Layos. La historia de un mito griego

«Puedes cambiar tu futuro, no tu destino».
En época clásica, Layos, el mítico rey de Tebas, era un personaje mitológico vilipendiado, acusado de ser el que inició la pedofilia con el rapto de Crisipos, el infante bastardo más querido del rey Pélops. Debido a este hecho, se ganó la maldición que más tarde
se transmitiría a su hijo Edipo.
Esta novela ejecuta una ambientación micénica con la habilidad y el método de un cirujano e hila el mito dentro de la historia de forma magistral. Recupera y dignifica la figura de Layos, sirviendo su historia de amor con el adolescente Crisipos como telón de fondo para mostrarnos toda la sociedad aquea de la Edad del Bronce.
A Josep Asensi, de pequeño, le dieron a leer unos librillos sobre mitología para que viera lo ridículos que eran los falsos dioses del paganismo; lograron todo lo contrario.
Enamorado de la mitología, devoró cuanto cayó en sus manos. Lector obsesivo, conoció a Homero y ya no lo abandonó. Aficionado a la Historia, se empapó con todo lo que estuvo a su alcance. Con el tiempo descubrió que había un lugar común en el que confluían la mitología, la épica y la Historia: la Edad del Bronce.
Apasionado con los héroes de antaño, y con mucho tiempo libre, se decidió a recrear la Grecia del segundo milenio antes de nuestra Era
con la misma precisión de su oficio: cirujano. Así nació Layos, una novela ambientada en la ciudad de Tebas mil años antes del nacimiento de Pericles, cuando los escudos eran de piel de buey y los yelmos se fabricaban con colmillos de jabalí.

ANTICIPO:

De pie, en el pequeño claro, cada sonido se potenciaba hasta el infinito.
Layos tuvo mucho tiempo para reflexionar en lo sonoro que puede ser el silencio. Ninguna voz ni trabajo humano interrumpía los miles de levísimos murmullos de la naturaleza que lo rodeaba. Era consciente como nunca de la brisa, del movimiento de las hierbas, del jadeo de los perros, de las pisadas de los animales, del zumbido de los insectos, del vuelo de las aves.
Sintió cómo se le dormía el pie derecho y balanceó su peso. Siguió esperando con la brisa en el rostro. «Esto es bueno», pensó. Con el viento de cara, la bestia no podría olerle. Eso le daría una ligera ventaja. O, al menos, reduciría su desventaja. Notó el sudor
corriendo por en medio de su espalda, llegando hasta su cintura, resbalando entre sus nalgas.
«Tranquilo, tienes una lanza; una buena lanza». En alguna parte, los soldados espiaban cada uno de sus movimientos. Por un lado, debería ser un consuelo saberse respaldado; si algo salía mal, quizá pudiesen acudir en su socorro. Pero, por otro, era consciente de que iba a ser evaluado, y muy duramente juzgado si fallaba. En verdad, preferiría estar completamente solo. No podría soportar la humillación de decepcionarlos.
«Tranquilo, tranquilo. Nada saldrá mal. Sabes manejar tu lanza. Sabes aguantar a pie firme. Sabes controlar tu respiración, tus movimientos. Eres una roca. Puedes permanecer quieto tanto como sea preciso. Y cuando llegue el momento, sabrás lo que debes hacer. Los perros asustarán al cochino y tú clavarás tu lanza en su corazón».
El viento viró ligeramente, helando su hombro derecho. «¡Oh, no!». Tragó saliva. Si seguía cambiando y su olor llegaba hasta el monstruo… Sintió el frío en la espalda. «Todo ha terminado». Luego
recapacitó. El viento no era tan fuerte como para atravesar su armadura de lino. Sólo era un escalofrío. Una ráfaga en los muslos le
confirmó que el viento seguía siendo favorable. Balanceó de nuevo
su peso, con suavidad, sin el menor ruido.
«Ven, maldita bestia, ¡ven!». El sol ascendía. La espera se prolongaba ya demasiado. No quería que el jabalí lo encontrase agotado o entumecido. «Tú puedes aguantar. No desesperes. Sí, puedes aguantar lo que haga falta. Ese maldito bicho no va a vencerte». Una gruesa gota cayó por su sien izquierda. La derecha estaba seca. «El viento vuelve a virar». Nuevamente una sensación de frío en sumbrazo derecho. «Vamos, Anemo, viento, no me traiciones. Vuelve a tu sitio. Así, sigue, sigue. Ponte delante de mí. Muy bien. Sigue ahí. No te muevas y te prometo que después te rezaré como es debido». Volvía a sentir la brisa en el rostro.
Voces humanas. Y perros. La batida se acercaba. Podía oír los gritos de los batidores y los ladridos de la jauría. Un instante después, escuchó por vez primera los gruñidos de la bestia, la hierba pisoteada a su paso, las ramas quebradas por su embestida.
Y apareció.
La hierba se abrió como si un gran par de manos hubiese movido las hojas de una puerta doble. El tiempo se enlenteció. El monstruo, asustado y furioso, corrió hacia él.
Entonces se percató de que tenía la lanza en la mano equivocada.
Ya era tarde. Los perros, a su derecha, salieron de su escondrijo y se
precipitaron sobre el animal.
Layos abrió las manos y dejó caer la lanza.
El jabalí torció su rumbo, huyendo de los perros, y resbaló.
La mano izquierda del rey encontró su espada.
El cochino se estabilizó y reanudó la carrera, dejando expuesto su costado izquierdo.
El wanax retrocedió con un solo pie para rectificar su ángulo.
Ya. El monstruo yacía muerto, con la espada limpiamente clavada en el corazón. Layos, con la rodilla hincada en el suelo, permanecía con la mano en la empuñadura, sintiendo resbalar por ella la sangre del animal, que aún sufría sus últimas convulsiones. Sudor, palpitaciones, jadeo, y la mano que se negaba a soltar su presa.
—¡Con la espada! —dijo una voz tras él.
Layos tardó en reaccionar. Cuando se volvió, lo rodeaba una muchedumbre. No sabía muy bien cuándo ni de dónde habían salido.
—¡Con la espada! —repitió un sonriente eqeta.
—¡Qué prodigio de valor! —añadió otro.
Ya no pudo reconocer más palabras. Todos hablaban a la vez, lo aclamaban, se acercaban a él para felicitarlo. Se encontró de pie sin recordar haberse levantado. Tampoco recordaba haber dejado la espada. Sus dedos aún goteaban sangre. No pudo contar los brazos que lo estrecharon, las palmadas, las alabanzas. Finalmente, la muralla de camaradas se abrió frente a él para dejar paso a Licos.
El lawagetas sonreía orgulloso. Sus labios temblaban y se esforzaba
por no llorar. Lo abrazó con fuerza hasta hacerle daño.
—¡Mi rey! ¡Mi héroe! —dijo con la voz quebrada por la emoción.
Layos respondió al abrazo, encantado por la aprobación y el afecto de su tutor. Se demoraron mientras los vítores crecían a su alrededor. Al fin, Licos se separó, introdujo las manos bajo las carrilleras del casco del muchacho y apretó con fuerza y cariño sus mejillas.
—Pero no vuelvas a hacerme esto. No sabes cuánto me has asustado.

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