La saga de los Worthing

SagaDeWorthingOrsonScottCard

Famoso por la saga de Ender, con la que obtuvo el premio Nebula dos veces consecutivas, Card logra con esta novela una aportación fundamental al tratamiento de la telepatía en la ciencia ficción. El imperio de Capitol se cimenta en el somec, la droga capaz de crear en los humanos la ilusión de la inmortalidad. Pero sólo algunos, los ricos y los poderosos, obtienen el privilegio de dormir durante largos años y despertar como si no hubiera transcurrido el tiempo. El somec permite gestar ambiciosos planes y dominar un vasto imperio, pero también implica amenazas y peligros. La saga de Worthing es una emotiva crónica de Capitol y su droga, el somec, en la que se nos habla del poder subversivo de Abner Doon, que destruyó el imperio, de la estirpe de telépatas que engendró Jason Worthing y del mundo que éstos llegaron a crear.

ANTICIPO:

Mamá los recibió.
—¿Queréis comer? ¿Habéis viajado toda la noche?
Lared pensó que ella se sorprendería cuando los viajeros le hablasen en la mente, pero no hubo sorpresa; no hubo respuesta alguna, al parecer, pues Mamá repitió la pregunta y fue en el pensamiento de Lared donde surgió la respuesta.
—No tienen hambre, Mamá.
—Deja que hablen ellos —rezongó Mamá—. ¿Comeréis?
El hombre meneó la cabeza. Lared sintió el urgente deseo de ir a buscar el Libro del Descubrimiento de las Estrellas. Echó a andar hacia la escalera.
—¿A dónde vas, Lared? —preguntó Mamá.
—A buscar el libro. El del Descubrimiento de las Estrellas.
—No es hora de jugar. Hay trabajo que hacer.
—Ellos quieren que yo se lo lea.
—¿Me tomas por tonta? No han dicho una palabra. Creo que no hablan werren.
Lared no respondió, pero Sala dijo:
—Es verdad, Mamá. Nos hablan a Lared y a mí sin palabras, pero no quieren hablar con Papá y contigo.
Mamá los miró a ambos.
—¿Qué es esto? Sólo hablan con vosotros y no con… —Se volvió hacia los forasteros—. Sólo me faltaba gente que entra en mi casa para decirme que no vale la pena hablar conmigo. No os necesitamos.
El hombre puso una gema brillante sobre la mesa.
Mamá la miró con desprecio.
—¿Qué puedo hacer con eso? ¿Extraerá grano del suelo? ¿Hará que la fragua de mi esposo arda con más fuerza? ¿Me curará las heridas del brazo? —Pero alargó la mano para cogerla—. ¿Es real? —preguntó—. Ante el silencio de los forasteros, preguntó a Sala—: ¿Es real?
—Es perfecta —dijo Sala—. Vale el precio de todas las granjas de Bahía Chata, y todos los edificios, y toda la tierra que hay debajo y todo el aire que hay encima y toda el agua que la cruza. —Se llevó la mano a la boca para contener el torrente de palabras.
—Trae el libro que han pedido —le dijo Mamá a Lared. Regresó hurañamente hacia donde estaba el potaje.
Lared subió a la carrera hasta la habitación. El cuerpo del viejo escribiente yacía con los ojos cerrados y guijarros sobre los párpados. El vientre se advertía hundido bajo la sábana. ¿Se había movido levemente, con un jadeo?
Lared le susurró, pero no recibió respuesta. Abrió la maleta que el viejo había traído consigo. En su interior había cinco libros y un fajo de pergamino, quizá veinte hojas, con un pequeño cuerno de tinta y varios cálamos. Lared sabía algo sobre la confección de pergamino, y una de las primeras lecciones de la escuela invernal era cómo afilar y cortar un cálamo para escribir. Pero la tinta era un misterio. Lared guardó el tintero en la maleta; le habían regalado libros, no las herramientas para hacer libros. Pronto distinguió los títulos entre los adornos de las cubiertas de cuero repujado; jamás las vacas y ovejas habían yacido juntas tan dócilmente como en las páginas de piel de oveja y las tapas de cuero de un libro. El Descubrimiento de las Estrellas.
Acababa de apartar los demás libros cuando oyó pasos en la escalera. Era Papá, que venía con Han Carpintero a llevarse el cadáver. Tenían la botas embadurnadas de lodo: ya habían cavado la tumba.
—¿Robas cosas a los muertos? —preguntó jovialmente Han.
—Él me dio los libros…
Papá meneó la cabeza.
—Han cree oportuno bromear ante un lecho de muerte.
—Mantiene a raya a los fantasmas —comentó Han—. Si se ríen, no te hacen daño.
Lared miró con suspicacia el cuerpo del viejo escribiente. ¿Acaso contenía un fantasma? ¿Y ese fantasma llevaba afilados cuchillos para tallar a Lared como un cálamo, quizá mientras durmiese? Lared sintió un escalofrío. Creer en tales cosas supondría el insomnio permanente.
—Coge los libros, hijo —dijo Papá—. Son tuyos. Pero cuídalos. Valen el precio de todo el hierro que usaré en mi vida.
Lared rodeó la cama describiendo un amplio círculo, mientras Papá y Han depositaban al viejo en una manta desleída: no tenía sentido enterrar un buen paño con un muerto. Lared se marchó de la habitación y bajó deprisa. Su madre lo detuvo bruscamente al pie de la escalera, y casi le hizo perder el equilibrio.
—¿Qué? ¿Quieres otro entierro hoy? Ten cuidado, ya no hay ángeles para cogerte los pies cuando te caes.
Lared se apartó y replicó con enfado:
—¡No tropecé hasta que tú me empujaste!
Ella le abofeteó la cara, haciéndole daño en el cuello y dejándole un ardor en la mejilla. Ambos se miraron sorprendidos.
—Lo lamento —susurró Lared.
Mamá no dijo nada y regresó a la mesa para poner cucharas de cuerno para los huéspedes. No sabía que ellos habían caminado sobre el agua, pero tenía cierta idea acerca del valor de la gema, y ese milagro bastaba para que les ofreciera el mejor tratamiento.
Pero ahora Lared no quería reunirse con los forasteros, pues habían visto su vergüenza y su dolor. No pudo reprimir unas lágrimas: nadie le había lastimado a propósito en la vida, y aunque el dolor ya se disipaba, el temor aún persistía.
—Ella nunca… —comenzó a explicar en un susurro, pero ellos le hablaron de nuevo en la mente, con calma, y él les entregó el Descubrimiento de las Estrellas.
El hombre tomó el libro, lo abrió y siguió las palabras con el dedo. Lared vio en seguida que no podía leer, pues movía el dedo de izquierda a derecha y no de arriba abajo. Puedes obrar milagros, pero no sabes leer, pensó Lared triunfalmente.
Al instante una imagen surgió en su mente, páginas de palabras extrañas en letras aún más extrañas, letras que salpicaban la página como si el pergamino no representara horas de faena y la tinta no valiera su volumen en estaño duramente ganado. Luego vio, como en un recuerdo, a la joven inclinada sobre la página.
—Lo lamento —murmuró.
El hombre señaló la primera palabra, siguió la primera frase con el dedo y preguntó con los ojos. Lee, dijo la voz silenciosa que resonaba en la mente de Lared.
«Cuando los mundos fueron exterminados por Abner Doon, diez mil años de oscuridad transcurrieron antes de que los fuegos trazaran nuevamente una estela entre los astros.»
El hombre abrió los ojos.
—Abner Doon —dijo en voz alta.
Lared señaló las dos palabras.
¿Sólo dos letras para decir ese nombre?, preguntó la voz silenciosa.
—Son palabras, no letras. —Lared cogió una rama y dibujó en el polvillo del suelo—. Esto es ab, y esto es un, y esto es er, y se combinan así. Este lazo indica que un es rápida, y esto que ab es larga, y el vínculo indica que las palabras son nombres.
El hombre y la mujer se miraron sorprendidos y se echaron a reír. ¿De Lared? No parecía así.
No, dijo la voz. No de ti. De nosotros. Pensábamos aprender tu idioma y tu escritura, pero es obvio que las letras son demasiado difíciles para nosotros.
—No, son fáciles —dijo Lared—. Hay sólo ciento noventa y ocho letras, trece lazos y siete vínculos.
Ellos rieron de nuevo, y el hombre meneó la cabeza. Luego tuvo una idea.
—Jasón —dijo, señalándose—. Jasón. —Y la voz dijo en la mente de Lared: Escribe.
Y Lared escribió J, es y un, y los unió para que sonara jasún, y los vinculó para que no indicara «nombre» sino «nombre de Dios». Era un honor sólo reservado para grandes monarcas, pero Lared no titubeó en usarlo con aquel hombre. Con Jasón.
Pero al parecer el hombre comprendía lo que significaba el vínculo. Cogió la ramilla de Lared y puso el vínculo «nombre de Dios» sobre la palabra de Abner, y el vínculo común sobre su propio nombre.
Una imagen surgió en la mente de Lared: un hombrecillo con un traje extraño y feo, sonriendo socarronamente. A Lared no le agradó. Abner Doon, explicó la voz silenciosa.
—¿Le conociste? —preguntó Lared—. ¿El Deshacedor del Universo? ¿El Destructor del Hombre? ¿El Que Despertó del Sueño de la Vida?
El hombre meneó la cabeza. Quizá quería decirle que no conocía a Abner Doon. ¿Cómo podía conocerle, a menos que también él fuera un demonio? Ese pensamiento cruzó la mente de Lared. Los poderes de esa gente eran más que humanos. ¿Cómo saber si eran benignos?
Por toda respuesta lo inundó una sensación de cálido sosiego. Lared tembló. ¿Cómo podía dudar de ellos? Sin embargo, en lo más hondo, aún se preguntaba cómo podía no dudar de ellos. Llegaban muy poco después del Día del Dolor.
Jasón le devolvió el libro. Lee, dijo la voz silenciosa.
Lared comprendía sólo una parte de lo que leía. Era fácil articular los sonidos, pues conocía el alfabeto. Pero muchas palabras le resultaban difíciles. ¿Qué sabía él de naves estelares y mundos y exploradores y embajadas? Pensó que quizá los dos forasteros pudieran explicarle qué significaban las palabras.
No podemos.
—¿Por qué no? —preguntó.
Porque las palabras no significan nada para nosotros. Lo que entendemos es lo que tú entiendes. No podemos saber lo que tú no sabes.
—¿Y por qué no aprendéis nuestro idioma, si sois tan sabios?
—No seas descarado —dijo Madre desde la cocina, donde estaba moliendo guisantes secos para el guisado.
Lared se enfureció. Ella no comprendía nada de la conversación, pero aun así sabía cuándo Lared cometía una impertinencia. Jasón le tocó la rodilla. Calma. Está bien. Lared no percibió las palabras en su mente, pero aun así las comprendió por el ademán tierno y la sonrisa serena.
Jasón aprenderá tu idioma, dijo la voz silenciosa. Pero Justicia no.
—¿Justicia? —dijo Lared, sin darse cuenta de que era el nombre de la mujer.
Ella se tocó y repitió la palabra.
—Justicia —dijo con voz suave y vacilante, como si no estuviera acostumbrada a hablar—. Justicia. —Se echó a reír, y dijo una palabra ininteligible en un idioma que Lared jamás había oído.
Ese es mi nombre, dijo la voz silenciosa. Justicia. El nombre de Jasón es puro sonido, y es igual en cualquier idioma. Pero mi nombre es la idea, y el sonido cambia según el idioma.
Para Lared no tenía sentido.
—Un nombre es un nombre. Te designa a ti. ¿Qué importa si además significa otra cosa?
Ambos se miraron.
Cuéntanos si hay palabras sobre un lugar llamado…
Y Justicia dijo una palabra: —Worthing.
Lared trató de pronunciarlo.
—Worthing —dijo. Luego escribió el nombre en el polvo, para estar seguro de reconocer el signo si lo hallaba en el libro.
No notó que Mamá enarcaba las cejas al oír el nombre, y luego se marchaba de la cocina sin decir palabra.
Lared encontró Worthing al final del libro.
—Durante miles de años se creyó que dos de las Arcas de Doon se habían perdido, o que sus colonias habían fracasado. Aún no sabemos si el Arca de Rivethock fundó una colonia. Sin embargo, el mundo llamado Worthing, por el Arca de Worthing, fue hallado al fin por una nave clase Descubridor IV en la Quinta Ola. El geologista clasificó el planeta como habitable, y luego, para asombro de la tripulación, como habitado.
Esta vez, ante las palabras difíciles, breves explicaciones acudían a la mente de Lared, empleando ideas con las que estaba familiarizado. Las Arcas de Doon eran gigantescas naves estelares equipadas con todo lo que trescientos treinta y cuatro pasajeros necesitarían para fundar un mundo. Una colonia era una aldea en un terreno recién despejado y en un mundo sin seres humanos. Un Descubridor IV de la Quinta Ola era una nave estelar, enviada por el gobierno para explorar el interior de la galaxia unos cinco mil años atrás. Un geologista era una máquina, o un grupo de máquinas, que examinaba un mundo desde lejos e indicaba dónde estaban los bosques, el petróleo, el hierro, las tierras cultivables, el hielo, el océano y la vida.
Y si leemos a esta velocidad no llegaremos a ninguna parte, dijo la voz silenciosa en su mente. El rostro impaciente de Justicia congeniaba con las palabras, y por primera vez Lared comprendió que quizá fuera sólo Justicia la que hablaba. Pues Jasón sólo sonreía en silencio, y sólo respondía en voz alta con palabras en su extraño idioma.
—¿Quiénes sois? —preguntó Papá.
Estaba en la puerta que conducía a la cocina, y sus fuertes brazos y sus macizos hombros se perfilaban a la luz del fogón.
—Son Jasón y Justicia —dijo Sala.
—¿Quiénes sois? —insistió Papá—. No admitiré que se me responda con la voz de mis hijos.
Las palabras llegaron a la mente de Lared, y él las repitió.
—No lo harán de otra manera. No nos culpes, padre. Ellos sólo me hablan a mí porque no conocen otro modo. Jasón se propone aprender nuestro idioma en cuanto pueda.
—¿Quiénes sois? —preguntó Papá por tercera vez—. Os atrevisteis a hacer que mi hijo pronunciara el nombre oscuro, la palabra oculta, y aún no tiene dieciséis años.
—¿Qué nombre oculto? —preguntó Lared.
Papá no logró articularlo. En su lugar, caminó hasta el sitio donde Lared había trazado el signo y borró el trazo con el pie.
Jasón rió, Justicia suspiró; Lared habló sin aguardar a que ellos le dictaran las palabras.
—Papá, hallé el nombre Worthing en el libro del viejo escribiente. Es sólo el nombre de un mundo.
Papá abofeteó a Lared en la cara.
—Hay un tiempo y un lugar para pronunciar ese nombre, y no es aquí.
Lared no pudo contener un gemido de dolor. No tenía estrategias para afrontar un ultraje tan inusitado. Era cruel que con la llegada del dolor el mayor peligro no fuera el fuego, el agua o las bestias, sino Papá. Por eso, cuando el ardor se aplacó, Lared no pudo contener un gimoteo de perro picado por una abeja.
De pronto Jasón descargó un manotazo en la mesa y se levantó. Justicia trató de contenerlo, pero él tartamudeó unas palabras que los demás no entendieron.
—Nombre de mí —dijo—. Nombre de mi persona esto es.
Papá entornó los ojos, como si aguzar la vista le ayudara a entender la torpe frase. Lared tradujo:
—Creo que quiere decir que el nombre de él es… ese nombre.
Jasón asintió.
—Dijiste que tu nombre era Jasón.
—Nombre de mí es Jasón Worthing.
—Mi nombre es Jasón Worthing —aclaró Lared.
En cuanto Lared pronunció Worthing, Papá alzó la mano para pegarle otra vez. Pero Jasón fue más rápido y cogió la mano del herrero.
—No hay hombre en Bahía Chata —dijo Papá— que se atreva a medir fuerzas conmigo.
Jasón se limitó a sonreír.
Papá trató de mover la mano de nuevo, pero Jasón cerró los dedos casi imperceptiblemente, y Papá gritó de dolor.
Justicia también gritó, como si el dolor la hubiera alcanzado. Ambos discutieron airadamente mientras Papá se aferraba la muñeca y jadeaba. Cuando Papá pudo hablar de nuevo, decidió ignorarlos.
—No quiero aquí a estos huéspedes, ni quiero que te inmiscuyas en cosas prohibidas. Se irán, y tú no tendrás trato alguno con ellos hasta que se hayan ido.
Jasón y Justicia dejaron de discutir y oyeron las últimas palabras. Como para detener al herrero, Justicia sacó de su ropa una delgada barra de oro puro; la curvó para demostrar su ductibilidad.
Papá cogió el oro. Estiró la barra entre dos dedos, la plegó de nuevo, la arrojó contra la puerta.
—Ésta es mi casa, y éste es mi hijo, y no os necesitamos.
Papá se llevó al hambriento y desdichado Lared hacia la fragua donde ya ardía el fuego.
Lared trabajó allí toda la mañana, hambriento y furioso, pero sin atreverse a desobedecer a su padre. Ambos sabían que Lared odiaba trabajar en la fragua, que no deseaba aprender los secretos de la herrería. Hacía lo que tenía que hacer, al igual que su parte en el labrantío, pero nada más. Habitualmente eso contentaba a Papá, pero no ese día.
—Hay cosas que aprenderás de mí —gritó Papá por encima del rugido de las llamas—. ¡Hay cosas que ningún forastero necio te enseñará!
No son necios, dijo Lared en silencio. Pero él no era Justicia y cuando contenía la lengua nadie reparaba en sus palabras. Contener la lengua era una de sus especialidades.
—No sirves para esto, lo sé. Tienes los brazos enclenques, como el padre de tu madre, y los hombros estrechos. Nunca me metí contigo por eso, ¿verdad?
Lared meneó la cabeza.
—Bombea con más fuerza.
Lared se inclinó sobre el fuelle y bombeó con más fuerza, aunque le dolía la espalda.
—Y en el campo eres un peón aceptable, y aunque todavía no tienes tamaño para cargar lo que un hombre, eres bueno para coger setas y hierbas, y ni siquiera me avergonzaré si terminas como porquero. Por Dios, hasta soportaría que mi hijo fuera cuidador de gansos.
—No seré cuidador de gansos, Papá. —Papá a menudo exageraba las cosas.
—¡Mejor cuidador de gansos que escribiente! No hay trabajo para un escribiente en Bahía Chata, ni falta que nos hace.
—No soy escribiente. No soy tan bueno con los números, y apenas conozco la mitad de las palabras de ese libro.
Papá golpeó el hierro con tanta fuerza que lo partió, y arrojó la pieza que sujetaba con las tenacillas al suelo de piedra, donde se partió de nuevo.
—¡Por Dios! ¡No se trata de que no seas bueno! ¡Eres bueno para ser escribiente! Pero me avergonzaría que un hijo mío sólo sirviera para garrapatear letras sobre cuero todo el día.
Lared se apoyó en el mango del fuelle y estudió a su padre. ¿En qué te ha cambiado la llegada del dolor? Ya no te cuidas las manos ante la fragua. Te acercas al fuego como de costumbre, aunque todos los que trabajan con fuego se han habituado a alejarse, y muchos han pedido mangos largos y fuertes para palas largas que antes nadie pensaba usar. Pero tú no has pedido tenacillas más largas. ¿Entonces qué ha cambiado?
—Si te haces escribiente —dijo Papá—, tendrás que marcharte de Bahía Chata. Vivir en Refugios de Aguafinal, o Hendedura, un lugar distante.
Lared sonrió con amargura.
—Tal vez a Mamá le parezca demasiado pronto.
Papá se encogió de hombros con impaciencia.
—No seas tonto. Es sólo que te pareces mucho a su padre. Ella no tiene mala intención.
—A veces creo que Sala es la única que me necesita —dijo Lared, pensando: Hasta hoy. Hasta que llegaron los forasteros.
—Yo te necesito.
—¿Soplaré el fuelle hasta que mueras? ¿Y después haré lo mismo para el que ocupe tu lugar? He aquí la verdad, Papá. No quiero marcharme de Bahía Chata. No quiero ser escribiente. Excepto tal vez para leerles a un par de huéspedes, sobre todo al final del año, como ahora, cuando no hay nada que hacer salvo repujar cuero, hilar, tejer y sacrificar animales. Otros hombres componen canciones. Tú compones canciones.
Papá recogió el hierro de desecho y arrojó los trozos en la pila de desperdicios. Otra barra se calentaba en la fragua.
—Sopla el fuelle, Lareled.
Ese nombre afectuoso era una respuesta para Lared. El enfado de Papá era pasajero, y él no le prohibiría leer mientras eso no lo distrajera del trabajo. Lared cantó mientras presionaba el fuelle:

Ardillita, ardillita, ¿adonde van las nueces?
¿A hoyos de tierra o a chozas de granjeros pobres?
Si robas en mi granero te arrancaré las tripas
para mi lira de cantor,
o para liar salchichas
o para atar toros en celo.

Papá rió. Él había compuesto esa canción cuando la aldea entera se reunía en la posada en lo peor del invierno pasado. Era un honor que su hijo la recordara. Lared sabía que eso complacía a su padre, pero no se había puesto a cantar para adularlo. Amaba a su padre y quería verlo contento, aunque no tenían muchas cosas en común ni se le parecía.
Papá entonó otra estrofa, una que a Lared no le agradaba tanto. Pero rió de todos modos, y esta vez sí lo hizo para adularlo. Pues cuando Papá terminó de cantar y las risas cesaron, Lared dijo:
—Deja que se queden. Por favor.
Papá lo miró con mal ceño, extrajo la barra del fuego y se puso a golpearla para formar una hoz.
—Hablan con tu voz, Lared.
—Me hablan en la mente —dijo Lared—. Como… —Titubeó antes de decir esa palabra de la infancia—. Como ángeles.
—Si hay ángeles, ¿por qué hoy el cementerio está tan lleno? —preguntó Papá.
—Como ángeles. No hay malicia en ello. Ellos…
—¿Ellos qué?
Ellos caminan sobre el agua, pensó Lared.
—Ellos no tienen malas intenciones. Desean aprender nuestro idioma.
—Ese hombre conoce maneras de causar dolor. ¿Por qué un ángel conoce modos de causar dolor?
No había una buena razón. Hasta el día anterior nadie sabía lo que era el dolor. Pero Jasón podía extender la mano y detener a Elmo el Herrero con un tormento sutil. ¿Qué clase de hombre querría saber esas cosas?
—Pueden ponerte pensamientos en la mente —dijo Papá—. ¿Cómo sabes que no te han inculcado confianza hacia ellos? ¿Y amor y esperanza y todo lo que puedan usar para destruirte? Y también a nosotros. Ahora vivimos tiempos peligrosos. Se rumorea que ayer hubo matanzas río arriba. No sólo muertes, sino matanza. A causa de un furor que jamás conocimos. Y he aquí a un hombre que conoce el dolor como yo conozco la entrañas del hierro.
Papá terminó la hoz. La sumergió en el fuego para que el hierro aprendiera su forma verdadera, y la frotó en la piedra para que conociera la tierra y no la ofendiera en el tiempo de la cosecha. Luego la hundió en la cisterna, y el hierro cantó.
—Aun así —dijo Lared. Entregó a su padre la piedra de afilar, para que la pasara por el hierro.
—¿Aun así, qué?
—Aun así, si ellos desean quedarse, ¿cómo lo impedirás?
Papá se volvió de mal talante.
—¿Crees que los acogería por temor?
—No —dijo Lared, intimidado—. Pero está la gema. Y el oro.
—Sólo un hombre ruin cambia de parecer por aspirar a la riqueza. ¿De qué valdrán el oro y las joyas si las cosas empeoran río arriba? ¿El oro arrancará a mi madre de la tumba? ¿Hará que las carnes de Clany se peguen a los huesos? ¿Dará la vista al viejo escribiente? ¿Curará el pie mordido por el hierro?
—No nos han hecho daño, Papá. Jasón sólo intervino para protegerme, cuando yo pequé instigado por él.
Papá adoptó un aire beato, pensando en el nombre que Lared había ofendido.
—Ese es el nombre de Dios —le explicó—. Tú no debías aprenderlo hasta besar el hielo en tu decimosexto invierno.
Lared también se puso solemne.
—¿Echarías a quien viene a enseñar el nombre de Dios?
—Los impíos pueden usar el nombre de Dios tanto como Dios mismo.
—¿Cómo saberlo, a menos que los pongamos a prueba? ¿O debemos echar a todos los hombres que usan el nombre de Dios, por temor a los blasfemos? ¿Qué nombre usaría Dios, en tal caso?
—Ya hablas como un escribiente —dijo Papá—. Y ya te obstinas en que se queden. No temo el dolor, ni temo la riqueza. Ni siquiera temo al hombre que blasfema y cree que no causa daño. Temo que tú quieras lo que te hayan prometido.
—¡No me han prometido nada!
—Temo que cambies.
Lared rió con amargura.
—No re gusto mucho tal como soy. Un cambio no cambiaría nada.
Papá pasó el dedo por el filo de la hoz.
—Afilada —dijo—. Apenas la he tocado y ya me ha abierto un pequeño tajo. —Le mostró el dedo a Lared. Tenía una gota de sangre.
Papá tocó el párpado derecho de Lared con el dedo ensangrentado. Habitualmente el rito se hacía con agua, pero con sangre resultaba más emocionante. Lared tiritó: si le hubiera tocado el izquierdo, el rito, en vez de una protección para Lared, habría sido un modo de echarlo.
—Les dejaré quedarse —susurró Papá—. Pero tus faenas invernales tendrán prioridad.
—Gracias —murmuró Lared—. Prometo que esto no causará daño sino que terminará por servir a Dios.
—Todas las cosas terminan por servir a Dios. —Papá apoyó la hoz en el banco—. Otra herramienta que necesita un fabricante de mangos. La hoja no sirve a menos que una mano pueda empuñarla. —Se volvió hacia Lared, lo miró desde arriba. Tenían casi la misma estatura, pero él siempre lo miraba desde arriba—. ¿Y qué mano podrá empuñarte a ti, Lared? No la mía, bien lo sabe Dios.
Pero Lared sólo pensaba en Jasón y Justicia, y la tarea que le reservaban. En ese momento no tenía pensamientos para el dolor de su padre.
—¿No permitirás que Mamá invente más tareas que el año pasado, sólo para mantenerlos apartados de mí?
Papá rió.
—No, y yo tampoco lo haré. —Tocó el hombro de Lared y lo miró gravemente a los ojos—. Los ojos de ellos son el cielo. Cuídate del vuelo. Como dicen, no es el tiro del cazador lo que mata a la paloma, sino la caída a tierra.
Ese invierno, salvo por los hoscos silencios y las mordaces observaciones de Mamá, Lared no sufrió molestias. Desde el principio, incluso antes de las neviscas, él y Jasón pasaron los días juntos, yendo a todas partes. Jasón tenía que aprender el idioma, y podía estar más tiempo con Lared si le ayudaba a trabajar. Así que lo acompañó al bosque, buscando setas antes que las primeras nieves las mataran. Y Jasón tenía buen ojo para las hierbas; preguntaba cuál era cuál, pero conocía las respuestas mejor que Lared, quien había creído conocerlas todas.
—¿Las hierbas son iguales que aquí, en el lugar de donde vienes? —le preguntó un día.
Jasón respondió con titubeos:
—Todos mundos de mismas naves venido son. Han venido.
—De las mismas naves.
—Sí.
Lared había meditado sobre las coincidencias.
—El libro del Descubrimiento de las Estrellas habla del Mundo de Worthing. ¿Has vivido allá?
Jasón sonrió como si la pregunta le provocara un placer secreto y un dolor secreto.
—Visto lo he. Pero vivir, no.
—¿El mundo llamado Worthing tiene algo que ver con el nombre de Dios?
Jasón no respondió. En cambio señaló una flor:
—¿Comiste alguna vez?
—Es venenosa.
—Flor ser… es venenosa. —Jasón quebró el tallo y arrojó la flor. Luego removió la tierra y arrancó la raíz. Era redondeada y negra—. Para comida invernal. —La abrió. Dentro tenía motas negras—. Calentar agua —dijo, buscando una palabra.
—¿Hervir?
—Sí. ¿Qué sube?
—¿Vapor?
—Sí. Beber vapor de esto, hace niños. —Jasón sonrió burlonamente para indicar que no creía en ese hechizo.
Siguieron caminando. Lared encontró un grupo de setas comestibles y llenaron el saco. Lared hablaba constantemente y Jasón respondía como podía. Llegaron al terreno fangoso de la linde del pantano, y Lared le mostró cómo usar el cayado para franquear los hilillos de agua. Al final de esa mañana, Jasón y Lared corrían frenéticamente hacia el agua, hundían las estacas y saltaban por encima sin mojarse. Excepto una vez, cuando Jasón hincó la estaca a demasiada profundidad y no logró sacarla cuando llegó a la orilla. El enlodado Jasón, tirado en el suelo, no encontraba la palabras indicadas. Lared le enseñó algunas de las palabras más pintorescas del idioma, y Jasón rió.
—Algunas cosas iguales todo idioma —dijo.
Lared quiso que Jasón le enseñara las palabras que él usaba. Cuando llegaron a casa, ambos eran totalmente bilingües en palabrotas.
El grito de «¡Bote río abajo!» se oyó al atardecer, a la hora en que los viajeros se arrimaban a la orilla para pernoctar en una aldea acogedora. Papá, Mamá, Lared y Sala corrieron al muelle para observar la embarcación. Esta vez, para sorpresa de todos, era una balsa, aunque la temporada del acarreo de troncos no llegaría hasta que el hielo se quebrara en primavera. Y lo que tomaron por un buen fuego para cocinar resultó ser algo más grave: un extremo de la balsa estaba en llamas hasta la línea de flotación.
—¡Hay un hombre a bordo! —gritó alguien, y de inmediato los aldeanos zarparon en sus botes.
Lared iba en uno con Papá, cuyos fuertes brazos los llevaron hasta allí antes que a los demás. El hombre estaba tendido sobre una pila de madera, rodeado por las llamas. Lared saltó a la balsa, pensando en liberar al hombre antes que el fuego lo alcanzara. Pero, una vez allí, Lared advirtió que el fuego ya lo había alcanzado, que le estaba quemando las piernas; olió la carne quemada, un olor que recordaba de la muerte de Clany. Retrocedió tambaleándose hacia el borde de la balsa y estiró la mano para acercar el bote.
—Está muerto —dijo.
Luego el hedor y el temor de haber estado a bordo de la balsa en llamas, el recuerdo de las llamas brotando de las carnes desnudas del hombre, lo llevaron a la baranda del bote, el estómago revuelto. Papá callaba. Está avergonzado de mí, pensó Lared. Irguió la cabeza. Papá había apartado las manos de los remos y se volvía para indicar a los demás que se alejaran. Lared observó su rostro adusto. ¿Estará avergonzado de mí, por verme tan asustado, o ni siquiera piensa en mí? Lared miró la balsa, claramente visible detrás de Papá, aunque ya se empezaba a distanciar en la corriente. El brazo del hombre ardiente se levantó en el aire, negro y llameante; permaneció erguido en el aire y los dedos se desmenuzaron como papel en una fogata.
—¡Aún está vivo! —exclamó Lared.
Papá se volvió para mirar. La mano permaneció erguida un instante más, luego se desmoronó en la pira. Pasó largo rato antes de que Papá cogiera de nuevo los remos y enfilara hacia la orilla. Desde la proa Lared no veía el rostro de su padre. No quería verlo.
Habían permanecido tanto tiempo inmóviles en la corriente que llegaron a la orilla a gran distancia del muelle. Habitualmente Papá habría remado corriente arriba en las aguas plácidas de la orilla, pero esta vez saltó del bote y lo arrastró hacia la playa de grava de Harvings. Guardaba silencio, y Lared no se atrevía a hablarle. ¿Qué se podía decir después de lo que habían visto? Las gentes de río arriba habían embarcado a un hombre vivo en una balsa ardiente. Y aunque el hombre había callado, sin gemir de dolor, el recuerdo de la muerte de Clany estaba demasiado cercano; sus gritos aún resonaban en sus mentes.
—Quizás el calor le hizo alzar el brazo, pero llevaba tiempo muerto —dijo Papá.
En efecto, pensó Lared. Habían visto una señal de vida, pero no había vida.
—Papá —gritó Sala.
No estaban solos. En una loma, a poca distancia de la playa de Harvings, se hallaba el alto Jasón, con Sala en brazos. Lared había subido la mitad de la cuesta cuando advirtió que Justicia también estaba allí, echada alrededor de las piernas de Jasón como un animal recién cazado. Pero no estaba muerta; temblaba de llanto.
Jasón reparó en la mirada inquisitiva de Lared, y respondió.
—Ella escrutó la mente del hombre de la balsa.
—¿Entonces estaba vivo? —preguntó Lared.
—Sí.
—¿Y tú también le miraste la mente?
Jasón meneó la cabeza.
—Ya he estado con hombres moribundos.
Lared miró ajusticia, preguntándose por qué le interesaba examinar la muerte tan de cerca. Jasón miró hacia otro lado. Justicia se incorporó y miró a Lared, inundándole la mente con palabras: No temo conocer nada. Pero eso no era todo, ¿o sí? Lared no estaba seguro, pero creía haber captado algo más, como si ella hubiera dicho: No temo conocer nada de lo que he hecho.
—Ya que sois tan sabios —dijo Papá—, ¿qué era esa balsa? ¿Qué significaba?
Lared recibió la respuesta, y la dijo en voz alta.
—Río arriba han transformado el dolor en un dios, y queman a hombres vivos para que el dolor quede saciado y se marche.
Papá hizo una mueca de repulsión.
—¿Qué idiota creería semejante cosa?
Una vez más, Lared articuló la respuesta:
—El hombre de la balsa lo creía.
—¡El ya estaba muerto! —exclamó Papá.
Lared meneó la cabeza.
—¡Os digo que ya estaba muerto! —Papá se alejó a grandes zancadas, y pronto desapareció en el tenue claro de luna.
Cuando sus pasos murieron, Lared oyó un sonido inusitado. Un jadeo rápido y descontrolado. Tardó un instante en comprender que era Justicia, la fría e imperturbable Justicia; estaba llorando.
Jasón dijo algo en su idioma. Ella replicó ásperamente, miró hacia otro lado y se arqueó apoyando la cabeza entre las rodillas.
—Ya se calmará —dijo Jasón.
Sala se retorcía en los brazos de Jasón, y él la depositó en el suelo. La niña se acercó a Justicia y le palmeó los hombros trémulos.
—Yo te perdono —declaró Sala—. No me importa.
Lared iba a reprender a su hermana por decir tales bobadas a una persona adulta. Sala siempre hablaba de más hasta que a Mamá se le enrojecía la mano de tanto darle sopapos. Pero Jasón le puso una mano firme en el hombro y meneó la cabeza para indicarle que no la regañara.
—Vamos a casa —murmuró Jasón, llevándose a Lared de la colina.
Lared miró hacia atrás una sola vez, y en el claro de luna vio que Justicia tenía a Sala en el regazo y la mecía como si fuera Sala quien llorase y Justicia quien la confortara.
—Tu hermana es bondadosa —dijo Jasón.
Lared nunca lo había pensado antes, pero era verdad. Lenta para enfadarse, rápida para perdonar: Sala era bondadosa.

A pesar de la amistad en campos y bosques, Lared aún sentía timidez ante Jasón, y terror ante la fría Justicia, la cual no quería aprender el idioma de la aldea. Jasón y Justicia llevaban allí tres semanas cuando Lared se armó del coraje necesario para hacerles esta simple pregunta:
—¿Por qué tú nunca me hablas en la mente, como Justicia?
Jasón arrancó las últimas virutas del borde del azadón, y esta vez la punta de hierro calzó sin dificultad. Se la mostró.
—¿Buen trabajo?
—Perfecto —dijo Lared. Cogió el azadón y se puso a clavar la funda de hierro. Entre golpe y golpe preguntó—: ¿Por qué no quieres responderme?
Jasón miró en torno.
—¿Más buen trabajo?
—No, a menos que cuentes el de ahumar la carne para el invierno con la leña de desecho. ¿Por qué nunca me hablas en la mente?
Jasón suspiró.
—Justicia lo hace todo. Yo hago poco.
—Oyes lo que pienso aun cuando no hablo, igual que ella. Caminabas sobre el… caminabas por donde ella, de la misma manera, el primer día que os vi.
—Oigo lo que oigo… pero lo que me viste hacer lo hacía ella.
A Lared no le gustó la idea de que la mujer fuera más fuerte que el hombre. No era así en Bahía Chata. ¿Cómo serían las cosas si Mamá tuviera la fuerza de Papá? ¿Quién lo protegería de ella? ¿Y Mamá trabajaría en la fragua?
Allí de donde vengo, dijo la silenciosa voz de Justicia en la mente de Lared, a los hombres y mujeres no les importa la fuerza, sino lo que uno hace con ella.
Justicia había estado escuchando desde el interior de la casa. Como no le interesaba aprender el idioma, a menudo eludía la compañía de los demás y se ponía a hilar y tejer con Mamá y Sala. Siempre entonaban canciones, y Sala pronunciaba las palabras que Justicia necesitaba decir. Sin embargo, Justicia permanecía con ellos, aunque su cuerpo no estuviera allí. Y a Lared le molestaba no estar solo de veras con Jasón, por muy lejos que fuesen, por muy quedamente que hablasen. Justicia sin duda sabía que le molestaba, pero lo hacía de todos modos.
En cuanto a las afirmaciones de Justicia acerca de su gente, a Lared no le sorprendía que no establecieran diferencias entre ambos sexos. Allá de donde venían Jasón y Justicia, caminaban sobre el agua, aprendían a causar dolor y hablaban sin abrir la boca. ¿Por qué no iban a ser raros en todo lo demás? A Lared le interesaba otra cosa.
—¿De dónde vienes?
Jasón sonrió ante la pregunta.
—Ella no te responderá —dijo.
—¿Por qué no?
—Porque el lugar de donde viene ya no existe.
—¿Tú no eres del mismo lugar?
Jasón dejó de sonreír.
—El lugar de donde ella viene vino de mí. El lugar de donde yo vengo tampoco existe.
—No comprendo vuestras adivinanzas ni vuestros secretos. ¿De dónde venís? —Lared recordó la estrella fugaz.
Jasón, naturalmente, supo lo que estaba pensando.
—Venimos de donde crees que venimos.
Habían viajado entre las estrellas.
—¿Y para qué estáis aquí? De todos los lugares del universo, ¿por qué Bahía Chata?
Jasón se encogió de hombros.
—Pregúntale a Justicia.
—Para preguntarle a Justicia, sólo tengo que pensarlo. A veces lo sabe aun antes que yo lo piense. Despierto de noche y nunca estoy solo. Siempre hay alguien escuchando mis sueños.
Estamos aquí por ti, dijo Justicia en silencio.
—¿El hijo de un herrero? ¿Un recolector de setas? ¿Qué queréis de mí?
—Lo que tú quieres de nosotros —dijo Jasón.
—¿Y qué es eso?
Nuestra historia, respondió Justicia. De dónde venimos, qué hicimos, por qué nos fuimos. Y por qué el dolor ha regresado al mundo.
—¿Tenéis algo que ver con eso?
Siempre supiste que sí.
—¿Y qué necesitáis de mí?
Tus palabras. Tu lenguaje. Una escritura sencilla y franca.
—No soy escribiente.
Ésa es tu virtud.
—¿Quién leerá lo que yo escriba?
Será verdad. Los que saben reconocer la verdad lo leerán y lo creerán.
—¿Y eso qué importa?
—Nuestra historia no traerá balsas ardientes río abajo —respondió Jasón.
Lared recordó al hombre despellejado que ofrendaba su dolor en sacrificio a un dios imaginario. Lared aún no sabía si Jasón y Justicia eran buenos o malos. Su simpatía por Jasón a veces le causaba más recelo que su antipatía por Justicia. Pero, buenos o malos, eran mejores que la tortura en nombre de Dios. Sin embargo, no atinaba a comprender para qué lo necesitaban.
—Jamás he escrito nada más largo que una página, nadie ha leído nada más largo que mi nombre. Hay billones de personas en el universo, pero aún no me habéis dicho por qué yo.
Porque nuestra historia se debe escribir con sencillez, para que la gente sencilla pueda leerla. Se tiene que escribir en Bahía Chata.
—Hay un millón de lugares como Bahía Chata.
Pero yo conocía Bahía Chata. Te conocía a ti. Y cuando todo lo que conocía desapareció, ¿a qué otra parte podía ir que se pareciera a un hogar?
—¿Cómo podías conocer este lugar? ¿Cuándo estuviste aquí?
—Basta —dijo Jasón—. Ella ya te ha dicho más de lo que deseaba.
—¿Cómo sabré qué hacer? ¿Puedo escribirlo? ¿Debería escribir vuestra historia?
Jasón no quiso decidir por él.
—Si quieres.
—¿La historia me revelará qué significa? ¿Por qué Clany murió de ese modo?
Te dará la respuesta a esa pregunta, dijo Justicia, y a otras que ni siquiera pensaste en formular.

La tarea de Lared comenzó con sueños. Se despertaba cuatro, cinco, seis veces por la noche, cada vez más sorprendido de ver las paredes de troncos, el suelo de tierra apisonada, la tosca escalera que subía a las diminutas habitaciones de huéspedes. El fuego, apenas contenido dentro de la chimenea. Un gato tumbado frente al hogar. Las pieles de oveja para hacer pergamino, curtiéndose en los bastidores. El telar en el rincón, pues allí se guardaba el telar de la aldea. Lared había visto todo eso desde que era pequeño, y sin embargo le resultaba extraño después de los sueños. Extraño al principio, y luego desagradable. En comparación con el mundo que Justicia le mostraba en sueños, la posada de Papá era mugrienta, pestilente, pobre y vergonzosa.
No es mi memoria, le dijo Justicia. Te doy sueños del pasado de Jasón. A menos que vivas en su mundo, ¿cómo podrás escribir su historia?
Lared, pues, pasaba las noches vagando por los limpios y blancos corredores de Capitol, donde ni siquiera el polvo se atrevía a posarse. Aquí y allá los pasajes desembocaban en cavernas brillantes, atestadas de personas. Lared jamás había visto tanta gente, ni había pensado que pudiera existir tanta. Pero en el sueño sabía que representaban apenas una fracción de la población de ese mundo. Pues los corredores tenían kilómetros de longitud, y cubrían ese mundo de polo a polo, excepto los escasos retazos de océano, el único lugar donde la vida se renovaba. Había algún intento de recordar los mundos vivientes. Aquí y allá, entre los corredores, había pequeños jardines, plantas adaptadas y cuidadas, un remedo de bosque. En ese sitio, un hombre se podía pasar una eternidad recolectando setas sin hallar vida silvestre.
Había trenes que fluían por tubos que conectaban un lugar con otro; y en su sueño Lared cogía un disco flexible que insertaba en ranuras para hacerlo todo: para viajar, para atravesar puertas, para utilizar las cabinas donde uno hablaba con personas distantes. Lared había oído hablar de esas cosas, pero siempre eran lejanas y jamás afectaban la vida de Bahía Chata. Sin embargo ahora estos recuerdos eran tan vividos que Lared deambulaba por el bosque con los andares de un habitante de esos corredores, y las huellas de los puercos salvajes lo tomaban por sorpresa, pues en los pisos de Capitol no había rastros del paso de seres vivientes.
Cuando se familiarizó con ese ámbito, sus sueños empezaron a ser historias. Vio actores cuyas vidas se grababan para que otros las vieran, incluso lo que debía ser realizado en la intimidad de la noche o del excusado. Vio armas que incendiaban a un hombre por dentro, arrojando llamas por los ojos como a través de un trapo raído. La vida de Capitol siempre estaba al borde de la muerte, precaria como una hoja de otoño posada sobre una cerca en un día ventoso.
Las catacumbas de los durmientes eran el sitio donde la muerte se cernía con mayor claridad. Una y otra vez Justicia le mostró a personas tendidas en lechos asépticos, volcando sus recuerdos en burbujas de espuma, aguardando dócilmente a que silenciosos sirvientes les inyectaran la muerte en las venas. La muerte por droga somec, una muerte que sólo demoraba su llegada mientras los cadáveres congelados esperaban en las tumbas. Años después los callados sirvientes los despertaban, les devolvían los recuerdos, y los durmientes se levantaban y andaban, orgullosos como si hubieran realizado una hazaña.
—¿Qué temen? —preguntó Lared a Jasón mientras rellenaban salchichas en un cobertizo.
—Morir primero.
—Pero de todos modos mueren, ¿verdad? Ese sueño no les da un día más de vida, ¿o sí?
—Ni una hora. Todos terminamos así. —Jasón desenrolló otro tramo de tripa rellena.
—¿Entonces por qué? No tiene sentido.
—Así eran las cosas. La gente importante dormía más y despertaba menos. Con lo cual moría cientos de años después.
—Entonces todos sus amigos morían primero.
—De eso se trataba.
—¿Pero para qué quieres vivir si todos tus amigos ya están muertos?
Jasón rió.
—No me preguntes a mí. Siempre me pareció estúpido.
—¿Por qué lo hacían?
Jasón se encogió de hombros.
—¿Cómo decírtelo? No lo sé.
Justicia lo explicó con su voz silenciosa: No hay nada tan estúpido, peligroso o doloroso que la gente no esté dispuesta a hacer, si cree que con ello convencerá a los demás de que es mejor, más fuerte o más honorable. He visto a gentes envenenarse, destruir a sus hijos, abandonar a sus parejas, apartarse del mundo, con tal de que otros pensaran que eran mejores personas.
—¿Pero quién podía creer que tales desgraciados fuesen mejores?
—Había gente que opinaba como tú —dijo Jasón.
Pero nunca tomaron somec, dijo Justicia. Nunca dormían así que vivieron su siglo y murieron, y los que vivían por el honor y el poder del sueño, pensando que era la vida eterna, despreciaban a los que rechazaban el somec.
Para Lared no tenía sentido que la gente fuera tan necia. Pero Jasón le aseguró que durante miles de años el universo fue regido por gentes que vivían sólo para el sueño, que morían con la mayor frecuencia posible para evitar el sueño que no tendría fin. ¿Cómo podía Lared ponerlo en duda? Sus sueños sobre Capitol eran demasiado poderosos, los recuerdos demasiado vividos.
—¿Dónde queda Capitol?
—Ya no existe —dijo Jasón, revolviendo la carne con especias antes de introducir otro puñado en la tripa.
—¿No queda nada?
—Sólo roca. Le arrancaron hace tiempo todo el metal. No queda suelo, ni vida en el mar.
Dale dos mil millones de años, dijo Justicia, y quizás algo ocurra.
—¿Adonde fue la gente?
—Eso forma parte de la historia que escribirás.
—¿Tú y Justicia lo destruísteis?
—No. Abner Doon lo destruyó.
—¿Entonces Abner Doon existió de veras?
—Yo lo conocí —dijo Jasón.
—¿Era un hombre?
—Escribirás la historia de cómo conocí a Abner Doon. Justicia te contará la historia en tus sueños, y cuando despiertes la escribirás.
—Justicia conoció a Abner Doon?
—Justicia nació hace veinte años. Yo conocí a Abner Doon hace quince mil años.
Lared pensó que Jasón, que aún no dominaba el idioma, se había equivocado con los números. Justicia lo corrigió. Los números son correctos, dijo. Jasón durmió diez mil años en el fondo del mar, y antes de eso durmió y durmió y durmió.
—Tú también tomabas somec —dijo Lared.
—Yo era piloto estelar —dijo Jasón—. Nuestras naves eran más lentas en esa época. Los que pilotábamos las naves éramos los únicos que necesitábamos somec.
—¿Qué edad tienes?
—Antes que alguien habitara tu mundo, yo ya era viejo. ¿Tiene importancia?
Lared no atinaba a comprenderlo, así que lo expresó con las únicas palabras que conocía.
—¿Eres Dios? —preguntó.
Jasón no rió. En cambio se sumió en sus pensamientos para sopesar la pregunta. Fue Justicia quien respondió: Toda la vida lo llamé Dios, hasta que lo conocí.
—¿Pero cómo puedes ser Dios si Justicia es más poderosa que tú?
Yo soy su hija, quinientas generaciones después. ¿Acaso los hijos de Dios no deberían aprender algo en el ínterin?
Lared cogió la ristra de salchichas terminadas de las manos de Jasón y la enrolló sobre fuego humeante.
—Nadie me enseñó que Dios supiese hacer salchichas.
—Fue una de las rosillas que aprendí en el camino.
Ya era tarde, así que regresaron a la casa, donde Mamá les sirvió hurañamente queso y pan caliente, con el zumo de manzanas maduras.
—Mejor que cualquier cosa de Capitol —dijo Jasón.
Y Lared, recordando la insípida comida de la infancia de Jasón, estuvo de acuerdo.
—Sólo queda una tarea para que comiences a escribir —dijo Jasón—. Tinta.
—El viejo escribiente me dejó un poco.
—Eso no es mejor que orina de mula —dijo Jasón—. Te enseñaré a preparar tinta duradera.
Mamá se disgustó.
—Hay trabajo que hacer —dijo—. No puedes entretener a Lared con una tarea inútil como preparar tinta.
Jasón sonrió, pero la miró con dureza.
—Thano, he trabajado en esta aldea como tu propio hijo. Pronto llegará la nieve, y jamás estuvisteis tan bien preparados. Y sin embargo te he pagado el alojamiento, cuando lo lógico sería que me pagarais a mí. Te lo advierto: no me prives del tiempo de tu hijo.
—¿Tú me adviertes? ¿Qué harás? ¿Asesinarme en mi propia casa? —Le clavó una mirada desafiante.
Pero él sólo tuvo que valerse de palabras.
—No te interpongas en mi camino, Thano, o contaré a tu esposo que no es el único de esta casa que posee una pequeña fragua. Contaré a tu esposo qué viajeros han bombeado el fuelle para ti, para mantener caliente tu llama.
Mamá entornó los ojos y siguió cortando nabos para la sopa.
Su mansedumbre era confesión. Lared la miró con desprecio y temor. Pensó en su cuerpo delgaducho, sus hombros angostos, y se preguntó qué viajero lo habría engendrado. ¿Qué has robado de la cadena de la vida?, preguntó en silencio.
Eres hijo de tu padre, dijo la silenciosa voz de Justicia. Y también lo es Sala. Quienes os protegían del dolor impidieron que hubiera bastardos.
Era un magro consuelo. Aunque Mamá siempre había sido gélida e intimidatoria, jamás la había creído falsa.
—Estoy aprendiendo muy bien el idioma, ¿verdad? —dijo jovialmente Jasón.
—Id a preparar vuestra tinta —dijo Mamá con hosquedad—. No me gusta teneros aquí.
A mí tampoco me gusta estar aquí, Mamá. Jasón besó a Justicia en la mejilla al marcharse. Justicia lo miró con reproche. Cuando salieron, Jasón le explicó a Lared:
—A Justicia le disgusta que imponga obediencia mediante el miedo. Le parece un atropello. Ella siempre logró que la gente la obedeciera cambiando sus deseos, de modo que nadie pensara en desobedecer. Creo que eso es degradante y transforma a las personas en animales.
Lared se encogió de hombros. Mientras Mamá le permitiera aprender a preparar buena tinta, no le importaba cómo se las apañaran Jasón y Justicia.
Jasón encontró ciertos hongos en unos árboles, y los metió en un saco; indicó a Lared que llenara otro saco con tallos de endrino, aunque eso le cortara las manos. Lared no se quejó del dolor, porque le complacía soportarlo en silencio. Y al anochecer, cuando casi estaban de regreso, Jasón se detuvo para extraer la savia de un pino, que aún tenía vida suficiente como para llenar un pequeño frasco. Hirvieron los hongos, los molieron y los hirvieron de nuevo, luego extrajeron el ligero fluido negro. Trituraron el endrino, lo mezclaron, lo exprimieron de nuevo, lo hirvieron durante una hora con la savia del pino. Al final lo cribaron por un lino fino y obtuvieron dos frascos de tinta suave y negra.
—Permanecerá negra durante mil años, y legible durante cinco mil. El pergamino será polvo antes que la tinta se haya desleído —dijo Jasón.
—¿Cómo aprendiste a preparar esa tinta? —¿Cómo aprendiste a preparar este pergamino? —respondió Jasón, alzando la hoja que había preparado Lared—. Puedo ver mi mano a través.
—El pergamino no tiene secretos —respondió Lared—. Las ovejas llevan el secreto en el cuerpo hasta que mueren, y nos lo entregan cuando las sacrificamos.
Esa noche Lared soñó cómo Jasón había conocido a Abner Doon. Cómo Dios conoció a Satanás. Cómo la vida conoció la muerte. Cómo el hacer conoció el deshacer. Justicia le dio el sueño, evocándolo tras haberlo recogido de la mente de Jasón. Recuerdos de recuerdos de recuerdos: eso era lo que había en la mente de Lared a la mañana siguiente, cuando empezó a escribir con un tembloroso cálamo.

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