La Plaga Escarlata

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En esta selección de historias de Jack London (la novela corta, La Plaga Escarlata, y catorce cuentos fantásticos) se ha reunido la casi totalidad de la obra del escritor americano. En ella abarca tiempo y espacio, desde la historia de un trampero cazador de mamuts en las tierras heladas del Norte (Una reliquia del Plioceno) hasta un encuentro extraterrestre con altas dosis de tensión psicológica, pasando por los problemas que plantean la muerte y resurrección (el presente anticipo, perteneciente a Un millar de muertes) o incluso la invisibilidad.

Es también “la cruel descripción de un futuro posible”, del que describe con brillantez sus horrores y visiones en brillantes relatos como Una invasión sin precedentes y Guerra, que ha pasado con letras de oro a la historia de la literatura.

ANTICIPO:
Cuando abrí los ojos, me quitaron el dispositivo de la cabeza, de las fosas nasales y de mi boca. Tras tomar tres dedos de brandy, me puse de pie con cierta dificultad para darle las gracias a mi salvador y me enfrenté con… mi padre. Pero los largos años de ser compañero del peligro me habían enseñado a mantener mi autodominio, de forma que aguardé para ver si me reconocía. No fue así; no vio en mí más que a un marinero evadido y me trató como a tal.

Dejándome al cuidado de los negros, empezó a revisar las notas que había tomado de mi resurrección. Y mientras yo devoraba la estupenda comida que me habían servido, se inició cierta confusión en cubierta, y por la cantinela de los marineros y el traqueteo del aparejo comprendí que volvíamos a navegar. ¡Qué risa! ¡Yo junto con mi padre navegando en medio del Pacífico! En realidad, no sabía de qué parte estaba la risa. ¡Ay! De haberlo sabido habría saltado por la borda y habría regresado a gusto a la mugrienta cubierta del barco que acababa de abandonar.

No me permitieron subir a cubierta hasta no haber dejado atrás los Farallonesl y la última lancha del práctico. Aprecié esta idea por parte de mi padre y decidí darle las gracias de todo corazón, aunque a mi tosca manera de lobo de mar. N o podía sospechar que él tuviese a la vista sus propias intenciones al mantener mi presencia secreta ante todo el mundo menos ante la tripulación. Me hizo un resumen de mi salvación a cargo de sus marineros, asegurándome que era él quien me estaba obligado, ya que mi aparición había sido muy oportuna. Había construido aquel aparato para justificar una teoría relativa a ciertos fenómenos biológicos, y estaba esperando la ocasión de usarlo.

-Usted lo ha demostrado más allá de toda duda posible -terminó, añadiendo con un suspiro-: Aunque sólo, por el momento, cuando se trata de un ahogado.

Y, para ser justo en mi relato, diré que me ofreció un anticipo de dos libras a cuenta de mi sueldo como marinero suyo, cosa que consideré generosa, pues en realidad no me necesitaba. En contra de lo que esperaba, no me uní a los demás en el comedor de proa, sino que me asignaron un camarote confortable y comí en la mesa del capitán. Se había dado cuenta de que yo no era un vulgar marinero, y por mi parte resolví aprovecharme de esta oportunidad para obtener de nuevo su gracia. Inventé un pasado justificativo de mi educación y de mi presente situación, e hice cuanto pude para continuar en contacto con él. N o tardé en revelar una gran predilección por las investigaciones científicas, ni tardó él mucho en apreciar mis aptitudes. Me convertí en su ayudante, con el correspondiente aumento de sueldo, y a no tardar, a medida que crecía su confianza y me exponía sus teorías, me sentí tan entusiasmado como él.

Los días parecían volar, porque yo me hallaba sumido en mis nuevos estudios, y pasaba las horas en la bien provista biblioteca o escuchando sus planes y ayudándolo en su labor del laboratorio. Pero nos veíamos obligados a olvidar numerosos experimentos seductores puesto que un barco en movimiento no es precisamente el lugar más idóneo para tareas delicadas o complicadas. Él me prometió, no obstante, que pasaríamos muchas magníficas horas en el maravilloso laboratorio hacia el que nos dirigíamos. Había tomado posesión de una isla inexplorada de los mares del Sur, según dijo, y la había transformado en un paraíso científico.

Llevábamos poco tiempo en la isla, cuando descubrí el horrible nido de víboras en que había caído. Pero antes de referir las extrañas cosas que iban a ocurrir, debo esbozar brevemente las causas que culminaron en la más sobrecogedora experiencia que haya caído sobre un ser humano.

Ya en su edad madura, mi padre había abandonado sus aficiones de anticuario para sucumbir a las más fascinantes de la biología. Como en su juventud ya se había adentrado en sus líneas fundamentales, exploró rápidamente las más elevadas ramificaciones a las que había llegado el mundo científico y se encontró ante un panorama desconocido. Experimentó la tentación de apropiarse de parte de tan inexplorado territorio, y se hallaba en este punto de sus investigaciones cuando volvimos a estar juntos. En posesión de un buen cerebro, aunque me alabe yo mismo, pronto dominé sus especulaciones y sus métodos de razonamiento, llegando a estar tan loco como él. Claro que no debería decir esto. Los maravillosos resultados que más adelante alcanzamos demuestran en realidad su Cordura. Pero sí debo decir que mi padre era el modelo más anormal de crueldad a sangre fría que había visto hasta entonces.

Después de haber penetrado los misterios de la fisiología y la psicología, sus ideas le habían conducido al borde de un gran campo para el cual, a fin de poder explorado mejor, emprendió estudios sobre la más alta química orgánica, la patología, la toxicología y otras ciencias y subciencias que eran magníficos accesorios a sus hipótesis especulativas. Empezando por la proposición de que la causa directa de que el temporal o permanente cese de vitalidad se debe a la coagulación de algunos elementos y componentes del protoplasma, había aislado y puesto esas diversas sustancias bajo innumerables experimentos. Como el cese temporal de vitalidad en un organismo es el coma, y el cese permanente la muerte, sostenía que por medios artificiales podía retrasarse, y hasta impedirse, esta coagulación del protoplasma, e incluso superada en los estados extremos de solidificación. Bien, dejando de lado la nomenclatura técnica, sostenía que la muerte, no siendo violenta y en la que no padecieran los órganos lesionados, era simplemente una vitalidad suspendida; y que, en estos casos, podía inducirse a la vida a reanudar sus funciones mediante el uso de unos métodos apropiados. Pues bien, ésta era su idea: descubrir el método -y unos experimentos prácticos demostraron esta posibilidad de renovar la vitalidad en una estructura de la que al parecer había huido. Naturalmente, reconocía la futilidad de usar tal método cuando ya se hubiese iniciado la descomposición; debía poseer unos organismos que, sin tener en cuenta el momento, la hora o el día anterior, estuvieran listos para resucitar. Conmigo, dicho de forma cruda, había demostrado su teoría. Yo me había ahogado realmente, estaba muerto físicamente, cuando me habían pescado en las aguas de la bahía de San Francisco, pero habían conseguido reavivar la chispa vital mediante aquel aparato aeroterapéutico, como él lo llamaba.

Vayamos a sus oscuros propósitos respecto a mí. Primero me demostró hasta qué punto yo me hallaba en su poder. Había enviado el yate muy lejos de allí por un año de tiempo, reteniendo a su lado sólo a los dos negros, sumamente devotos a su persona. Luego efectuó un exhaustivo repaso a su teoría y esbozó el método de prueba que había adoptado, concluyendo sus explicaciones con el asombroso anuncio de que yo iba a ser su sujeto.

Yo me había enfrentado a la muerte y corrido mil peligros en desesperadas aventuras, pero jamás en una de esta naturaleza. Juro que no soy cobarde, pese a lo cual esta propuesta de ir y venir a través de la frontera de la muerte me hizo estremecer depuro temor. Le pedí tiempo, que me concedió, asegurándome al mismo tiempo que yo no podía hacer más que una cosa: someterme. Huir de la isla estaba fuera de cuestión; escapar por el suicidio no valía la pena de pensado siquiera, aunque me pareciera preferible a lo que seguramente debería sufrir; mi única esperanza consistía en destruir a mis captores. Pero en esto también me sentí frustrado por las precauciones adoptadas por mi padre, pues me tenía sujeto a una estrecha vigilancia, ya que incluso cuando dormía estaba custodiado por uno de los dos negros.

Después de suplicar en vano, le anuncié y demostré que yo era su hijo. Era mi último triunfo y en el mismo había puesto todas mis esperanzas. Pero fue inexorable; él no era un padre sino una máquina científica. No pude por menos que preguntarme cómo había llegado a conocer a mi madre y a procrearme, puesto que no había ni un solo grano de emoción en su naturaleza. La razón estaba fuera de su alcance, pues no entendía cosas tales como el amor o la amistad hacia los demás, salvo considerándolas como minucias y flaquezas a las que era preciso sobreponerse. Por esto me comunicó que si al principio me había dado la vida, ¿quién tenía más derecho a quitármela que él? Sin embargo, añadió, no era éste su deseo; sólo quería arrebatármela provisionalmente, prometiendo devolvérmela puntualmente en su debido momento. Como es natural, cabía la posibilidad de un error, pero yo no podía hacer otra cosa que correr el albur, toda vez que los asuntos humanos están llenos de ellos.

Para asegurar más el éxito, deseaba que yo estuviera en la mejor condición posible, de modo que me sometió a una dieta severa y me entrenó como a un gran atleta antes de la competición final. ¿Qué podía hacer yo? Si debía exponerme al peligro sería mejor hacerla en buena forma. En mis intervalos de relajación me permitía asistir a la revisión del aparato y a los diversos experimentos subsidiarios. Cabe imaginar el interés con que yo vigilaba estas operaciones.

Llegué a dominar tan perfectamente el manejo del aparato como mi padre y a menudo tuve la satisfacción de ver que, debido a mis sugerencias, llevaba a efecto ciertas alteraciones. Cuando esto ocurría yo me limitaba a sonreír tristemente, consciente de estar disponiendo mi propio funeral.

Mi padre empezó inaugurando una serie de experimentos de toxicología. Una vez todo listo, me mató mediante una dosis fatal de estricnina y me dejó muerto por espacio de unas veinte horas. Durante ese período mi cuerpo estuvo muerto, absolutamente muerto.

Cesaron la respiración y la circulación sanguínea; pero lo más espantoso de todo fue que, mientras se producía la coagulación protoplásmica, yo seguía manteniendo la conciencia y podía estudiar todo lo que iba sucediendo hasta en sus más terribles detalles.

El aparato que debía devolverme a la vida era una cámara de aire comprimido, adecuado para recibir mi cuerpo. El mecanismo era sencillo: unas cuantas válvulas, un eje giratorio y un cigüeñal, con un motor eléctrico. Cuando funcionaba, la atmósfera interna se condensaba y rarificaba alternativamente, comunicando a mis pulmones una respiración artificial sin la ayuda de la manguera anteriormente utilizada. Aunque mi cuerpo estaba inerte y, por lo que sabía, ya en las primeras fases de la descomposición, yo tenía conocimiento de todo lo que pasaba. Supe cuándo me colocaron en la cámara, y aunque todos mis sentidos estaban inactivos, me di cuenta de la inyección hipodérmica de un compuesto que debía reaccionar sobre el proceso coagulador. Luego cerraron la cámara y la maquinaria empezó a funcionar. Mi ansiedad era terrible, pero la circulación comenzó a restaurarse gradualmente, los distintos órganos empezaron a ejecutar sus respectivas funciones y una hora más tarde yo me hallaba engullendo una cena suculenta.

No diré que participé en esta serie ni en las siguientes con mucho gusto; pero tras dos intentos ineficaces de escape, comencé a asistir a tales experimentos con bastante interés. Además, me estaba ya acostumbrando. Mi padre se mostraba entusiasmado por el éxito logrado y, a medida que transcurrían los meses, sus especulaciones tomaban cada vez vuelos más y más amplios.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • pradera
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    No sabía yo que London cultivara esta faceta. Los relatos que mencionais tienen buena pinta, y el anticipo es bastante curioso. Además, tiene un precio razonable.

    ¿Algun erudito/veterano/aficionado me puede dar más datos sobre este libro y/o relatos? ¿Y dónde coño localizo este libro, por cierto?

  • Xuart
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    Lo estuve buscando en librerías especializadas y agua. Ni lo conocían, pero es normal. Los libros más generales, y London tiene nombre fuera del género, siempre se consigue mejor en sitios como Casa del libro y similares. Cuando vuelva de vacaciones probaré en la FNAC.

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