23@hotmail.com
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    GuiñoESTE LIBRO ESTA SUPER PADRE…LA TRAMA ESTA SUPER Y TODO LO QUE LE PASA A KINO DESDE QUE A SU HIJO COYOTITO LE PICO EL ESCORPION…Y CUANDO KINO ENCONTRO LA GRAN PERLA ESTUVO MUY INTERESANATE POR QUE DES PUES DE HABER JUNTADO TANTAS OSTRAS DEJO LA MAS GRANDE PARA EL FINAL Y RESULTO QUE ESA ERA LA OSTRA QUE TENIA LA PERLA AUNQUE KINO NO LA QUERIA HABRIR POR QUE TENIA MIEDO DE QUE NO FUERA ESA LA OSTRA QUE CONTENIA LA PERLA PERO JUANA LE DIJO QUE LA ABRIERA…LA EMOCION DE KINO SE ELEVO CUANDO A SU HIJO COYOTITO SE LE FUE BAJANDO LA HINCHAZON DE EL PIQUETE DEL ESCORPION…LO QUE NO ME GUSTO FUE QUE A L FINAL KINO Y JUANA SE DESHACEN DE LA PERLA.

                                    PERO A UN ASI ESTA LIBRO ESTASorprendidoBUENO ESE ES MI COMENTARIO Y DEVERDAD LEANLO NOSE VAN A ARREPENTIR.

  • pregunta
    on

    Gracias por la recomendación, pero no anima demasiado que nos cuentes el final

  • John Steinbeck
    on

    Leín o libro da Perla e gustóume moito, pois coa súa lectura puiden reflexionar sobre o importante que é, na vida, disfrutar do que cada un ten e, aínda que traballemos para mellorala, non debemos ambicionar moito mais do que temos e manter sempre a cabeza no lugar no que lle corresponde.

  • john steinbeck
    on

    porq juana se dehace de la perla :(

  • ANONIMA
    on

    un resumen de los comportamientos de juana

    porfavor para hoy

  • ANONIMA
    on

    un resumen de los comportamientos de juana

    porfavor para hoy

  • belen
    on

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