La reina oculta

molis-reina

En 1208 Peyre de Castelnou, legado papal, recibe el encargo de transportar en secreto a Roma la llamada “herencia del diablo”, unos documentos que amenazan el poder de la Iglesia y de Inocencio III. Pero en el camino asesinan a Peyre y roban la séptima mula con su peligrosa carga. El conde Raimón VI de Tolosa, que, contra su voluntad, había entregado los escritos a Peyre después de una agria discusión, es acusado del asesinato y el robo. El Pontífice le excomulga y proclama una devastadora cruzada que arrasará Occitania. Mientras, ignorante del terrible destino que espera a su ciudad, Bruna de Béziers, una joven dama, canta feliz; está enamorada de Hugo, un enigmático trovador procedente de España. Y en París, Guillermo, un estudiante de teología pendenciero y juerguista, es forzado por el nuevo legado a unirse a la cruzada con dos misiones secretas: recuperar los documentos y asesinar a Bruna.

La historia de una joven dama, Bruna de Béziers, de dos caballeros, rivales por su amor y enemigos en la guerra, y de tres enigmas. Al paso arrollador de los ejércitos, el destino de los tres jóvenes se enlazará en una historia de amores apasionados, rivalidad y muerte, que captura al lector desde sus primeras líneas, sumergiéndole en la magia, la crudeza y el lirismo del medievo.

ANTICIPO:
Nos encontramos de frente y lo primero que vi fue el brillo de sus ojos oscuros al cruzarse con los míos y sus pupilas dilatadas al con¬templarme. Me quedé sin respiración. Después, advertí que él son¬reía y automáticamente, sin pensarlo, una sonrisa se formó en mis labios. Y así nos quedamos los dos un tiempo que a mí me pareció horas, siglos, pero que sólo fueron instantes. Iba cogida del brazo de mi prima Guillemma, que, al observar aquel embe¬leso, impropio de una dama, tiró de mí rompiendo el encantamiento que nos atrapaba.

—Por Dios, Bruna —me reprochó mi prima—, ¿qué os pasa?

Fue, entonces, deshecho el sortilegio de la mirada y la son¬risa, cuando me di cuenta de que no podía responder a esa pre¬gunta, no sabía qué me pasaba; algo se encogía dentro de mi pecho y mi corazón batía loco. Jamás me había ocurrido eso antes.

Aún era invierno y el gran salón del palacio fortificado de mi castillo, senescal en la ciudad del vizconde Trencavel, estaba lleno de invitados. El fuego ardía intenso en el hogar.

Me acomodé junto a mi prima, mi ama y otras damas, mientras cantaba un juglar local, al que no presté atención. Todo mi interés se centraba en el forastero. El joven era alto y se destacaba del grupo situado al fondo de la sala. Lo observaba furtiva, pero de repente su mirada se encontró con la mía. Cohibida al descubrirme en falta, me sobresalté, casi como si el contacto hubiera sido físico, y aparté mis ojos de inmediato. Notaba mis mejillas enrojecidas y el corazón otra vez alocado. ¿Qué me ocurría? Un sudor frío acudió a las palmas de mis manos.

—Es Hugo de Mataplana —me susurró mi prima, que no se había perdido detalle.

—¿Le conocéis? —inquirí ansiosa hablándole al oído.

Ella tenía un par de años más y mayor experiencia social.

—Sólo de vista, pero he oído hablar de él.

—Contadme, ¿de dónde es?

—Creo que es aragonés o catalán y parece que noble —repuso bajito—. No os lo aconsejo. Comentan que es peligroso, que ocul¬ta algo, que se comporta de forma misteriosa.

El codazo de mi ama y su gesto severo nos obligó a callar, pero esa advertencia no hizo más que aumentar mi interés por el galán, y al poco volvieron las miradas.

Y así, entre os veo y no os miro, empezamos a jugar a un deli¬cioso gato y ratón que me producía tanto rubor como placer. Me di cuenta de que yo no le era indiferente.

El cantante local terminó haciendo una reverencia y cuando los aplausos cesaron vi sorprendida que el tal Hugo de Mataplana se situaba en el centro del salón portando una guitarra. ¡Era un juglar! Inclinando la cabeza, pidió permiso a mi padre y se hizo un silencio expectante. El origen morisco de aquel instrumento y su rareza en nuestra tierra aumentaban el interés por oírle. Con toda tranquilidad hizo sonar unas notas de la guitarra y, afinan¬do un par de cuerdas, empezó a tañerla con una melodía desconocida pero llena de brío y belleza. Al poco, incorporó su voz, potente y cálida. La canción hablaba de la lucha en las fronteras del sur de los caballeros cristianos de los reinos españoles contra los musulmanes y comprendí que su origen era meridional.

El joven era osado; no se comportaba como muchos juglares que miran al techo entornando los ojos cuando de damas y amo¬res cantan. Él buscaba la mirada del público, y más la mía, son¬riendo cuando el tono del verso lo permitía.

Después se puso a cantar una romanza de amores, también inédita. Si antes se detenía a mirarme, ahora mucho más, esco¬giendo las estrofas de requiebro para la doncella. Parecía que me las cantara a mí. Y yo, aunque ruborizada y con un estremecimiento desconocido, no le rehuía.

—¿Por qué decís que es peligroso? —no pude resistirme a cuchi¬chear.

—Comentan que es muy bueno componiendo sátiras —repuso mi prima— y que gusta tanto a las señoras como disgusta a sus maridos. Y que sus idas y venidas a la ciudad son extrañas; hay algo inquietante en él. No es como los demás.

Callé para atenderle con mis cinco sentidos, aunque no podía quitarme del pensamiento la advertencia sobre el misterio y el pe¬ligro.

Al terminar, Hugo de Mataplana se retiró a su rincón, ufano, mientras todos le aplaudían. Pero, cuando sus ojos se volvieron a la sala, pude ver su asombro al comprobar el juglar que tomaba su sitio en la escena.

Ese juglar era yo.

Dicen que sólo en Occitania y Aquitania algunas damas dic¬taban canciones como trovadores y pocas se exhibían cantando en público como juglares. No era costumbre en el norte: ni en Francia, ni Borgoña, Flandes o Alemania. Y por el aspecto asom¬brado del joven, tampoco debía de ser común en los reinos del sur.

Mi padre, en especial después de la muerte de mi madre y de mi único hermano, me había educado en algunos asuntos como lo hubiera hecho con su hijo. Y como a mí me encanta la música, dejaba que me entretuviera, siempre vigilada por mi ama y junto a mi prima, con los juglares y trovadores que hacían noche en nues¬tra casa. La mayoría de aquellos artistas trotamundos afirmaban que la poesía también era riqueza para damas y no tuvieron incon¬veniente en enseñar lo que sabían a aquella jovencita, que era la hija de su anfitrión y que tan interesada estaba.

Un paje trajo un taburete donde me senté, extendiendo con cuidado mi amplia falda bordada, cual pavo real, como si quisie¬ra abarcar el espacio libre que quedaba en el centro del salón. También trajo un escabel donde apoyar el pie y así descansar la vihuela en mi pierna. Mi padre, sentado entre los principales en la zona de honor de la amplia pieza, escuchaba orgulloso los mur¬mullos admirados que mi despliegue producía en los invitados, contemplándome con ternura.

En esa posición daba la espalda a casi la mitad de la sala y también al juglar del sur. Eso me aliviaba; nuestras miradas se ha¬bían cruzado demasiadas veces y sabía que, de tenerle de frente, mis ojos terminarían buscándole. Así, más tranquila, acaricié con el arco las cuerdas del instrumento y empecé a cantar con su músi¬ca. La audiencia era familiar y entregada, casi todos se unieron acompañándome en las dos primeras canciones, pero cuando sona¬ron las notas de la tercera se hizo el silencio:

Ruiseñor que vas a Francia, ruiseñor, encomiéndame a mi madre, ruiseñor.

Sabían que era la canción de mi madre y que sólo a veces la cantaba. Aun así, el sentimiento que ponía en ella y el que des¬pertaba en los que me rodeaban era tal que me llamaban la Dama Ruiseñor. Nadie más cantaba esa canción, era sólo mía.

No se por qué quise cantarla esa noche. Quizá porque desea¬ba regalarle algo muy querido al joven gallardo que me rendía con su sonrisa.

Ésa fue la última actuación de la velada y la gente, después de los aplausos, vino a felicitarme; hablaban conmigo, pero yo no atendía su conversación. Mi interés se centraba en mi juglar, de pie, allí al fondo, junto a otros extraños. Él también me buscaba con la vista y yo estaba segura de que quería hablarme sin saber cómo. Entonces, vino mi ama y sin demasiadas contemplaciones me arrastró junto a mi prima, hacia el otro extremo, donde se situa¬ba la puerta que llevaba a las habitaciones.

—Ya os habéis puesto demasiado en evidencia mirando tanto a ese forastero —me dijo en su lengua francesa de oíl—. Es hora de recogerse.

Una última mirada clandestina nos unió cuando, justo antes de cruzar el umbral, me rebelé contra mi captora y me giré para verle. Él puso una mano sobre su corazón y saludó con la cabeza con una sonrisa triste. Mis ojos se humedecieron al pensar que le estaba perdiendo sin ni siquiera haber gozado del encuentro.

—¿Le veré otra vez? —me pregunté desconsolada.

En nuestro dormitorio interrogué a mi prima hasta que me contó todo lo que sabía sobre el joven. No era mucho. Hugo visi¬taba Béziers con cierta frecuencia e incluso había estado antes en mi casa, sin que yo lo supiera o me fijara en él. Se comentaba que sus idas y venidas eran misteriosas y que viajaba de forma demasiado humilde para ser noble, si en verdad lo era. Y que era audaz, pendenciero a veces, y que había cortejado a varias damas. Pero yo no reparaba en estos detalles; la esperanza de volverle a ver me llenó de alegría, desatando mi imaginación. ¿Era aquello amor? ¿Sentiría él lo mismo por mi?

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • historic1951
    on

    Muy buena novela sobre una de las partes más oscuras (junto con la inquisición) de la historia de la Iglesia Católica, de las ambiciones y la ignorancia de sus mandatarios de la época que podría extrapolarse a la tandecia de la Iglesia de los pobres en la Sudamérica actual. Ah! y eso que aún no he acabado de leer el libro!.

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