La Plata de Britania

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Roma, en el año 70 de nuestra era. Bajo el ardiente sol de agosto, Marco Didio Falco, investigador privado, se topa en el foro con una joven en apuros, la bella Sosia Camilinia. Falco se apresura a convertirla en una cliente que , espera, reportará insólitos beneficios a su mermada economía. Pero en lugar de eso, se ve involucrado en una conspiración para derrocar al nuevo emperador Vespasiano. Para descubrir a los culpables, Marco Didio Falco habrá de trabajar como esclavo en las minas de plata de Britania, soportar los desdenes de Helena Justina, la altiva prima de Sosia, y hasta poner en peligro su vida.

ANTICIPO:
Me di cuenta de que la muchacha llevaba demasiada ropa cuando la vi subir corriendo los escalones. El verano tocaba a su fin. Roma se freía como una tortita sobre una plancha. La gente se desataba los zapatos pero se los dejaba puestos; ni siquiera un elefante podría cruzar la calle descalzo. La gente se dejaba caer sobre taburetes en portales a la sombra, con las rodillas descubiertas separadas y desnuda hasta la cintura… y en las callejuelas del Sector Aventino, donde yo vivía, la gente quería decir las mujeres.

Me encontraba en el Foro. La muchacha corría. Estaba demasiado vestida y peligrosamente acalorada, aunque la insolación o el ahogo aún no habían podido con ella. Estaba brillante y pegajosa como una trenza de pasta glaseada y cuando se precipitó por la escalinata del templo de Saturno en dirección a mí no hice el menor ademán de apartarme. No chocó conmigo por los pelos. Algunos hombres nacen con estrella y otros se llaman Didio Falco.

Cuando la vi de cerca seguí pensando que estaría mejor sin tantas túnicas. No quiero que se me entienda mal. Las mujeres me gustan con unos pocos vestigios de tela: me permiten abrigar la esperanza de quitárselos. Si desde el principio no llevan nada suelo deprimirme porque, o acaban de desnudarse para otro o, dado mi oficio, están muertas. Ésta estaba trepidantemente viva.

Es posible que en una mansión fina con revestimientos de mármol, fuentes, patios ajardinados y arbolados, una damisela ociosa pudiera mantenerse fresca, incluso envuelta en galas bordadas y con ajorcas de azabache y de ámbar del codo a la muñeca. Si echaba a correr deprisa se arrepentiría en el acto. El vaho producido por el calor la derretiría. Esas vestimentas ligeras se pegarían a las líneas de su esbelta figura. Ese pelo limpio se adheriría a su cuello formando atormentadores zarcillos. Sus pies resbalarían sobre las suelas húmedas de las sandalias, los arroyuelos de sudor descenderían por su tibio escote hacia oquedades inquietantes bajo el corpiño elegante…

—Discúlpeme —jadeó la joven.

—¡Discúlpeme!

Giró hacia mí y, amablemente, me hice a un lado. Me esquivó, la eludí. Había ido al Foro a visitar a mi banquero y estaba taciturno. Recibí esa vibrante aparición con el entusiasmo de quien necesita quitarse problemas de encima.

Era una muchacha menuda. Me gustaban altas, pero estaba dispuesto a transigir. Era terriblemente joven. Por aquel entonces me apetecían mujeres mayores… pero ésta crecería y yo estaba decidido a esperar. Mientras zigzagueábamos en los escalones, la chica miró hacia atrás presa del pánico. Admiré su hombro bien formado y eché una mirada por encima de él. Entonces me llevé una buena sorpresa.

Eran dos: un par de tipos desagradables, bestias de baja estofa, con cerebros de mosquito y tan anchos como altos se abrían paso hacia ella en medio del gentío, a unos diez pasos. Evidentemente, la muchacha estaba aterrorizada.

—¡Apártese de mi camino! —suplicó.

Pensé qué actitud debía adoptar.

—¡Qué modales! —la reprendí pensativo mientras los energúmenos reducían la distancia en cinco pasos.

—¡Señor, apártese de mi camino! —chilló.

¡Era deliciosa!

En el Foro ocurría lo de siempre. Sobre nuestras cabezas, a la izquierda, se encontraban el Archivo Nacional y la colina Capitolina; a la derecha se alzaban los tribunales y más abajo, por la vía Sagrada, el templo de Cástor. Enfrente, más allá de la tribuna de mármol blanco, estaba el Senado. Los pórticos estaban atiborrados de carniceros y banqueros y los espacios abiertos aparecían llenos de muchedumbres sudorosas, formadas sobre todo por hombres. En la plaza resonaban las maldiciones de las filas de esclavos, entrecruzadas como un desfile militar mal organizado. En el aire bullía el tufo a ajo y a pomada para el pelo.

La muchacha dio un salto a un costado y me deslicé en la misma dirección.

—Jovencita, ¿necesita que le muestre el camino? —inquirí servicialmente.

Estaba tan desesperada que no pudo disimular.

—Necesito un magistrado de distrito.

Tres pasos: las opciones se redujeron a toda velocidad… El rostro de la muchacha se demudó.

—¡Ay, ayúdeme!

—¡Será un placer!

Asumí la situación. La aparté por un brazo cuando el primer cerebro de mosquito se abalanzó. A corta distancia parecían aún más corpulentos y el Foro no era una zona en la que pudiera contar con ayuda. Planté la suela de la bota en el esternón del primer bruto y enderecé enérgicamente la rodilla. Oí cómo crujía mi pierna, pero el buey de tiro chocó con su perverso amigo y los dos retrocedieron como acróbatas titubeantes. Miré frenético a mi alrededor en busca de algo con lo que provocar una diversión.

Como de costumbre, los escalones estaban atiborrados de corredores ¡legales y de puestos de mercado donde te cobraban un ojo de la cara. Pensé en volcar algunos melones, pero la fruta machucada significaba reducir los ingresos del hortelano. Como yo también tenía ingresos reducidos, me decanté por los elegantes cacharros de cobre. Empujé el tenderete con el hombro y tiré al suelo un puesto entero. El grito ahogado del feriante se perdió a medida que jarras, aguamaniles y urnas rebotaban velozmente, a paso de abolladura, por los escalones del templo, seguidos del desesperado propietario y de una serie de honrados transeúntes… que albergaban la esperanza de volver a casa con una bonita y nueva frutera acanalada bajo el brazo.

Aferré a la muchacha y volamos escaleras del templo arriba. Sin detenerme a admirar la solemne belleza del pórtico jónico la obligué a atravesar las seis columnas y a introducirse en el santuario interior. La joven protestó y yo seguí avanzando a gran velocidad. Estaba lo bastante fresco para que tiritáramos y lo bastante oscuro para provocarme sudores. Olía a viejo, a viejísimo. Nuestras pisadas resonaron rápidas y agudas en el antiguo suelo de piedra.

—¿Puedo entrar aquí?

—¡Ponga cara de piadosa, estamos en camino!

—¡Pero si no podemos salir!

Si sabéis algo de templos, convendréis en que tienen una entrada única e imponente en la fachada. Si sabéis algo de sacerdotes, habréis notado que generalmente disponen de una portezuela discreta en la parte posterior. Los sacerdotes de Saturno no nos decepcionaron.

Salimos por el lado del hipódromo y pusimos rumbo sur. La pobrecilla había salido del circo para meterse en el foso de los leones. La hice correr por callejones oscuros y por callejuelas malolientes hasta llegar a territorio conocido.

—¿Dónde estamos?

—En el Sector Aventino, distrito decimotercero, al sur del Circo Máximo, en dirección a la vía de Ostia.

Mi respuesta fue tan tranquilizadora como la sonrisa de un tiburón ante una anchoa. Tendrían que haberle advertido de la existencia de lugares como éste. Si sus queridas y viejas niñeras hubiesen sabido lo que hacían, la habrían puesto en guardia sobre la existencia de individuos como yo.

En cuanto cruzamos la vía Aureliana aflojé el paso, en parte porque me encontraba en territorio seguro y conocido y, parcialmente, porque la muchacha estaba a punto de desfallecer.

—¿A dónde vamos?

—A mi despacho.

Puso cara de alivio. Pero no le duró mucho: mi despacho se componía de dos habitaciones en la sexta planta de una húmeda casa de vecindad en la que sólo la mugre y las chinches muertas mantenían pegadas las paredes. Antes de que los vecinos pudieran tasar el precio de su vestimenta la llevé por la pista de tierra que cumplía las funciones de atajo y la hice entrar en la cochambrosa lavandería de Lenia.

Salimos por piernas en cuanto oímos la voz de Esmaracto, mi casero.

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Interplanetaria

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