Laira, hechicera de los sirianos

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Cuando los cuatro protagonistas de esta historia atraviesen el túnel y penetren en el reino de los sirianos, tardarán poco tiempo en descubrir que esta afirmación es cierta. Encontrarán una sociedad más propia de principios del siglo pasado que del actual, que vive en perfecta armonía con la naturaleza y con la magia, como un elemento más de la vida cotidiana. Pero, cuando se sucedan varios accidentes y desaparezca una niña, descubrirán que la ambición y las ansias de poder todo lo corrompen. Conocerán a Iri y a Gurk, a Laira la hechicera y a los demás habitantes de Asiron.
Lobos gigantes, sombras que predicen el futuro, un encapuchado que lanza rayos, mapas tridimensionales, árboles que conversan, arpías y golems, un amuleto protector, la Gruta de los Desaparecidos y el Monte Oscuro harán de éste un verano inolvidable para cuatro niños cuyas vidas cambiarán para siempre.

ANTICIPO:

Tras el cruce, dos curvas a la derecha y una a la izquierda, se elevaba el castillo entre el bosque de pinos que lo envolvía; majestuoso, como dando la bienvenida.
El pinar se extendía hasta donde alcanzaba la vista, tanto a un lado como a otro del estrecho camino de tierra, sólo interrumpido por un cortafuegos que recorría la cima de la montaña más cercana.
—Niños, mirad a la derecha, que ya llegamos —proclamó Enrique,que fue el primero que lo vio mientras reducía la velocidad y se atusaba el espeso bigote canoso. Abrió las ventanillas para que entrara el aire fresco y oxigenado de la montaña.
Miró por el retrovisor y observó con agrado que una berlina les seguía a cierta distancia. Un todoterreno no tenía dificultades por aquellos angostos caminos, pero el Opel de su yerno no era el vehículo más apropiado para transitar por aquel tipo de firme.
Los cuatro niños se asomaron por la ventanilla, estirando hasta el límite tanto sus cinturones de seguridad como sus cervicales. Marina se volvió a contemplarlos y tocó el hombro de su marido. Él miró de nuevo por el retrovisor: sus caras lo decían todo. Iluminadas por la luz que sólo la ilusión de un niño puede transmitir, eran incapaces de articular palabra, tenían los ojos como platos y las mandíbulas casi les llegaban al asiento del coche.
Ramón, el mayor, fue el primero que rompió el silencio al cabo de unos segundos:
—¡Joder! —se limitó a decir sin dejar de observar el maravilloso espectáculo que en tan raras ocasiones ofrecía la mano del hombre en colaboración con la naturaleza.
—¡Niño, ese lenguaje! —le recriminó su yaya.
Aquella sencilla palabra fue como el disparo de salida, y a los pocos segundos Enrique y Marina se miraban deseosos de que volviera el silencio anterior. Los niños gritaban y brincaban sobre sus asientos, imaginando las mil y una aventuras que iban a vivir en aquel castillo, los pasadizos y túneles que iban a encontrar y las puertas secretas, ocultas tras chimeneas, que se abrirían ante sus ojos con sólo accionar
un resorte camuflado con la apariencia de un oxidado candelabro o de un tétrico busto.
Hasta Robin, el miembro canino de la familia, que notó la excitación de los niños, comenzó a aullar y a saltar de uno a otro, sin saber muy bien qué ocurría.
—¡Yayita, qué castillo más chuli! ¡Me voy a convertir en una princesa! —gritó Lucía con gran entusiasmo.
—Sí, chiquitica, vas a ser la princesa más guapa del mundo.
—¿Del mundo mundial? —replicó la niña, con sus siete añitos recién cumplidos.
Su yaya rio de buena gana:
—Sí, cariño, del mundo mundial.
Atravesaron un estrecho puente de madera sobre lo que parecía un cauce seco enmarcado por pinos y pasaron bajo un grueso arco levantado con grandes bloques de piedra. Frente a ellos, algunos metros más allá, otro arco comunicaba con el bosque que rodeaba el castillo.
A la derecha se levantaba la construcción que sería su casa durante la semana siguiente.
A la izquierda se extendía un gran patio interior que hacía las veces de aparcamiento, y al fondo del patio había unas instalaciones que podían ser unos viejos almacenes.
Enrique atravesó el patio y aparcó el todoterreno justo ante la puerta de estas instalaciones. Marina bajó del coche y sintió el aplastante sol de agosto sobre su piel. Aunque una leve y refrescante brisa consiguió que la sensación térmica disminuyera unos grados. Inspiró profundamente, agradecida a aquel aire fresco. Les habían asegurado que durante el día pasarían algo de calor, aunque nada comparable con el sur de la península, de donde procedían. El astro rey no calentaba igual la tierra en las montañas del norte de España que en las de Andalucía. En cambio, por las noches refrescaba. De hecho, les habían dicho que necesitarían al menos una colcha en la cama, y dormir con las ventanas cerradas.
El ruido de la puerta trasera al abrirse la sacó de sus pensamientos. Sus nietos salieron del coche boquiabiertos. Habían visitado algún que otro castillo, pero era la primera vez que iban a dormir en uno. Y, más aún, no iban a pasar una noche en él, sino nada menos que una semana. Eran las vacaciones soñadas por cualquier niño.
Aquello les resultaba tan alucinante que durante todo el viaje los cuatro primos habían debatido sobre el castillo y, en ocasiones, la discusión había adquirido tales niveles que Enrique había tenido que imponer un poco de silencio antes de volverse loco en el pequeño habitáculo del vehículo. Ramón les había obsequiado con una ponencia sobre la posible existencia de oscuros pasadizos a los que se accedía a través de puertas secretas, catacumbas ocultas y fantasmas con cadenas atravesando gruesos muros de piedra.
—Quedaos aquí para que cada uno coja una maleta —les había dicho la yaya al bajar del coche.
Prácticamente no le había dado tiempo a terminar la frase. Como si se hubiera abierto la jaula de unos animales deseosos de libertad, los cuatro niños, seguidos por Robin, habían salido como balas y en unos instantes habían desaparecido; por supuesto, las maletas aún permanecían en el maletero del todoterreno.
Era increíble (y desde luego un encanto) ver lo bien que se llevaban los cuatro a pesar de la diferencia de edad. Y, extrañamente, Lucía con sus siete añitos y Ramón con catorce tenían una complicidad especial. Ramón ejercía de primo mayor con la pequeña, mientras que a Lucía le encantaba tener un ‘primo-amigo’ (como ella lo llamaba) tan alto que estaba dispuesto siempre a defenderla ante cualquier contratiempo, y que iba tras ella para consolarla cuando se enfadaba y corría a esconderse en algún rincón. Por otro lado, Amparo y su primo Alejandro, con once y nueve años respectivamente, se pasaban el día juntos. Además, a pesar de la diferencia de edad, Amparo era sólo unos cuatro o cinco dedos más alta que Alejandro. En este hecho no solamente tenían que ver los genes («A alguien de la familia habrás salido, hija», la consolaba su madre cuando se quejaba de su estatura, ya que tanto sus padres como su hermano eran más bien altos); también era fundamental el hecho de que Alejandro comía aproximadamente el doble de espaldas, y sobre todo con una fuerza que aún no controlaba y que le costaba a su madre, de tarde en tarde, que la cintura se le resintiera cuando su hijo le daba un ‘abrazo de oso amoroso’.
En buena parte, esa conexión entre los primos era lo que había hecho que la familia decidiera hacer aquel viaje junta.
Los padres de Ramón y Amparo, Elena y Lorenzo, eran un matrimonio bien avenido que regentaba un pequeño negocio textil a las afueras de Almería, mientras que Ana y Javier (los padres de Alejandro y Lucía) llevaban doce años de feliz matrimonio y eran veterinarios y dueños de su propia clínica en el centro. Extrañamente, no eran ellos los dueños de Robin. Tener un animal, decía Ana, sería como llevarse el trabajo a casa. Robin pertenecía a la camada de una ‘clienta’ beagle de la clínica veterinaria, y su dueña no sabía qué hacer con ocho cachorros. Así que no dudó un instante cuando Ana le dijo que su hermana Elena quería un perro. De hecho, se mostró encantada y quiso regalarle los siete restantes, pero tanta generosidad le pareció excesiva a Elena, a la que le bastaba y sobraba con un cachorro revoltoso.
Los yayos, Enrique y Marina, llevaban algunos años retirados del ejercicio de la abogacía, aunque continuaban visitando de tarde en tarde los juzgados para no perder el contacto con los viejos compañeros de la profesión, aun cuando se quejaban de que de los buenos ya quedaban pocos, que había demasiado niñato estirado y engominado recién salido de la facultad de Derecho, ignorantes todavía de que la sapiencia en esa profesión la daba la experiencia y no las cuatro leyes que te enseñan los libros de texto. Pero, por supuesto, de lo que no se habían retirado era de las cañitas del mediodía en el Mini Bar, un pequeño bar sito en el centro de Almería, que todos los jueves de una a tres era punto de encuentro de los abogados almerienses con solera.
Ante la huida de sus nietos, Marina sólo pudo decir una cosa, sin estar segura de ser escuchada:
—¡Ramón, cuida de tu prima!
A los pocos minutos, la berlina aparcó junto al otro vehículo. Llegaron justo en el momento en que Enrique y Marina, rodeados de maletas, sacaban los últimos bultos del maletero. Los cuatro ocupantes del vehículo se apresuraron a bajar del coche.
—¿Y los niños, ya se han perdido? —preguntó Elena mientras acudía al auxilio de su madre, que intentaba bajar, no sin problemas, las bicis.
—Déjalos, estarán por ahí investigando —contestó Javier mientras cogía una bolsa de deporte.
—No, de eso nada. Aquí todos tenemos que ayudar. —Elena, delgada pero de fuertes brazos y carácter, se volvió hacia su marido—. Lorenzo, busca a Ramón y a Amparo, que vengan a ayudar.
Su marido se acercó, y tras él, Ana.
—Deja a los críos, que están alucinando —replicó Lorenzo—. De todas maneras no pueden entrar, porque llevo yo las llaves.
—Venga, pues ve abriendo para poder ir metiendo maletas —dijo su mujer.
—¿Habéis visto el castillo? —dijo Ana, recogiéndose la melena castaña con un coletero que llevaba en la muñeca—. Es chulísimo.
Absortos en sacar el equipaje y debido al cansancio de un viaje tan largo, ninguno había contemplado aquella fortaleza medieval de dos plantas. Aún conservaba en buen estado su fachada exterior original, con gruesos muros de piedra, numerosas ventanas y algún que otro ventanuco.
Lorenzo se acercó, llaves en mano, a la puerta principal.
—¡Ostras, qué guapo! ¿Verdad, tito Loren?
Se giró sobresaltado. Alejandro, a su lado, miraba entusiasmado la construcción.
—¿Y tú de dónde sales?
El niño se limitó a encogerse de hombros.
—De por ahí.
Cuando abrieron la gruesa puerta de madera las bisagras anunciaron su llegada chirriando, y los nuevos inquilinos de aquella antigua fortaleza se adentraron en el amplio recibidor, de unos cuarenta metros cuadrados.
La construcción estaba bien conservada y el escaso mobiliario era funcional, imitación de los muebles de la época.
Seis tapices de variados colores adornaban las paredes, tres en la pared izquierda y tres en la derecha, entre los dos ventanales.
Frente a la puerta de entrada, en el lado opuesto, dos soberbias armaduras custodiaban el arco que lo separaba del resto de la vivienda.
En el centro, una mesa cuadrada con un candelabro de hierro hacía las veces de recibidor, y unida al techo por una gruesa cadena, una arcaica lámpara redonda de madera, como de un metro de diámetro, coronaba la sala.
—Nada más que la entrada ya es más grande que mi salón —dijo Ana, asombrada—. Así que cómo serán las demás habitaciones.
—Mira —dijo Elena—. Han tenido el detalle de abrir las ventanas para que la casa esté ventilada.
—Lo primero que habría que hacer es buscar las sábanas para hacer las camas —dijo Marina—. ¿Te dijeron en la agencia dónde están cuando te dieron las llaves, Javier?
—Me han dicho que encima de cada cama están sus sábanas y una manta por si tenemos frío. Además, en el armario de una de las habitaciones de matrimonio hay toallas.
En ese instante, los cuatro niños y el perro entraron en tropel por la puerta y empezaron a corretear por todos sitios, investigando cada centímetro de la habitación, ansiosos por comenzar sus aventuras, hasta que Alejandro reparó en las armaduras y se quedó ensimismado, con los ojos muy abiertos. A los pocos segundos, su hermana se le unió con idéntica expresión y después lo hicieron sus primos. No era la primera vez que veían ese tipo de figura, pero aquéllas impresionaban por su tamaño y ostentación: las figuras debían de medir por lo menos dos metros y vestían una brillante armadura plateada que les cubría desde los pies hasta la cabeza. Destacaban algunos refuerzos de un dorado chillón en los codos, rodillas y pies. Flecos rojos y dorados sobresalían bajo la armadura en la cintura. Las manos, a la altura del pecho, sujetaban por la empuñadura una magnífica espada plateada que se apoyaba con la punta en el suelo. Un yelmo también plateado cubría la cabeza, y tres largas plumas rojas y doradas lo adornaban en un lateral.
Les impresionaron hasta tal punto que Alejandro se aproximó para contemplarlas más cerca aún, resonando en su cabeza las historias de fantasmas que su primo les había contado. Intentó descubrir (pero deseando no hacerlo) unos ojillos brillantes en la oscuridad del visor del yelmo.
Elena les sacó del trance desplegando un pequeño mapa de papel que sacó del bolsillo.
—Niños, atención. Un momento, por favor… Lucía, deja ya la armadura y ven aquí. Escuchadme… Ramón —se dirigió a su hijo ante la expectación de todos—, tú eres el mayor, así que estás a cargo de la expedición.
—A sus órdenes, mi sargento. —El adolescente se cuadró—. Al mando del comando.
—Según el plano, en esta planta…
—¡Qué guay! —la interrumpió un Alejandro emocionado y nervioso, olvidándose momentáneamente de las armaduras—. ¡Vamos a vivir en un castillo con mapa! ¡Cuando se lo cuente a mi pandilla del parque van a alucinar!
—… En esta planta —continuó Elena, resoplando por la interrupción de su sobrino y consultando el plano—, tenemos la cocina, una despensa, un cuarto de baño, y parece que dos salones. Todos los dormitorios están arriba, así que subís y buscáis dos habitaciones con camas dobles, las que más os gusten.
—No, mami —replicó Amparo erigiéndose la portavoz de los menudos—. Ya lo hemos hablado y queremos una habitación para los cuatro.
—Amparo, por favor, no empecéis ya a poner pegas, caramba. Son las cinco y media —la reprendió mirando su reloj—. Estamos cansados del viaje y todavía tenemos que organizarnos en la casa, deshacer las maletas y acercarnos al pueblo para comprar.
—¡Jo, mamá! ¿Qué tiene que ver que queramos dormir en la misma habitación con que tengamos que comprar?
Elena suspiró sabiendo que su hija tenía razón. Pero estaba cansada del viaje y eso le alteraba los nervios.
—Tú no te preocupes, que nosotros nos organizamos solos. ¿A que sí? —dijo volviéndose hacia su hermano y sus primos.
—¡SÍIII! —contestaron al unísono.
—Nosotros subimos y nos buscamos una habitación chula, ¿vale, mami? Porfiiiis —suplicó poniendo los ojitos como ella sabía cada vez que quería conseguir algo.
—Porfiiis —corearon sus primos y su hermano.
Robin, que no paraba de corretear de un sitio a otro olisqueándolo todo, se unió a la moción a base de ladridos.
Elena se volvió hacia su hermana.
—¿A ti qué te parece, Ana?
—Que hagan lo que quieran. Si quieren estar los cuatro juntos, yo creo que no hay ningún problema. Al menos por mi parte.
—De acuerdo, aprobado.
Ramón se cuadró ante sus primos y su hermana.
—¡Atención, comando! En fila de a uno de mayor a menor.
Los tres niños, dando unos zapatazos que retumbaban en la inmensa construcción, hicieron una fila y marcharon, con Ramón en cabeza, en busca de las escaleras y de un dormitorio para los cuatro mientras los mayores inspeccionaban el piso de abajo.
—¡AAAALTO! —gritó Ramón cuando llegaron arriba.
Los tres niños obedecieron.
—Ahora dispersaos para encontrar una habitación.
La planta de arriba la formaban seis dormitorios, tres de ellos con camas de matrimonio y los demás con camas simples, y dos cuartos de baño. Al fondo del pasillo, una puerta cerrada con una reja y un candado impedía el paso a las estrechas escaleras de caracol que subían a la torre.
—¡MISIÓN CUMPLIDA, COMANDANTE! —gritó Alejandro al poco.
Los tres niños acudieron a la llamada.
—Genial. Es perfecta —observó Amparo.
Era una habitación amplia con cuatro camas juntas, cubiertas con una colcha, cada una de un color: azul, verde, roja y naranja. Sobre ellas, una amplia ventana desde la que se veía el pinar que rodeaba al castillo. Sería perfecta para despertarse por la mañana escuchando el canto de los pájaros. En la pared de la derecha, un armario. Justo lo que necesitaban.
—¡Hala! ¿Por qué no hay una colcha rosa? —protestó Lucía—. ¡Yo quiero una colcha rosa!
—¡Lucía, no hay ninguna colcha rosa! —le explicó su prima—. ¿No lo ves?
—Pues entonces yo quiero la cama pegada a la pared y la colcha azul.
—¡De eso nada! —se quejó su hermano—. ¡La azul la quiero yo! Además, lista, la cama pegada a la pared tiene la colcha naranja.
—Alejandro, qué más te da —intervino Ramón—. Las colchas se pueden cambiar. Dale la azul a tu hermana, venga.
Después de un rato de conversaciones, tratos y pactos, cada uno se agenció una cama: Lucía se salió con la suya y consiguió la que se encontraba pegada a la pared y la colcha azul. A su lado, Alejandro con la colcha verde, después Amparo con la naranja, y por último Ramón con la roja.
Los seis adultos subían las escaleras cargados de maletas cuando casi son arrollados por los niños que bajaban en busca de sus bolsas de deporte. A los pocos minutos, cada matrimonio se encontraba en su habitación guardando la ropa en los armarios y haciendo las camas.
—Javier, ¿te encargas de terminar con esto y de ayudar a los niños con sus cosas? —preguntó Ana mientras guardaba sus camisetas en el armario.
—Claro.
—Así me bajo yo con Elena a la cocina y vamos haciendo la lista de la compra.
—Mira también por si hay que comprar algo de menaje o de limpieza…
—No te preocupes, ya nos encargamos nosotras —dijo Ana mientras rebuscaba en su bolso. Sacó una libreta de notas y un bolígrafo.
Le dio un beso a su marido y salió en busca de su hermana.
—¡Acuérdate de las pipas! —le gritó Javier, esperando que no se olvidara del pequeño vicio que compartía el matrimonio.
—¡Tranquilo, lo tengo presente! —le contestó de lejos.

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