Las aventuras de Robin Hood

Robin de Locksley, Robin Fitzhood o Robin Hood son sólo algunos de los nombres atribuidos históricamente al popular arquero de Sherwood, cuya historia hunde sus raíces en una serie de baladas y leyendas medievales inglesas que nos presentan inicialmente a un simple salteador de caminos para convertirlo con el tiempo en un proscrito justiciero y finalmente en un noble despojado injustamente de sus tierras.

En 1820, Walter Scott recupera al héroe medieval como secundario de lujo en su novela Ivanhoe. Desde entonces han proliferado las versiones modernas de las andanzas de Robin de los bosques. Las más destacadas son las adaptaciones de Howard Pyle (The Merry Adventures of Robin Hood of Great Renown in Nottinghamshire, 1883), de Roger Lancelyn Green (The adventures of Robin Hood, 1956) y de Paul Creswick (Robin Hood, and his adventures, 1903), versión que recoge la presente edición.

Paul Creswick (1866-1947) fue un especialista en la adaptación de clásicos para jóvenes, además de un experto en novelizar etapas históricas semilegendarias, como las crónicas del rey Arturo. Para desarrollar su historia de Robin Hood, recogió cuidadosamente cada detalle referido en los textos antiguos sobre el célebre proscrito, y su afán de exhaustividad le llevó a añadir una novedad de su cosecha: la infancia de Robin.

El volumen cuenta con las ilustraciones a color de todo un clásico de las aventuras: N.C. Wyeth.

ANTICIPO:
Robin vio que el torneo había concluido y que, después de todo, los caballeros rojos habían salido vencedores. Recayó en Geoffrey el honor de adelantarse y recibir la corona de laurel. Bajando su lanza, Geoffrey hizo que su caballo doblase sus rodillas ante el palco real; y Master Monceux, después de un pomposo discurso, colocó el distintivo de la victoria en la lanza de Geoffrey. Por un instante el caballero desconocido alzó su celada. El hombre de la cara delgada sentado a la derecha del sheriff intercambió una rápida mirada de entendimiento con el caballero.

El sheriff asintió con la cabeza para dar a entender al caballero que quedaba satisfecho. Con la celada bajada, el Caballero Escarlata se retiró lentamente y con tranquila dignidad, seguido cumplidamente por Stuteley, dio una vuelta al campo del honor y luego regresó al palco de Monceux. Volvió a saludar y a extender de nuevo su lanza hacia el sheriff, de la que aún pendía la corona de laurel.

–Va a devolver la corona, ¿por qué? –preguntó Robin.

–Para ella, a quien el sheriff va a otorgar el título de Reina de la Belleza –explicó Warrenton–. Es una costumbre tonta. Master Geoffrey, en asuntos de etiqueta, sabe que la fruslería ha de ir a manos de la joven señorita. De otra manera, el sheriff se hubiera dado por ofendido.

–¿Así que ésa es la regla? –dijo Robin–. A mí me gustaría elegir a mi propia reina.

–A Master Montfichet no le importa. Mire, la corona ha sido debidamente entregada y el sheriff va a anunciar que su hija es la Reina de la Belleza, pero sólo hasta medianoche, en todo Nottingham. También habrá algo de mascarada cuando se entregue la flecha de oro. El ganador habrá de entregársela de nuevo a la hija de Monceux, con la pretensión de que todo es suyo, al ser la Reina. Así que, después de todo, el sheriff se quedará con el premio y podrá ofrecerlo el año que viene…

Robin examinó con recelo el rostro del anciano.

–Ahora dame mi arco, Warrenton –ordenó el joven Fitzooth con cierta aspereza en la voz–, y dime cómo he de inscribirme.

–Su escudero le anunciará –respondió el otro con respeto–. Mire, ahí viene…

–El Caballero Rojo le agradece su cortesía, Master –dijo Stuteley aproximándose a Robin–. Nos esperará en la puerta de Nottingham; le ruega que acepte de él los caballos ganados en la lid, pues son suyos por derecho de conquista.

–Los aceptaré y agradécele el regalo –respondió Robin brevemente, creyendo que ésa era la respuesta que Geoffrey deseaba escuchar–. Ahora di a los heraldos que Robin de Locksley participará para obtener el premio del sheriff. No des más nombre que ése, Will –añadió en tono admonitorio y en voz baja.

Stuteley desapareció y Robin siguió con sus preparativos.

El sheriff ya había coronado a su hija y ahora ella se sentaba con actitud arrogante en el propio asiento del sheriff. Geoffrey se había ido y el palco de Fitzwalter estaba vacío.

–No voy a participar –dijo Robin de repente–. Ve, Warrenton, dile a Stuteley que regrese. He cambiado de opinión.

–¿Le duele la herida, milord? –preguntó Warrenton con solicitud–. Perdone que lo haya olvidado…

–No, no es eso. No tengo ganas de disparar. Tráeme a Will.

Era demasiado tarde. Stuteley ya había dado su nombre a los heraldos y le correspondía tirar el primero de todos. Llegó al palco casi cuando Warrenton salía a buscarle.

De mal humor, Robin tomó la aljaba de las manos del viejo sirviente y recorrió el trecho hasta llegar al lugar donde se habían reunido el resto de los arqueros. Cuando vieron a ese jovencito con la extraña capucha, sonrieron y murmuraron entre sí. Robin sacó una flecha y la atravesó en el arco.

El público se calló y esto impulsó al muchacho a ser de nuevo él mismo. Olvidó su momentáneo enojo y apuntó con cuidado. Su flecha voló recta hacia el blanco y acertó en el centro de la diana.

–¡Ha acertado! –rugieron Warrenton y Stuteley al unísono.

Robin se retiró.

–No está mal, Master –le dijo el arquero al que le tocaba el turno en un tono tranquilo–. Has conseguido una flecha de verdad…

Era Will Green, con el rostro tiznado y una barba de pelo de caballo. Sus ojos retaron irónicamente a Robin cuando ocupó su lugar. Apuntó como si no deseara mejorar el tiro de Robin, pero su flecha se situó justo al lado de la otra.

La gente aplaudió a rabiar, mientras los marcadores apuntaban los puntos correspondientes.

Los dos tiradores se mantenían aparte en silencio, rodeados del ensordecedor clamor. Una vez Will pareció que quería hablar, pero cambió de opinión. Miró durante un rato al joven Stuteley y a Warrenton, luego comenzó a murmurar el tono de una balada.

La competición siguió y concluyó la primera ronda. De los veintitrés contendientes, diecinueve habían dado en la diana. Los marcadores dieron una señal a los heraldos y éstos anunciaron los resultados con voces floridas.

Se alejaron los blancos. La distancia para la segunda ronda se fijó en cuarenta metros, la misma distancia que hubo cuando Robin y Master Will compitieron en el bosque. El bandido se ofreció a disparar primero, pero los heraldos requirieron que se mantuviera el orden de la primera vuelta.

Robin tensó su arco con tranquilidad y confianza, luego disparó la flecha que fue a parar directamente a la diana.

–¡Otra vez en pleno blanco para Locksley! –gritó Warrenton con voces estentóreas, y el público comenzó a corear su nombre: «¡Locksley! ¡Locksley!»

Will apuntó incluso con menos interés que antes. Su flecha, sin embargo, ocupó el centro con asombrosa facilidad y, en realidad, había sido un mejor disparo que el de Robin. Retiraron las flechas y les tocó el turno al resto de los contendientes. Esta ronda redujo el número de competidores a cinco. Los marcadores se llevaron las dianas a una distancia de cincuenta y cinco metros, y en verdad los blancos pintados parecían ahora muy pequeños.

Robin volvió a ocupar su puesto, pero con algo de desconfianza. Había disminuido la luz y soplaba algo de viento, lo que resultaba muy perturbador para los nervios de un arquero. Sus ojos se fijaron con algo de ansiedad hacia el palco donde había visto a la señorita Fitzwalter.

Su corazón latió con fuerza, había regresado y su extraña mirada estaba fija en él. Robin colocó la flecha en el arco. De una manera inconsciente empleó la flecha que Warrenton le había sacado del hombro.

Una vez más acertó en la diana entre los gritos de júbilo de Stuteley y del anciano servidor.

–¡Ahora mejore eso, Master Roughbeard! –gritó Warrenton.

El bandido sonrió enojado y se preparó. Tensó su arco con facilidad y gracia y sus ágiles dedos hicieron un gesto de confianza antes de soltar la flecha. Salió en busca del blanco y todas las miradas la siguieron en su vuelo.

Un bramido resonó cuando los marcadores dieron la puntuación: no había dado en la diana. Master Will hizo una señal malhumorada de incredulidad, y se aproximó al blanco para verlo con sus propios ojos. Era verdad, el viento había influido en su disparo y lo había desviado unos milímetros, y Will tenía que contentarse con la esperanza de que lo mismo le ocurriera a Robin o a los demás arqueros antes de que concluyera la ronda.

El bandido tenía un especial interés en ganar, pues así tendría la satisfacción de fastidiar al sheriff de Nottingham. Will había pensado devolver el premio –la flecha de oro– desde su fortaleza en el bosque, rota en veinte trozos, con una carta que contenía un truculento desafío. Así quería dejar claro a Master Monceux que los arqueros libres de Sherwood eran hombres mejores que los que él empleaba contra ellos y que los despreciaban con todo su corazón. Pero ahora que veía que su victoria corría peligro, su corazón se enardeció.

–No estés tan seguro, mozalbete –dijo, cuando regresó al lado de Robin–. La suerte puede desviar tu flecha, como ha hecho ahora con la mía…

–Está bien, amigo –respondió Robin sonriendo–, pero espero que mi flecha sea conducida por mi mano. Es nuestra segunda contienda, Master Will –añadió en voz baja–. No lo olvides, lo que busco como recompensa es la libertad del bosque, más aún que la flecha de oro de mi señor el sheriff.

De repente desapareció el enojo del bandido.

–Pues entonces te deseo suerte, jovencito –dijo–. Me has vencido honradamente, pues mi disparo no ha sido bien juzgado.

Con Will fuera de la competición, ésta llegó a un claro resultado. El sheriff entregó la flecha de oro a Robin de Locksley por medio de los marcadores. El muchacho se adelantó tímidamente para recibir el premio.

–Master Monceux piensa que debería disparar una vez más con el segundo arquero –le dijo alguien desde el palco del sheriff. Al mirar hacia arriba, Robin vio la cara delgada del hombre que sonreía desagradablemente hacia él.

–Que milord establezca entonces las reglas de esta nueva competición –respondió Robin–, y que dé las razones para ella.

–Se dice que ha sido favorecido por el viento y por la luz.

Al muchacho se le vino a los labios una respuesta maliciosa, pero se contuvo y con dignidad se dirigió al lugar donde estaban agrupados los arqueros. En cuanto les notificó la dificultad aducida por el sheriff, Will se puso furioso.

–Locksley se merece el premio –exclamó enojado–, niego mi derecho a compartirlo o a una nueva competición. No volveré a disparar. Que Monceux se rompa la cabeza con sus reglas y condiciones, no son para Roughbeard o para ti. Nosotros tenemos nuestras nociones de lo que es el derecho y la justicia; y si el sheriff quiere quitarte el premio, pues bien, tíraselo a la cara, amigo, y toma la recompensa que nosotros hemos añadido a él.

Otros comenzaron a protestar indignados y el público se contagió; el sheriff vio que había levantado un torbellino. «¡Locksley!», «¡Robin Locksley!», resonaba por todas partes, y tanto Warrenton como Stuteley atizaban las protestas. Al final Master Monceux hizo anunciar a los heraldos que Robin de Locksley había ganado la flecha de oro, pues el arquero que había quedado en segundo lugar no deseaba una nueva prueba.

–Si fuera necesario, mi joven Lord –murmuró el viejo Warrenton–, le mostraría cómo manipular la flecha del mejor arquero, un truco muy eficaz que una vez aprendí en Lancashire, donde han dejado poco que aprender en este arte.

–No –dijo Roughbeard en voz alta–, la flecha es suya sin más discusión, aunque en otra ocasión, si se da, ya veremos lo que ocurre. Toma o deja la flecha, haz lo que quieras, Locksley. Por mi parte, me gustaría pinchar un poco con ella a Monceux.

–Has hablado sabiamente, amigo –dijo Warrenton con aprobación–, y en cuanto a otra competición, pues bien, la tendrás hoy. Cabalga con nosotros a Gamewell y allí podrás tomar tu revancha si quieres.

–Con todo mi corazón –comenzó Robin, pero se detuvo de repente, recordando quién era en realidad Roughbeard. ¡Montfichet de Gamewell hospedando a Will Green!

El bandido se rió con buen humor por la confusión del muchacho.

–Ve, acepta el premio del sheriff y, si puedes, enójale de alguna manera al aceptarlo.

Una vez más se acercó Robin al palco de Monceux, esta vez con los ojos relampagueantes y con corazón resuelto.

–Robin de Locksley –dijo el sheriff sin ni siquiera mirarle–, aquí está mi flecha de oro que he ofrecido como premio para el mejor arquero en esta Feria. Has merecido el premio y te lo entrego con mi aplauso. Toma ahora el regalo de manos de mi hija y emplea la flecha con dignidad.

Los heraldos tocaron sus instrumentos y la demoiselle Monceux, con una débil sonrisa, ofreció a Robin la brillante flecha sobre un cojín de terciopelo, que Robin recibió doblando su rodilla.

–Cierto, es un juguete más apto para el cabello de una dama que para un arquero –murmuró el hombre de la cara delgada, que estaba muy cerca. Miró a Robin y le hizo una señal significativa, como diciendo: «Aquí está la Reina a quien le adornaría».

Pero Robin tenía otra idea en mente y vio que había llegado el momento para ponerla en ejecución. De alguna manera se las arregló para llegar al pequeño palco donde, atónita, se sentaba la hija de Fitzwalter.

–Señorita –balbuceó el joven arquero, inclinándose hacia ella–, deme la satisfacción de aceptar esta pequeña flecha que he ganado. Es un bonito adorno, pero demasiado pequeño para serme de alguna utilidad. Tal vez pueda darle un cometido más apropiado…

Y ya no pudo seguir, aunque siguió mudo delante de ella. La joven, viendo que su padre no se negaba, tomó la flecha del sheriff de las manos temblorosas de Robin.

–Te lo agradezco, Robin Hood –dijo ella con un ligero movimiento de cabeza que hizo oscilar sus negros rizos–. Acepto el regalo y lo conservaré en memoria de Locksley y de este día.

Sus ojos miraron con franqueza a los suyos por un instante y luego los cerró tras sus sedosas pestañas.

Robin regresó orgulloso y con palpitaciones al lugar donde le esperaba Warrenton, y el público aplaudió, enardecido, la elección del arquero.

–¡Bien hecho! –rugió Will, casi olvidándose de sí mismo–. Ahora aún me caes más simpático que antes.

Vio con satisfacción el rostro enojado del sheriff y que la gente no dejaba de gritar: «¡Locksley!»

El sheriff lanzó una mirada furiosa al arquero que había tomado el premio sin apenas agradecérselo, y habría hablado si su hija, con un gesto irritado, no se lo hubiera prohibido. Ella no dio ninguna muestra de la ira que la corroía por dentro, llevaba la corona real de laurel, sin ningún valor, mientras que la otra jugueteaba pensativa con la flecha de oro, preguntándose quién podría ser el joven galante que se la había dado.

Robin, Warrenton, Stuteley y Roughbeard se dirigieron hacia la puerta de Nottingham sobre los caballos de los derrotados caballeros. Habían decidido no permanecer más tiempo en la Feria: los juegos ruidosos y los torneos bufonescos que iban a seguir a la competición de los arqueros ya no tenían ningún interés para ellos.

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