La Roma de los Borgia

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Desde su aparición en la «Bibliothèque des Curieux» en 1913, La Roma de los Borgia ha sido calificada indistintamente como blasfema, pornográfica, antirreligiosa, etc… Sin embargo, la obra de Apollinaire intenta reflejar a modo de fresco la atmósfera del crimen, crueldad y terror de una época que llegó al máximo grado de depravación con la familia Borgia, cuyos miembros más destacados fueron el papa libertino Alejandro, entregado a los placeres más abyectos en el Vaticano, el asesino y verdugo César Borgia, y la hermosa envenenadora Lucrecia. Fue Lucrecia quien ayudó a la casa de los Borgia a alcanzar las cimas que pretendía. Fue Lucrecia la que, al principio de forma inconsciente, más hizo para llevar el apellido de los Borgia muy lejos y muy alto en el temor y en el desprecio.

«El veneno forma parte de la familia: lo empleaban por cualquier motivo, y sobre todo sin motivo. Los edictos represores están familiarizados con ese modo de asesinato, hasta el punto de que el envenenamiento sólo se castiga si afecta a un grupo o a una colectividad. Por así decir, el veneno está admitido, y puede decirse que casi ha recibido consagración oficial.»

«Lucrecia se convertía en la gran favorita de Roma. En Roma se admitía como cierto que Lucrecia era honrada por su padre Alejandro VI con los favores más íntimos.»

ANTICIPO:
Aquel día, 14 de junio de 1479, había fiesta en la viña de San Pedro ad Vincula.

La Vanozza recibía allí a todos los cardenales, al papa, a Julia Farnesio, al príncipe de Anhalt, al embajador de Maximiliano y a los embajadores de Francia y de España, así como a los enviados de los principados y reinos italianos.

La Vanozza daba la fiesta, cierto, pero los invitados no se consideraban tanto invitados de la Vanozza, antigua concubina del papa, como del papa. No obstante, todos manifestaban a la Vanozza la consideración debida a una verdadera reina. Los invitados se desparramaban entre los viñedos y admiraban la próxima cosecha, pero sobre todo protegían sus confidencias amorosas entre las frondosas cepas y bajo los canijos melocotoneros que salpicaban las hileras de estacas tumbadas sobre las que corrían las vides, en tres filas superpuestas y distantes unos cuarenta centímetros entre si. Rompiendo la monotonía de aquellas avenidas, así limitadas por cada lado e invadidas de una maleza entre la que brincaban los saltamontes, a veces unos emparrados formados por gruesas estacas y tablas cruzadas ofrecían sombra propicia a las parejas lascivas

Los cardenales y sus amigos vagaban felices como escolares de vacaciones elegidos en el paraíso; sonaban risas frescas y puras; las parejas se inclinaban sobre las altas cisternas destinadas a recoger agua; en esa agua, puestos a remojo, había restos de cobre, de sal y de cal. Cuando una enfermedad atacaba la vid, regaban el viñedo con aquella agua. De esa fórmula primitiva se acordaron los viñateros cuando, más tarde, regaron las plantas con agua que contenía en disolución sulfato de cobre.

Así pues, sobre esas cisternas vacías en sus tres cuartas partes se inclinaban las lindas muchachas y sus amantes, y cuando ellas hablaban la voz resonaba con sonoridad extraña; reían entonces y la risa brotaba en ecos armoniosos; cardenales y barones se inclinaban lo mismo que sus amigas, sus cabezas se rozaban, sus labios se unían, y mientras las mujeres reían divertidas, los cardenales, más graves y con fulgores en las niñas de los OJOS, unían sus labios a las risueñas bocas. A veces, un capelo caía al agua de la cisterna y el eco llevaba sus risas en sonoros trinos.

En casi todas las cisternas se inclinaban dos cabezas que se sumergían levemente y se unían, mezclando sus bocas. No era desde luego un espectáculo piadoso aquella serie de cisternas de vientres rechonchos contra los que se rozaban las parejas.

A veces, entre las hierbas saltaba una liebre, o huía en vuelo bajo una perdiz a la que nadie había visto echarse a volar: sólo su aleteo la denunciaba. Aquí y allá, algunas trampas ofrecían, a lo largo del paseo, entre ramajes o hierbas, sus lisas piedras asesinas. Confundidas entre la maleza se deslizaban ágiles serpientes ondulantes.

A veces, un cardenal se agachaba arrastrando a su amiga después de haber lanzado una mirada alrededor, y ya sólo volvía a verse, a cortos intervalos, la cabeza del prelado, desafiante, emergiendo por encima de las hojas. Algunos, demasiado atareados, descuidaban este tipo de precauciones y, cuando se levantaban, encontraban aquí y allá, agazapados entre las cepas, unos ojos reidores y brillantes.

Mientras tanto, la Vanozza vigilaba en la casa, acuciando a los criados, preocupada por cumplir bien sus funciones de anfitriona. Una vez dadas las órdenes, se reunía en una sala del primer piso con César, duque de Valentinois, quien, con los brazos arremangados, doblado sobre una artesa, estaba absorto en su tarea.

Esa pieza estaba reservada a la Vanozza y a César. Sólo el papa tenía derecho a entrar con ellos, pero ningún servidor franqueaba nunca el umbral. Sobre el suelo yacían grandes torteras de cobre. Sobre esas torteras de cobre rojo cubiertas completamente de verdín se evaporaba un líquido que parecía incoloro.

Siempre había en el hogar de la chimenea una de esas torteras para que la corriente de aire activase su evaporación. Cuando la Vanozza volvió, César dijo refunfuñando:

-Te había prohibido que hicieras fuego.

-Sólo he puesto algunas brasas para acelerar un poco el resultado; de otro modo no habríamos podido tener hoy el polvo.

-No es por eso, es por las cenizas que, mezclándose al polvo, la vuelven menos fina. Por suerte el cardenal de Riaro es miope. Éste será suficientemente bueno para él…, pero para otros…

-¿Para quién, pues? -preguntó ansiosa la Vanozza.

Y como la mirada de César rehuía la suya, ella terminó por adivinarlo y suplicó:

-César, querido, ¡evítame esa pena! ¡A él no! Te lo suplico. ¡A él no, no! Eso no…

-Tráeme la tortera -dijo César-, ahora ya debe de estar seca.

La Vanozza levanta de las dos asas de hierro la pesada tortera de cobre rojo sobre la que se ven, como un moho, unas manchas verduzcas espolvoreadas de una sal…

Con una pata de liebre, César agrupa meticulosamente aquel polvo y luego rasca con cuidado el cobre con una hoja de marfil. Echa, acto seguido, esos residuos en un mortero de mármol, lo machaca con un mazo de mortero también de mármol, lo pone luego a pellizcos entre dos pulidores de ágata, y el polvo, imponderable, impalpable, se desliza sobre un espejo de plata pulido.

-Dame el maná.

César llamaba al arsénico maná celeste.

Mezcla entonces el arsénico con el polvo anterior, pasa después la mezcla por dos pulidores y, una vez cumplida su tarea, exclama:

-Dios dijo: ¡Hágase la luz! y la luz fue hecha. Nosotros, los Borgia, podemos decir: ¡Hágase la oscuridad! ¡Y la oscuridad será!

Y como la Vanozza, inquiera, meneara la cabeza, él la cogió por la cintura, feliz como un chiquillo, le echó la cabeza hacia atrás y la besó afectuoso.

-Mirad a vuestro hijo, linda madre, ¿no es guapo? Pues vos sois cien, mil veces más bella. ¡Os conserváis tan joven! ¡Pero no olvidemos el trabajo serio! ¡Un pellizquito así para Julia Farnesio por el aniversario de sus amores! ¿Qué te parece?

-Calla.

Pero la campanilla ya tocaba el Benedícite. Era la hora de comer. La Vanozza bajó, dejando a César con su química.

La tortera estaba vacía. Meó dentro para sustituir la orina evaporada cuyas sales acababa de utilizar. Porque todas aquellas torteras que había por el suelo contenían la orina que la Vanozza y su hijo hacían evaporarse. Las sales resultantes, combinadas con sales de cobre, se mezclaban entonces con arsénico, y esa mezcla formaba el famoso veneno de los Borgia, la cantarella.

Como se sabe, de la orina sacaron el fósforo Brandt y Kunkel más tarde, hacia 1669. Brande, químico de Hamburgo, no supo toda la importancia de su descubrimiento, del que no sacó provecho alguno y cuyo secreto vendió a Kraft, de Dresde. Brandt sentía demasiada pasión por su búsqueda de la piedra filosofal para detenerse en ese descubrimiento. El secreto de las sales de la orina había sido entregado a los Borgia, al papa Calixto, por un monje español que curaba y envenenaba alternativamente con la orina combinada a otros medicamentos. Así es como aliaba, sin conocer con exactitud las propiedades definidas, el fósforo al arsénico, provocando, mediante esa asociación, accidentes a menudo mortales. Por otro lado, reanimaba ancianos extenuados haciéndoles beber la orina de un muchacho «virgen».

No podríamos decir si el fósforo que de este modo podía contener la orina obraba con eficacia, pero ese monje logró curas maravillosas, y Savonarola se vio obligado a fulminarlo con su elocuencia, porque los viejos se dejaban arrastrar a los peores excesos, convencidos de que siempre encontrarían en ese medio ayuda eficaz contra la frigidez.

Y el veneno era más precioso todavía porque el monje se adelantaba así a las previsiones de la ciencia contemporánea, que ha reconocido que el fósforo podía asociarse al arsénico y que tanto uno como otro tenían el mismo antídoto.

Mientras César Borgia, heredero de los secretos del monje español, confeccionaba unos saquitos de tela que llenaba con un polvo blanco impalpable, los invitados ocupaban sus puestos en el amplio comedor. Las cortesanas más hermosas, a las que Roma acogía en sus fiestas públicas, adornaban con sus encantos conocidos y cotizados la mesa donde el «venerado jefe de la Iglesia» tomaba asiento con todo el aparato y la pompa de una ceremonia.

En ese momento llegaba César Borgia; con el chafarote insolentemente colgado de su cintura, más gonfalonero que su hermano el duque de Gandía, afectaba una desenvoltura de ademanes que iba bien con su máscara ruda y con su voz nerviosa e incluso brutal. Con sus alhajas y sus armas labradas por orfebres tenía en cierto modo el aspecto de un condotiero, pero de un condotiero de aparato. En realidad, lo era más que nadie, y hasta el fondo de su alma. Jugaba continuamente con el chafarote, largo puñal de ancha y afilada hoja, que con demasiada frecuencia se ha confundido con dalles y facas, machetes también de filo recto. Lo tenía siempre en la mano, y para reafirmar una demostración o para disimular un enfado, siempre jugaba con esa arma, apoyando su punta sobre la uña o probando el filo sobre la palma de la mano.

Lo admiraron, y el cardenal Orsini, tal vez ingenuamente, dijo:

-Comparándolos a los dos, al bello duque de Gandía y a César, resulta difícil creer que el duque de Gandía sea el auténtico gonfalonero.

El papa fulminó al cardenal Orsini con la mirada, la madre Vanozza tembló, y Francisco, duque de Gandía, que había oído la frase, sonrió:

-Vos me hacéis lamentar serlo y no poder cederle la plaza… Aunque tal vez suceda un día…

El duque de Gandía dijo estas palabras con calma risueña, pero con una insistencia visible en cada vocablo que daba a esa frase una significación misteriosa e inquietante.

César no dijo una palabra. Alejandro desvió hábilmente la conversación para desterrar el malestar producido. Los ojos de Vanozza se cruzaron con los de César, y la mirada del papa chocó con la del cardenal Orsini. Desde ese día hubo entre el cardenal y Alejandro una antipatía que debía traducirse, en el caso del papa, en odio feroz, y tal vez a esa torpe frase se remonten los verdaderos motivos del asesinato del cardenal.

El cardenal Orsini habría sido excusable de haber ignorado la taimada rivalidad que armaba a César contra su hermano mayor. En su tenebrosa alma se urdían los proyectos más negros: no era preciso que una desafortunada provocación viniese a agravar las decisiones de César.

En Roma no se hablaba de otra cosa que de ese odio que alimentaba César contra el duque de Gandía.

Provenía sin duda de esa rivalidad del gonfalonero, pero también tenía otras causas graves. César amaba a doña Sanzia, que lo había animado a hacerle la corte, pero Francisco, a ojos y a sabiendas de todo, era su rival afortunado, y, si puede decirse que doña Sanzia había ofrecido a César su mano para que la besara, parece seguro que no tenía ninguna reserva con Francisco, al que había otorgado con entusiasmo algo más que la mano.

César, amante desdichado una vez más, era suplantado.

Había otra rivalidad que dividía a los hermanos.

César amaba apasionadamente a Lucrecia Borgia. La amaba no como tímido ni como miedoso, ni tampoco como cínico; la amaba valerosamente, por inclinación, sin pensar si esa inclinación casaba con las intenciones del jefe severo de la Iglesia, a quien despreciaba, o con las de una moral cualquiera, que ignoraba en su totalidad como filósofo avisado. No le importaban ni consejos ni teorías y sólo atendía a las violencias de su instinto. Pero según los rumores, el duque de Gandía encontraba en el corazón de Lucrecia mejor acogida que César, quien estaba perfectamente informado de tales rumores.

Desde ese momento pensó que, decididamente, la familia Borgia empezaba a ser demasiado numerosa…

La comida acababa alegremente, entre anécdotas desvergonzadas y palabras desnudas. Las cortesanas que habían sido llamadas para gozar de su charla licenciosa, embriagadas por los generosos vinos se entregaban a las incitaciones que les prodigaban los cardenales. Los gestos completaban las frases, o las comentaban, o se inspiraban en ellas. En las pupilas de los invitados se encendía el deseo: una atmósfera de amor planeaba sobre sus cerebros pesados y voluptuosos.

De repente hubo un tumulto; unos clamores jubilosos, irónicos, y un griterío llamaron la atención. Alejandro preguntó el motivo de aquella manifestación imprevista y ruidosa: un monaguillo, confuso y tembloroso, declaró que acababan de coger en las viñas de San Pedro ad Vincula a tres monjes haciendo obra carnal, en una trinidad extraña unida igual que esos rosarios de caracoles que se ven en las viñas haciendo al mismo tiempo oficio de macho y de hembra. Como el papa no podía entender a través de las explicaciones confusas del monaguillo de qué se trababa, ordenó traer a los tres monjes. Al punto estos, prosternados, con la rodilla en tierra y la frente a los pies del papa, se humillaron. Alejandro los conminó a representar en la sala del banquete la escena que había hecho escándalo. Ellos se negaban, abrumados de vergüenza y resignados a los peores castigos. Alejandro empleó la dulzura y las amenazas, pero no consiguió nada.

César se acercó entonces al papa para decirle unas palabras al oído.

Alejandro mandó apagar las luces, y en una oscuridad casi completa, ordenó a los monjes que obedeciesen. «En la oscuridad, había dicho, sólo Dios podría verlos, o su enviado en la tierra»; para conseguir la remisión del pecado, era preciso que el papa conociese con toda exactitud su falta y pudiese juzgar sobre la postura precisa en que se habían entregado como espectáculo a la multitud. Les prometía otorgarles luego la absolución. Los monjes dieron la impresión de tranquilizarse poco a poco y aceptaron la sanción que les infligía Su Santidad.

Mientras tanto, y en medio de la oscuridad cómplice, los invitados callaban. No tenían razón alguna para impacientarse, radiantes ante aquella ayuda inesperada y tan felizmente producida: la oscuridad. Se anudaron los abrazos y los cuerpos se enlazaron. Apenas se oía otra cosa que murmullos o risas sofocadas entre el chirrido de las altas y pesadas sillas que agitaban los movimientos de los invitados.

Se sabía que César avisaría antes de volver a encender las lámparas colgadas del dovelaje de la sala y los lustros resplandecientes de placa y cristal, cargados de flores. Una profusión de flores olorosas sobrecargaba la atmósfera con efluvios voluptuosos. La sala estaba adornada como un templo antiguo.

La Vanozza se había levantado y, de pie sobre una silla, había echado unas cortinillas de tisú de oro y sembradas de pedrerías sobre una hornacina donde constantemente velaba una lámpara. Quería ocultar a la Virgen el espectáculo que iba a producirse aquel día, como tantas otras veces.

Para no agravar la infamia de sus actitudes libidinosas. Alejandro ordenó a las mujeres cerrar los ojos. Y mientras éstas obedecían, César encendió bruscamente las luces, mostrando a los invitados el espectáculo de aquella lubricidad y de las vergüenzas de la carne, para hablar como el Eclesiastés.

De repente, entre los gritos joviales de la concurrencia, se oyó un clamor, que había brotado, enloquecido, de la boca de los monjes revolcados en el suelo, en medio de la sangre, y contorsionados bajo el dolor como lombrices descuartizadas. La sangre se extendía; sus codos, sus rodillas y sus manos se deslizaban por el pavimento viscoso y rojo.

Con su daga, que había golpeado dos veces, César había seccionado sus uniones con la misma facilidad con que hubiera corado el nudo gordiano, y de allí brotaban dos mezclas de sangre.

Daga en mano, César publicó con cinismo: «¡Han perecido… por donde han pecado!»

Le aclamaron.

Una orgía desenfrenada dispersaba a los invitados alrededor de las mesas. Sólo el papa seguía caviloso.

Los criados habían barrido la sangre de los monjes. Nadie se acordaba ya de la escena que acababa de desarrollarse.

El cardenal Orsini, que tenía enlazadas a sus piernas las de una bella cortesana, preguntó riendo a Alejandro en qué podía pensar sino en el espectáculo de los tres monjes hallados en las viñas de Su Santidad… El cardenal Orsini no pretendía adivinar los proyectos o los pensamientos del papa. Simplemente encontraba en ello materia de broma.

Por toda respuesta. Alejandro sonrió despacio: dio la impresión de que evocaba recuerdos agradables con sus cejas alzadas, con su mano que alejaba la pregunta, con una sonrisa evasiva.

Le pedían que hablase. Julia Farnesio, sentada en sus rodillas, le hizo zalemas, pero el papa rehusaba dulcemente.

Indudablemente pensaba en el castigo celestial que esperaba en el otro mundo a los tres monjes invertidos. Su mirada sombría y aquella frente que volvían grave sus nobles pensamientos, preocupaban a los invitados. Cuando Julia resultó más apremiante, el papa pensó en voz alta, con vago éxtasis y nostalgia amorosa:

-Pienso en el que estaba en el medio…

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