Las doce moradas del viento

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El fragmento elegido de esta antología corresponde a El viaje, y, en palabras de su autora «este cuento se publicó cuando el problema de las drogas estaba en su apogeo y una de las reacciones que provocó fue que alguien dijera que yo estaba tratando de sacar provecho de un tema candente. Eso me hizo gracia, dado mi infalible talento para perder la nave en la que navega la gente que se pone a la moda, y también porque de alguna manera la clave de este pequeño relato está en que Lewis no hace el viaje químico, sino que llega allí por su cuenta… con una ayudita de su amigo.

Pero tampoco es un cuento antidroga. Mi única opción decidida sobre las drogas (marihuana, alucinógenos, alcohol) es que estoy en contra de la prohibición y a favor de la educación. Tengo que admitir que la gente que expande sus estados de conciencia viviendo en vez de consumiendo productos, por lo general regresa con relatos mucho más interesantes acerca de donde han estado. Admito que yo misma soy una adicta (tabaco), y sería necia si condenase a alguien por una dependencia similar.»

Ursula K. Le Guin anticipa ya muchos de los temas y motivos que la gran autora del género fantástico desarrolló en su obra posterior. Así, por ejemplo, es evidente que El collar de Semley es un anticipo de la célebre novela El mundo de Rocannon, El rey de Invierno presenta ya el Planeta Ghethen que será escenario de La mano izquierda de la oscuridad, La palabra que desliga y El poder de los nombres anuncian ya la trilogía de Terramar y El día anterior a la Revolución, relato por el que obtuvo los premios Nebula, Jupiter y Locus, narra los antecedentes de la revolución que tendrá lugar en el planeta Urras en Los desposeídos. Es una espléndida antología que incluye cuentos tan impactantes como Abril en París, Los Maestros, El rey de invierno, Cosas

ANTICIPO:
Mientras tragaba la sustancia supo que no debía tragarla, lo supo con seguridad, de la misma manera que un conductor ve venir un camión en línea recta hacia él a 110 km/h. Repentinamente, íntimamente, finalmente. La garganta se le cerró, el plexo solar se le anudó como una anémona marina, pero ya era muy tarde. No te puedes permitir tener todo. El miedo lo enreda todo, y manda a aquellos pocos infelices, un porcentaje muy pequeño, al depósito loco, a agacharse en los rincones sin decir palabra…

No hay nada que temer con la excepción de temor.

Sí señor. Sí señor don Roosevelt señor.

Lo que hay que hacer es relajarse. Pensar cosas agradables. Si la violación es inevitable…

Contempló a Rich Harringer mientras abría su pequeño paquete (compuesto con precisión y envuelto higiénicamente por un par de tipos que cursaban la escuela primaria de química gracias al método americano aprobado de la empresa libre; sin duda algo ilegal, pero eso no es raro en América, donde tan pocas cosas son legales que hasta un niño pequeño puede ser ilegal) y tragaba el pequeño caracol amargo con gozo deliberado y ceremonioso. Si la violación es inevitable, relájate y goza. Una vez a la semana.

¿Pero existe algo invetible aparte de la muerte? ¿Por qué relajarse? ¿Por qué gozar? Lucharía. No haría un mal viaje. Lucharía concienzuda y deliberadamente contra la droga, sin pánico pero con resolución, y vería quién triunfaba. En ese rincón, LSD/betano; y en este rincón, damas y salvajes, LSD/B.A., M.A., 62 kg., el Llorica de Sonoma, usando baúles blancos, maletas rojas y bolsas azules. ¡Dejadme ir, dejadme ir! Clang.

Nada sucedió.

Lewis Sidney David, el hombre sin apellido, el judeocelta, arrinconado en su esquina, miró con cautela a su alrededor. Sus tres compañeros parecían normales, aunque fuera de su alcance, estaban enfocados. No tenían aura. Jim estaba echado en el sofá leyendo Murallas; quizá deseaba un viaje a Vietnam, o a Sacramento. Richard estaba adormilado, pero siempre estaba adormilado, aun cuando almorzaba gratis en el parque, y Alex estaba punteando en la guitarra. La satisfacción infinita del acorde. La satisfacción infinita de la cuerda. Sursum corda. Si se desplaza con una guitarra a cuestas, ¿por qué no puede sacarle alguna melodía? No. La irritabilidad es un síntoma de que se está perdiendo el autocontrol; suprímela. Suprime todo. ¡Censor, censor! ¡Pelea, equipo, pelea!

Lewis se levantó, observando con placer la pronta desenvolturade sus reflejos y la perfección de su sentido del equilibrio, y llenó un vano de agua en el vil fregadero. Pelos de barba, esputos de Colgate, manchas de óxido y restos de comida, un fregadero de perversidad. Un fregadero pequeño, pero mío. ¿Por qué vivía en ese vertedero? ¿Por qué había pedido a Jim y a Rich y a Alex que vinieran a compartir con él sus terrones de azúcar? Ya era suficientemente piojoso como para convertirlo además en un fumadero de opio. Pronto estaría lleno de cuerpo inertes, de ojos que saltarían como canicas y rodarían bajo la cama para reunirse con el polvo y las ruinas que acechaban desde allí. Lewis llevó el vaso de agua hasta la ventana, bebió la mitad, y empezó a volcar delicadamente el resto sobre las raíces de un olivo en miniatura plantado en una maceta emparchada que valía diez centavos.

-Bebe conmigo -dijo, mirando al árbol desde más cerca; medía doce centímetros pero era muy similar a un olivo, nudoso y perdurable. Un bonsái. ¡Banzai! ¿Pero dónde está el satori? ¿Dónde está el significado, la mejoría, todas las figuras y los colores y los significados, la intensificación de la percepción de la realidad? ¿Cuánto tiempo necesita para actuar este maldito mejunje? Allí estaba us olivo. Ni menos, ni más. Insignificante, sin haber crecido. Los hombres gritan «Paz, Paz», pero la paz no llega. No hay suficientes olivos debido a la explosión demográfica de la especie humana. ¿Era aquello una Percepción? No, cualquier cabeza de melón podría percibir eso sin la ayuda de drogas. Oh, vamos, veneno, veneno, envenéname. Ven, alucinación, ven para que pueda luchar contra ti, repelerte, rehusarte, perder la lucha y volverme loco, en silencio.

Como Isobel.

Por eso era que vivía en aquel vertedero, y por eso era que había invitado a Jim y Rich y Alex, y por eso era que se había tomado un viaje con ellos, un crecero de placer, una vacación a bordodel pintoresco Old Erewhon. Estaba tratando de ponerse a tono con su mujer. Lo más difícil de tener que contemplar cómo va enloqueciendo tu mujer es que no puedes seguirla. Se aleja más y más, sin mirar atrás, en un largo viaje al silencio. La lira enmudece y los psiquiatras también mienten. Te encuentras detrás de la pared de vidrio de tu cordura como alguien que ve un accidente desde el aeropuerto. Gritas: ¡Siobel!». Ni visto ni oído. El avión se estrella en silencio. Ella no oye su nombre gritado. Tampoco le pudo hablar. Las paredes que ahora los separan son de ladrillo, muy sólidas, y él podría estar a su antojo en su propia casa cuerda de cristal. Tirar piedras. Tirar alfas. Tintín, crash.

LSD/alfa no te volvía loco, por supuesto. Ni siquiera te desenreda los cromosomas. Solamente te abre la puerta a las realidades más elevadas. Supuso que la esquizofrenia hacía lo mismo, pero en ella el problema era que no podía hablar, no podía comunicarte, no podías decir nada.

Jim había abandonado sus Murallas. Estaba sentado de una forma notable, inhalando. Se iba a encontrar con la realidad del modo correcto, como un lama, hombre. Era una verdero creyente y su vida estaba ahora centrada en la experiencia del LSD/ a como la de un místico religioso en su disciplina mixta. Sin embargo, ?podías seguir haciéndolo una vez a la semana durante dos años? ¿A los treinta? ¿A los cuarenta y dos? ¿A los sesenta y tres? Encontrarás la vida terriblemente monótona y adversa; necesitarás un monasterio. Maitines, nonas, vísperas, silencio, muros, grandes y sólidas paredes de ladrillo. Para mantener fuera a al grosera realidad.

Vamos, alucinógeno, empieza. Alucínate, alucina. Destroza la pared de cristal. Llévame a un viaje en el que haya estado mi esposa. Persona perdida, 22 años, 1,61 m, 42 kg de peso, pelo castaño, género humano, sexo femenino. Nunca fue buena caminadora. Podía alcanzarla saltando a la pata coja… No.

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