Ladrón de guante blanco

raffles

Género :


A.J. Raffles, un caballero que se hospeda en el Albany y es uno de los mejores jugadores de críquet de su tiempo, se codea durante el día con los hombres más importantes y adinerados, quienes suelen invitarle a sus mansiones, mansiones que él desvalija cuidadosamente durante las noches.

Ladrón de guante blanco inicia las aventuras de este fascinante personaje, relatadas por Bunny Danvers, su fiel amigo y cómplice, una pareja que pone sus recursos al servicio del crimen y que constituye el reverso diabólico de Sherlock Holmes y el doctor Watson.

E.V. Hornung, cuñado de Arthur Conan Doyle y uno de los más logrados escritores coloquiales de su tiempo, ha pasado a la fama por ser el creador de Raffles, el prototipo de una serie de personajes que se mueven por el lado oscuro de la ley, en el estilo de Arsenio Lupin, el Santo o James Bond.

ANTICIPO:
La saqué con mano temblorosa que en vano intentaba mostrarse firme, y de veras me hubiese dejado matar por Raffies cuando él no hizo el menor comentario ante aquel temblor. Sus manos estaban firmes y frías cuando me ajustó la máscara y luego se puso la suya.

-¡Por ]úpiter, viejo amigo! -susurró animosamente-. ¡Pareces el mayor rufián que haya visto en mi vida! Estas máscaras serían capaces de aterrar a un negro, si hallásemos alguno. Sin embargo, me alegro de haberte dicho que no debías afeitarte. Si sucede lo peor te diriges a Whitechapel y no te olvides de hablar en la jerga de los barrios bajos. Claro que mejor sería que te hicieras el sordomudo si no estás seguro, y deja que sea yo quien lleve la voz cantante; aunque, si lo quieren nuestros astros, no habrá necesidad de todo esto. Bien, ¿estás listo?

-Listo.

-¿La mordaza? -Sí.

-¿La pistola? -Sí. -Pues sígueme.

Al instante saltamos la tapia y nos encontramos en parque que había detrás de la casa. No había luna. Las estrellas en su curso estaban veladas en beneficio nuestro. Me arrastre tras los talones de mi guía hasta las puertaventanas que daban a una gale ría poco profunda. Las empujó. Cedieron.

-Tenemos suerte –susurró-; ¡mucha suerte! Ahora, la luz. ¡Y la luz se hizo!

Durante una fracción de segundo brillaron unas cuantas lámparas eléctricas y de pronto unos despiadados rayos luminosos blancos cegaron nuestros ojos. Cuando nos dimos cuenta, nos apuntaban cuatro revólveres y entre dos de ellos se hallaba la corpulenta figura de Reuben Rosenthall, lanzando una carcajada que estremeció su corpachón de pies a cabeza.

-Buenas noches, muchachos -nos saludó hipando-. ¡Encantado de veros al fin! Mueve un pie o un dedo, tú, el de la izquierda, y eres hombre muerto. ¡A ti me refiero, imbécil! -rugió a Raffles-. Te conozco. Te estaba aguardando. ¡Te he estado vigilando toda esta semana! Te creías muy listo, ¿eh? Un día como mendigo, otro fingiéndote borracho, y al siguiente preguntando por esos amigos de Kimberley que nunca vienen cuando estoy en casa. Pero todos los días dejaste el mismo rastro, bribón, y el mismo todas las noches por los alrededores.

-Está bien, patrón -gruñó Railles-, no se excite. Es un buen golpe. No sudaremos por saber cómo me descubriste. Sólo que estoy seguro de que no dispararás porque no estamos armados, así Dios me salve.

-Ah, ¿con que eres un enterado? -exclamó Rosenthall, moviendo el dedo en el gatillo-. Pues has tropezado con alguien más enterado que tú.

-Oh, sí, jefe, de usted lo sabemos todo: un ladrón atrapa a otro ladrón… Oh, sí…

Mis ojos se habían apartado de las redondas bocas negras, de los diamantes que habían sido nuestro imán, de la pálida cara de cerdo del enorme pugilista y las encendidas mejillas y la nariz ganchuda de Rosenthall. Estaban mirando más allá de todo esto, al umbral lleno de cortinajes de seda y terciopelo, rostros negr_s de ojos blancos abiertos como platos, cuando un silencio súbito devolvió mi atención al millonario. Únicamente su nariz estaba ahora enrojecida.

-¿Qué quieres decir? –susurró con un juramento-. ¡Escúpelo o por Cristo que te lleno de agujeros!

-¿Cuál es el precio verdadero de esas gemas, eh? -preguntó Railles fríamente.

Los revólveres de Rosenthall describían unas órbitas amenazadoras.

-Di el precio… viejo C. I. D.

-¿De dónde diablos has sacado eso? -inquirió Rosenthall, con un sonido ronco y gangoso que quería ser una risotada.

-Haces bien en preguntado -observó Raffies-. Todos los del barrio lo saben.

-¿Quién ha podido esparcir tal infamia?

-No lo sé -dijo Raflles-. Pregúntaselo al caballero de tuizquierda, tal vez él lo sepa.

El caballero de su izquierda se tornó lívido de emoción. Una conciencia culpable jamás podía mostrarse con mayor claridad. Por un momento sus ojitos se abultaron como grosellas en el sebo de su cara, luego se metió las pistolas en sus bolsillos con instinto profesional y se abalanzó hacia nosotros blandiendo los puños.

-¡Fuera de la luz! ¡Fuera de la luz! -gritó Rosenthall frenéticamente.

Era demasiado tarde. Tan pronto como el fornido pugilista obstruyó la línea de fuego, Raflles se arrojó de un salto por la ventana; mientras que yo, inmóvil y sin abrir la boca, fui científicamente derribado al suelo.

No estuve mucho tiempo sin sentido. Cuando me recobré había un enorme tumulto en el parque y yo estaba solo en el salón. Me senté. Rosenthall y Purvis corrían por los senderos del parque, maldiciendo a los cafres y tropezando unos con otros. -¡Por aquella pared, te lo dije!

-No, por allí! ¿No puedes llamar a la policía?

-¡Al diablo la policía!Ya estoy harto de la bendita policía. -Entonces será mejor entrar y maniatar al otro compinche. -Sí, quiero su pellejo… Sí, es lo mejor que puedes hacer. Maldita carroña, si te atrapo de nuevo en mi camino…

No acabé de oír la amenaza. Me estaba arrastrando a cuatro patas por el salón, con mi revólver colgando por su anilla de hierro de mis dientes.

Por un momento pensé que el vestíbulo también estaría desierto. Estaba equivocado y aun yendo a gatas me encontré frente a un cafre. Pobre diablo, no me detuve a pelear con él, pero lo amenacé con mi revolver y lo dejé castañeteándole los dientes en su negra cabezota, en tanto yo subía por los escalones de tres en tres. No acierto explicar cómo llegué arriba, ni por qué tomé tal decisión, aunque era el único camino que me quedaba. En efecto, el parque y el piso hervían de individuos y habría caído pronto en sus manos.

Me metí en la primera habitación que hallé. Era un dormitorio… vacío pero con la luz encendida; nunca olvidaré el terrible susto al entrar, cuando me encontré con el repelente villano que yo era reflejado en un espejo de cuerpo entero. Enmascarado, armado y sucio, era la presa perfecta para una bala o para el verdugo, y este pensamiento me obligó a actuar con rapidez. Me escondí en el guardarropa que había detrás del espejo, y allí me quedé temblando y maldiciendo mi destino, mi locura y, más que a nada a Raffles –a Raffles más que a todo lo demás- durante una media hora. Después y de repente, se abrió la puerta del armario; habían penetrado en la habitación sin el menor ruido y fui arrastrado abajo, como un ignominioso cautivo.

En el vestíbulo se sucedieron algunas escenas incongruentes. Las damas estaban allí y a la vista del criminal desesperado que era yo, chillaron al unísono. En realidad, debían de tener razón, a pesar de que me habían despojado de la máscara casi por completo y solamente me ocultaba la oreja izquierda. Rosenthall respondió a sus gritos exigiendo silencio; la mujer del peinado parecido a una esponja de baño le maldijo a su vez; el vestíbulo se transformó en una Babel imposible de describir. Recuerdo haberme preguntado cuánto tardaría en llegar la policía. Purvis y las mujeres querían llamada y entregarme sin demora. Rosenthall no quería ni oír hablar de ello. Juró que mataría al hombre o mujer que saliese de su radio visual. Estaba harto, repitió, de la policía. No iban a destruir su diversión; prefería tratar conmigo a su manera. Tras eso, me arrancó de las otras manos, me lanzó contra una puerta y sentí el impacto de una bala en la madera, a una pulgada de la oreja.

-¡Maldito borracho! ¡Esto será un asesinato! –masculló Purvis, colocándose delante por segunda vez.

compra en casa del libro Compra en Amazon Ladrón de guante blanco

2 Opiniones

Escribe un comentario

  • Clapo
    on

    El personaje es curioso y entrañable. Recuerdo alguna película con David Niven. ¿Pero merece la pena este libro o es tan sólo una curiosidad histórica?

  • Valeo
    on

    Sí. El libro es curioso y el precio asequible. Eso sí, comparte el problema de todas las ediciones de esta editorial, que no son muy acabadas. Pero se le perdona por las dos caracteristicas primeras.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑