Las extrañas bodas

La extrañas bodas pertenece a las Aventuras extraordinarias de Joseph Rouletabille, reportero, que comenzasen con El misterio de Cuarto amarillo en 1908. En las distintas novelas, Rouletabille, reportero del diario L’Epoque, acompañado por su colega La Candeur y su criado Modeste, viajará a la Rusia de los zares, a la Bulgaria durante la guerra de los Balcanes o a Turquía. Todo ello antes de la Primera Guerra Mundial, entre balas, metralla y la búsqueda de Ivana Vilitchkov, la “lobezna de los Balcanes”, una joven hermosa y misteriosa, de quién está enamorado el reportero.

Jean Cocteau diría de las novelas de Rouletabille: “he leído muchas novelas policiales, pero nunca he encontrado, ay, el lirismo absurdo y magnífico de Fantomas, el encanto ingenuo de Arsene Lupin, la ternura melancólica de Rouletabille…

ANTICIPO:
La Candeur respiraba ruidosamente, por lo cual Rouletabille le rogó que dominara los movimientos de su tórax; Atanasio enrollaba las cuerdas en silencio, pensando que sólo se hallaban en los prolegómenos de la tarea, y Priski, mirando a los tres con admiración, confesó:

-Ignoro qué saldrá de todo esto, pero ustedes me están pareciendo verdaderos «mirlos blancos». Nada les detiene, todo les sale bien, tienen ojos rojos que ven en la oscuridad. En el fondo ¿qué es la vida? ¡Sufrimiento, duda, angustia, desesperación! y no saber adónde vamos ni de dónde venimos…

-¡Calla, Priski de mi corazón! ¡Calla! -le ordenó Rouletabille.

-Ignoro adónde vamos y cómo volveremos, pero deseo que no sea por ese camino -ponderó La Candeur, cerrando herméticamente el orificio de la mazmorra.

-¡De rodillas, de rodillas! Veo un centinela allá en la plataforma.

-Es la plataforma de vigilancia -aclaró Priski-. Los otros puestos de guardia de abajo no nos molestan; pero si queremos volver al torreón por las cortinas y los tejados no tenemos más remedio que pasar por delante de este centinela, cosa muy fastidiosa porque no dejará de dar la alarma.

-Creo -afirmó Rouletabille tras haber examinado desde el sitio elevado en que se encontraba la distribución general del castillo-, creo que nos veremos obligados a deshacemos de él.

-Haremos ruido, señor -se asustó Priski.

-No.

Rouletabille había dado la vuelta a la plataforma en que Se hallaba, la cual comunicaba con el barrio de los esclavos por tres oscuros corredores cerrados con rejas.

Priski, en voz baja, daba las explicaciones que le pedían: por aquí, las mujeres; por allí, los hombres. El tercer corredor correspondía, por el fondo, a los reclutas. Eran éstos unos adolescentes famélicos, arrebatados de las llanuras de Armenia, a los que, antes de entrar en quintas, se sometía a un duro entrenamiento.

-¿Corremos riesgo de ser sorprendidos aquí?

-A la mazmorra sólo vienen muy de tarde en tarde. Y como acaba de funcionar, podemos estar tranquilos.

Aquella plataforma, que dominaba el barrio de los esclavos, tocaba por el sudoeste, con la tercera torre del oeste, que era muy grande, tenía cuatro piezas y terminaba en una atalaya. En lo alto de la misma había una enorme veleta, que chirriaba a impulsos del viento, que acababa de levantarse empujando unos nubarrones negros bajo la luna, cosa que no disgustaba a nadie.

Atanasio, que había terminado de enrollar las cuerdas forman con ellas un aro tan perfecto como el que se hace sobre el puente de los navíos, miraba aquella torre pero sin divisar la ventana del aposento de Ivana. Priski le dijo que se encontraba al otro lado, al nordeste, frente al espacio desnudo. El muro, por la parte que lindaba con la plataforma, era liso, sin la menor abertura.

Rouletabille indicó con un gesto a La Candeur que se acercara. Lo adosó al muro, se encaramó sobre su espalda y sus hombros, se asió a los modillones y a la cornisa, ejecutó una enérgica gimnasia de muñeca y se encontró en la base del atalaya. Atanasio se disponía a seguir el mismo camino.

-¿Y yo? -gimió La Candeur-. ¿Qué haré yo?

-No tienes otro remedio que permanecer aquí -le susurró Rouletabille-. No tendrás la pretensión de subir te a los hombros de Priski, pues en tal caso ,¿quién le vigilaría? Además, hemos de volver a pasar por aquí, así que… ¡paciencia!

Atanasio, tras recoger las cuerdas, se unió a Rouletabille. En aquel momento, Priski solicitó ser atendido un instante.

-Les advierto que están a punto de correr nuevos peligros, no menores que los que acaban de arrostrar, porque se hallan a dos pasos del harén, que ningún mortal al que le preocupe su pellejo…

-¡Oh, basta! -le acalló Rouletabille.

-Si viene alguien ¿qué he de hacer? -quiso saber entonces la Candeur.

-Primero mata a Priski para que no hable ni grite, y luego hazte matar sin proclamar que estamos aquí.

-De acuerdo.

-Rezaré para que no venga nadie -dijo Priski. Rouletabille y Atanasio, andando a gatas por la cornisa, desaparecieron a los ojos de La Candeur.

Aquella cornisa era de construcción muy reciente, pero las almenas, muy viejas, no habían sido reemplazadas, de modo que la situación de ambos era bastante crítica, pues si resbalaban no tenían dónde cogerse. Su situación, además, les resultó aún más ardua cuando tuvieron que usar las cuerdas que llevaban para el descenso hasta la ventana de las habitaciones superIores.

-Veamos -propuso Rouletabille-, ¿cuál de nosotros bajará a lo largo de la cuerda hasta esa ventana?

-No cabe la menor duda -respondió Atanasio- que ese honor me corresponde a mí.

-Caballero, me gustaría saber el motivo. . .

-Caballero, porque se trata de penetrar en el aposento de la joven a la que estoy prometido.

-De todos modos, no es costumbre que el prometido entre en el cuarto de una joven antes de que sea su esposa -arguyó el reportero.

-¡Pues uno de los dos debe quedarse aquí!

-Sí, esto es absolutamente necesario. El que aquí se quede deberá ayudar al otro y a la señorita Vilitchkov a salir del cuarto. Y del que quede aquí, de su valor, de su sangre, de su fuerza, dependerá el éxito de la empresa. Por tanto, y para que termine una discusión que ya dura demasiado, dejaré que baje usted mientras yo me quedo aquí.

-Muchas gracias, pero ¿dónde ataremos la cuerda? –se interesó Atanasio.

-No podemos atada a la cornisa, porque no soportaría el peso de dos cuerpos suspendidos en el vacío -explicó Rouletabille con cierta desenvoltura-. Únicamente la punta del atalaya puede ofrecemos alguna seguridad. Si la cuerda está atada a esa punta, no temeré que se me escape de las manos cuando yo guíe el descenso.

Atanasio calló mientras miraba a Rouletabille, pensando que al fin y al cabo su vida iba a depender por completo del reportero. Rouletabille podía desatar la cuerda, o cortada o cometer cualquier torpeza voluntaria… i y adiós Atanasio! Éste no ignoraba la importancia que la desaparición de su persona podía tener para Rouletabille.

-A fin de cuentas -manifestó Atanasio como resultado de sus reflexiones-, es preferible que yo esté aquí mientras usted baja al cuarto por la cuerda.

-¿Ha cambiado de opinión? -se maravilló Rouletabille, sonriendo ligeramente porque comprendía perfectamente lo que pasaba por la mente de Atanasio.

-Mi única opinión, caballero, es que tenemos que salvar a Ivana Vilitchkov. No tengo otra idea.Y a esta idea sacrifico la alegría y el orgullo que hubiera sentido de arrancada yo mismo de su prisión. Pero yo soy mucho más fuerte que usted y lo que necesitamos es fuerza.

Rouletabille fingió hallar excelentes las razones del otro y las aceptó, aprovechándose de la desconfianza de su rival.

)Sin embargo, no dejaba de hacerse las mismas reflexiones que se había hecho el búlgaro. Su vida dependería por completo de Atanasio, que conocía su amor por Ivana.

Ahora bien: Rouletabille, aunque valiente, no era imprudente ni temerario. Conocía muy poco, o demasiado, a Atanasio para entregarse por completo en sus manos.Y el amor hace a veces miserables los corazones más íntegros. ¿Podía contar con Atanasio? Este era el quid de la cuestión.

-Sus razones son convincentes -expresó-. Bajaré yo. Voy a atar mi cuerda a la veleta del atalaya.

-Tenga mucho cuidado -le recomendó Atanasio-, porque el tejado está muy inclinado. Me parece que usted tiene propensión al vértigo, y yo en cambio no. Si me lo permite, iré yo a atar su cuerda.

-Oh, no se moleste, por favor…

Rouletabille trepaba ya. Le había gustado muy poco la última cortesía de Atanasio, la oficiosidad del búlgaro de ir a sujetar él la cuerda.

El reportero, asiéndose a los plomos y a las pizarras, no tardó en alcanzar la cúspide del atalaya, pero debió hacer un movimiento en falso porque a causa de su propio peso resbaló a lo largo de la peligrosa pendiente con una espantosa rapidez.

Nada podía detenede. Nada le separaba del abismo. ¿Nada? Un obstáculo, uno solo podía interponerse entre él y el vacío. Era Atanasio, que había presenciado el drama y podía acudir en socorro del joven, aunque corriendo también el riesgo de verse precipitado al abismo con él.

¡Un segundo y hubiera sido el fin de Rouletabille!

Atanasio no vaciló. Se colocó delante de su rival, que corría hacia la muerte, y ya se disponía a recibir el choque cuando vio, con indecible estupefacción, que el reportero se detenía súbitamente antes de que pudiera tocado, se erguía a medias y le decía:

-Gracias, señor Khetev, es usted noble de veras.

Rouletabille, al instante, sin esperar a que Atanasio volviera de su asombro, traspuso la cornisa y se dejó resbalar a lo largo de la cuerda, cuyo gancho había tenido tiempo de aplicar a la veleta y cuya cuerda sujetaba con su enguantada mano para fingir un resbalón destinado a saber las intenciones de Atanasio Khetev.

Éste, al comprender la jugada del reportero, se mordió los labios; admiraba aquella serenidad y aquella fértil imaginación, siempre activa, y envidiaba que Rouletabille ya estuviese al extremo de la cuerda.

Esta gimnasia pasaba en el interior del castillo, pero sobre la fachada exterior, en el costado oeste, tomando como referencia el bramar de las aguas del torrente.

Como se dijo, se había levantado el viento y la noche estaba muy negra, de modo que el cielo favorecía la empresa de Rouletabille.

La ventana en cuestión se hallaba a unos tres metros debajo de los modillones. El joven comprobó con satisfacción que estaba desprovista de rejas. Sin duda, la altura del aposento y su situación en el interior del castillo habrían hecho creer que era totalmente inútil semejante precaución.

Para acercarse a la ventana, ya que la cuerda, a causa de la cornisa, distaba del muro unos ochenta centímetros, tuvo que dar Rouletabille, apoyando el pie en el muro, un movimiento de vaivén a la cuerda de la que estaba suspendido.Y luego, midiendo bien el impulso, logró colocarse en la ventana.

Como el alféizar de piedra no era ancho, apenas se mantenía en pie. Tocó con la frente la vidriera, que estaba sostenida por una armazón de plomo. Tras la vidriera había un grueso cortinaje que impedía ver por completo el interior de la estancia.

¿Debía llamar? ¡Sería una imprudencia! A lo mejor, Ivana no estaba sola, sino que incluso de noche la custodiaba una de sus servidoras.

No, Rouletabille no llamaría.

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Interplanetaria

4 Opiniones

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  • Avatar
    MD
    on

    ¿Alguien sabrá decirmelo?

  • Avatar
    marcelo
    on

    Por el momento, parece que hay publicados los siguientes:

    El misterio del cuarto amarillo

    El perfume de la dama de negro

    Rouletabille en Rusia

    El Castillo Negro

    Las extrañas bodas

    en Las extrañas… es el desenlace de los últimos, pero luego no sé si continúa con más…

  • Avatar
    gandalin
    on

    Gracias. Hoy he comprado ( me he topado con ellos en las estanterías de edicines baratas de una tienda de libros de Bilbao) todos menos el Castillo Negro. Me he quedado un poco chafado por no haber podido comprar toda la serie

    ¿ Alguna sugerencia de dónde lo puedo encontrar? . En Abraxas, por supuesto.

  • Avatar
    aeris
    on

    Obras:

    1. El misterio del cuarto amarillo

    2. El perfume de la Dama de negro

    3. Rouletabille en el palacio del Zar

    4. El Castillo negro

    5. La extraña boda de Rouletabille

    6. Rouletabille con Krupp

    7. El crimen de Rouletabille

    8. Rouletabille en Bohemia

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