La perra de Alejandría

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La protagonista ubicua de esta novela es la ciudad de Alejandría, la más inquieta y cosmopolita del orbe mediterráneo a comienzos de la era cristiana, donde Pilar Pedraza escenifica un tiempo convulso, inicio de la decadencia de la gran metrópoli, rubicón del auge del cristianismo que habría de acabar con siglos de tolerancia y eclecticismo cultural. En La perra de Alejandría, esta crisis de civilización se encarna en personajes como el cínico Elpidio, lider local de la secta del perro, quien, aunque cuenta con casa y familia, vive en la calle, siguiendo el ejemplo del gran Diógenes. Críspulo, el ambicioso y despiadado obismo cristiano de Alejandría, dispuesto a todo para arrinconar las creencias paganas e imponer la fé única; Melanta, hija del astrónomo Filoteo y profesora del Museo, iniciada en la secta órfica y capaz de suscitar la epifanía del dios más libre del Olimpo: Dionisio; Teófila Lágida, gran dama y presidenta de las cofradias dionisíacas; o Mihal Gospod, conocido como Bárbaro, príncipe dacio en el exilio, afiliado a la secta del perro (los cínicos) y verdadero hilo conductor de los terribles episodios que narra esta novela.

ANTICIPO:

Mientras el resto de los vehículos y animales de la caravana, a la que se unieron como estaba previsto, discurrían a un paso regular y cansino bajo el sol, los carros de los presos se detenían ante las casas rústicas, que solían tener delante un pilón para abrevar el ganado. El de la esmeralda hacía bajar a los hombres a beber de uno en uno. El idiota Licaón les llenaba de agua un cubilete, procurando derramar lo más posible, y se lo alargaba-a cada uno sin dejar de murmurar improperios y exhalar bufidos de impaciencia. Aquel líquido turbio, calcáreo, habitado por multitud de bichos del tamaño de pulgas, que conservaban la facultad de picar en la garganta y el estómago durante mucho tiempo, engañaba con su frescura la sed de los presos por unos instantes, sin llegar a aplacarla. Enseguida la acentuaba a causa del salitre y otras sustancias que contenía, que hacían orinar casi inmediatamente más de lo que se había bebido. Sentado en el pretil de uno de aquellos abrevaderos, Bárbaro permaneció unos momentos con la cabeza baja y las palmas apoyadas en el brocal de piedra. Unas manos le tendieron una copa de oro llena a rebosar de agua purísima y de tal frescura que se transmitía a los dedos que sostenían el recipiente. Levantó los ojos, asombrado. Frente a él había un hombre alto, hermoso como una mujer, blanco y rubio, con ojos de pantera y joyas de amatista que centelleaban en sus orejas y sus brazos. Dijo con ronca voz gutural: -¿Qué haces tú aquí, Mihal Gospod? Estás muy lejos de tu casa. -Y que lo digas. Pero no es por mi gusto. Soy prisionero no sé muy bien de quién, y me llevan a alguna parte, que seguramente no será ni la mitad de agradable que las calles de Alejandría -respondió el joven sin dejar de mirar el rostro de su interlocutor, cuya blancura tenía un oriente de perla y deslumbraba. -Dices bien. Por eso, tú no debes irte aún de Alejandría, príncipe de las montañas. Tienes cosas pendientes allí. Tu maestra te necesita. -No me voy por gusto. Pero ¿qué dices de mi maestra? Mi maestra ha muerto. Vi a los perros disputarse su carroña… Parpadeó para aclararse los ojos y la imagen se desvaneció como borrada por su propio resplandor. Pero él seguía sosteniendo en sus manos el hermoso recipiente metálico y frío, aunque no era de oro sino de estaño, como los que se usaban en el ejército. Entonces se dio cuenta de que le rodeaban unos cuantos hombres a caballo, entre ellos un oficial de la guardia de Orestes, Arcadio Glabro, hermoso y arrogante, con las orejas adornadas por aros multicolores, en su caballo blanco hispano, al que hacía cepillar por los soldados hasta que su pelo brillaba como la seda. Su corta túnica, que desafiaba todas las normas vigentes sobre los uniformes y era tolerada por sus superiores por contribuir a la imagen de belleza y virilidad de la milicia imperial, dejaba al descubierto unos muslos oscuros y musculosos, y las piernas cubiertas con perneras de bronce decoradas con figuras alegó ricas del Pueblo Romano y de la Victoria, cinceladas po; manos griegas. El manto caía en pliegues estatuarios sobre la grupa de la montura. Era casi tan cuidadoso de su aspecto como Filoxeno y, como él, una belleza oficial en Alejandría. Irguiéndose en su montura como un semidiós, dijo al cana lla de la esmeralda, con voz que no admitía discusión: -Basilio, los soldados que sofocaron el motín de la catedral tomaron por error a un inocente. El prefecto lo reclama. -Coge al que quieras, señor. Tú sabrás quién es. -Mihal Gospod, vamos -dijo el oficial al joven Bárbaro-. Te llevo de vuelta a Alejandría. Uno de sus hombres invitó a Bárbaro a montar a la grupa de su caballo y se pusieron en marcha. Los ocupantes de las carretas los vieron partir, haciéndose pantalla con la mano ante los ojos heridos por el polvo y el sol. En todos los rostros se reflejaba la envidia y la rabia. El etíope levantó la mano en señal de marcha, y sus hombres pusieron los caballos rápidamente al galope tps´un breve trote por tas dunas. A lo largo de las apretadas jornadas que hizo con la columna de Glabro, Bárbaro tuvo ocasión de ver por segunda vez en poco tiempo a los hombres silvestres del desierto, velludos anacoretas que vivían entre pedruscos y matorrales alimentándose de escorpiones y de frutos venenosos a los que estaban habituados como las bestias. Aquí se hallaban en su medio natural, no como los que viera, en compañía de Filoxeno, idiotas y medio ciegos, cuando se manifestaban por las calles de Alejandría contra la celebración de las Dionisias. Decían aquellos hombres silvestres que se habían retirado del mundo para dedicarse a contemplar a Dios, pero no era verdad. Lo cierto era que no sabían hacer absolutamente nada, ni siquiera vituperar como los cínicos. Allí estaban bien, levantando las piedras para atrapar alacranes y comérselos o sajar las miserables plantas carnosas erizadas de espinas y, tras haberlas pelado con sus cuchillos de piedra, devorarlas como un manjar celeste. Unos cenobitas, admirados de que aquellos tipos con as pecto humano hubieran llegado hasta allí indemnes a través de los desiertos, acogieron a Glabro y los suyos en una cueva, donde vivían con cierto regalo, porque una piadosa señora de la aldea vecina solía mandarles comida de hombres, y un cuervo bajaba del cielo con un pan en el pico para ellos casi todos los días en recuerdo de la eucaristía, según dijo un tal Pablo. Gracias a ellos, los soldados y el joven pudieron untar el pan que llevaban en las mulas con una maravillosa mixtura que resultó ser carne de escorpión macerada con hierbas, beber excelente cerveza de mijo, tan densa que parecía miel, enfriada en las profundidades de una gruta, y descansar al abrigo de alimañas y del frío nocturno bajo mantas confeccionadas con la borra que los camellos dejaban enganchada en los espinos. Con gusto se hubiera quedado Bárbaro allí un tiempo, gozando de aquellas delicias, nuevas para él, pero al parecer Glabro debía apresurarse. Pablo y otro barbudo les acompañaron un trecho y les dieron recados y víveres para un tal Antonio, al que, según dijeron, encontrarían en su camino. Antonio era un hombre santo, a quien el demonio atormentaba con visiones de fasto y lujuria para tentarle. No lo encontraron, a no ser que fuera un enano diminuto, desnudo y del mismo color de la tierra, qué estaba dormido profundamente, enroscado sobre sí como un feto, bajo unos zarzales. Por más que hicieron, no pudieron despertarle, aunque muerto no estaba, porque de vez en cuando se espantaba las moscas con la mano. Bárbaro se dijo que si era el llamado Antonio, sus visiones tal vez estaban dentro de él, en sus sueños. Mientras cabalgaban dejando atrás al extraño hombrecillo, sintió una profunda somnolencia, pero no se durmió. A través de los párpados entrecerrados sus ojos vieron, agitado por el aire caliente que temblaba como agua rozada por la yema de un dedo, un portentoso aparato. Al principio le pareció una montaña que se movía, pero enseguida vio con claridad un enorme carro flameante de sedas rojas y revestido de escamas de oro, tirado por elefantes de colmillos azules. En su centro se alzaba un trono, y sentado en él un joven encendido de monstruosa belleza, pero bastó un batir de párpados para que toda aquella gloria se esfumara. Sólo quedó el viento que aullaba entre las dunas, ya lo lejos, el anacoreta salvaje, dormido. La visión interior de éste, se dijo el joven, rebosaba como la leche hirviente hasta quemar con sus salpicaduras a los que estaban a su alrededor. A él no le gustaba ver dioses, es decir, engaños, ni siquiera a traves de los sueños de otro. No echaba de menos a los guerreros celestes de su infancia, caballeros del relámpago vestidos de hierro, ni a las damas blancas o madr_s de la niebla y el agua. Nunca los había necesitado. Y una vez que los necesitó, y rezó con fervor al Señor del Trueno para que detuviera en el aire el hacha a punto de caer sobre el cuello de su padre, su plegaria no fue atendida y hasta creyó oír unas risitas. El dios se burlaba de su ingenua petición, e hizo bien, porque alguien tenía que desengañarle de aquellas patrañas. Mientras pensaba en esto, la cabeza ya había caído y sobre el tronco reposaba la de su hermana, de cuya boca jadeante se deslizaba un hilo de saliva.

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15 Opiniones

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  • Joan T.C.
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    El titulo ese de Gran Dama, que debe ser calcado del inglés y suena bastante mal, si en la literatura fantástica española tiene dueña, esa sin que quepa duda es Pilar Pedraza. Es la única escritora que yo conozca que haya hecho una verdadera carrera literaria en el género fantástico.

    Lo macabro, lo gótico, lo oscuro son su territorio natural y la avalan media docena larga de novelas, ensayos y antologías. Yo personalmente vengo siguiéndola desde hace décadas y soy un lector fiel de su obra. Es una desgracia que este sea un país de camarillas literarias, porque no dejo de recordar con desprecio la forma en que ciertos críticos recibieron en tiempos sus primeras obras. Una escritora que debiera estar considerada como una de las grandes, tanto por su calidad como por el tratamiento que da a sus obras, se ve ignorada de momento por un público amplio.

    Veo que muchos coforistas de esta página son lectores y admiradores de Valdemar. Un motivo más de aplauso para ellos, aparte de la calidad media de sus ediciones, es que publiquen a alguien como Pilar Pedraza, que sin duda algún día ocupará un lugar importante en la historia y el cánon de la moderna literatura fantástica española.

    Les recomiendo encarecidamente Arcano 13, una antología que sacó la propia Valdemar de Pilar Pedraza, de cuentos y preciosamente editada.

    Un saludo y adelante con esta ventana abierta en el muro que han construido en la literatura española. Que siga franqueada y entrando aires más frescos.

  • jaime
    on

    Me leí Arcano 13 hace algún tiempo y me pareció una verdadera maravilla. La autora tiene una manera muy gótica de ver las cosas. Y a mí me gusta mucho lo gótico.

  • Esther
    on

    He descubierto la página hace poco, y he estado mirando un poquito por aquí y por allá. Pero bueno, a lo que iba, me ha gustado el anticipo. Caerá con la paga extra.

  • goruto
    on

    He visto la cabeza cortada tan sujerente de la portada y me llama la atención.

    ¿Hay masacres cañeras? ¿Se recrea la autora en ellas?

  • miguelkian
    on

    Me encanta Pilar Pedraza, sin duda una rara avis en este pais nuestro. Asi que ni corto ni perezoso me pillare el libro pues cada obra de esta señora es un mundo de promesas sugerentes y ademas el tema promete. Escribe muy bien y mola leer temas de genero en nuestro idioma, a ver si cunde el ejemplo.

    ARCANO 13 es una antologia de lectura mas que obligada para conocer de que va la autora. Un libro maravilloso.

  • DrX
    on

    Si la autora lo define como un "Peplum Gore", suave no será. Digo yo.

  • noticias
    on

    Pilar Pedraza firmará ejemplares de La perra de Alejandría mañana (u hoy) viernes 13, de 19 a 21 horas en la caseta de Valdemar de la Feria del Libro de Madrid (número 288)

  • Alberto
    on

    En lo poco que he leído ya tiene una descripción de un empalamiento (Pag 25).

  • DrX
    on

    Completamente de acuerdo. Nada mejor para iniciarse en el mundo literario de Pilar Pedraza que Arcano 13.

  • KillerMonk
    on

    ¿Por qué una escritora como Pilar Pedraza (a la que no he leído), si es tan buena como dicen muchos aquí, no ha llegado al gran público?

  • orujo
    on

    Porque escribe terror en lugar de géneros más populares como el de "maruja blanca insatisfecha con ganas de rabo" que cultivan algunas y algunos con la mitad de talento y diez veces mas de ventas

  • Querube
    on

    Falta de difusión y de apoyo en tiempos. Y que su literatura no es para mayorías.

  • Saki
    on

    La perra de Alejandría tiene crueldad, toda la que quieras y más, pero no creo yo que sea una novela gore. Da miedo sobre todo porque circulan por ella unos dioses muy terribles, como en Malpertuis, y unos personajes que te hacen dudar sobre su humanidad.

  • Tamez
    on

    Si sera menzo, KillerMonk…

    Muchos autores son buenisimos, y no llegan al gran publico, precisamente por eso… Pues son deasiado buenos para el resto del vulgo, que se entretiene idiotizado frente a la television viendo programas como Big Brother u Operacion Triunfo, rindiendole culto a sus nuevos y putrefactos dioses del entretenimiento.

    No te engañes, la mayoria de la gente lee tonterias comerciales, no material del calibre de Pedraza.

  • campeador
    on

    La definición de peplum gore es bastante acertada, pero tiene bastante más sustancia que los empalamientos, lapidaciones, y paseos de zombis por las calles de Alejandría.

    Es la descripción de una de esas épocas de las que, por alguna razón, apenas conocemos, de la difícil convivencia entre las viejas religiones y el pujante cristianismo, cada vez más poderoso y autoritario, de su conflicto con las filosofías clásicas, de la condición de la carne…

    Una lectura diferente.

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