La sombra del mercenario. Memorias de un viejo íbero

SombraMercenarioRufinoFernande

La sombra del mercenario, publicada con éxito hace unos años por la editorial Andén, es un libro del que muchos lectores guardan especial cariño. El viejo Abato, rememorando aquel joven mercenario íbero que se convertirá en la sombra de Aníbal, es un personaje literario entrañable. Sus aventuras, su trágico amor y su destino; sus compañeros de viaje y sus enemigos. Todo forma parte del mercenario, quien, en sus últimos días, dará forma imperecedera a sus recuerdos.
Rufino Fernández Redondo (Cañaveral, 1953) es profesor en escuelas de negocios. Durante años realizó excavaciones arqueológicas en distintos yacimientos de época prehistórica, íbera, romana, y altomedieval. Ha publicado diversos estudios sobre el mundo antiguo. En 2003 publicó la novela ¡Acorralado!, basada en el tema del acoso moral y la perversidad. En 2007 fue finalista del Premio de novela histórica Alfonso X el Sabio, con la novela La sombra del mercenario, y acaba de llegar a las librerías su siguiente novela histórica: Gala Placidia. Reina de los bárbaros(Edhasa).

ANTICIPO:

En paz con los dioses

¡Oh muerte, si pudieras negarte a los cobardes
y ofrecerte solo como la recompensa al valor!
Lucano, Farsalia, iv, 580

La sombra del mercenario no muestra espacios abiertos entre el cuerpo del que sirve y la espalda del que paga. Ni deja resquicios a los dioses. Yo al menos siempre he creído más en el filo de mi espada que en la improbable existencia de un ser al que no puedo ver. Por esa razón jamás imploré su ayuda. No en vano he visto a lo largo de mi vida que quienes lo han hecho, tampoco han disfrutado de privilegio mayor al mío. Ni siquiera aquellos que abandonaron este mundo para ingresar en el otro. Más bien pensaba entonces que la puerta de ese reino no se abre con la llave del rito, sino con la fuerza de las armas.
Me llamo Abato, soy un íbero lacetano y la mayor parte de mi vida fui un mercenario. Al menos eso es lo que muchos pensarán de mí. Esta mañana me he levantado sobre la hora de la cuarta guardia; ese periodo de tiempo que estando en campaña se elige para sorprender al enemigo, ya que es sabido que al despertar tan temprano los sentidos menguan sus recursos y el cuerpo no responde con la diligencia debida. Al salir del refugio pensaba encontrarme a oscuras, pero una enorme luna, redonda y cercana, brillaba suspendida sobre el lago como si quisiera asomarse en el espejo oscuro de sus aguas. Aprove­chando la luz, he buscado un claro entre las matas y una vez seguro de que ningún animal ni humano vendría a tentarme las posaderas, me he acuclillado con cuidado para no despertar el dolor de mis gastadas rodillas, y he dejado que mi cuerpo atendiera sus sobrias necesidades. Luego he dedicado un poco de tiempo al arreglo de los aperos de la caza, una vieja costumbre que podría ahorrarme visto la escasa presencia de animales que estén dispuestos a ofre­cerme gentilmente sus carnes. Después he salido afuera para sentarme en este arrimadero con la espalda apuntalada contra la pared de piedra del refugio, desde donde veo avanzar la bruma de la mañana que asciende fragmentada colina arriba, hacia el lago, en cuya orilla hace tiempo que los rescoldos de la fogata se apagaron. Las humedades del alba han dejado una capa de rocío sobre las ascuas, ahogando el calor de la lumbre, y un dolor agudo por los adentros de cada uno de los pedazos zurcidos que festonean mi cuerpo. En esta piel rugosa y reseca los costurones son un recuerdo imborrable, un mapa cincelado de suturas apresuradas en medio de la batalla, hechas por gentes con más voluntad que ciencia de galeno.
Estoy bien así y no deseo la oscuridad. A veces en la noche despierto aterrado bajo fantasmas que retornan a cobrarse una deuda. Entonces me levanto presto y salgo afuera del refugio porque necesito respirar el espacio abierto, como cuando se preparaba una batalla y la noche anterior era incapaz de tumbarme a descansar en la tienda. Recuerdo que en ese tiempo suspen­dido que precede a la lucha, buscaba oír el relincho nervioso de los caballos y el fragor de las llamas en los fuegos de campamento. Y recuerdo también que de madrugada, esperando la contienda, tomaba mis pertrechos y espoleaba a la gente para liquidar la molicie de su sueño, ya que la lucha por la existencia era demasiado importante y primitiva para dejarla en manos de la pereza. No en vano en la batalla, uno se aferra a la vida con el único horizonte que le deja el tajo seco de la espada en carne ajena. Allí ya no preocupa el olor de las vísceras calientes salpicando el monte bajo, ni los rostros desencajados por el dolor y la locura.
Cada día que estoy es un lujo que aprecio desde aquellos tiempos en que vivir era accidentado y morir, lo natural. A veces me invade la duda y creo que permanecer tras tantas guerras, tanto combate, y tanta degollina, debe haber dejado mi existencia en deuda con los dioses. Entonces estoy tentado a ofre­cerles lo mejor de mi morada pero, existan o no, de todos modos no espero recibir en el más allá más trato de favor que el recibido en esta vida. Llegando hasta aquí me doy por bien pagado y soy agradecido. Son demasiados los que envié por delante, y estoy seguro de que alguno de ellos aguardará mi llegada para cumplir un deseo insatisfecho. Uno de esos será Rucio. Lo sé. Esperará impaciente y con la yugular abierta por el tajo de mi espada, si es que algún dios magnánimo al que hubiera invocado en sus plegarias, no se apiadó del miserable zurciendo su cabeza sobre los hombros. Debo decir aquí que nunca me alegré de hurtar la vida a un hombre, salvo al despojar de ella a Rucio.
El día en que Abato se alistó en las filas púnicas, llegó al campamento a lomos de una yegua vieja. Llovía tanto que el agua anegaba sus párpados y no le de­jaba ver el toldo de la tienda donde se registraban los reclutas. Preguntó varias veces en el camino y cuando al fin llegó, el agua había formado un estanque bajo la mesa de madera donde se suponía que debían recibir a los recién ve­nidos, pero la cubierta no guarnecía a nadie. Miró a su alrededor y vio a un soldado que pasaba bajo el aguacero acarreando sobre el hombro un pesado saco. El hombre renegaba en voz alta mientras trataba de sortear las zonas embarradas y las botas se le hundían en los charcos.
Abato decidió preguntarle.
—¿Es aquí donde se alistan los nuevos?
El soldado levantó algo la cabeza para ver quiéunn le hacía la pregunta y, al ver al muchacho subido en la yegua y resguardado bajo la lona, le contestó furioso.
—¡Y tú qué crees! ¡Vuelve cuando amaine la tormenta! —y continuó su camino, tratando de evitar que las botas se le quedaran enganchadas en el barro, y escupiendo juramentos bajo la lluvia.
Como no tenía a dónde ir, desmontó de la yegua, la ató en un saliente de madera y buscó refugio bajo el toldo. Se subió a la mesa para dejar los pies a salvo de la humedad del charco y se arrebujó consigo mismo. Y así pasó su primera noche junto a los púnicos; envuelto bajo el capote mojado que había tomado el día anterior de la alacena de su padre; tiritando acurrucado y escuchando el golpeteo del agua que caía fuerte sobre la tela áspera de la cubierta.
Entonces creyó que el campamento no era grande, quizá unas decenas de tiendas y el cercado donde se guardaban los caballos y las mulas, pero al alba había dejado de llover y, con las primeras luces de la mañana, pudo observar que el toldo bajo el que se hallaba estaba situado en lo alto de una suave colina desde la que se divisaba el resto del campamento. Un campamento que pare­cía extenderse en el horizonte y del que no podía ver el final de su perímetro.
No tardó mucho tiempo en aparecer un oficial.
—¡Muchacho, no pierdas el tiempo aquí, si quieres alistarte vete tras aque­lla tienda! —le dijo, señalando el vértice de una tienda alejada en el horizon­te—. ¡Este lugar está demasiado embarrado para seguir usándolo!
Abato agradeció al hombre la información, bajó de la loma y fue cami­nando tranquilo hacia el lugar al que el mando le había indicado. No había caminado mucho cuando se topó con un gran cobertizo, con techo de ramas y abierto por los cuatro costados, donde algunos veteranos volcaban los pe­queños huesos de la taba sobre una improvisada mesa de madera, y se jugaban su salario. A pesar de estar abierto, el lugar olía a orín y excremento de caballo. Nada más llegar, uno de los jugadores se agachó y le lanzó una boñiga enorme que le impactó entre el cuello y el hombro, y las risotadas del grupo sirvieron al hombre para animarle a recoger la siguiente. Pero no llegó a lanzarla. El general llegó en ese instante y los veteranos que se divertían tirando mierda de caballo a un muchacho se levantaron de sus taburetes. El soldado que estaba a punto de lanzar su boñiga bajó el brazo y dejó que la mierda cayera en el suelo, junto a sus pies, pero ésta acertó sobre su sandalia. Al sentir la materia húmeda y pegajosa en el empeine, levantó el pie y lo sacudió asqueado ha ciendo que todos los presentes rieran a carcajadas. Y fue la primera vez que Abato vio reír al caudillo.
¡Tirarme a mí la boñiga de un caballo! Tengo que decir que ese animal es para nosotros, los habitantes de Iberia, mucho más que una montura. El caballo es nuestra vida y nuestra muerte. Así que sus boñigas adquieren el carácter de un elemento sagrado. Incluso incrustadas en mi cuello debían darme la suerte que esperaba. Claro que aquellos soldados no lo hicieron por tal razón, pero en mi ánimo no estaba entonces el enfadarme por recoger en mi cuerpo algo tan querido entre los íberos adoradores de fetiches. Quizá ellos no lo sabían, es posible que no contaran con la mierda como material nacido de los dioses, pero me sucedió que sin creer en ellos, lo tomé como una costumbre de los pueblos que desconocen lo esencial. He oído que el griego Platón decía que es mucho más fácil dar satisfacción al hablar de la naturaleza de los dioses, que de la naturaleza de los hombres, porque la ignorancia del auditorio concede hermosa y amplia vía para tratar con profusión esa materia oculta. El miedo a lo desconocido encoge el corazón y retuerce las tripas. Por eso el hombre se busca el respaldo de los dioses. Y donde no los hay, los elabora. De ahí que el culto a los animales sea su razón de ser. Al toro lo representan como el poder y la fuerza; ya el propio Diodoro afirmaba que en nuestra tierra las vacas son animales sagrados, y en nuestros bailes nunca faltó la cabeza vacía de un toro movida sobre los hombros de un guerrero. ¡Qué mejor muestra de afecto al amigo que el sacrificio del animal como compañero en la muerte! De todos modos nadie regresó para contarlo, pero, ¿no podría ser que la llegada al otro mundo fuera más segura a lomos de un animal tan noble y potente? Muchos deben creerlo así porque, incluso allí donde no es posible el toro de verdad, se representa de otro modo; en toda tumba de relieve donde se halle enterra­do un cacique se aprecia la compañía de su figura, trazada unas veces en la superficie de un metal, otras gravada sobre el fango de un vaso de cerámica. El dios toro es en cierto modo el dios Marte romano, pero los íberos creen que representa un dios mucho más cercano y poderoso. Casi tanto como el caballo, pero aun así no se acerca al equino, ya que el culto a los caballos so­bresale por encima de los otros. Las tumbas se llenan de carros tirados por la fuerza de sus músculos. Durante el combate, el jinete confía su vida al animal, enfrentando al enemigo mientras dispara los dardos al galope, o manejan­do la espada contra el enemigo. En muchas ocasiones yo mismo he llevado dos monturas al combate, y en medio de la contienda, he saltado del animal cansado al fresco sin frenar la marcha, y ambos me han seguido en todo momento sin escapar de la refriega, mostrando así la nobleza y docilidad del corcel. Los caballos comparten nuestros días y nuestras noches, nuestra vida y nuestra muerte. Y con su presencia en la tumba el muerto espera tenerlo de nuevo en el más allá y usar de su ímpetu. Yo no tendré esa oportunidad. Aquí no puedo ni recoger su boñiga seca para encender el fuego porque nunca he visto un caballo por estas cumbres. O ya no hay, lo que sería el fin del mundo que tanto amé, o no les dejan subir tan arriba. Espero que sea esto último lo que sucede. De todos modos, al recordar la escena de mi cuerpo lleno de su mierda no puedo por menos que quedarme con la imagen del hombre que llegó para cortar la broma.
Aníbal era el caudillo de los púnicos y esa fue la primera vez que Abato le vio. Montaba a lomos de una bestia impresionante traída de su tierra; un animal que a pesar de su tamaño obedecía dócil las consignas de su guía, un negro aupado sobre su cogote que portaba en la diestra una vara larga y recta como rama de avellano y recogía en la otra la cinta de cuero viejo que le sujetaba al testuz del animal. Aníbal asomaba medio cuerpo por encima del borde de la caja de guerra amarrada encima del lomo del paquidermo. Viajaba rodeado por una cincuentena de correosos jinetes númidas, y después de reír por el asunto de la boñiga, continuó su camino y pasó muy cerca de aquel muchacho que estaba dispuesto a alistarse en sus filas; tan próximo, que Abato pudo apreciar su cabello pajizo y su rostro agrietado, más envejecido que el suyo, con un semblante serio, tostado y anguloso. Aníbal hizo una seña al guía y este azuzó a la bestia, dejando al aspirante a recluta con la boca abierta.
Después de aquel episodio, Abato siguió su camino: cruzó charcos, sorteó el barro esponjoso y se alistó en la tienda que le habían dicho. Allí le entre­garon las armas y poco después comenzó su instrucción. Cuando al cabo de unas jornadas salieron del campamento para cruzar las montañas, un ejército cercano a los cien mil hombres se perdía en el horizonte. Era fácil distinguir a los íberos, con sus túnicas cortas de lana y lino, el color púrpura de las ves­tiduras, los pequeños escudos amarrados a la espalda y la torcida espada al cinto o también al lomo.
La torcida espada… la falcata… ¡qué magnífica herramienta! Un arma po­derosa de punta y doble filo, hecha en hierro y de una sola pieza; curvada, para proteger la mano de los golpes del enemigo y casi siempre acabada en un pomo con la cabeza de un animal. Un arma terrible en el cuerpo a cuerpo. Muchos la probaron en la batalla y no regresaron para contar la eficacia de su hoja, capaz de cortar de raíz el brazo de un guerrero golpeando a la altura del hombro, separar con limpieza la cabeza del tronco de un solo tajo o hincar en el vientre su punta en pico y con un pequeño giro de muñeca dejar las entrañas húmedas del contrincante colgando de su estómago. Una espada manejable y poderosa en el combate.

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Interplanetaria

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  • Interplanetaria
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    Ediciones Evohé anuncia su última novedad editorial para 2010. La obra en cuestión es [url=http://www.interplanetaria.com/ficha.php?id=SombraMercenarioRufinoFernande][i]La sombra del mercenario. Memorias de un viejo íbero[/i][/url] de [b]Rufino Fernández[/b].

    Una nueva edición revisada y mejorada de esta obra que fue un éxito y tuvo una grandísima acogida entre los lectores y amantes de la novela histórica. Además el autor se encuentra promocionando también su último libro publicado por Edhasa.

    La sombra del mercenario será presentada por el autor, [b]León Arsenal[/b] y [b]Arturo Gonzalo Aizpiri[/b] el próximo jueves 2 de diciembre en Madrid, en el evento [url=http://www.blogsconhistoria.com/2010/11/cervezas-y-libros-hispania-novelas-e-historia-de-la-antigua-iberia/]Cervezas y Libros (Cervecería El Caldito, C/Tumaco 22) que llevará como temática Hispania. Novelas e Historia de la antigua Iberia[/url].

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