Las Sendas Púrpuras

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Tras haber pasado su infancia en Wuffan, uno de los planetas condenados al aislamiento por el Purpurado -la oligarquía que rige los destinos del Ámbito desde su inexpugnable recinto de la Cúpula- Giselle es rescatada por su padre, Yolden Abasi, y llevada a un nuevo mundo donde disfruta una década de la vida pletórica que el Ámbito concede a sus ciudadanos.
Pero tras la misteriosa desaparición de su padre comienza a sospechar que éste en realidad formaba parte de una conspiración contra el Purpurado que no llegó a culminar; decidida a investigarla hasta las últimas consecuencias, contará con la ayuda de un espíritu de la Fuente, Hesperis, filósofo fallecido más de mil años atrás, y de Lhotar un joven fugitivo venido más allá del Ámbito; pero también con la oposición de Saldrach, una de las purpuradas destinadas a regir las riendas del Ámbito.
Tras ser sorprendida en sus sueños con visiones que para ella carecen de sentido, episodios supuestamente históricos ocurridos en el legendario planeta conocido como la Tierra, Giselle, instruida por su padre en el arte de la guerra, emprende la primera y gran aventura de su vida, que la llevará a conocer los horrores de la guerra y a recorrer las Sendas Púrpuras en pos de una respuesta.

Esta novela resultó finalista del Premio Minotauro.

ANTICIPO:

LA TRISTEZA HABÍA VUELTO A empañar su alegría, como le ocurría cuando se dejaba arrastrar por los recuerdos recientes o lejanos.
Se repitió que había llegado el momento de tomar la decisión más importante de su vida.
La mente que tenía por morada la irrealidad, su mejor compañero, su maestro y también su conciencia, esperaba impaciente su llamada.
En la anarquía de los recuerdos que danzaban en su mente desfilaron los rostros de aquellos que tanto habían influido en su vida, y en contra de su deseo volvió a contemplar la serena pero inquietante expresión de su madre, la mirada hermética de su padre, el indolente gesto del muchacho, la sonrisa escéptica y amable del pensador, el gesto frío del gran instigador y la ansiedad del fanático rebelde. Por último, volvió a sentir las caricias de sus amantes, escuchó las risas vacías de sus amigos y revivió en su carne el dolor que le infligieron sus enemigos.
El pasado había vuelto a desfilar ante sus ojos, obligándola a luchar para no dejarse arrastrar por la marea del tiempo.
El guardián de lo efímero, el gran pensador, aguardaba su respuesta.
Con una sonrisa, la primera que sus labios dibujaban en muchos meses, se dijo que el destino estaba en sus manos y no podía defraudar a los que confiaban en ella.

—1—

LA PUERTA ERA GOLPEADA POR la furia del hombre cuyo nombre había sido susurrado con temor por los moradores del nivel más umbrío del
Gran Pozo. El estrépito que hizo la débil barrera de latón al ser arrancada de sus goznes arrebató a Kanell la visión en que se hallaba sumido, obligándole a levantar la cabeza. Con estupor miró al hombre envuelto en la oscura capa que acababa de aparecer bajo el dintel de la entrada de su sombría morada.
Preguntándose si soñaba aún, Kanell hizo un esfuerzo para despertar a la mujer que dormitaba a su lado, con la cabeza apoyada en la mesa. Ella lo rechazó con violencia, exigiéndole entre gruñidos que respetase su derecho a disfrutar del sueño que tanto le había costado conseguir.
Kanell eructó, quedó envuelto en el olor de su propio bajío y volvió a fijar la mirada en el desconocido cuyo rostro le resultaba familiar… ¿Cuál era su nombre, el que tantas veces había intentado olvidar para siempre? El recuerdo del pasado se resistía a nacer en su memoria.
Cuando el miedo terminó de anular los últimos restos de la visión, se preguntó por qué había pasado del sueño más placentero a la peor de sus pesadillas.
—¿Dónde está mi hija? —rugió el hombre, entrando en el cuartucho, caminando a zancadas, su capa extendida como las negras alas del pájaro de la muerte que acechaba en el nivel más profundo.
Kanell buscó con desesperación el camino de vuelta al idílico paraje del que había sido arrancado con brusquedad, pero de su implante no volvió a surgir la visión perdida. Entonces recordó el nombre del extraño y al murmurarlo sufrió una violenta sacudida, resistiéndose a admitir que fuera real lo que estaba viviendo.
—¿Por qué no me dejas en paz? No puedes ser tú, no eres real porque los muertos no regresan… —gimió, retorciéndose de dolor.
Su compañera levantó la cabeza, fijó su mirada turbia, casi sin vida, en el visitante. En medio de un dolor lacerante, exclamó:
—¡Es el hacedor de muertos, Kanell! ¿No lo reconoces? Incluso yo, medio ciega, puedo ver su mirada llena de odio…
—¡Estás loca, mujer, no puede ser él! —rugió Kanell, sujetándose con las manos a la mesa, intentando incorporarse.
—¿Cómo has podido olvidar su mirada? —volvió a gritar la mujer—. ¡Ha vuelto! ¡Te advertí que volvería! —Intentó ponerse de pie, pero sus piernas se negaron a obedecerla—. ¡Yolden Abasi ha regresado para robarnos el alma!
Kanell no entendió lo que la mujer le dijo hasta que una nueva avalancha de pánico provocó una sacudida en el nexo de su implante, suficiente para que su cerebro fuera golpeado con una embestida más violenta que la anterior. Desesperado, intentó levantarse; sus uñas se clavaron en el tablero de la mesa. Miró hacia la pequeña puerta cerrada del fondo de la habitación, medio oculta por desechos. Era su salvación, pensó, la única vía de huída que disponía.
El hombre de la negra capa se movió con rapidez, alcanzándole cuando no había terminado de dar el segundo paso, lo agarró por los hombros y lo tumbó de espaldas en la mesa.
—¿Por qué huyes? —inquirió furioso, sujetando a Kanell por el cuello con una mano—. ¡Decidme que no es cierto que echasteis a Giselle de esta sucia morada! —Ante el silencio de la pareja, bramó—: ¿Qué le habéis hecho a mi pequeña?
Ciego de rabia, golpeó a Kanell en la cara con la fusta que agitaba en la otra mano.
—¿Por qué no habéis cuidado de ella? —volvió a bramar—. ¡Me prometisteis que la protegeríais! ¡Os di todo lo de valor que me quedaba para que nada le faltara a mi hija, llené vuestras manos de buen dinero para que velarais por ella! ¿Dónde está mi Giselle? ¡Dónde está mi hija!
Yolden Abasi liberó la presión del cuello de Kanell para dejarle respirar y que pudiera responderle.
—¡Dijiste que sólo estarías fuera dos meses! —gimoteó el hombre, desesperado—. Por favor, Yolden, por favor, te suplico que tengas compasión de nosotros. ¡El dinero se acabó, no podíamos alimentarla, ni siguiera teníamos una migaja de cebo que llevarnos a la boca!
Yolden Abasi golpeó la cabeza de Kanell contra la mesa.
—¿Dónde está mi pequeña? ¡Dímelo o te aplasto!
—No lo sé, no lo sé… —lloró Kanell. Señaló a la mujer con un dedo trémulo—. ¡Fue ella quien la echó! Yo no quería, pero Tarnata insistió en que debíamos hacerlo… ¡Te lo juro, Yolden, te lo juro! Mi esposa me decía a todas horas que Giselle comía y respiraba demasiado a pesar de lo pequeña que era…
—¿Cuándo la echasteis?
—¡Hace varios días! —lloriqueó la mujer—. Nos dijeron que habías muerto, Yolden, lo decía todo el mundo…
—¿En qué nivel la abandonasteis?
—¡No lo recuerdo! —estalló Kanell, tragándose su propia sangre—. ¡Nadie quería verla por estos pasillos, todos murmuraban a su paso, decían que nos traía mala suerte porque en su corazón latía el estigma de los Abasi!
—¡Malditos seáis!
La fusta se transformó en una larga y vibrante serpiente de acero que Yolden hizo restallar. La cabeza de Tarnata, limpiamente cercenada, dibujó un fugaz trazo de sangre en el aire antes de caer a los pies de Kanell, quien al verla se postró de rodillas.
El látigo volvió a restallar, amputó un brazo a Kanell, luego una pierna y por último rebanó su cuello.
—No era mi propósito mataros sin haceros sufrir. Pero tengo prisa
—jadeó Yolden, recogiendo el látigo alrededor de la fusta.
Salió del módulo derribando cuanto encontró a su paso. Una vez en el oscuro pasillo miró a ambos lados. Los gritos de Kanell y Tarnata habían despertado a los moradores del nivel y docenas de asustados rostros atisbaban desde las rendijas de las ventanas y las puertas. Una anciana lo reconoció, murmuró el nombre de Yolden Abasi y echó la cortina de metal. Más tarde juraría que el hombre que había regresado del infierno se perdió en las sombras del túnel gritando el nombre de su hija con desesperación.

—2—

CUANDO EL CHICO LE DIJO que Thorn la buscaba, Giselle no dejó un día de saltar de un escondite a otro.
Había perdido la noción del tiempo agazapada en la oquedad del conducto sin salida en el que se refugió. No sabía cuántas horas llevaba acurrucada en la oscuridad, consumiendo sus últimas reservas de aire. Sólo le quedaba una cápsula. Un rato antes buscó la salida que le permitiera alcanzar el nivel inferior, pero un corrimiento de tierras había cegado el pasadizo y encontró cerrada la última vía de escape que le quedaba. Estuvo a punto de echarse a llorar: ella misma se había metido en una trampa de la que no podría salir.
Llevaba un rato escuchando las voces de los que la buscaban por orden de Thorn.
Se encogió cuanto pudo para sacar del bolsillo la última cápsula de aire. La abrió y respiró con ansia, hasta que sintió que recuperaba la lucidez y renacía en ella la esperanza de escapar. Debía ser paciente, no podía hacer nada aparte de confiar en que se cansaran de buscarla. No debía moverse de allí hasta que estuviese segura de que ningún miembro de la banda de Thorn andaba cerca del tubo por el que había entrado. Prefería morir de asfixia antes que dejarse atrapar.
Sabía cómo acababan las víctimas de Thorn.
Cuando más confiada estaba, oyó que alguien gritaba su nombre desde el otro lado del agujero. Se estremeció. Había sido descubierta. Estaba perdida.
Escuchó pasos y vio fugaces destellos. Sintió que se ahogaba.
Una voz exclamó:
—¡Se ha escondido ahí dentro! ¡He visto sus piernas!
—¿Estás seguro de que es Giselle? ¿No habrás visto una rata? —preguntó otra voz.
—¡Es ella, es ella!
Giselle cerró los ojos.
—¡Habrá rito! —gritaron los más histéricos.
—¡Hemos encontrado a Giselle!
Las luces de las lámparas barrieron el agujero y unas manos ávidas la buscaron. Giselle sintió que tocaban sus pies, y dedos fríos agarraban sus tobillos como medusas hambrientas.
—¡Sacadla! —chilló una voz distinta a las que había oído, autoritaria.
Giselle la reconoció. Era la voz de Thorn.
Alrededor de Giselle todo se cubrió de sombras y resplandores de cobre bruñido. Sofocada por el humo de las lámparas de aceite, empezó a toser. Intentó luchar, se debatió y pataleó, pero no pudo impedir que la sacaran del agujero en medio de risas y amenazas.
—¡Celebraremos el rito!
—¡Será una gran celebración! —añadió otro muchacho—. Ya no quedan chicas como Giselle; ella está sana, su piel sigue limpia.
La sacaron del agujero a rastras. Giselle miraba con espanto las figuras que la rodeaban. La llevaron al centro de la plazoleta rodeaba de escombros y allí la soltaron, debajo de un techo cruzado por vigas de hierro por las que corrían seres deformes.
Thorn, el jefe de la banda, estaba de pie ante ella, sonriéndole con su enfermiza boca.
—Este es un buen lugar —dijo—. ¡Celebraremos el rito aquí y ahora! ¿Para qué esperar?
La tumbaron de espaldas, le separaron las piernas y rasgaron su blusa con afilados cuchillos.
—¡Que dé comienzo el rito!
Giselle sabía lo que le esperaba. No dejarían señales en su cuerpo; pero el dolor y la humillación la marcarían para toda la vida. La banda de Thorn se divertiría a su costa un rato, celebraría su rito de iniciación entre risas y burlas pero no le harían demasiado daño porque no pagarían por ella si le dejaban marcas en la piel.
—Por fin la tienes, Thorn. ¡Es toda tuya! —dijo el muchacho que la sujetaba por los brazos.
Giselle volvió la cabeza y se enfrentó a las escamas que desfiguraban el rostro del que había hablado. No viviría mucho: llevaba la marca de la muerte en su mirada y en su carne. El chico tosió y le arrojó su aliento de fuego a la cara, salpicándola con su saliva ardiente.
—Sujetad bien a la bastarda de Yolden Abasi —dijo Thorn.
—¡Será un gran rito! —rió el muchacho enfermo—. Pido ser el siguiente, jefe.
Thorn, de pie entre las piernas de la niña, empezó a quitarse el cinturón. Giselle apretó los dientes. No la azotarían como hacían con otras muchachas, para recordarles que no podían traficar con su cuerpo en aquel sector sin permiso del jefe de la banda. Giselle hubiera preferido mil veces la flagelación. Thorn sería el primero y después todos los demás. Y eran más de doce. Cuando se cansaran de ella, la venderían a Rainard por unas monedas, un poco de comida o algunas cápsulas de oxígeno.
Rainard se fijó en ella cuando la vio deambular por los niveles y pidió a Thorn que la capturase para él.
—Es una niña, Thorn —susurró alguien.
Giselle reconoció por la voz al muchacho que había hablado. Se llamaba Indra y fue quien la alertó de las intenciones de Thorn. Una vez le dio un poco de comida sin pedirle nada a cambio. Ahora intentaba ablandar el corazón de Thorn, pero era una batalla que tenía perdida.
—¿Y qué si es una niña? —rió Thorn—. Ya es hora de que aprenda. ¡Éste será un rito que nadie olvidará! ¡Yo iniciaré a Giselle, la hija del gran asesino!
—¡Rito, rito! —corearon los demás.
Algunos muchachos miraron a Indra porque no había reído con ellos.
—Quien no participe, lo lamentará —amenazó Thorn a Indra—. Os enseñaré cómo merece ser tratada la hija del renegado. Su padre dejó inválido al mío con su látigo de acero. —Se inclinó sobre la niña y susurró—: Hola, Giselle. No sabes cuánto he esperado verte así, debajo de mí.
—No se mueve, Thorn —señaló el muchacho que le sujetaba una de las piernas—. Mierda, está muerta de miedo, será como hacerlo con un cadáver.
Las carcajadas aturdieron a Giselle. Había intentado contener la respiración. Quería morir. Si moría, les fastidiaría la diversión. Sólo consiguió que las náuseas la invadieran.
Los ojos de Thorn brillaron al separar un poco más las piernas de Giselle. Con estudiada lentitud la despojó de las calzas.
Giselle había presenciado otros ritos, escondida entre muros caídos y calzadas agrietadas, y lo que vio la dejó muda de terror. La crueldad de Thorn era conocida en los niveles inferiores. Su banda estaba considerada como la más temida, por su crueldad. Los hombres hechos y derechos huían ante su presencia y las mujeres corrían despavoridas, renunciando ese día a trapichear con las míseras mercancías que robaban en las terrazas superiores. Si eran atrapadas por Thorn y no llevaban encima unas monedas, cuando quedaban en libertad tenían que ocultar su rostro para siempre. Thorn era un experto manejando el cuchillo de energía, sabía cómo infligir heridas que no cicatrizaban.
—Papá…
—¿Qué ha dicho? —preguntó Thorn, dejando de acariciar el vientre de Giselle.
—¡Ha llamado a su padre! —exclamó riendo su lugarteniente—. ¡Ha llamado a Yolden Abasi!
—¡Estúpida! —bramó Thorn—. ¡Tu padre se pudre en el infierno!
—¡Que empiece el rito! —gritaron los más impacientes.
Nadie se dio cuenta de que Indra echaba a correr. El amigo de Giselle fue el único que vio surgir la sombra del túnel más oscuro de la plazoleta.
Los demás sintieron demasiado tarde que el aire vibraba, cuando el largo látigo restalló sobre sus cabezas; sólo vieron que Thorn dejaba de reír y un rictus de tardía sorpresa aparecía en su rostro a la vez que su cuerpo se doblaba hacia atrás y caía. Su cabeza trazó una parábola, dejando una señal de sangre. A todos les costó entender que su jefe acababa de ser decapitado.
La sombra envuelta en la larga capa negra se movió con increíble rapidez. Cada movimiento de la mano que empuñaba el látigo de luz arrancaba un nuevo grito de agonía. La última danza de la serpiente dividió en dos al lugarteniente de Thorn.
Los que aún no habían sido alcanzados estaban petrificados, incapaces de moverse. La sombra furiosa los fue matando uno a uno.
Rodeado de cuerpos mutilados, Yolden Abasi recogió el arma y apartó de un puntapié el cuerpo de Thorn, arrojándolo al charco de cenagosa agua. Una nube de polvo se desprendió de las alturas y varias figuras huyeron por las vigas de acero, pronunciando con espanto el nombre del asesino al que creían muerto. Para muchos, el regreso de Yolden Abasi sólo podía significar que el fin del mundo, anunciado por los agoreros, había dado comienzo.
Giselle abrió los ojos y parpadeó. Los había cerrado hacía unos segundos, antes de que empezara la matanza. En sus retinas aún persistían los destellos del látigo. Los cuerpos rotos de sus verdugos le hicieron comprender que el rito había terminado antes de empezar. La figura se cernió sobre ella, sintió que unos fuertes brazos la levantaban y escuchó el palpitar de un corazón cuando fue abrazada por su salvador. Creía estar soñando cuando le escuchó repetir su nombre: «Giselle, Giselle…»
—Papá… —musitó, temiendo que tanta felicidad fuera producto de su desvarío. La palabra que salió de sus labios se transformó en un lamento y se agarró con fuerza al cuello de su padre—. Has vuelto, papá… ¡Has vuelto!
Yolden la abrazó con más fuerza, la besó en la frente, la contempló con tristeza y alegría; sus labios, humedecidos por las lágrimas, acariciaron las mejillas de la niña.
Había sido la suya una búsqueda desesperada, un combate contra el tiempo. Después de abandonar la morada de Kanell, bajó a los niveles más profundos del Pozo, a los abismos donde los cadáveres eran arrojados tras haber sido despojados de sus carnes. A los hombres que halló en su camino los interrogó, a unos los golpeó con saña, para que hablaran, y a otros, los que le reconocieron y no supieron o no quisieron responder a sus preguntas, los mató. La mayoría, habló. Le dijeron por dónde deambulaba su hija. Yolden recorrió los niveles gritando a los que pudieran oírle que lamentarían haber sobrevivido al Castigo si no encontraba con vida a su hija.
Cuando menos esperanza le quedaba de encontrarla, vio al grupo de muchachos que se divertía a costa de la humillación de alguien. Escuchó el sollozo de una niña y la cólera lo cegó al descubrir que la víctima del rito era su pequeña Giselle.
Yolden Abasi dejó de pensar como un ser humano, el deseo de matar enturbió sus sentidos, se juró a sí mismo que, si había llegado tarde, no se marcharía hasta haber destruido lo que quedaba en pie del Pozo al que había descendido.
Con su hija en los brazos, corrió por túneles y senderos sombríos, sin dejar de susurrarle palabras de aliento.
Los hombres y las mujeres que se ocultaban en las alturas temblaron de terror al ver correr por los túneles al hombre de negra capa que llevaba una niña en sus brazos; pocos fueron los que se atrevieron a anunciar en voz alta que el gran enemigo de Wuffan había regresado.
—Nunca volveré a abandonarte, mi pequeña —susurró Yolden.
Giselle consiguió expulsar por fin la saliva que obstruía su garganta, inspiró hondo y preguntó en un hilo de voz a su padre:
—¿Me lo prometes?
—Tienes mi palabra. —Yolden rompió dos cápsulas de aire para que ella respirase—. Estás a salvo. Te sacaré de aquí, jamás volverás a vivir entre tinieblas; desde hoy sólo habrá luz en tu vida. Te lo juro, mi pequeña.
Tras recorrer los últimos túneles, Yolden alcanzó el viejo apeadero de transporte. A su derecha se abría una entrada al tubo que aún seguía conectado al Gran Pozo. Sonrió satisfecho al descubrir que su nave estaba intacta. Se vio obligado a dejarla en aquel lugar solitario para descender hasta el nivel donde vivían de Kanell y Tarnata, pues no podía pilotarla por los estrechos túneles que conducían a los niveles inferiores. Los merodeadores que se habían atrevido a tocar el negro fuselaje yacían calcinados alrededor del vehículo. Sus cuerpos ennegrecidos arrancaron a Yolden una sonrisa de complacencia.
Envió la orden al navío para que sus defensas quedaran desactivadas. La compuerta empezó a abrirse, replegándose como una flor de metal. Yolden echó una mirada atrás antes de entrar. Decenas de sombras se agitaron en el túnel que acababa de abandonar. A los que se atrevieron a murmurar su nombre les gritó:
—¡No estáis viendo un fantasma! ¡Yolden Abasi vive! ¡No culpadme a mí de vuestras desgracias, miserables ciudadanos de Wuffan, sino a los que vendieron a mis compañeros! ¡Merecéis morir mil veces! ¡Escuchad mis palabras y esparcidlas por todos los pozos!
—Llenó los pulmones con el aire limpio de una nueva cápsula y añadió—: ¡Repetid a todos que yo destruiré a los que ordenaron la muerte de este mundo!
Al ver que Giselle lo miraba asustada, se apresuró a sonreír.
—Ya no pueden hacerte daño, mi pequeña. Olvídalos. No tardarán en matarse entre ellos por un poco de aire o un grano de cebada.
Entró en la nave. Cuando la compuerta quedó sellada a sus espaldas, se dirigió a la cabina de mando. Volvió a pedir disculpas a su hija mientras la depositaba en el asiento situado junto al suyo.
Deslumbrada por la luz de los discos de control, Giselle se vio obligada a entornar los ojos. No los abrió hasta que sintió que la nave se elevaba. A través de un segmento, la vio deslizarse por el túnel en dirección al Gran Pozo.
Cuando estuvo segura de hallarse a salvo, se dijo que ya podía llorar de alegría, pero hizo un esfuerzo para no derramar una sola lágrima porque no quería entristecer a su padre.
El vehículo negro recorrió como una exhalación el tubo de conexión, saltó al inmenso agujero que era el Gran Pozo y se elevó, dejando atrás los niveles más umbríos.
Con todos sus sentidos puestos en las pantallas y en los discos de progresión, Yolden recordó los tiempos en que el Gran Pozo estaba lleno de vida, la luz llegaba a todos los rincones y en las moradas de las plataformas las familias vivían ajenas al Castigo que se cernía sobre el planeta. Ahora sólo había oscuridad, los jardines colgantes se habían convertido en estercoleros y las escasas hogueras que ardían consumían las últimas astillas de los muebles que un lejano día adornaron las hermosas mansiones.
Yolden escuchó el agónico estertor de las máquinas que reciclaban el aire del Gran Pozo. No tardarían en detenerse por falta de energía, y cuando esto ocurriera, los abismos se convertirían en cementerios.
Giselle se abrazaba al brazo de su padre con fuerza. Se sentía mareada porque no estaba acostumbrada a respirar un aire tan puro como el de la cabina. Contempló la embocadura del Gran Pozo hacia la que se dirigían. Por el inmenso círculo se filtraba la tenue luz del día.
—Tarnata y Kanell han pagado por lo que te hicieron. Ya se pudren en el infierno, mi pequeña. Se lo merecían por no haberte protegido —dijo su padre, acariciándole la frente—. Necesitas un baño, y también una comida sana y abundante. —Le dio de beber el agua de un vaso de plata y añadió—: Dentro de poco te bañaré y te vestiré con ropa limpia.
—¿A dónde me llevas, papá?
—Al lugar más hermoso del Ámbito.
—¿La encontraste?
—¿A quién?
—A mamá.
Yolden encajó los dientes.
—No me alejé de ti para ir a buscarla, pequeña.
La niña cerró los ojos. Una vez más intentó recordar el rostro de su madre. Su nombre lo olvidó el día en que su padre la sorprendió contemplando la imagen de ella, que acababa de dibujar en el aire. Él le ordenó que la borrase, Giselle le obedeció y al instante desapareció para siempre el hermoso rostro de la muchacha de limpia mirada y sonrisa alegre. No tardó en lamentar la pérdida, cuando descubrió que ya no podría volver a verla. ¿Por qué su padre le hizo un regalo tan maravilloso y luego se lo arrebató? Una vez lo sorprendió llorando y le preguntó si lloraba por su madre, y él, ocultando las pequeñas cicatrices de su rostro con las manos, le respondió que por aquella mujer jamás derramaría una sola lágrima. Si lloraba era porque tenía que marcharse y ella, su pequeña, no podía acompañarle. Cuando se dio cuenta de que la noticia había entristecido a su hija, para consolarla le prometió que no tardaría en volver a su lado y ese día la llevaría a un lugar maravilloso, donde vivirían felices. «Que sea pronto, papá. No quiero vivir en la oscuridad de este mundo», le respondió Giselle.
Al día siguiente su padre la llevó al módulo de Kanell y Tarnata, la besó y se despidió de ella. No regresó tan pronto como le había prometido.
Yolden, después de marcar la ruta de la nave hacia la salida del Pozo, dijo:
—No me habría marchado si hubiera tenido la más ligera sospecha de lo que has sufrido, mi pequeña; habría renunciado a mis sueños y a todos mis proyectos, sin importarme los muchos años que les he dedicado, si hubiera soñado que Tarnata y Kanell no iban a cumplir la promesa que me dieron de cuidar de ti. Porque tú eres para mí más importante que todos los mundos del Ámbito. Daría hasta la última gota de mi sangre por tu felicidad. Tuve que marcharme para darte la felicidad que te tengo reservada. Te quiero mucho, mucho. Recuerda siempre estas palabras, Giselle, pase lo que pase.
Después de dejar atrás los niveles donde el aire era menos impuro, la nave cruzó el último tramo de las terrazas y saltó fuera del Gran Pozo.
Tras una última ojeada a lo que dejaban atrás, Yolden pensó que no podría olvidar que su hija había vivido casi un año entre tanta miseria. Su odio se hizo tan fuerte que podía sentirlo como si fuera algo sólido, como si se hubiera transformado en una llama que se extendía por todo su cuerpo.
—¿Dónde está ese lugar tan bonito al que me llevas, papá? —preguntó Giselle.
La nave ya volaba sobre los agostados campos de cultivo de la superficie, yermos hacía años. Yolden señaló el cielo cubierto de ponzoñosas nubes.
—Muy lejos, pero también muy cerca. Ese mundo será sólo para nosotros dos.
Cuando Wuffan quedó convertido en una pequeña esfera gris y parda, que llenaba un tercio del disco de popa, Giselle captó el sonido cálido que le recordaba la música que acompañaba la aparición de las hadas de los cuentos que su padre le contaba.
—¿Qué es? —preguntó—. Suena tan hermosa…
—Estás escuchando la Fuente de la Sabiduría —contestó él, sonriendo—. No todas las personas la perciben como la más bella de las melodías. ¿Sabes a qué me refiero?
—Había oído hablar de la Fuente… La gente la echaba de menos, se lamentaba de haberla perdido. ¿Por qué la escucho yo, papá?
—Porque te ha reconocido y te da la bienvenida.
—¿Dónde está?
—En todas partes, Giselle. Vuelves a ser ciudadana del Ámbito y tienes derecho a utilizar la Fuente, pero debes esperar hasta que lleguemos a nuestro nuevo hogar para disfrutar de sus beneficios.
—Pero… ¡Me fue arrebatada la ciudadanía y perdí mis derechos a acceder a la Fuente! Todos los habitantes de Wuffan perdieron aquellos dones…
—Tus derechos te han sido restituidos. No me preguntes cómo ni por qué. Eres demasiado pequeña y no puedes entenderlo. Algún día te contaré dónde he estado y lo que me he visto obligado a hacer para recuperar lo que un día perdimos.
—Tarnata y Kanell decían que la Fuente desapareció para siempre de Wuffan…
—Estaban equivocados. —Yolden se echó a reír.
—¿Por qué nos abandonó la Fuente, papá?
—¿Crees que nos abandonó? No fue así exactamente, eso es lo que la gente piensa que ocurrió. Wuffan recibió el Castigo y sus habitantes se vieron privados del acceso a la Fuente de la Sabiduría… y a muchas cosas más.
Giselle movió la cabeza.
—Una noche oí a Tarnata maldecir a la Malla. ¿Qué es la Malla, papá? ¿Por qué nos abandonó también?
—Al igual que la Fuente, se volvió inaccesible para nosotros.
Giselle recordó los cuentos que su padre le contaba. Después de tantos meses de vivir en soledad y verse obligada a robar para comer y respirar un poco de aire limpio de vez en cuando, casi había olvidado las historias que tenían como escenario un mundo tan hermoso como Wuffan lo había sido antes de caer en desgracia. Escuchaba a su padre con los ojos cerrados para que su mente volara libremente y así poder recrear con la imaginación los rostros de los protagonistas de las historias, los paisajes y las hermosas mansiones de los hombres y las mujeres que ignoraban lo que era el hambre y jamás habían conocido la tristeza.
De pronto dejó de oír la música. Asustada, preguntó a su padre por qué había desaparecido. Yolden le explicó que la bienvenida de la Fuente había concluido. Tras acariciarla, añadió que cuando llegaran a su nuevo hogar le enseñaría a utilizarla, prometiéndole que cuando aprendiese a hacerlo le asombraría lo mucho que podría obtener de ella.
—Ahora verás algo aún más fascinante, Giselle —añadió Yolden. Abrió los paneles frontales de la nave y las pantallas de proa se llenaron de luces y aparecieron las estrellas, los ríos de plata de las constelaciones y las hogueras de fuego de las nebulosas. Sonrió al escuchar las exclamaciones de asombro de su hija—. ¿Te gusta? Nunca habías estado en el espacio, no tuviste la oportunidad de contemplarlo. Es hermoso, ¿verdad?
Giselle miraba con la boca abierta los deslumbrantes destellos. Jamás había visto el fulgor de las estrellas.
—¿Quieres contemplar algo aún más extraordinario? —preguntó él. Antes de que Giselle asintiera, le ajustó una cinta alrededor de la frente y una gasa púrpura cayó ante sus ojos—. ¿Qué ves ahora?
Giselle enmudeció de sorpresa: las estrellas habían desaparecido y en su lugar se extendían miles de filamentos de color púrpura que se perdían hasta el infinito, formando una gigantesca tela de araña que parecía envolver el universo.
—¡Es maravilloso, papá! —Palmoteó de alegría.
—Estás contemplando la Malla, Giselle.

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