Ladrón nocturno

Género :


Esta antología, como ya se ha dicho, recoge diez relatos (Fuera del paraíso, El cofre de la plata, Cura de reposo, El Club de los Criminólogos, El campo de Filipos, Mala noche, Trampa para un ladrón, Botín sacrílego, Las reliquias de Raffles y La última palabra) en los que Bunny retoma a este ladrón de guante blanco liberado del corsé de dejarlo en buen lugar. Así, en Fuera del paraíso, comienza diciendo: «Para narrar más aventuras de Raffles debo retroceder a los primeros tiempos de nuestra amistad y llenar los espacios en blanco que por discreción dejé en los anales que poseo (…). Ahora ya no puede hacerle daño alguno toda la verdad. Lo pintaré con todos sus defectos.» El fragmento elegido corresponde al relato Trampa para un ladrón.

El éxito de la serie se debe al punto de vista criminal y a la minuciosa reconstrucción de lugares y personajes. Bunny ofrece un ramillete de relatos crepusculares en los que el villano pierde parte de su oropel, pero se hace más humano. Tan jugosa oferta se completa con un artículo de diecinueve páginas de George Orwell que se publicó en Horizon en octubre de 1944. Orwell efectúa un interesante repaso a este peculiar ladrón: Raffles, que viene a suponer el descenso de Freud y Maquiavelo a los suburbios.

ANTICIPO:
Iba a apagar la luz cuando el teléfono sonó furiosamente en la habitación contigua. Salté de la cama más dormido que despierto; un instante más tarde, el aparato habría dejado de sonar. Era la una de la madrugada y había estado cenando con el Glotón Morrison en su club.

-Hola…

-¿Eres tú, Bunny?

-Sí… ¿Eres tú, Raffles?

-Todo lo que queda de mí. Bunny, te necesito… ahora mismo.

Y hasta a través del hilo su voz sonaba débil por la ansiedad y la aprensión.

-¿Que diablo ha sucedido?

-No me preguntes… Nunca se sabe…

-Voy al momento. ¿Estás ahí, Raffles?

-¿Qué dices?

-Si estás ahí, chico.

-Sí… sí.

-¿En el Albany?

-No, no, en lo de Maguire.

-Nunca lo mencionaste. ¿Donde está ese Maguire?

-En la calle Half-moon.

-La conozco. ¿Está ahí él ahora?

-No… no ha llegado todavía… y yo estoy cazado.

-¡Cazado!

-En la trampa de la que tanto se ufanaba. Lo tengo bien merecido, por no creer en ella. Sí, al fin estoy cazado… cazado… ¡Por fin!

-Después de haber proclamado él que la activaría cada noche… Oh, Raffles, ¿qué clase de trampa es? ¿Qué he de hacer? ¿Qué he de traerte?

Pero la voz de Raffles sonaba más débil y más cansada a cada respuesta, hasta que nohubo ninguna respuesta en absoluto. Insistentemente le pregunté si él estaba allí, pero el único sonido que me llegó en respuesta fue el zumbido metálico del hilo de comunicación entre su oído y el mío. Y luego, mientras estaba allí sentado y contemplaba distraídamente las cuatro paredes que me rodeaban, con el auricular aún pegado a mi oreja, escuché un solo gruñido seguido por el ruido sordo y horrible de un cuerpo humano cayendo al suelo.

Tremendamente asustado, me apresuré a mi dormitorio y me puse la camisa arrugada y las ropas de noche que yacían donde yo las había arrojado. Pero apenas me di cuenta de lo que hacía hasta que cogí una corbata nueva haciendo el lazo mejor que de costumbre; y no recuerdo haber pensado en nada que no fuese en Raffles atrapado en una trampa diabólica y en un sonriente monstruo dispuesto a dejarle sin sentido con una serie de golpes mortales. Debí mirarme en el espejo para acabar de arreglarme; pero el ojo de la mente era el único con el que veía, lleno de esta terrible visión del notable púgil conocido en la fama y en la infamia como Barney Maguire.

Hacía solamente una semana que Raffles y yo habíamos sido presentados a Maguire en el Imperial Boxing Club. Campeón de los pesos pesados de los Estados Unidos, el tipo todavía estaba borracho de sus sanguinarios triunfos en el otro lado del Atlántico, y afamado por sus recientes conquistas. Pero su reputación había cruzado el océano antes que él; los grandiosos hoteles le habían cerrado las puertas y se había obligado a alquilar una casa suntuosamente amueblada en la calle Half-moon que no se ha realquilado hasta ese día. Raffles había trabado amistad con aquel magnífico bruto mientras yo tomaba buena nota de sus botonaduras de diamantes, su enjoyada cadena de reloj, su brazalete de dieciocho quilates y su mandíbula inferior de seis pulgadas. Me había estremecido al ver que Raffles, a su vez, admiraba las fruslerías de adorno del boxeador, según su cínico estilo, con aquel aire de experto que tenía un doble significado para mí. Yo, en cambio, lo consideraba todo como si se tratara de los dientes de un tigre feroz. Y cuando finalmente estuvimos en casa de Maguire para contemplar sus otros trofeos, me pareció que entraba en la madriguera del tigre. Pero resultó ser una madriguera asombrosa, llena por entero de firmas eminentes y de muebles de última moda, caros y fantásticos.

Los trofeos fueron una sopresa aún mayor. Abrieron mis ojos al aspecto más selecto del noble arte, practicado ya en nuestro lado del Atlántico. Entre otros galardones, se nos permitió sostener el enjoyado cinturón ofrecido al púgil por el estado de Nevada, un lingote de oro de los ciudadanos de Sacramento y un modelo de sí mismo en plata sólida del Fisticuff Club de Nueva York. Todavía recuerdo cómo con el corazón palpitante esperé la inevitable pregunta de Raffles a Maguire si no temía a los ladrones, y cómo Maguire contestó que tenía montada una trampa para coger vivo al más listo de los ladrones, aunque negándose llanamente a explicar en qué consistía. Por el momento, no pude concebir una trampa peor que el mismo Maguire escondido detrás de una cortina. sin embargo, fue fácil ver que Raffles aceptaba aquellas palabras como un desafío. Tampoco lo negó cuando más tarde comenté con él su alocada resolución; simplemente, se negó a implicarme en la ejecución de su plan.

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