Las saturnales

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Esta vez Lindsey Davis nos sitúa en una de las fiestas más curiosas de la Roma Antigua, las Saturnales, donde durantes siete días con sus agitadas noches parece que todo está permitido.

Nuestro entrañable Falco se enfrenta nuevamente con su eterno enemigo Anácrites, en esta ocasión, para resolver una misteriosa decapitación que puede menoscabar la credibilidad del Imperio ante sus aliados políticos. Tras haber capturado a un famoso enemigo de Roma, un orgulloso general contrae una extraña enfermedad, y su presa escapa sin dejar más rastro que un cadáver. Pero como siempre, Falco además de su labor de investigación tendrá que lidiar con sus ya habituales problemas domésticos que amenazan con desmadrarse. Las Saturnales no es el mejor momento para al tener en casa a diez legionarios. Falco no lo tiene nada fácil…

ANTICIPO:
Las Saturnales eran una buena época para tener una riña familiar, ya que podía pasar fácilmente desapercibida en medio del jaleo propio de la época. Por desgracia, con ésta no ocurrió así.

Mientras papá permaneció allí, Helena Justina quitó importancia al incidente. Ninguno de los dos le contamos ningún otro chisme, y al final se dio por vencido. En cuanto se marchó. Helena se puso una capa de abrigo, llamó a una silla de manos y salió a toda prisa para ir a encararse con su hermano en la elegante casa vacía de su difunto tío, junto a la Puerta Capena. No me molesté en acompañarla. Dudaba que fuera a encontrar allí a Justino, pues el muchacho tenía el suficiente sentido común como para no situarse en posición de desventaja, como una ficha condenada en un tablero de backgammon, justo en un lugar donde las parientes furiosas pudieran saltar sobre él.

Mí querida esposa y madre de mis hijas era una joven alta, seria, y en ocasiones obstinada. Se definía a sí misma como una «chica tranquila», de lo cual yo me carcajeaba descaradamente. De todos modos, la había oído describirme ante los desconocidos como una persona de talento y muy buen carácter, así pues. Helena tenía buen criterio. Como era más sensible de lo que dejaba traslucir su aparente calma, estaba tan preocupada por lo de su hermano que no se dio cuenta de que acababa de llegar un mensaje para mí procedente del palacio imperial. De haberse percatado, se hubiera inquietado aún más. El esclavo mensajero era una calamidad, como siempre. Era un hombre de físico poco desarrollado y de aspecto desastrado que parecía que hubiera dejado de crecer al cumplir los trece anos, aunque tenía bastantes más, pues para haberse convertido en un ordenanza al que mandaban solo por las calles con mensajes, debía de ser mayor a la fuerza. Llevaba puesta una arrugada túnica de tela clara, se mordía las uñas sucias inclinaba la cabeza plagada de piojos y, como de costumbre, afirmaba no saber nada sobre su recado.

Le seguí el juego.

—¿Qué es lo que quiere Laeta?

—No se me permite decirlo.

—Entonces, ¿admites que es Claudio Laeta quien te ha enviado?

Al verse superado en habilidad, se maldijo.

—No seas injusto, Falco. Tiene un trabajo para ti.

—¿Me gustará? No te molestes en responder. —Nunca me gustó nada que viniera de palacio— Iré a buscar mi capa.

Nos abrimos paso a empellones por el Foro. Estaba abarrotado de cabezas de familia abatidos que se llevaban ramas verdes para decorar sus casas, deprimidos por los precios inflacionistas de las Saturnales y por ser conscientes de que les esperaba una semana en la que se suponía que tenían que olvidar las riñas y las rencillas. En cuatro ocasiones rechacé a unas caraduras que vendían velas en unas bandejas. Las escaleras del templo ya estaban llenas de borrachos que festejaban al dios Saturno de antemano, y eso que todavía nos quedaban casi dos semanas por delante.

Ya había trabajado en misiones imperiales con anterioridad, normalmente en el extranjero. Los encargos siempre fueron espantosos y complicados por culpa de las implacables maquinaciones entre los ambiciosos burócratas del Emperador. Por norma general, sus peligrosas luchas intestinas amenazaron con arruinar mis esfuerzos y con hacer que me mataran.

Aunque había sido nombrado secretario del archivo, Claudio Laeta ocupaba un cargo de responsabilidad: realizaba una supervisión no definida tanto de la seguridad nacional como del servicio de inteligencia en el extranjero. En mi opinión, lo único que tenia de bueno era que no dejaba de esforzarse en criticar y superar en ingenio, habilidad y dedicación a su implacable rival, Anácrites, el jefe de los Servicios Secretos. El espía trabajaba junto con la Guardia Pretoriana, se suponía que no debía meter las narices en la política exterior, pero él se inmiscuía a su antojo. Tenía al menos un agente extremadamente peligroso sobre el terreno, una bailarina llamada Perela, aunque por norma general sus adláteres eran escoria. De momento eso había hecho que Laeta se impusiera.

Anácrites y yo habíamos trabajado juntos alguna que otra ve?.. No permitáis que dé la impresión de que lo despreciaba. Ese hombre era una fístula purulenta de pus pestilente: yo siempre trato con respeto a semejante ponzoña. Nuestra relación se basaba en la más pura de las emociones: el odio.

Comparado con Anácriles, Claudio Laeta era civilizado. Bueno, parecía inofensivo cuando se levantó de un diván para recibirme en su despacho excesivamente pintado, pero era un tramposo de lengua de seda en quien nunca había confiado. El me veía como un matón mugriento, aunque un matón que poseía inteligencia y otros prácticos talentos. Cuando había que hacerlo, nos tratábamos con educación. Se daba cuenta de que dos de sus tres amos —el mismísimo Emperador y el mayor de los dos hijos de Vespasiano, Tito César— tenían en gran estima mis cualidades, y Laeta era demasiado astuto como para hacer caso omiso de ello. Se aferraba a su posición gracias al viejo truco de burócrata de fingir estar de acuerdo con cualquier opinión que sus superiores sostuvieran con firmeza. Faltó poco para que fingiera que había sido él quien había recomendado que me contrataran. Vespasiano sabía reconocer a los aduladores como él.

Estaba absolutamente seguro de que Laeta había logrado averiguar que el menor de los principitos, Domiciano César, sentía por mí una profunda aversión, puesto que sabía una cosa sobre él que le encantaría eliminar: una vez había matado a una joven, y yo todavía poseía pruebas de ello. Fuera de la familia imperial era un secreto, pero seguro que el mero hecho de la existencia de semejante secreto había llegado a oídos de sus avispados secretarios principales. Claudio Laeta habría enterrado un rollo con una nota escrita en clave en su columbario recordándose que algún día tenía que utilizar mi peligrosa información contra mí.

Bueno, pues también tenía información sobre él, puesto que intrigaba demasiado para quedar libre de sospecha. Yo no estaba preocupado.

A pesar de dichas intrigas y envidias, el viejo Palacio de Tiberio siempre parecía sorprendentemente fresco y formal. Se había dirigido el Imperio desde aquel monumento desvaído durante un siglo, pasando por emperadores buenos y por emperadores viciosos. Algunos de esos esclavos engatusadores llevaban allí tres generaciones. El mensajero me había dejado en cuanto entramos en el criptopórtico, los guardias apenas me dirigieron un gesto con sus lanzas y me adentré en aquel laberinto, pasando por salones que reconocí y por otros que no recordaba. Entonces me topé con el sistema.

Una invitación no era garantía de un buen recibimiento. Abrirse paso entre los lacayos fue una tarea pesada y frustrante, como siempre. Vespasiano había abandonado de forma memorable la paranoica seguridad que Nerón utilizaba para protegerse de un posible asesinato: ahora no registraban a nadie. Tal vez eso impresionara al público, pero a mí no me engañaban. Incluso el emperador más adorable que habíamos tenido desde Claudio era demasiado astuto para correr riesgos. El poder atrae a los lunáticos, por lo que siempre habrá algún chiflado dispuesto a comportarse como tal, espada en mano, con la pervertida esperanza de la fama. Así pues, mientras buscaba el despacho de Laeta me mangonearon unos guardias pretorianos, me vi retrasado mientras los chambelanes consultaban unas listas en las que yo no aparecía, pasé horas solo por los pasillos y, en general, me volvieron loco. En ese momento fue cuando los subalternos pulcramente vestidos de Laeta me habían dejado entrar.

—¡La próxima vez que quieras verme será mejor que nos encontremos en un banco del parque!

—¡Didio Falco! Me alegro mucho de verte. Veo que sigues echando chispas. —Entablar una discusión sería de la misma utilidad que exigir que te repasaran el cambio en un concurrido bar de comidas a la hora del almuerzo. Me obligué a tranquilizarme. Laeta se dio cuenta de que casi me había llevado al límite y cedió—: Lamento mucho haberte tenido esperando, Falco. Como ves, aquí no cambia nada: hay demasiado que hacer y muy poco tiempo para hacerlo, y ha cundido el pánico, naturalmente.

—¡Me pregunto de qué puede tratarse! —Di a entender que tenía información privada al respecto. No la tenía.

—Ya llegaré a eso.

—Pues que sea rápido.

—Tito César sugirió que hablara contigo.

—¿Cómo está el principito Tito?

—¡Oh! De maravilla, de maravilla.

—¿Todavía se tira a la hermosa reina Berenice? ¿O has ideado alguna estratagema para llevarla de vuelta a su desierto y evitar la vergüenza?

Las niñeras deben de poner una pócima en los pequeños biberones de cerámica de los bebés, una pócima que hace que los varones de la aristocracia romana ansíen mujeres exóticas. Cleopatra se había abierto camino entre muchos mandamases romanos, y ahora Tito César, un atractivo treintañero como yo, era un amable príncipe que debería estar casándose con una hermosa patricia de quince años con buenas caderas para poder engendrar las próximas generaciones de emperadores Flavios; en lugar de eso, prefería coquetear sobre almohadones color púrpura con la voluptuosa reina de Judea. Decían que era amor verdadero. Bueno, por parte de él sí que debía de tratarse de amor; Berenice estaba buenísima, pero era mayor que él y tenía muy mala reputación por incesto (cosa que Roma podía sobrellevar) y por injerencias políticas (lo cual eran malas noticias). La Roma conservadora nunca aceptaría a esta dama optimista como consorte imperial— Tito, perspicaz en todos los demás aspectos, perseveraba con su desatinado romance como un adolescente empecinado al que le hubieran ordenado dejar de besuquearse con la sirvienta de la cocina.

Harto de esperar una respuesta, me había perdido en aquellos sombríos pensamientos. Los esbirros de Laeta se habían esfumado sin haber recibido ninguna señal evidente. Ahora estábamos los dos solos y él tenía el aspecto de un tragasables a punto de hacer un truco: «Mírame. ¡Esto es sumamente peligroso! Estoy a punto de destriparme».

—Y está Veleda —dijo Claudio Laeta con su educado acento burocrático.

Dejé de soñar despierto.

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