Las criadas de Caifás

En 1990 fue hallado fortuitamente al sur de la parte antigua de Jerusalén un osario con los restos de Yehosef bar Qafa, el «Caifás» del Nuevo Testamento: los primeros y únicos restos físicos de un personaje nombrado en la Biblia. Pero, durante dos mil años, junto a los huesos del Sumo Sacerdote reposaron también los de una mujer, un adolescente y dos niños pequeños…

Esta es la historia de Miriam, una cautivadora mujer galilea contemporánea de Jesús que trabajó media vida al servicio del todopoderoso José de Caifás. Tras años de silencio, Miriam se decide a contar cómo fue en verdad el tiempo que le tocó vivir: un relato muy bien documentado acerca de una época y unos personajes tan fascinantes como desconocidos.

Beatriz Becerra (Madrid, 1966) estudió psicología, pero su trayectoria profesional se orientó desde muy pronto hacia el marketing y la comunicación. Durante quince años desempeñó distintos puestos ejecutivos en grandes multinacionales del entretenimiento (CBS, Paramount, Disney, Sony) hasta que en 2006 decidió dedicarse a tiempo completo a la escritura de ficción, actividad que actualmente compagina con la colaboración en distintos medios escritos y escuelas de creación literaria.

ANTICIPO:
Aleph

EL BUEY

Nadie sabe cuántas palabras conoce, ni cuántas palabras ha pronunciado desde que rompió a hablar con sentido, ni cuántas palabras le quedan por decir antes de que sus labios queden definitivamente sellados.

Hace tres años que mi boca enmudeció por un poder más grande que la voluntad. Y desde entonces, las palabras se han quedado revoloteando como mariposas nocturnas dentro de mi cabeza, aleteando en torno a mi corazón como si de una lámpara de aceite siempre encendida se tratase.

Soy una mujer mayor, de casi cuarenta años, sola y silenciosa. Todos los que amé, a mi manera extraña y despegada, ya han muerto o se han ido lejos. Mi Señor, el poderoso Caifás, relevado de su cargo y privilegios y perdida la protección de Roma tras la destitución de Pilato, decidió marcharse anoche, sin demora, llevándose a los niños consigo. Jonatán, su cuñado, deseaba ocupar su nuevo cargo y tomar posesión del palacio sacerdotal cuanto antes. Y el orgullo de mi Amo quiso ahorrarse el verlo merodear, azuzando desde el patio que comunica con la gran casa vecina de su padre, el anciano Anás.

Yo también he sido, por tanto, despedida y apartada. Pero, lejos de parecerme un castigo o un inconveniente, después de media vida en esta casa, me siento liberada por fin. Tanto, que hasta mi lengua dormida ha despertado esta mañana, y el sordo sonido del dolor, compañero de cada una de mis respiraciones, parece atenuado por una brisa desconocida.

He cruzado una y otra vez el patio con pasos silenciosos durante toda la noche. Un gran trabajo me espera para desalojar el palacio enseguida: distribuir las tareas a los criados, embalar ropas y vajillas, lámparas y alfombras, copas y joyas… los regalos romanos y los libros judíos. Despedir a los guardias fieles que han sido sustituidos por una pequeña escolta de levitas. Enviar emisarios a Cesárea para notificar al Procurador los detalles del nuevo asentamiento de mi Señor en su granja de En Gannim, junto al Monte Gilboa, cerca de Galilea. Todo será hecho con discreción y premura. Puede que mi Amo, satisfecho de esta última encomienda a su portera mayor y ama de llaves, me permita ver a los pequeños alguna vez. Quizá en alguna de las fiestas, antes de que se hagan hombres y los pierda para siempre.

Apenas comenzaba a amanecer cuando he vuelto a oír mi voz, como si fuera la de otra persona asomada al hueco de mi boca.

Con la luna creciente de Nisán aún luciendo en el cielo, había algo distinto en el aire. Una pareja de cuervos brillantes permanecían inmóviles en lo alto de la enorme higuera torcida. Me miraban fijamente, siguiéndome con sus ojos de cristal. Siempre me han gustado los cuervos. Son inteligentes y astutos, y no hay vida conyugal más estable y confiada que la de estos animales, fieles a su compañero durante toda su existencia. Estos pensamientos me detuvieron a los pies del árbol, y fue entonces cuando mi boca pronunció esas palabras antiguas: I nafqa mina. Mi lengua se había movido por sí sola, mi garganta había retumbado con el eco de aquellas tres palabras en arameo que solía decir mi padre, sonriendo, cuando sobrevenía alguna pequeña desgracia o contratiempo. «¿Qué más da?», nada es tan importante, la vida es pequeña, decía él a menudo en aquellos días luminosos de mi breve infancia en las colinas de Galilea. Noté un extraño alivio, como si mi sepulcro íntimo por fin se hubiera abierto.

En aquel momento, la pareja de cuervos echó a volar, y el mayordomo del Señor tocó tímidamente mi hombro.

—¿Estás bien, Miriam? ¿Qué ha sido eso? ¿En verdad te he escuchado hablar o es que el sueño nubla todavía mis viejos oídos?

Miré al venerable Caleb, con su lámpara en la mano, los ojos interrogantes y la boca abierta por el estupor, y le sonreí. Estimaba sinceramente a aquel honesto y sagaz jebusita, que sirvió primero como esclavo a Anás en sus años como Sumo Sacerdote, y ganó poco a poco su confianza y afecto por el celo en el cumplimiento de sus deberes y su lealtad a toda prueba. Cuando la hija de Anás se desposó con mi Amo Caifás, el anciano sacerdote destinó al fiel Caleb a su servicio, y así había dedicado más de veinte años a cuidarlos en este palacio. Ahora sólo le quedaba esperar a que su hijo mayor viniera a buscarlo para llevarlo a vivir con él y sus nietos los años que le quedaran de vida.

Yo ni siquiera tengo eso. No tengo dónde ir, ni casa ni parientes que me esperen y acojan. Permaneceré aquí para recibir al nuevo Amo, con mis pocas cosas y el fardo de recuerdos de mis casi veinte años en Jerusalén dispuestos para marcharme enseguida, si ésa es su voluntad, o para quedarme a su servicio, si así le complace.

—I nafqa mina, Caleb, ¿a quién le importa lo que pueda ya hacer o decir? Todo tiene un principio y un final.

Anduve serenamente hacia el portón principal y, como cada mañana, lo abrí con la gruesa llave que nunca se separaba de mí. La nueva guardia no tardaría en llegar.

El gallo cantó entonces, una, dos, tres veces. Me dirigí a las estancias privadas del Señor, cubrí mi cabeza con el pañuelo azul que llevaba anudado en mi brazo izquierdo y atravesé la antecámara hasta la amplia sala de oración y gabinete privado. Hacía mucho, mucho tiempo que mis pies no pisaban este frío suelo de piedra pulida con incrustaciones de ónix y alabastro. Al fondo quedaba la gran puerta de su dormitorio y el vestidor. Observé con detenimiento cada detalle de aquella sala rica y sagrada para fijarla para siempre en mi memoria.

Sobre la gran mesa de roble tallado descansaban los libros antiguos, las genealogías de los reyes, la voz de los profetas, y también los pergaminos romanos y una resma de rollos de fino papel perfumado con almizcle. Conocía bien ese papel inmaculado que Pilato suministraba regularmente al Amo como una de sus gracias o acuerdos personales. Traído directamente de Alejandría, de fabricación perfecta, del que sería imposible conseguir un rollo pequeño por menos de diez siclos.

Me senté en la alta silla de respaldo brocado. Recordé la primera vez que pude ver y tocar aquel papel virgen, y muy despacio, lo extendí ante mí, acariciándolo con los dedos.

Hoy, víspera de la Pascua del año trigésimo séptimo del quinto milenio de Adán, en este papel olvidado digno de una reina, yo, Miriam de Séforis, hija de Sara, comienzo así el pobre testimonio de mi vida infausta. Se lo ofrezco a Jehová como prenda del perdón que pretendo y no merezco, y como efímero rastro para mis hijos perdidos, que ya no habrán de saber quién fue su madre en esta tierra de Israel.

compra en casa del libro Compra en Amazon Las criadas de Caifás
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑