Las sirenas de Titán

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Winston Niles Rumfoord y su perro Kazak viven en una nave dentro de una singularidad espaciotemporal, que les permite viajar por el tiempo y el espacio, pero no pueden permanecer más que unos minutos en cada sitio. Esta visión del pasado, del presente y del futuro le permite crear en la Tierra una religión universal y unificadora, capaz de garantizar los milagros y la predicción del futuro; la Iglesia del Dios Indiferente. Pero ¿quién ha secuestrado a la esposa de Rumfoord y al millonario Malachi Constant? ¿Quién está detrás del ejército que se prepara en Marte para invadir la Tierra? ¿Hay vida inteligente en el universo?

ANTICIPO:
"Podemos conseguir que el centro de la memoria del hombre sea virtualmente tan estéril como un escalpelo recién salido del autoclave. Pero las semillas de la nueva experiencia empiezan a acumularse en él en seguida. Esas semillas a su vez se constituyen en estructuras que no son necesariamente favorables al pensamiento militar. Por desgracia, este problema de la recontaminación parece insoluble".

Dr. Morris N. Castle. Director de Salud Mental, Marte

La formación de Unk hizo alto delante de una barraca de granito, en una perspectiva de miles de barracas iguales que parecían perderse hasta el infinito en la llanura de hierro. Cada diez barracas había un mástil con un estandarte que restallaba al viento vivo.

El que flotaba como un ángel guardián sobre el sector de la compañía de Unk era muy alegre: franjas rojas y blancas, y muchas estrellas blancas en un campo azul. Era la Vieja Gloria, la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica en la Tierra.

Más allá estaba el estandarte rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Después había un maravilloso estandarte verde, naranja, amarillo y púrpura, con un león que sostenía una espada. Era la bandera de Ceilán, y después de ésta había una bola roja en un campo blanco, la bandera de Japón.

Los estandartes representaban a los países que las diversas unidades marcianas atacarían y paralizarían cuando comenzara la guerra entre Marte y la Tierra.

Unk no vio ningún estandarte hasta que su antena le permitió aflojar los hombros, soltar las articulaciones, salirse de la fila. Miró boquiabierto la perspectiva de barracas y mástiles. La barraca que tenía delante mostraba un gran número pintado sobre la puerta. El número era 576.

Algo en Unk encontró el número fascinante, lo movió a estudiarlo. Después recordó la ejecución, recordó que el hombre pelirrojo a quien había matado le había dicho algo sobre una piedra azul y la barraca doce.

En el interior de la barraca 576, Unk limpió su rifle y encontró la tarea sumamente agradable. Descubrió, además, que aún sabía cómo se desmontaba el arma. En todo caso, no le habían borrado eso en el hospital. Le hizo particularmente feliz sospechar que probablemente otras partes de su memoria también habían sido pasadas por alto. Por qué podía hacerlo furtivamente feliz esta sospecha, no lo sabía.

Limpió el cañón del rifle. El arma era un máuser alemán de 11 milímetros de un solo tiro, ese tipo de rifle que se había ganado su reputación cuando lo usaron los españoles en la guerra hispanoamericana, en la Tierra. Todos los rifles del ejército marciano eran aproximadamente de la misma cosecha. Los agentes marcianos, en su tranquila labor sobre la Tierra, habían podido comprar por poco menos que nada enormes cantidades de máusers, Enfields ingleses y Springfields norteamericanos.

Los camaradas de pelotón de Unk también estaban limpiando los cañones de los rifles. El aceite olía bien, y el trapo aceitado, enroscándose en el interior del arma, obligaba a hacer fuerza, justo lo suficiente para que la tarea fuera interesante. Casi nadie hablaba.

Nadie parecía haberse fijado especialmente en la ejecución. Si para los camaradas de Unk había sido una lección, la encontraban fácil de digerir.

Había habido un solo comentario sobre la participación de Unk en la ejecución, de parte del sargento Brackman. -Estuviste muy bien -le dijo.

-Gracias -respondió Unk.

-El tipo estuvo muy bien, ¿verdad? -preguntó Brackman, a los camaradas de Unk.

Algunos hicieron un gesto de asentimiento; pero Unk tuvo la impresión de que sus camaradas hubieran asentido a cualquier pregunta positiva, y hubieran sacudido negativamente la cabeza en respuesta a una negativa.

Unk retiró el trapo y la varilla, deslizó el pulgar por debajo de la recámara abierta y la luz llegó a su uña aceitada. La uña del pulgar envió la luz a través del cañón. Unk aplicó el ojo a la boca del arma y quedó estremecido por su perfecta belleza. Podía haber contemplado con felicidad, durante horas, la inmaculada espiral del rifle, soñando con el feliz país cuya redonda puerta veía en el otro extremo del cañón. Algún día se arrastraría por el caño hasta aquel paraíso.

Allí haría calor y habría una sola luna, pensó Unk, y la luna sería gorda, tranquila y lenta. Algo más le llegó del paraíso rosado que estaba al final del cañón, y Unk se quedó pasmado por la claridad de la visión. Había tres hermosas mujeres en aquel paraíso, y Unk sabía perfectamente a qué se parecían. Una era blanca, otra dorada, la otra morena. La dorada fumaba un cigarrillo en la visión de Unk. Unk se quedó más sorprendido aún al descubrir que sabía la marca de cigarrillos que fumaba la muchacha.

Era un cigarrillo MoonMist.

-Venda MoonMist -dijo Unk en voz alta. Hacía bien decir aquello, hada sentirse con autoridad, astuto.

-¿Eh? -dijo un joven soldado de color que limpiaba su rifle junto a Unk-. ¿Qué estás diciendo? -preguntó. Tenía veintitrés años. Su nombre estaba bordado en amarillo sobre una franja negra en el bolsillo izquierdo de la camisa.

Se llamaba Boaz.

Si las sospechas hubieran estado permitidas en el Ejército de Marte, Boaz habría sido una persona sospechosa. Era sólo un soldado raso, de primera clase. Pero su uniforme, aunque de color verde liquen reglamentario, era de una tela mucho más fina y estaba mucho mejor cortado que el de todos los que lo rodeaban, incluyendo el sargento Brackman.

Los uniformes de todos los demás eran ordinarios, mal cortados, cosidos con torpes puntadas de hilo grueso. Y los uniformes de todos los demás sólo parecían buenos cuando quienes los llevaban estaban en posición de firmes. En cualquier otra posición un soldado corriente encontraba que su uniforme tendía a hacer bollos y a crujir como si fuera de papel.

El uniforme de Roaz seguía cada uno de sus movimientos con una gracia sedosa. Las puntadas eran menudas y numerosas. Y lo más sorprendente de todo es que los zapatos de Roaz tenían un lustre profundo, rico, rojizo, un lustre que los otros soldados no podían conseguir por más que se lustraran los zapatos. A diferencia de los zapatos de todos los otros miembros de la compañía, los de Roaz eran de auténtico cuero de la Tierra.

-¿Hablabas de vender algo, Unk? -dijo Roaz.

-Liquide MoonMist. Sáqueselo de encima -murmuró Unk. Las palabras no tenían sentido para él. Las había dejado salir simplemente porque se habían empeñado en hacerlo-. Venda -dijo.

Roaz sonrió, tristemente divertido. -Que venda, ¿eh? -dijo-. Okey, Unk, venderemos. -Alzó una ceja.¿Qué vamos a vender, Unk? -Había algo particularmente brillante, penetrante en sus pupilas.

Unk encontró intranquilizador ese brillo amarillo, esa agudeza de los ojos de Roaz, y cada vez más, pues Roaz seguía mirándolo fijo. Unk apartó los ojos, miró al azar los ojos de otros de sus camaradas, los encontró uniformemente apagados. Hasta los ojos del sargento Rrackman estaban apagados.

Los ojos de Roaz continuaban mordiendo en Unk. Unk se sintió forzado a buscar otra vez su mirada. Las pupilas parecían diamantes.

-¿No te acuerdas de mí, Unk? -dijo Roaz.

La pregunta alarmó a Unk. Por alguna razón era importante que no se acordara de Roaz. Estaba agradecido de no recordarlo realmente.

-Roaz, Unk -dijo el hombre de color-. Soy Roaz. Unk asintió con un gesto. -¿Cómo estás? -dijo. -Oh, no estoy lo que se dice mal -dijo Roaz. Sacudió la cabeza-. ¿No recuerdas nada de mí, Unk?

-No -dijo Unk. La memoria lo estaba inquietando Un poco ahora, diciéndole que podía recordar algo sobre Roaz si hacía todo lo posible. Silenció la memoria-. Lo siento -dijo Unk-. Tengo la mente en blanco.

-Tú y yo éramos compadres -dijo Boaz-. Boaz y Unk.

-Ajá -dijo Unk.

-¿Recuerdas lo que es el sistema de compadres, Unk? -preguntó Boaz.

-No -contestó Unk.

-Cada hombre en cada sección tiene un compadre -dijo Boaz-. Los compadres comparten la misma casamata, son como carne y uña en los ataques, se cubren el uno al otro. Si uno de los compadres se las ve feas en un cuerpo a cuerpo, el otro viene, lo ayuda, le tiende un cuchillo.

-Ajá -dijo Unk.

-Curioso -dijo Boaz-, lo que un hombre olvida en el hospital, y lo que sigue recordando, le hagan lo que le hagan. A ti y a mí nos entrenaron como compadres durante un año, y te has olvidado. Y ahora dices eso sobre cigarrillos. ¿Qué clase de cigarrillos, Unk?

-Me… me he olvidado -dijo Unk.

-Trata de acordarte -dijo Boaz-. Lo tenías hace un rato. -Frunció el entrecejo y bizqueó, como tratando de ayudar a Unk a acordarse.- Me parece tan interesante lo que un hombre puede recordar después de haber estado en el hospital. Trata de recordar todo lo que puedas.

Había cierto afeminamiento en Boaz, a la manera de un matón astuto que hace arrumacos a un marica, hablándole como a un nene.

Pero a Boaz le gustaba Unk, eso también correspondía a su manera de ser.

Unk tenía el inexplicable sentimiento de que él y Boaz eran las únicas personas reales en el edificio de piedra, que todos los demás eran robots con ojos de vidrio y no muy bien pergeñados. El sargento Brackman, que se suponía que mandaba, no parecía más vivaz, ni más responsable, ni con más autoridad que una bolsa de plumas mojadas.

-Veamos qué es lo que recuerdas, Unk -dijo Boaz zalamero-. Viejo compadre, recuerda todo lo que puedas.

Antes de que Unk pudiera recordar nada, le empezó de nuevo el dolor de cabeza que le hizo cumplir la ejecución. Pero dolor no se detuvo en la punzada de advertencia. Ante la mirada inexpresiva de Boaz, el dolor en la cabeza de Unk se convirtió en una cosa centelleante, contundente.

Unk se puso de pie, dejó caer el rifle, se llevó las manos a la cabeza, se tambaleó, se desmayó.

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