Las amapolas del emperador

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Cuando la poderosa familia Maichi, que gobierna un amplio territorio en las áridas llanuras del Tíbet, entra en conflicto con un cacique vecino, los nacionalistas chinos acuden en su auxilio. A cambio les piden que abandonen el cultivo de cereales para plantar amapolas, un recurso valioso para el tráfico de heroína respaldado por los nacionalistas. La transacción enriquece aún más a los Maichi, pero les proporciona nuevos y peligrosos enemigos.

El jefe Michi decide iniciar el nuevo cultivo y enriquecerse con su comercio, convirtiéndose de inmediato en la envidia de los demás jefes feudales de la zona. Cuando el hijo idiota es enviado por su padre a través de un vasto territorio, descubrirá que los demás jefes se han adueñado de la preciosa semilla. Si inicia entonces una cruenta guerra por el control del opio, con el transfondo de las luchas por el cambio político, los conflictos familiares y las pasiones amorosas.

El autor, Alai, de origen tibetano, vive en Sichuan, China. Ha escrito varias colecciones de cuentos y es director de la revista de ciencia ficción más importante de China, Science Fiction World.

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Su reacción me divirtió, así que señalé:

-Estás asustado. ¿Por qué? No hay motivo.

Pero Choedak se negó a admitir la verdad.

-No estoy asustado. No he hecho nada malo.

-No, no has hecho nada mal, pero aun así estás asustado.

-De hecho no es a mí a quien temes, sino a las reglas del cacique -observó Aryi con cara inexpresiva y voz serena.

El platero rió, aunque su cara permaneció pálida.

-Puede que tengas razón.

-De acuerdo, ya puedes irte -dije.

Se marchó.

Aryi y yo comenzamos a jugar. Él jugaba bien, sin ceder un ápice, y perdí varias partidas seguidas. Cuando el sol se elevó en el cielo, mi frente estaba perlada de sudor.

-Maldita sea, Aryi. ¿Por qué te empeñas en ganarme si eres un esclavo?

Debo reconocer que Aryi era muy listo. Me miró a la cara y luego directamente a los ojos para comprobar si estaba enfadado de verdad.

-Sois el amo -dijo- y estoy obligado a obedecer todas vuestras órdenes. ¿Eso incluye perder a este juego?

Repasé el dibujo del tablero.

-Muy bien. Vénceme otra vez.

-Mañana castigarán a alguien -dijo.

Eso me pilló por sorpresa. Por 1o general, yo sabía todo 1o que ocurría en nuestro territorio, como quién había violado una regla y cuál sería el castigo. Pero esa vez no había oído nada, así que dije:

-Vamos, juguemos. Hay demasiada gente en nuestra tierra para que los mates a todos.

-Sé que esta persona os cae bien -repuso Aryi-, y no quiero que nos odiéis a mi padre y a mí por tener que castigado. Todos los demás nos odian. –Por fin me di cuenta de a quién iban a castigar.- ¿Queréis ir a verlo, joven amo?

Yo sabía que sería incapaz de odiar a ese joven pálido que hablaba con voz monocorde. Había sido la familia Maichi la que lo había convertido en lo que era.

-Nadie puede visitar las mazmorras sin permiso -respondí.

Me enseñó una tablilla de madera decorada con la cabeza de un tigre. La negra figura había sido grabada en la madera con un hierro para marcar reses. Era un pase para entrar en las mazmorras. Antes de aplicar su castigo, el verdugo siempre iba allí para comprobar el estado físico y mental del prisionero y actuar con seguridad cuando llegase el momento. Prefería hacer un trabajo rápido y limpio, salvo, naturalmente, que el cacique quisiera ver sufrir a la víctima.

De modo que fuimos a las mazmorras, donde el hombre que quería establecer su nueva secta en nuestras tierras estaba leyendo junto a la ventana. Cuando el guardia nos abrió la puerta de la celda, pensé que aquel hombre simularía que no estábamos allí, fingiendo estar abstraído en la lectura. Era lo que solía hacer la gente culta.

Pero Wangpo Yeshi dejó el libro en cuanto me vio entrar. -Mirad quién está aquí -dijo con serenidad y un esbozo de sonrisa sarcástica en los labios.

-¿Estás leyendo sutras? -pregunté.

-Estoy leyendo una historia. -Hacía unos meses, el Buda Viviente Jeeka le había regalado un libro escrito en tiempos remotos por un lama loco. Por 10 visto era muy interesante.- Vuestro Buda Viviente me ha dicho que muera en paz, ya que él conducirá mi espíritu para que sirva como guardia del templo de la familia Maichi.

Yo no le escuchaba con atención, pues me había distraído el sonido del agua del río al otro lado de la ventana. Me gustaba aquel sonido. El joven lama me miró en silencio durante un rato y flIlalmente dijo:

-Antes de que mi cabeza se despida de mi cuerpo, quiero aprovechar la oportunidad de dar las gracias al joven amo.

Sabía que yo le había enviado los sutras y había liberado a su mula. Sin embargo, en lugar de llenarme los oídos con elogios sobre mi persona o quejas contra otros, me entregó un librito escrito con polvos de oro que había recibido como limosna. Me advirtió que nada de lo que decía era inaceptable para la familia Maichi. Se trataba simplemente de un resumen de las enseñanzas de Buda que todas las sectas deberían seguir. Cuando lo cogí, sentí que algo ardía en mi corazón. Había oído que aquellos libros estaban llenos de sabiduría y pensamientos benevolentes, de manera que le pregunté a aquel hombre que estaba a punto de ser ejecutado si el que me daba contenía esas cosas.

-Sí -respondió-. Así es.

Le pregunté si las demás sectas, como la del Buda Viviente Jeeka, también leían ese libro. Cuando respondió afirmativamente, me quedé perplejo.

-Entonces, ¿por qué se odian entre sí?

Debí de poner el dedo en la llaga, ya que permaneció callado durante largo rato. En consecuencia, volví a fijar mi atención en el agua que corría hacia el este al pie del precipicio. Wangpo Yeshi suspiró.

-Dicen que el joven amo es idiota, pero yo sé que sois inteligente. Sois inteligente porque sois idiota -añadió-. Por favor, perdona esta falta de respeto de un moribundo.

Habría querido decir que lo perdonaba, pero tuve la sensación de que no significaría mucho para él, así que guardé silencio, recordándome que pronto iba a morir. Aunque el sonido del agua tumultuosa volvió a llenarme la cabeza, conseguí grabar en mi memoria todo 10 que dijo. Su incapacidad para predicar sus creencias en nuestro territorio había hecho que se planteara muchas preguntas durante todo el invierno. No eran preguntas pro pias de un monje, pero no había podido eludirlas. Finalmente había dejado de odiar a las demás sectas, aunque aún tenía que afrontar el odio de éstas hacia él.

-¿Por qué, en lugar de enseñarnos a amar, la religión nos enseña a odiar? -preguntó.

Cuando Aryi Y yo regresamos al patio, advertí cuánto mejor se estaba allí que en las mazmorras, cuyos largos corredores y escaleras de caracol eran insoportablemente fríos y húmedos.

-Mañana seré yo quien haga el trabajo -dijo Aryi.

-Será tu primera vez. ¿Tienes miedo?

Negó con la cabeza, y su pálida cara se ruborizó como la de una niña.

-Si eres verdugo, estas cosas no te asustan. Sólo las temen quienes no son verdugos.

Era una frase muy inteligente, muy filosófica, que merecía quedar escrita como el dicho de un verdugo. En poco tiempo había oído dos frases interesantes. La primera, en las mazmorras: ¿Por qué, en lugar de enseñarnos a amar, la religión nos enseña a odiar? Ahora Aryi había pronunciado otra. Ambas eran perspicaces y dignas de inmortalizarse. Pero en el transcurso de la historia, muchas frases semejantes habían desaparecido como polvo diseminado o humo disipado.

A la hora de la cena, después de que encendieran las velas y antes de que los criados trajeran la comida, aproveché la ocasión para preguntarle a Padre:

-¿Mañana vamos a ejecutar a alguien?

Mi pregunta debió de sorprenderle, porque soltó un sonoro eructo. Sólo eructaba cuando había comido en exceso o cuando estaba sorprendido.

-Sé que ese hombre te cae bien, por eso no te dije que íbamos a ejecutarlo. -y añadió-: Si intercedes por él, estoy dispuesto a rebajarle la condena.

Sirvieron la comida, así que no dije nada más.

El primer plato era puré de patatas con manteca de cerdo, y luego sirvieron chuletas de cordero y unas tortas de cebada con rnielllamadas tsampas.

Los criados apilaron la comida formando pequeños montículos, que nosotros derrumbamos lentamente mientras avanzaba la comida. Cuando llegó su turno de comer, Tharna apenas probó bocado. Más tarde, por la noche, le dije:

-Tienes que comer más; de lo contrario, tus caderas nunca se cubrirán de carne. -Rompió a llorar, sollozando y diciendo que ya no me gustaba.- Sólo he hablado de tus caderas -dije-. Me pre gunto cómo reaccionarías si me metiera con tus pechos.

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3 Opiniones

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    Colossus
    on

    ¿No es un poco moderna para ser llamada novela histórica?

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    Fernando
    on

    Tu comentario me plantea una duda: ¿cuánto tiempo hace falta para considerar que es novela histórica? ¿En qué momento deja de ser actualidad?

  • Avatar
    Ferm
    on

    Hombre, ha llovido mucho desde 1930. Creo que sí es histórica.

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