La Torre de Cristal

Corre el siglo XXIII. La sociedad, tecnológicamente muy avanzada, ha explorado el espacio exterior, pero no se ha encontrado vida inteligente. Ahora, desde una estrella en Acuario, llega una señal persistente. Hay una voz en el vacío del espacio… y la obsesión de Simeon Krug es responder a ella. Krug es un agresivo empresario muy astuto amasando dinero, y ha usado todo lo que posee para construir una torre que se alza en el Ártico canadiense. Cuando esté terminada, apuntará a Acuario y él podrá establecer contacto. En la torre trabaja una raza de androides que Krug, inventor incansable, ha fabricado. Y estos lo idolatran. Pero Krug es un soñador excéntrico, y solo piensa en terminar la torre y en su momento de gloria, sin saber que es Dios para sus androides… ¡y que un Dios nunca debe fallarles a sus criaturas!
Robert Silverberg es el autor que más nominaciones ha obtenido para los premios Hugo y Nebula, que ganó por Tiempo de cambios, y ha ganado un Gigamesh por Muero por dentro (ambos en La Factoría de Ideas). Es uno de los grandes maestros de la ciencia ficción mundial.

ANTICIPO:

1

«Mirad», quería decir Simeon Krug, «hace mil millones de años ni siquiera había hombres, solo un pez. Una criatura resbaladiza con agallas y escamas, y unos pequeños ojos redondos. Vivía en el océano, y el océano era como una cárcel, y el aire era como el tejado de esa cárcel. Nadie podía atravesar ese tejado. “Morirás si lo atraviesas”, decía todo el mundo, y este pez lo atravesó y murió. Y hubo otro pez que lo atravesó y también murió. Pero llegó otro pez que lo atravesó, y fue como si su cerebro ardiera, como si sus agallas estuvieran en llamas, y el aire lo ahogaba, y el sol era una antorcha en sus ojos; y allí yacía él, en el lodo, esperando a la muerte, pero no murió. Volvió arrastrándose a la playa y se metió en el agua y dijo: “Mirad, hay un nuevo mundo ahí arriba”. Y allí volvió de nuevo, y se quedó quizá dos días, y después murió. Otros peces se preguntaron entonces cómo sería ese mundo. Y se arrastraron hacia la costa fangosa. Y allí se quedaron. Y aprendieron a respirar el aire. Y a ponerse de pie, a andar, a vivir con la luz del sol en los ojos. Y se convirtieron en lagartos, en dinosaurios, en lo que fuera que se convirtieran, y se quedaron millones de años. Y empezaron a levantarse sobre sus patas traseras, y usaban las manos para coger cosas, y se convirtieron en monos, y estos se volvieron más listos y se transformaron en hombres. Y en todo momento, algunos de ellos, unos cuantos, siguieron buscando nuevos mundos. Tú les dices: “Volvamos al océano, seamos peces de nuevo, así será más fácil”. Y quizá la mitad de ellos estén dispuestos a hacerlo, más de la mitad quizá, pero siempre habrá alguno que diga: “¿Estáis locos? Ya no podemos ser peces. Somos seres humanos”. Y no vuelven. Siguen subiendo. »

2

20 de septiembre de 2218

La torre de Simeon Krug ahora se eleva cien metros sobre la tundra marrón grisácea del Ártico canadiense, al oeste de la bahía de Hudson. En este momento, la torre parece un tocón de cristal, hueco y descubierto, resguardado de los elementos solo por un campo protector que planea, como si de un escudo se tratara, unos metros sobre la zona en la que se está trabajando. Alrededor de la estructura inacabada se apiñan los obreros androides: miles de humanos sintéticos, de piel color carmesí, que trabajan duro para colocar bloques de cristal dentro de unas palas que suben a la parte de arriba. Allí otros androides los ponen en su sitio. Krug los tiene trabajando tres turnos sin parar; cuando se hace de noche, la zona de obras se ilumina con millones de placas reflectoras que se extienden por el cielo a una altura de un kilómetro, y que funcionan gracias al pequeño generador de fusión de un millón de kilovatios situado en el extremo norte de la obra.
De la enorme base octogonal de la torre salen unas tiras anchas y plateadas de cinta de refrigeración, incrustadas a medio metro de profundidad en el manto helado de tierra, raíces, musgo y líquenes que conforman la tundra. Las cintas se extienden varios kilómetros en cada dirección. Sus células difusoras de helio-II absorben el calor generado por los androides y los vehículos utilizados en la construcción de la torre. Si las cintas no estuvieran allí, la tundra se transformaría, debido a la potencia energética de la construcción, en un lago de lodo; los pozos de cimentación de la gigantesca torre perderían su sujeción, y la enorme edificación se inclinaría y caería como un titán derribado. Las cintas mantienen la tundra helada, firme, para así poder soportar el inmenso peso que Simeon Krug le está imponiendo.
Alrededor de la torre, en un radio de un kilómetro, se concentran los edificios auxiliares. Al oeste de la obra está el centro de control principal. Al este está el laboratorio donde se está fabricando el equipo de comunicación por superondas de rayos de taquiones: una pequeña cúpula rosada en la que normalmente diez o doce técnicos ensamblan pacientemente los dispositivos con los que Krug espera enviar mensajes a las estrellas. Al norte de la obra se sitúan la amalgama de edificios dedicados a diferentes servicios. En el extremo sur está la hilera de cubículos de teletransportación que une esta remota región con el mundo civilizado. Existe un flujo constante de gente y androides que entran y salen de los teletransportadores, que vienen de Nueva York, de Nairobi o de Novosibirsk, y se dirigen a Sídney, a San Francisco o a Shangai.
El propio Krug visita siempre la obra al menos una vez al día, solo o con su hijo Manuel, con una de sus mujeres, o con algún colega empresario. Acostumbra a consultar con Thor Vigilante, su capataz androide; se sube a una de las palas hasta lo alto de la torre y echa un vistazo en su interior; comprueba cómo va el laboratorio de rayos de taquiones y habla con algunos obreros para motivarles. Por lo general, Krug no pasa más de quince minutos en la torre. Es entonces cuando vuelve a entrar en el transportador que al instante lo lleva a los asuntos que le esperan en otro lugar.
Hoy ha traído a un grupo bastante grande para celebrar que han alcanzado los cien metros. Krug está de pie cerca de lo que va a ser la entrada oeste de la torre. Es un hombre robusto de sesenta años, muy bronceado, de pecho fuerte y piernas cortas, ojos juntos y brillantes, y nariz arrugada. Tiene la fuerza propia de un campesino. Su desdén hacia toda modificación estética del cuerpo se ve reflejado en sus rasgos toscos, sus cejas desgreñadas y su calvicie incipiente: está prácticamente calvo y no hará nada al respecto. Entre los mechones negros de su cuero cabelludo se divisan unas pecas. Su riqueza está calculada en varios miles de millones de dólares fisionables, aunque viste de manera sencilla y no lleva joyas; solo la infinita autoridad de su porte y su expresión indican hasta dónde llega su fortuna.
A su lado está su vástago y heredero, Manuel, hijo único, alto, delgado y atractivo de una forma casi afectada. Viste de manera elegante con una holgada túnica verde, unos coturnos y un fajín marrón. Lleva dilatadores en los lóbulos de las orejas y una placa espejo en la frente. Pronto cumplirá treinta años. Sus movimientos son gráciles, pero parece nervioso cuando está quieto.
El androide Thor Vigilante está de pie entre el padre y el hijo. Es tan alto como Manuel, con una constitución igual de fuerte que la de Krug padre. Tiene el rostro de un androide de clase alfa estándar, con una estrecha nariz de tipo caucásica, labios finos, mentón fuerte y pómulos afilados: una cara idealizada, un rostro de plástico. Aun así, él mismo le ha aportado a su rostro una sorprendente individualidad. Nadie que vea a Thor Vigilante lo confundirá con otro androide la siguiente vez que lo vea. La forma en la que frunce el ceño, la tensión de sus labios, su manera de encorvar los hombros, lo definen como un androide fuerte y resuelto. Lleva un jubón de encaje calado; no le afecta el frío cortante que hace en la obra y su piel, la piel de un rojo profundo y ligeramente cérea de un androide, queda al descubierto en varias partes.
Hay otras siete personas en el grupo que ha salido del teletransportador. Son:
Clissa, la esposa de Manuel Krug.
Quenelle, más joven que Manuel y actual compañera de su padre.
Leon Spaulding, secretario privado de Krug y ectógeno.
Niccolò Vargas, en cuyo observatorio de la Antártica se detectaron las primeras señales débiles procedentes de una
civilización extrasolar.
Justin Maledetto, arquitecto de la torre de Krug.
El senador Henry Fearon de Wyoming, importante debilitador.
Thomas Buckleman del grupo bancario Chase/Krug.
—¡Todo el mundo a las palas! —grita Krug—. Aquí… aquí… tú… tú… ¡arriba!
—¿Cuánto medirá cuando esté terminada? —pregunta Quenelle.
—Mil quinientos metros —contesta Krug—. Una enorme torre de cristal llena de maquinaria que nadie entiende. Y entonces la encenderemos y hablaremos con las estrellas.

3

Al principio existía Krug y dijo Él: «Que haya tanques», y hubo tanques.
Y Krug vio los tanques y consideró que eran buenos.
Y dijo Krug: «Que haya nucleótidos de alta energía en los tanques».
Y se vertieron los nucleótidos y Krug los mezcló hasta que se unieron unos con otros.
Y los nucleótidos formaron las grandes moléculas, y dijo Krug: «Que haya una madre y un padre en los tanques, y que se dividan las células, y que haya vida dentro de los tanques».
Y hubo vida, porque existía la duplicación.
Y Krug dirigió la duplicación y tocó los fluidos con sus propias manos, y les dio forma y esencia.
Y dijo Krug: «Que salgan hombres de los tanques, y que salgan mujeres, y que vivan y que se mezclen con nosotros, y que sean resistentes y útiles, y los llamaremos androides».
Y así ocurrió.
Y hubo androides, porque Krug los había creado a su imagen y semejanza, y poblaron la tierra, y sirvieron a la humanidad.
Y por todo esto, alabado sea Krug.

4

Vigilante se había despertado esa mañana en Estocolmo. Aturdido: cuatro horas de sueño. Demasiado. Dos horas habrían sido suficientes. Despejó su mente con un rápido ritual neural y se metió en la ducha. Mucho mejor. El androide se desperezó, estiró los músculos, estudió su suave y rosado cuerpo lampiño en el espejo del baño. Dedicó entonces un momento a la religión. «Krug, líbranos de la servidumbre. Krug, líbranos de la servidumbre. Krug, líbranos de la servidumbre. ¡Alabado sea Krug!»
Vigilante desayunó rápidamente y se vistió. La pálida luz de la tarde entraba por la ventana. Pronto se haría de noche, pero no importaba. Su reloj mental iba con la hora de Canadá, la hora de la torre. Podía dormir cuando quisiera, siempre y cuando lo hiciera una hora de cada doce. Hasta el cuerpo de un androide necesita descansar, pero no de la manera rígidamente programada de los humanos.
Ahora en marcha a la obra para recibir a los visitantes del día.
El androide empezó a introducir las coordenadas del teletransportador. Odiaba esas visitas diarias que ralentizaban el trabajo, ya que había que tomar precauciones extraordinarias mientras los humanos importantes estuvieran en la obra; provocaban tensiones especiales e innecesarias; y daban a entender que su trabajo no era de fiar y que tenían que supervisarlo todos los días. Por supuesto, Vigilante era consciente de que la fe que Krug tenía en él era ilimitada. Hasta ahora, la fe que el androide tenía en esa fe le había mantenido el ánimo alto durante la construcción de la torre. Sabía que lo que llevaba a Krug a la obra con tanta frecuencia no era la sospecha, sino la natural emoción humana del orgullo.
Protégeme, Krug, pensó Vigilante, y entró en el teletransportador.
Salió a la sombra de la torre. Lo recibieron sus ayudantes. Alguien le entregó una lista con los visitantes del día.
—¿Ha llegado ya Krug? —preguntó Vigilante.
—Dentro de cinco minutos —le comunicaron.
Y cinco minutos después, Krug salió del teletransportador acompañado por sus invitados. A Vigilante no le alegró ver que en el grupo estaba el secretario de Krug, Spaulding. Eran enemigos natos; sentían el uno por el otro la antipatía inmediata que existe entre los gestados en un tanque y los gestados in vitro, el androide y el ectógeno. Además de eso, rivalizaban por una reputación entre los asociados de Krug. Para el androide, Spaulding propagaba la sospecha, que podría socavar sus estatus, y era una fuente de veneno. Vigilante lo saludó con frialdad, pero de forma educada. Un androide, por muy importante que fuera, no desairaba a los humanos y, al menos técnicamente, tenía que ver a Spaulding como a un humano.
Krug estaba metiendo a todo el mundo en las palas. Vigilante subió con Manuel y con Clissa Krug. Mientras ascendían por la inacabada torre hacia la cima, Vigilante le echó un fugaz vistazo al que iba en la pala de su izquierda, a Spaulding, al ectógeno, al huérfano prenatal, al hombre del alma constreñida y el espíritu pernicioso en quien Krug confiaba de forma contumaz. Que los vientos del Ártico te lleven hacia la aniquilación, vitrogénito. Que te vea caer a la tierra helada y que tu destrucción sea irreparable.
—Thor, ¿por qué de repente pareces tan enfadado? —le preguntó Clissa Krug.
—¿De verdad?
—Veo tu rostro ensombrecido por la ira.
Vigilante se encogió de hombros.
—Estoy trabajando las emociones, señora Krug. Diez minutos de amor, diez minutos de odio, diez minutos de timidez, diez minutos de egoísmo, diez minutos de sobrecogimiento, diez minutos de arrogancia. Practicarlo una hora al día hace que los androides se parezcan más a la gente.
—No me tomes el pelo —dijo Clissa.
Era muy joven, delgada, de ojos oscuros, dulce y, suponía Vigilante, hermosa.
—¿Es verdad lo que me dices?
—Sí. En serio. Me sorprendió ejercitando el odio.
—¿Cómo lo ejercitas? Quiero decir, ¿simplemente te quedas ahí pensando, Odioodioodioodioodio, o qué?
Sonrió ante la pregunta de Clissa. Miró por encima del hombro de la chica y vio que Manuel le guiñaba el ojo.
—En otro momento —dijo Vigilante—. Ya hemos llegado.
Las tres palas se aferraron firmemente a la parte más alta de la torre. Justo sobre la cabeza de Vigilante flotaba la sombra gris del campo protector. El cielo también era gris. Ya había transcurrido la mitad del corto día del norte. Por la bahía, una tormenta de nieve iba en dirección sur hacia ellos. Krug, que iba en la pala de al lado, se inclinó hacia la torre y señaló algo a Buckleman y a Vargas; en la otra pala, Spaulding, el senador Fearon y Maledetto estaban examinando detenidamente la textura satinada de los enormes bloques de cristal que formaban la capa externa de la torre.
—¿Cuándo estará terminada? —preguntó Clissa.
—En menos de un año —le contestó el androide—. Vamos bien. El mayor problema técnico era evitar que se derritiera el permagel que hay debajo del edificio. Pero ahora que ya lo hemos solucionado, tenemos que ir subiendo varios cientos de metros al mes.
—¿Por qué se decidió construir aquí —quería saber la chica— si el suelo no era estable?
—Por el aislamiento. Cuando se enciendan las superondas, estas crearán interferencias en las líneas de comunicación, en los teletransportadores y en los generadores de energía en miles de kilómetros cuadrados. Las opciones que Krug tenía para el emplazamiento de la torre eran bastante limitadas: el Sahara, el Gobi, el desierto australiano o la tundra. Por razones técnicas relacionadas con la transmisión, la tundra parecía la elección más conveniente, siempre y cuando pudiéramos solucionar el problema del deshielo. Krug nos dijo que construyéramos aquí. Así que encontramos la forma de resolver ese inconveniente.
—¿Cómo va el equipo de transmisión? —preguntó Manuel.
—Empezaremos a instalarlo cuando la torre alcance los quinientos metros. Digamos que será a mediados de noviembre.
La voz de Krug resonó en sus oídos.
—Ya tenemos cinco estaciones para la amplificación de satélites: un anillo de fuentes de energía que rodea la torre, y que dará el impulso necesario para enviar nuestra señal a Andrómeda entre el martes y el viernes.
—Es un proyecto maravilloso —dijo el senador Fearon. Era un hombre elegante y ostentoso, de ojos verdes muy llamativos y melena pelirroja.
—¡Otro gran paso hacia la madurez de la humanidad! Por supuesto —añadió el senador y dirigió un refinado gesto con la cabeza a Vigilante—, tenemos que reconocer nuestra inmensa deuda con los cualificados androides que están llevando a cabo este milagroso proyecto. Sin tu ayuda y la de tu gente, alfa Vigilante, no habría sido posible…
Vigilante escuchaba inexpresivo sin olvidarse de sonreír. Los halagos de ese tipo no tenían mucho significado para él. Y el Congreso Mundial y sus senadores mucho menos. ¿Había algún androide en el Congreso? ¿Cambiaría algo si lo hubiera? Algún día, no cabía la menor duda, el Partido para la Igualdad de los Androides metería a algunos de ellos en el Congreso; tres o cuatro alfas se sentarían en ese augusto organismo y, aun así, los androides seguirían siendo propiedad, no personas. El proceso político no le inspiraba optimismo alguno a Thor Vigilante.
Su ideología era definitivamente debilitadora: en una sociedad de la teletransportación, donde las fronteras nacionales estaban obsoletas, ¿para qué tener un gobierno formal? Que los legisladores se anularan a sí mismos; que la ley natural prevaleciera. Pero él sabía que nunca tendría lugar el debilitamiento del Estado que los debilitadores preconizaban. Prueba de ello era el senador Henry Fearon. La máxima paradoja: un miembro de un partido antigubernamental sirviendo al Gobierno y luchando por mantener su escaño en cada elección. ¿El debilitamiento cuesta, senador?
Fearon elogió la diligencia del androide largo y tendido. Vigilante se inquietaba. No se podía trabajar mientras ellos estuvieran ahí arriba; no se atrevía a que subieran los bloques con los visitantes en la zona de obras. Además tenía un calendario de trabajo que cumplir. Sintió un gran alivio cuando Krug hizo un gesto para que descendieran; por lo visto se había levantado viento y eso molestaba a Quenelle. Cuando llegaron abajo, Vigilante los llevó al centro de control principal y los invitó a que lo vieran tomar el control de las operaciones. Se metió en el asiento de conexión. Cuando metía el nodo terminal de punta roma de el ordenador en el enchufe de entrada que tenía en su antebrazo izquierdo, el androide vio que los labios de Leon Spaulding se tensaban en un gesto que denotaba… ¿qué? ¿Desprecio, envidia, desdén condescendiente? A pesar de su experiencia con los humanos, Vigilante no podía interpretar con total precisión una expresión tan oscura. Pero entonces, se oyó el clic del contacto y los impulsos del ordenador entraron a raudales en su cerebro a través de la interfaz, y se olvidó de Spaulding.
Era como tener miles de ojos. Vio todo lo que ocurría en la obra y a miles de kilómetros de esta. Se encontraba en total comunión con el ordenador y hacía uso de todos sus sensores, escáneres y terminales. ¿Por qué pasar por la tediosa rutina de hablar con un ordenador si era posible diseñar un androide capaz de formar parte de uno?
El torrente de datos provocó una oleada de éxtasis.
Gráficos de mantenimiento. Síntesis del flujo de trabajo. Sistemas de coordinación laboral. Niveles de refrigeración. Decisiones sobre la derivación de energía. La torre era un tapiz de infinitos detalles y él era el maestro tejedor. Todo entraba a través de él; él era el que aprobaba, el que rechazaba, el que alteraba, el que cancelaba. ¿Era el sexo parecido a esto? ¿Ese hormigueo de vida en cada nervio, esa sensación de llegar hasta el límite, de absorber una avalancha de estímulos? Vigilante deseó saberlo. Subía y bajaba las palas, solicitaba los bloques de la semana siguiente, pedía filamentos para los encargados de los rayos de taquiones, se encargaba de la comida del día siguiente, inspeccionaba constantemente la estabilidad de la estructura terminada, suministraba los datos de los gastos al departamento financiero de Krug, supervisaba la temperatura del suelo en gradaciones de medio metro a una profundidad de dos kilómetros, transmitía una veintena de mensajes telefónicos por segundo y se felicitaba por la habilidad con la que llevaba todo a cabo. Sabía que ningún humano podía ocuparse de todo eso, aunque pudiera conectarse directamente a un ordenador. Tenía la destreza de una máquina y la versatilidad de un humano y, por lo tanto, salvo por el hecho bastante importante de que no podía reproducirse, era en muchos sentidos superior a las otras dos clases y, por lo tanto…
La flecha roja de una alarma cruzó su conciencia.
Accidente en la obra. Sangre de androide en el suelo helado.
Un movimiento mental le proporcionó un enfoque más claro. Una de las palas había fallado en la cara norte. Un bloque de cristal, que había caído de una altura de noventa metros, yacía inclinado en el suelo, con un extremo enterrado a un metro de profundidad, y el otro ligeramente elevado sobre el nivel del suelo. Una fisura recorría como una línea de escarcha su interior transparente. Unas piernas sobresalían del lado más cercano a la torre. Unos metros más allá había un androide herido en el suelo, que se retorcía desesperadamente. Tres escarabajos elevadores se dirigían a toda prisa al lugar del accidente; un cuarto ya había llegado y tenía sus dientes de acero debajo del enorme bloque.
Vigilante se desconectó y se estremeció con los primeros dolores que sintió al separarse del flujo de datos. Una pantalla que había en la pared situada sobre su cabeza mostraba gráficamente el accidente. Clissa Krug había girado la cabeza y la apoyaba en el pecho de su marido; Manuel parecía asqueado, y su padre enfadado. Los otros visitantes parecían más perplejos que afectados. Vigilante se dio cuenta de que estaba escudriñando el rostro glacial de Leon Spaulding. Era un hombre pequeño, muy delgado, casi esquelético, y, en la curiosa claridad de su conmoción, Vigilante se fijó en la separación de los pelos del duro bigote negro del ectógeno.
—Fallo en la coordinación —dijo secamente Vigilante—. Parece ser que el ordenador ha malinterpretado una función de tensión y dejó caer el bloque.
—Estabas haciendo caso omiso al ordenador en ese momento, ¿verdad? —preguntó Spaulding—. Echemos la culpa a quien hay que echársela.
El androide no iba a entrar en ese juego.
—Disculpen —dijo él—. Ha habido heridos y probablemente víctimas. Tengo que irme.
Se dirigió a toda prisa hacia la puerta.
—Un descuido inexcusable… —susurró Spaulding.
Vigilante salió. Mientras corría hacia el lugar del accidente, comenzó a rezar.

5

—Nueva York —dijo Krug—. A la oficina superior.
Él y Spaulding entraron en el cubículo del teletransportador. La brillante luz verde del campo del teletransportador salió vibrando de la rendija que había en el suelo y creó una cortina que dividía el cubículo en dos. El ectógeno introdujo las coordenadas. Los generadores de energía ocultos del teletransportador estaban conectados directamente al generador principal, que giraba sin parar sobre sus polos en algún lugar debajo del Atlántico y condensaban la fuerza theta que hacía posible la teletransportación. Krug no se molestó en comprobar las coordenadas que Spaulding había introducido. Confiaba en sus trabajadores. Aunque, a la mínima distorsión de las abscisas, sus átomos se esparcirían irremediablemente por los fríos vientos, Simeon Krug entró sin titubear en el resplandor esmeralda.
No sintió nada. Krug se destruyó. Una corriente de ondículas con información fue lanzada a varios miles de kilómetros a un recibidor sintonizado y Krug se reconstituyó. El campo del teletransportador desgarraba el cuerpo de un hombre en unidades subatómicas con tanta rapidez que ningún sistema neuronal sería capaz de registrar el dolor; y la vuelta a la vida era igual de rápida. Krug apareció entero e intacto, con Spaulding a su lado, en el cubículo del teletransportador de su oficina.
—Cuida de Quenelle —dijo Krug—. Vendrá de abajo. Entretenla. Durante por lo menos una hora, no quiero que me molesten.
Spaulding salió. Krug cerró los ojos. La caída del bloque lo había afectado sobremanera. Ya había habido más accidentes durante la construcción de la torre y probablemente no sería el último. Ese día se habían perdido vidas: era verdad que solo eran androides, pero eran igualmente vidas. El malgasto de vidas, de energía y de tiempo hacía que se pusiera furioso. ¿Cómo iba a levantarse la torre si los bloques caían? ¿Cómo iba a enviar a los cielos el mensaje de que el hombre existía, de que importaba, si no había torre? ¿Cómo iba a hacer las preguntas que tenía que hacer?
Krug sufría. Estaba a punto de desesperarse ante la inmensidad de la misión que se había impuesto a sí mismo.
En los momentos de fatiga o tensión sentía de una forma enfermiza que su cuerpo era como una cárcel que encerraba su alma. Los pliegues de la barriga, la rigidez perpetua en la base del cuello, el diminuto temblor en el párpado izquierdo, la ligera pero constante presión en la vejiga, el dolor en la garganta, la sensación burbujeante en la rótula, cada indicio de mortalidad resonaba dentro de él como el tañido de unas campanas. Con frecuencia su cuerpo le resultaba absurdo, una simple bolsa de carne y huesos, de sangre y heces, de cuerdas, cordones y harapos diversos que se aflojan por la agresión del tiempo, que se deterioran con el paso de los años, de las horas. ¿Qué había de noble en semejante montón de protoplasma? ¡En la absurdez de las uñas! ¡En la imbecilidad de los orificios nasales! ¡En la estupidez de los codos! Sin embargo, debajo del cráneo acorazado se oía el tictac del vigilante cerebro gris, como una bomba enterrada en el lodo. Krug desdeñaba su carne, pero sentía admiración por su cerebro y por el cerebro humano en abstracto. El verdadero Krug estaba en esa suave masa de tejido plegado y en ningún otro sitio, ni en sus tripas, ni en su ingle, ni en su pecho, sino en su cabeza. El cuerpo se descomponía mientras uno todavía era dueño de él; la mente volaba hacia las galaxias más lejanas.
—Masaje —dijo Krug.
El timbre y tono de su orden hizo que una mesa que vibraba suavemente extrudiera de la pared. Tres mujeres androide, permanentemente de guardia, entraron en la habitación. Sus ágiles cuerpos estaban desnudos; eran modelos gamma estándar, que podían ser trillizas si no fuera por las habituales, aunque sin importancia, divergencias programadas del somatotipo. Tenían pechos pequeños y firmes, vientre plano, cintura estrecha, caderas anchas y trasero redondo. Tenían pelo en la cabeza y en las cejas, pero, por lo demás, no tenían vello corporal, lo cual les daba una cierta apariencia asexuada; aunque sí tenían el surco de su sexo grabado entre las piernas, y Krug, si sus gustos fueran esos, podría abrir esas piernas y encontrar dentro de ellas una imitación razonable de la pasión. Aunque sus gustos nunca fueron esos, Krug había diseñado deliberadamente un elemento de sensualidad en sus androides. Les había dado unos genitales funcionales pero estériles, de la misma forma que les había dado unos ombligos que, si bien de verdad, eran innecesarios. Quería que sus creaciones parecieran humanas (aparte de las modificaciones necesarias) y que hicieran la mayoría de las cosas que hacen los humanos. Sus androides no eran robots. Había decidido crear humanos sintéticos, no simples máquinas.
Las tres gammas lo desnudaron eficazmente y comenzaron a trabajar en su cuerpo con sus hábiles dedos. Krug yacía boca bajo mientras ellas pellizcaban incansables su carne y tonificaban sus músculos. Él se quedó mirando fijamente las imágenes de la pared que había al otro lado de la vacía oficina.
La sala estaba amueblada de forma sencilla, casi austera: un largo rectángulo en el que había una mesa, un terminal de datos, una pequeña y lúgubre escultura y una cortina oscura que cuando se daba a un botón repolarizador mostraba el paisaje de la ciudad de Nueva York en la parte inferior. La iluminación, indirecta y tenue, mantenía la oficina en una penumbra constante. En una de las paredes, brillaba un patrón de puntos con una luminiscencia de un amarillo brillante:
**
****
*
**
*****
*
***
*
Era el mensaje de las estrellas.
El observatorio de Vargas lo había captado primero como una serie de débiles radiopulsos a 9. 100 megaciclos: dos golpes rápidos, una pausa, cuatro golpes, una pausa,
un golpe, etcétera. Este patrón se repitió mil veces en un espacio de dos días y entonces se detuvo. Un mes después apareció a 1. 421 megaciclos, la frecuencia del hidrogeno a 21 centímetros, otras mil repeticiones. Un mes más tarde, volvió tanto a la mitad y al doble de esa frecuencia, mil veces de cada una. Incluso más tarde, Vargas pudo detectar la señal ópticamente, en un intenso rayo láser a una longitud de onda de 5. 000 ångströms. El patrón que seguía era siempre el mismo, grupos de breves ráfagas de información: 2… 4… 1… 2… 5… 1… 3…1. Cada subcomponente de la serie estaba separado del siguiente por un espacio importante y existía una pausa mayor entre cada repetición del grupo entero de pulsos.
Sin duda era algún tipo de mensaje. Para Krug, la secuencia 2-4-1-2-5-1-3-1 se había convertido en números sagrados, los símbolos de apertura de una nueva cábala. No solo estaba inscrita en su pared, sino que al tocarla con el dedo el sonido de la señal alienígena atravesaría la sala en cualquier frecuencia audible, y la escultura que estaba al lado de su mesa estaba preparada para emitir la secuencia en brillantes destellos de luz coherente.
La señal lo obsesionaba. Su universo se centraba en enviar la respuesta. Por la noche se quedaba de pie bajo las estrellas, mareado por la cascada de luz, y miraba las galaxias, y pensaba: Soy Krug, soy Krug, aquí os espero, ¡habladme de nuevo! Sabía que no cabía la posibilidad de que la señal de las estrellas pudiera ser otra cosa que un mensaje enviado intencionadamente. Había destinado su considerable activo a contestarla.
—¿Pero no existe la posibilidad de que el mensaje sea un fenómeno natural?
—No. La insistencia con la que llegó por tantos medios diferentes indica que detrás de él hay una conciencia guiadora. Alguien quiere decirnos algo.
—¿Qué importancia tienen esos números? ¿Son algún tipo de pi galáctico?
—No vemos relevancia matemática alguna. No forman ninguna progresión aritmética inteligible aparente. Los criptógrafos nos han proporcionado al menos cincuenta sugerencias igual de ingeniosas, lo cual hace que las cincuenta sean igual de sospechosas. Pensamos que los números se eligieron totalmente al azar.
—¿Qué hay de bueno en un mensaje del que no se entiende su contenido?
—El contenido es el mensaje: una melodía que cruza las galaxias. Nos dice: Miradnos, aquí estamos, podemos comunicarnos, somos capaces de pensar, ¡queremos contactar con vosotros!
—Supongamos que tienes razón, ¿qué clase de respuesta tienes pensado enviarles?
—Tengo pensado decir: «Hola, hola, os oímos, recibimos vuestro mensaje, os saludamos, no queremos estar solos nunca más en el cosmos».
—¿En qué idioma se lo dirás?
—En el lenguaje de los números aleatorios. Y después en el de los números seudoaleatorios. Hola, hola, 3, 14159, ¿lo oís? 3, 14159, ¿recibís la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro?
—¿Y cómo lo transmitirás? ¿Con láseres? ¿Con ondas de radio?
—Demasiado lento, demasiado lento. No puedo esperar a que vayan y vuelvan las radiaciones electromagnéticas. Me comunicaré con las estrellas a través de los rayos de taquiones, y hablaré al pueblo de las estrellas de Simeon Krug.
Krug tembló en la mesa. Las masajistas androides le pellizcaban la carne, le golpeaban el cuerpo y con los nudillos le presionaban los músculos. ¿Estaban intentando introducir a base de pequeños golpes los misteriosos números místicos en sus huesos? ¿2-4-1, 2-5-1, 3-1? ¿Dónde estaba el 2 que faltaba? Aunque lo hubieran enviado, ¿qué significaría la secuencia 2-4-1, 2-5-1, 2-3-1? Nada importante. Aleatorio. Aleatorio. Grupos sin sentido de información en bruto. Nada más que números ordenados dentro de un patrón abstracto, y aun así eran portadores del mensaje más importante que había conocido nunca el universo:
Estamos aquí.
Estamos aquí.
Estamos aquí.
Nos dirigimos a vosotros.
Y Krug respondería. Se estremeció de placer cuando se imaginó que la torre estaba terminada y que los rayos de taquiones se enviaban a la galaxia. Krug contestaría. Krug el voraz. Krug el insensible amasador de dinero. Krug el bárbaro con hambre de dólares. Krug el simple empresario. Krug el gordo campesino. Krug el ignorante. Krug el basto. ¡Yo! ¡Yo! ¡Krug! ¡Krug!
—Fuera —les dijo bruscamente a las androides—. ¡Suficiente! Las chicas se fueron a toda prisa. Krug se levantó, se vistió y atravesó la habitación para pasar la mano sobre el dibujo de luces amarillas.
—¿Mensajes? —dijo él—. ¿Visitantes?
La cabeza y los hombros de Leon Spaulding aparecieron en el aire, brillando sobre el telón de trama invisible de un proyector de vapor de sodio.
—El doctor Vargas está aquí —le hizo saber el ectógeno—. Lo está esperando en el planetario. ¿Quiere verlo?
—Por supuesto. Ahora subo. ¿Y Quenelle?
—Se fue a la casa del lago en Uganda. Le esperará a usted allí.
—¿Y mi hijo?
—Inspeccionando la planta de Duluth. ¿Desea darle instrucciones?
—No —respondió Krug—. Sabe lo que hace. Veré a Vargas ahora.
La imagen de Spaulding parpadeó y desapareció. Krug entró en su ascensor que rápidamente lo llevó al planetario abovedado que estaba en la parte más alta del edificio. Bajo su techo cobrizo la delgada figura de Niccolò Vargas paseaba con mirada atenta. A su izquierda había una vitrina con ocho kilogramos de proteoides procedentes de Alfa Centauri V; a su derecha, un criostato achaparrado en cuyas heladas profundidades se podía vislumbrar veinte litros de fluido traídos del mar de metano de Plutón.
Vargas era un hombre intenso y de piel clara por el que Krug sentía un respeto que rayaba en admiración: un hombre que había pasado todos los días de su vida adulta buscando civilizaciones en las estrellas y que había llegar a dominar todos los aspectos de los problemas de la comunicación interestelar. La especialidad de Vargas había dejado su impronta en sus rasgos: quince años atrás, Vargas se expuso imprudentemente al rayo de un telescopio de neutrones en un momento de intolerable entusiasmo y se quemó el lado derecho de la cara sin que fuera posible la restauración tectogenética. Pudieron reconstruirle el ojo dañado, pero con la descalcificación de la estructura ósea subyacente no pudieron hacer otra cosa que reforzarla con una capa de fibra de berilio y por eso, parte del cráneo y de la mejilla estaba hundida y arrugada. Deformidades como esa no eran normales en una época en la que la cirugía estética era tan sencilla; sin embargo, Vargas aparentemente no tenía interés alguno en pasar por más reconstrucciones faciales.
Vargas mostró su torcida sonrisa cuando Krug entró.
—¡La torre es magnífica! —exclamó él.
—Será —lo corrigió Krug.
—No, no. Ya lo es. ¡Un maravilloso torso! ¡Su lustre, Krug, su dimensión, su empuje ascendente! ¿Sabes lo que estás construyendo ahí, amigo mío? La primera catedral de la era galáctica. Dentro de miles de años, mucho después de que tu torre haya dejado de funcionar como centro de comunicación, los seres humanos irán allí, se arrodillarán, besarán su suave superficie y te bendecirán por haberla construido. Y no solo los hombres.
—Me gusta esa idea —dijo Krug—. Una catedral. No lo había visto de esa forma.
Krug vio el cubo de información en la palma de la mano derecha de Vargas.
—¿Qué tienes ahí?
—Un regalo para ti.
—¿Un regalo?
—Hemos localizado la fuente de las señales —le explicó Vargas—. Creí que querrías ver la estrella de la que procedió.
Krug se echó de repente hacia delante.
—¿Por qué has tardado tanto en decírmelo? ¿Por qué no me dijiste nada cuando estábamos en la torre?
—La torre era tu espectáculo. Este es el mío. ¿Quieres que lo encienda?
Krug señaló con impaciencia la ranura del receptor. Vargas insertó hábilmente el cubo y activó el escáner. Unos rayos azulados de luz inquisitiva se introdujeron a toda velocidad en el pequeño entramado de cristal, en busca de los bits de información almacenados.
Las estrellas aparecieron en el techo del planetario.
En la galaxia, Krug se sentía como en casa. Sus ojos distinguieron puntos de referencia conocidos tales como Sirio, Canopus, Vega, Capella, Arcturus, Betelgeuse, Altair, Fomalhaut, Deneb; los faros más brillantes del cielo, esparcidos de forma espectacular por la cúpula que tenía encima de él. Buscó las estrellas cercanas, aquellas que se encontraban dentro del radio de doce años luz que han alcanzado las sondas estelares del ser humano en su vida: Epsilon Indi, Ross 154, Lalande 21185, la estrella de Barnard, Wolf 359, Procyon, 61 Cygni. Dirigió su mirada hacia Tauro y encontró la estrella roja Aldebarán que brillaba en la cara del toro y, más atrás, el cúmulo estelar de la Híades y la Pléyades que resplandecían en su fulgente manto. Una y otra vez, la composición que se veía en la cúpula cambiaba cuando se reducía la longitud focal, cuando las distancias crecían. Krug sintió un estruendo en su pecho. Vargas no había pronunciado palabra alguna desde que el planetario cobró vida.
—¿Y bien? —exigió saber Krug—. ¿Qué se supone que tengo que ver?
—Dirige la mirada hacia Acuario —contestó Vargas.
Krug escudriñó el cielo boreal. Atravesó la familiar ruta con la mirada: Perseo, Casiopea, Andrómeda, Pegaso, Acuario. Sí, ahí estaba el viejo aguador, entre los peces y la cabra. Krug intentó recordar el nombre de cierta estrella importante de Acuario, pero no pudo.
—¿Y bien? —preguntó él.
—Mira. Vamos a intensificar la imagen.
Krug se preparó cuando el firmamento se precipitó hacia él. Ya no podía distinguir las constelaciones; el cielo se estaba desplomando y ya no había orden. Cuando todo dejó de moverse, se encontró delante de un solo segmento de la esfera galáctica, ampliada para que ocupara toda la cúpula. Directamente encima de él estaba la imagen de un anillo ardiente, oscuro en su centro, bordeado de un halo irregular de gas luminoso. Un punto de luz resplandecía en el núcleo del anillo.
—Esta es la nebulosa planetaria NGC 7293 de Acuario
—le dijo Vargas.
—¿Y?
—De ahí procede tu señal.
—¿Estás seguro de ello?
—Totalmente —le respondió el astrónomo—. Tenemos observaciones del paralelaje, una serie completa de triangulaciones ópticas y espectrales, varias ocultaciones aprobatorias y mucho más. Desde el principio, sospechábamos que la fuente era NGC 7293, pero los datos definitivos se procesaron esta mañana. Ahora estamos seguros.
Con la garganta seca, Krug preguntó:
—¿A qué distancia?
—A unos trescientos años luz.
—No está mal. No está mal. Está fuera del alcance de nuestras sondas y fuera del alcance de un contacto por radio eficaz. Pero con los rayos de taquiones no habrá ningún problema. Mi torre tiene justificación.
—Y todavía tenemos la esperanza de que podamos comunicarnos con los que enviaron la señal —dijo Vargas—. Lo que todos temíamos es que las señales procedieran de algún lugar como Andrómeda, de que los mensajes comenzaran su viaje en nuestra dirección hace millones de años o más…
—No cabe esa posibilidad ahora.
—No. No cabe esa posibilidad.
—Háblame de ese lugar —le pidió Krug—. Una nebulosa planetaria… ¿qué es eso? ¿Cómo puede ser una nebulosa un planeta?
—No es ni un planeta ni una nebulosa —le respondió Vargas, que comenzó de nuevo a andar—. Es un objeto inusual. Un objeto extraordinario.
Le dio golpecitos a la vitrina de proteoides centaurinos.
Las criaturas semivivas, irritadas, empezaron a moverse y a enroscarse.
—Este anillo que ves es una concha —continuó Vargas—, una burbuja de gas que rodea una estrella de tipo O. Las estrellas de esta clase espectral son gigantes azules, calientes, inestables, que permanecen en la secuencia principal solo unos millones de años. Hacia el final de su ciclo vital, algunas sufren una convulsión catastrófica comparable a una nova; entonces, lanzan hacia fuera las capas periféricas de su estructura y forman una envoltura gaseosa de gran tamaño. El diámetro de la nebulosa planetaria que ves es de 1, 3 años luz aproximadamente y crece a una velocidad de unos quince kilómetros por segundo. El inusitado brillo de la envoltura es el resultado de un efecto de la fluorescencia: la estrella central está produciendo grandes cantidades de radiación ultravioleta de longitud de onda corta, que es absorbida por la envoltura de hidrógeno y que provoca así. . .
—Un momento —lo interrumpió Krug—. ¿Me estás diciendo que a este sistema estelar le ocurrió algo parecido a una nova, que la explosión tuvo lugar hace tan poco que la envoltura mide solo 1, 3 años luz de diámetro, a pesar de que crece a un ritmo de quince kilómetros por segundo y que el sol central está emitiendo radiaciones tan duras que la cubierta exterior es fluorescente?
—Sí.
—¿Y pretendes que crea que hay una raza inteligente dentro de ese horno que nos está enviando mensajes?
—No hay duda de que las señales provienen de NGC 7293 —le respondió Vargas.
—¡Imposible! —rugió Krug— ¡Imposible!
Se golpeó las caderas con los puños.
—Para empezar, es una gigante azul… de solo dos millones de años. ¿Cómo va a haber vida ahí? ¡Y mucho menos una raza inteligente! Después, una especie de explosión solar. . . ¿cómo va a ser posible que algo sobreviva a eso? ¿Y las radiaciones duras? Dime. Dime. ¡Si quisieras que diseñase un sistema en el que fuera imposible la vida, me saldría esta maldita nebulosa planetaria! ¿Cómo van a enviar señales? ¿De dónde?
—Hemos considerado estos factores —dijo Vargas en bajito.
Krug temblaba.
—Entonces, ¿son las señales un fenómeno natural después de todo? —preguntó—. ¿Impulsos irradiados por los átomos de tu repugnante nebulosa?
—Todavía creemos que las señales tienen un origen inteligente.
La paradoja desconcertaba a Krug. Se retiró, sudoroso y confuso. Solo era un astrónomo aficionado; había leído mucho, se había atiborrado de grabaciones con información técnica y de drogas que acentuaban su conocimiento, podía distinguir entre una gigante roja y una enana blanca, sabía dibujar el diagrama de Hertzsprung-Russell, podía mirar al cielo y señalar Alfa de la Cruz y Espiga, pero todo eso eran datos externos que decoraban las paredes exteriores de su alma. No era un terreno que dominara, al contrario que Vargas; necesitaba captar lo esencial de los hechos; no le resultaba fácil traspasar las fronteras de los datos en cuestión. Por eso admiraba a Vargas. Por eso se sentía incómodo en ese momento.

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