Llámame Judas

LlamameJudas

Los argumentos a favor de la hipótesis canónica –el Iscariote como gran villano del cristianismo- son sumamente endebles. Apenas hay vagas referencias en un par de Evangelios, y son escasamente compatibles entre sí. La avaricia como presunto móvil para la delación no se sostendría en pie frente a un moderno tribunal de justicia, como no se sustenta ante un análisis racional: el tesorero de la comunidad que vivía en torno a Jesús el nazareno habría obtenido un botín mucho más jugoso y menos arriesgado escabulléndose con la bolsa.

La única prueba del delito es una contradictoria declaración de unos supuestos testigos que ni siquiera coinciden en los detalles del posterior suicidio, como si se tratase de viejos rumores oídos de otros labios, y no de acontecimientos directamente vividos por ellos. Una losa de silencio se abate sobre la imagen de judas, cuyo nombre maldito apenas se pronuncia sino para recordar que su alma se abrasa eternamente en el infierno.

¿Y si las cosas hubiesen sucedido de otro modo? ¿si el Iscariote, en vez de traidor, hubiera sido el cómplice más estrecho en los planes del rabino Jesús, tal como sostienen desde los primeros siglos las corrientes gnósticas en los llamados Evangelios según Judas? ¿Y si el resultado final nada tuviera que ver ni con estos planes ni con los del propio Judas? Llámame Judas le ofrece las claves ocultas de esta historia.

ANTICIPO:
Por la noche, llegué un poco cargado a casa. No es algo habitual, por mucho que digan quienes, sin razón, me tienen por una especie de crápula clandestino. Para mí, los excesos, siempre en su justa medida, aunque a veces pueda pasarme de la raya si la ocasión lo merece. Y ese día había sobrado motivo para eso y algo más. No solo por mi satisfactoria experiencia de novel investigador.

Había jurado a Mónica que comeríamos juntos para celebrar mi cumpleaños y lo que ella había bautizado unilateralmente como mi nueva experiencia de hombre libre. Dos celebraciones en una, aunque la segunda, la verdad, no fuese precisamente motivo de jolgorio. Pero uno no come a diario con su ex y con su actual marido, que también se apuntó a la festividad. Y es que nuestras relaciones, las que Mónica y yo mantenemos, no son en absoluto corrientes. Más bien, por el contrario, algo fuera de lo normal. Nos casamos en el 74, enamorados como es debido. Y no es una frase irónica; yo diría que muy enamorados, lúcidamente enamorados. ¿Contradictorio? No; la lucidez y el amor, si van de la mano, salvan a las parejas, o al menos salvan a las personas, que es lo que merece la pena ser salvado en toda relación humana. Si algo he de agradecer a Mónica, aparte de su afecto y sinceridad durante los años que compartimos, es precisamente eso, la lucidez; la suya, y el permanente sustento de la mía. Un afecto lúcido, en definitiva, es lo que nos mantuvo. Y esa misma claridad de ideas fue la que nos permitió una separación pacíficamente pactada después de un prolongado matrimonio. Porque es necesaria mucha lucidez para advertir primero, y reconocer después, que los proyectos se agotan, Y para no venirse abajo ni declararle una guerra al mundo como respuesta. Una separación más o menos dulce, al margen de los desgarros que estos hechos producen inevitablemente tras una larga convivencia. Una separación favorecida, eso sí, por circunstancias exteriores. Mónica recibió una magnífica oferta profesional que ni a ella ni a mí nos pareció lógico rechazar: un puesto de jefa de servicio en el departamento de oncología de La Fe. Demasiado importante para decir que no, y excesiva la distancia para mantener una estructura sin futuro. Así que, como un juego teórico al principio que después fue cobrando rotundo fundamento, decidimos otorgamos mutua libertad durante el tiempo que ella pasase en Valencia. Fue un tiempo largo, tan largo que a ambos nos posibilitó rehacer unas vidas que en mi caso devino en definitiva soltería, si es que fuese lícito emplear ese término, y a ella le permitió conocer a otro hombre con quien iniciar un segundo proyecto. Tres años después de su marcha, formalizamos el divorcio como trámite imprescindible para su futura boda.

Lo que son las cosas, fue precisamente esta boda lo que la devolvió a Madrid. Porque Lucas, su nuevo amante, un viudo con dos hijos independientes, vivía en la capital. Lucas, un tipo sobrio en el sentido estético de la palabra, seis años mayor que yo, gordinflón y más bien sosote a primera vista, pero todo un personaje en el mundo de la investigación genética que, prendado de los valores —supongo que no solo profesionales— de Mónica, gestionó para ella un puesto en la Fundación Jiménez Díaz para neutralizar esos trescientos sesenta kilómetros de distancia. Así suele jugar la vida sus cartas: lo que para unos resulta un trayecto insalvable, a otros les parece un par de saltos hasta la esquina de enfrente. Mónica y Lucas, unidos por y para la ciencia. Quién sabe si definitivamente. Ojala que sí, al menos ese deseo de felicidad le transmití en aquellos momentos. Y fui sincero, porque era lo mínimo que le debía— De eso hacía ya diez años. Diez años de relación distante, aunque más o menos amistosa, siempre con un toque de formalidad añadido por la presencia de Lucas.

Con la perspectiva del tiempo, había llegado a ver a Mónica como a una madre, demasiado joven para mí, claro, aunque la edad no determina en absoluto las predisposiciones. Siempre pendiente, como quien teme el extravío de un hijo cabeza loca. No digo que le faltasen motivos para considerarme un poco tarambana, un irresponsable para con los clásicos deberes familiares, pero su respuesta resultaba abusiva, sofocante en ocasiones, Durante nuestra convivencia lo había interpretado como un afán desmedido por su parte de meter las narices donde no debía, un deseo de control que no pocas veces rayaba, desde mi subjetivísimo punto de vista, en lo patológico. Luego, con los años, y sobre todo gracias a la lejanía física, supe discernir cuál era el problema: su irrefrenable afán de protección. Incluso ahora, por mucho que intentara evitarlo, y me consta que lo intentaba en mi presencia, aún retenía ese rasgo entre los tics más indisciplinados de su personalidad, y nuestras afortunadamente tardías conversaciones acababan, tarde o temprano, monopolizadas por mis eternos defectos y sus graves consecuencias. Mi respuesta más común era el silencio: con la pareja se puede discutir, a una ex se le puede mandar a hacer puñetas, pero no es fácil desairar a una madre. Nuestra celebración enseguida tomó el camino tradicional. Protegido, como de costumbre en circunstancias similares, por la sólida coraza que proporcionan varias copas de sobremesa, reflexionaba para mí sobre la posibilidad de que Lucas pudiera hallar una buena hipótesis respecto a su esposa desde los arcanos de la genética. Ella insistía en las oportunidades que me brindaba el futuro, la conveniencia de que tomase unas buenas vacaciones (—Ya estoy de vacaciones, soy púa y obligada vacación —escuché protestar a una de mis neuronas.), o que me sumara a algún viaje colectivo (—Sí, del INSERSO, no te jode.) para conocer a gente nueva y olvidar la parte más traumática de la primera etapa de mi desempleo. Y, tras los consejos, las ineludibles admoniciones sobre mi estilo de vida, el cuidado de mi salud y la necesidad de no dejarme llevar por la indolencia, defecto que, tan intrínseco en mí, podía conducir a un desdichado desenlace.

De repente, la escena adquirió la fuerza de una revelación, casi una experiencia mística. Supongo que algo tuvo que ver el alcohol como catalizador de prodigios; al fin y al cabo todos los videntes, desde el Oráculo de Delfos hasta George Bush, se han apoyado históricamente en alguna ayudita parecida. Ella me sermoneaba, como era su costumbre en los últimos tiempos, tras el disfraz del buen consejo, pero ahora sin el apasionado rigor de una madre, sino con el tono de suprema condescendencia de una anciana tía. Caí en la cuenta de que en adelante debería llamarla tía Mónica. Y ese salvífico hallazgo me hizo rejuvenecer cien años.

Durante la cena con Miguel ni se me ocurrió decir que había estado comiendo con la tía Mónica, aunque mi alborozo apenas contenido me invitaba a hacerlo partícipe del sensacional descubrimiento. No habría recibido bien esa broma sobre su madre. Miguel es mi hijo. Va en busca de los treinta y uno y ya firma en un diario de los que llaman de alcance nacional. Es uno de esos chicos que deciden seguir el oficio de su padre, quién sabe si por legítima vocación o, abonados al refrán de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, por la comodidad de pisar terreno ya explorado. En realidad, se llama Miguel Ángel, como síntesis de una vieja pugna. Su madre quería ponerle mi nombre y yo me negaba a admitir la incomodidad de dos ángeles revoloteando en un mismo espacio, así que convinimos un armisticio en tierra de nadie. Yo lo llamo Miguel, y ella por su nombre completo. Seguramente fue él quien apechugo con la parte más dura de nuestra separación. Aunque ya tenía quince anos cuando viajó a Valencia con su madre y las formalidades del divorcio lo sorprendieron —valga la hipérbole— con derecho a voto, y el oportuno regreso de Mónica a Madrid le permitió comenzar la carrera en la Complutense desde el primer curso. Cualquiera podría pensar en una coincidencia, pero no. Mónica no cree en el azar y lo planifica casi todo con precisión de cirujano. Incluso la vida de Miguel, quién sabe si su futuro, está diseñada según esos mapas que parece esconder en alguna parte de su cabeza. Mi hijo avanza en la profesión, gana un sueldo más que discreto, dispone de coche, mantiene un pequeño apartamento en el barrio de Arganzuela, pero sigue viviendo en el nidito de mamá con la complacencia de Lucas. Allá él, el insigne genetista, quiero decir.

Mi relación con Miguel se ha convertido, por así decirlo y salvando las distancias, en un trato de colegas. Cuando le anuncié lo que se planeaba contra mí, había estallado en un mecagoenlaputamadrequelosparió telefónico que parecía brotarle de la mismísima médula. Cierto que en su rabia se mezclaban dos elementos sumatorios de particular capacidad explosiva— por una parte la víctima era su padre, y por la otra, no menos importante, los verdugos pertenecían a la más odiosa competencia, una cadena radiofónica con la que su diario sostenía una eterna y cruenta guerra mediática que a veces hacia temblar los cimientos del mismísimo Estado. Así que sus motivos para la cólera eran dobles. Ya en aquella ocasión me había denunciado ciertos rumores (—Se oye que quieren vender parte de la empresa.), y durante la tempranera cena que mantuvimos antes de que se incorporase al turno de cierre, confirmó lo que ya parecía un secreto a voces, incluso en la propia emisora:

—En septiembre entrarán nuevos accionistas y necesitan limpiar el terreno.

—Cuatro nóminas menos son el chocolate del loro —alegué sin sulfurarme—. Eso no limpia un balance.

—Es el primer empujón, papá, y habrá otros. Antes de un año, los de 55 ya serán viejos.

Me sentó como una patada en la entrepierna esa maldita palabra. Pero tenía razón. No en que fuéramos viejos, exactamente. Nuestros sueldos eran viejos. Los de mi edad ganábamos demasiado. Hasta hace muy poco lo llamábamos sueldo digno y habíamos luchado por él con unas y dientes, soportando sacrificios y jugándonos la cara. Ahora eran excesivos. Ni comparación con los millonarios contratos de algunos ejecutivos chupatintas, pero infinitamente más que la joven carne de cañón que cada año vomitaban las facultades universitarias. Los novísimos y tiernos esclavos haciendo cola para ser explotados a conciencia. Y sumamente agradecidos, además, de que se les permita encajar en el engranaje. Me había despedido de varios de ellos en la cafetería de la emisora solo veinticuatro horas antes.

—La competitividad, ya sabes —Miguel se creyó obligado a puntualizar el exacto sentido de sus palabras.

—La madre del dios Mercado. La Santísima Cuenta de Resultados. Siempre pura: antes, durante y después del reparto de dividendos. En mis tiempos se hablaba del bolsillo del patrón y todo era mucho más fácil de entender.

—Disfruta, y que les den por culo.

—Lo primero pienso hacerlo. Y sus culos me traen sin cuidado.

—Bien dicho —apoyó su frase con una palmada en mi espalda. v —Aunque si han de ser tus jefecillos los encargados de la sodomización, casi prefiero que se mantengan vírgenes

—Joder, papa, no empieces de nuevo.

Disfrutaba provocándolo con esa polémica. Era algo más que un pique, realmente. Miguel parecía en exceso identificado con la política informativa de su empresa. Nada reprochable a su edad, muy al contrario: si faltan los referentes, puedes acabar como un burócrata insensible. Pero si algo preserva los últimos reductos de nuestra individualidad es el sentido crítico, especialmente hacia aquello que pueda ser tenido por lo más sagrado,

—No es tu guerra, Miguel. Nunca lo olvides. Eres un recluta, un puto recluta. La guerra, para los generales. Da igual el numero de cadáveres que queden sobre el campo, que al final sellarán la paz y se estrecharan las manos. Los muertos los ponen otros; ellos nunca pierden.

—Paso de discutir, y menos en un DIA como este. Además, en cuanto tomas dos copas no se puede hablar en serio contigo.

Repentinamente, movido por ese ambiente de supuesta confianza, le había atacado por la retaguardia:

—Oye, ¿tú crees que he sido un mal padre?

—Es la decimosexta vez que me haces esa pregunta —me miró directamente a los ojos—. Ya sabes la respuesta.

Creo recordar que la respuesta era algo parecido a no. Pero no exactamente. Lo mismo me había contestado (—Ya sabes la respuesta.) las catorce veces anteriores. Tampoco la primera vez que se lo pregunté, poco antes de irse a Valencia, pronunció la palabreja, ese monosílabo con poder absolutorio que podría hacer de mí un hombre medianamente satisfecho de sus virtudes paternas. No, aquella primera vez (—No digas chorradas, papá.) se había limitado a escabullirse.

No es de extrañar que tras aquella doble sesión de psicoterapia llegase a casa deseando tirarme sobre la cama. Pero, a pesar de las críticas de tía Mónica, siempre he sido ordenado con mis cosas, así que, una vez refugiados los pies en unas cálidas pantuflas, deposité mi bolsa de trabajo en el despacho junto a la documentación, las llaves, la cartera y todos esos artificios con los que a diario llenamos los bolsillos para poder movernos en sociedad. Entonces recordé la nota, aquel folio aparecido de repente entre las páginas de mi volumen— Me senté al ordenador y tecleé un mensaje con el tono más neutro que pude encontrar:

De: Ángel Casares

Para:

Asunto: NOTA MANUSCRITA

Esta mañana hallé un texto manuscrito en un libro de la Biblioteca Nacional: GregornTuronensis Episcopi Historíae Francorum Libri Decem. Es de suponer que usted se lo dejó recientemente, pues llevo consultando ese volumen durante varios días y nunca hasta hoy lo había visto, a pesar de que estaba entre páginas que ya he repasado. Como membrete del folio aparecía esta dirección que ahora utilizo, por lo que imagino que puede ser de su propiedad, o quizá pertenezca a una persona o empresa conocida por usted. Si así fuera, y si esas notas aún tuviesen algún valor, sepa que obran en mi poder, y que quedo a su disposición para lo que me sugiera: o bien remitírselo por correo ordinario a la dirección que pueda indicarme o devolverlo al volumen referido, si es que tiene intención de solicitarlo de nuevo en la Biblioteca. Tampoco tendría inconveniente, muy al contrarío, de entregárselo en mano, si lo prefiere.

Un saludo,

Ángel Casares.

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