Los casos de Monsieur Dupin

El escritor de Providence Edgar Allan Poe fue uno de los escritores más singulares de la historia. Más allá de su alcoholismo, sus tendencias histriónicas o su producción literaria (La narración de Gordon Pym, un fracaso en ventas la primera vez que se publicó, el poema El cuervo y un puñado de relatos extraordinarios: Berenice, Ligeia o La caída de la casa Usher), el autor pasó a la posteridad por otorgar peso y bagaje literario al terror, casi podríamos decir que llevó al género a la literatura, desempeñando un papel similar al que, años después, desempeñaría Lovecraft, permitiendo el paso del terror decimonónico al siglo XX. Pero, además, fue el creador de una figura detectivesca, monsieur Dupin, que se convirtió en el arquetipo de los posteriores detectives, y un género nuevo, en el que se concitaban el horror puro y el misterio. Por una de esas paradojas del destino, Sherlock Holmes, su heredero más directo y notorio tenía una pésima opinión de su colega francés («era un hombre que valía muy poco»). Este volumen recoge Los crímenes de la rue Morgue, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada. Y, como regalo final, el libro incluye dos joyas: El escarabajo de oro y «Tú eres el hombre».

ANTICIPO:
Cuando en un relato titulado Los crímenes de la rue Morgue, traté, hace un año, de trazar algunos notabilísimos rasgos del carácter mental de mi amigo el chevalier C. Auguste Dupin, no se me ocurrió que tendría que ocuparme de nuevo del mismo tema. Esa pintura del carácter constituía mi propósito; y tal propósito se vio completamente satisfecho con la extraña sucesión de circunstancias narradas para ejemplificar la idiosincrasia de Dupin. Hubiera podido presentar otros ejemplos, pero no habría probado más. Hechos producidos hace poco, sin embargo, me habían llevado, en su sorprendente evolución, a algunas conclusiones que traerán consigo el aspecto de confesiones forzadas. Oyendo lo que últimamente he oído, sería, en verdad, extraño que guardara silencio acerco de lo que he oído y visto hace tanto tiempo.

Después del desenlace de la tragedia oculta en las muertes de madame L’Espanaye y su hija, Dupin relegó el asunto al olvido y volvió a caer en sus antiguos hábitos de extravagante meditación. Dispuesto, en todo tiempo, a las abstracciones, me adapté prontamente a su humor; y continuando en nuestras habitaciones del faubourg Saint Germain, dejábamos el futuro a los vientos y reposábamos tranquilamente en el presente, cruzando en sueños el oscuro mundo de nuestro alrededor.

Pero estos sueños eran interrumpidos algunas veces. Puede fácilmente suponerse que el papel jugado por mi amigo en el drama de la rue Morgue había hecho impresión en el ánimo de la policía parisina. El nombre de Dupin se convirtió para sus agentes en algo familiar. El simple carácter de las deducciones con que había desenredado el misterio no había sido explicado ni aun al prefecto, ni a ninguna otra persona más que a mí; no es sorprendente que el asunto fuera mirado como poco menos que milagroso, o que la capacidad analítica del chevalier adquiriera, para él, el crédito de la intuición. Su franqueza hubiera hecho desengañar de esa preocupación a cualquier curiosos; pero su humor indolente le prohibía toda agitación ulterior sobre un tópico cuyo interés había cesado hacía tiempo para él. Sucedió que la policía puso en él sus ojos, como en un faro guiador; y no fueron pocas las veces que se pretendió utilizar sus servicios en la prefectura. Uno de los más notables ejemplos fue el del asesinato de una joven llamada Marie Rogêt.

Este suceso ocurrió unos dos años después de la atrocidad de la rue Morgue. Marie, cuyo nombre cristiano y apellido llamarán la atención por su parecido con la infortunada «cigarrera», era la única hija de la viuda Estelle Rôget. El padre había fallecido cuando esta niña tenía muy edad aún, y desde el período de su muerte hasta ocho meses antes del asesinato que motiva nuestra narración, madre e hija había vivido juntas en la rue Pavée Sain André; la señora dirigía allí una pensión ayudada por Marie. Pasó así el tiempo, hasta que esta última hubo cumplido 22 años de edad; su notable belleza llamó la atención de un perfumista que ocupaba una de las tiendas del entresuelo del Palais Royal, y cuya clientela estaba conformada principalmente por los terribles aventureros que infestaban la vecindad. Monsieur Le Banc no ignoraba las ventajas que reportaría a su perfumería emplear en ella a la hermosa Marie; y sus liberales proposiciones fueron aceptadas con entusiasmo por la joven, aunque con disgusto de su señora madre.

Las esperanzas del negociante se vieron realizadas, y sus salones llegaron bien pronto a hacerse célebres, gracias a los encantos de animosa grisette. Llevaba un año en su empleo, cuando sus admiradores se vieron desconcertados por su repentina desaparición de la tienda. Monsieur Le Blanc no pudo dar explicaciones acerca de su ausencia, y madame Rogêt se vio presa de ansiedad y terror. Los diarios recogieron inmediatamente el tema y la policía estaba a punto de hacer serias indagaciones cuando, una bella mañana, después de una semana, Marie, en buena salud, aunque con aire algo triste, hizo su reaparición en su habitual mostrador de la perfumería. Toda averiguación, excepto las de carácter privado, fue abandonada inmediatamente, como se comprende. Monsieur Le Blanc profesaba una ignorancia total, lo mismo que antes. Marie, con la señora Rogêt, replicaba a todas las preguntas que la última semana la había pasado en el campo, en casa de una parienta. Así se apaciguó el asunto, y fue olvidado por todo el mundo; por la joven, ostensiblemente para librarse de la impertinencia de la curiosidad, dio pronto un último adiós al perfumista y se refugió en la residencia de su madre en la rue Pavée Sain André.

Fue cerca de cinco meses después de su retorno a casa, que sus amigos se alarmaron por una segunda desaparición repentina. Corrieron tres días, y no se supo nada de ella. Al cuarto día su cuerpo fue encontrado flotando en el Sena, cerca de la ribera opuesta al barrio de la rue Sain André y en un punto no muy distante de la apartada vecindad de la Barrière du Roule.

La atrocidad de este asesinato (porque era evidente que se había cometido un asesinato), la juventud y la belleza de la víctima, y sobre todo, lo conocida que era, conspiraban para producir una intensa excitación en ánimo de los sensibles parisinos. No me acuerdo que ningún otro accidente de este carácter haya producido jamás un efecto tan general y tan intenso. Durante muchas semanas, en la discusión de este absorbente tema, fueron olvidados hasta los importante tópicos de la política diaria. El prefecto hizo esfuerzos que no había hecho nunca; y los medios de toda la policía parisina fueron empleados en todos los sentidos.

Después del descubrimiento del cadáver, no se supuso que el asesino pudiera escapar, por más de un breve periodo a la investigación que fue inmediatamente puesta en juego. Sólo después de una semana se juzgó necesario ofrecer un premio y hasta entonces ese premio fue limitado a mil francos. Mientras tanto, las diligencias se practicaban con vigor, si bien no siempre con buen juicio, y un gran número de individuos fueron examinados sin éxito alguno, y debido a la obstinada ausencia de todo dato que pudiera descubrir el misterio, la excitación del pueblo crecía grandemente. Al final del décimo día se consideró conveniente doblar la suma ofrecida; y al último, habiendo transcurrido la segunda semana sin conducir a ningún descubrimiento, y manifestado en algunos graves émeutes la preocupación que existe en París contra la policía, el prefecto resolvió ofrecer, por sí mismo, la suma de veinte mil francos por la «denuncia del asesino», o si más de uno estaba implicado en el hecho, por «la denuncia de alguno de los asesinos». En la proclama que anunciaba este premio, se prometía un completo perdón a cualquier cómplice que delatase a los criminales; y a todo se añadía el aviso particular de un comité de ciudadanos, que ofrecía diez mil francos, además de la cantidad propuesta por el prefecto. El total del premio alcanzaba, pues, a treinta mil francos, que debe considerarse como una suma extraordinaria, si consideramos la humilde condición de la joven y la mucha frecuencia con que en las grandes ciudades tienen lugar atrocidades como la que hemos narrado.

Nadie dudaba de que, de esa manera, cesaría el misterio del asesinato. Pero, aunque en uno o dos casos, se hicieron arrestos que prometían aclaración, nada pudo descubrirse que arrojaba sospechas sobre los detenidos y fueron puestos inmediatamente en libertad. Extraño parecerá que la tercera semana, desde el encuentro del cadáver, hubiera pasado sin que se descubriera nada respecto a los asesinas, sin que ni el más leve rumor de los sucesos que así habían agitado al público, fuera a herir los oídos de Dupin o los míos. Empeñados en investigación que habían absorbido toda nuestra atención, hacía casi un mes que ninguno de los dos salíamos a la calle ni recibíamos visitas, ni hecho más que echar un vistazo a los artículos principales sobre política de los diarios. El primer aviso del crimen nos fue llevado por G*** en persona. Entró a caso, temprano, en la mañana del 13 de julio de 18.. y permaneció con nosotros hasta entrada la noche. Se sentía picado por la inutilidad de sus esfuerzos para dar con la pista de los asesinos. Su reputación –eso lo dijo con un aire particularmente parisino estaba empañada. Hasta su honor se hallaba comprometido. Los ojos del pueblo estaban fijos sobre él; no había, en realidad, ningún sacrificio que no deseara hacer por el descubrimiento del misterio.

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5 Opiniones

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    Vidal
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    La verdad es que hacía mucho tiempo que no releía nada de Poe, y al echarle un ojo al anticipo me han entrado ganas de recuperarlo; de momento me he arrancado del sofá (qué calor hace) y me he pillado los cuentos completos y estoy releyendo algunos de ellos. No todos, pero muchos siguen funcionando.

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    Julio
    on

    Sí, Poe es mucho Poe.

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    kalamity
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    De Poe se ha dicho casi todo. Pero por él no pasa el tiempo. Sus relatos siguen asustando y aterrando. Y siempre será así. Poe era un monstruo en sí mismo.

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    gandalin
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    Totalmente de acuerdo…Poe tiene ese sabor diferente en cuanto emoiezas a avanzar en uno de sus relatos. Pocos como él para conseguir lo qu eyo llamo congoja in crescendo….

    Me impresionó El gato egro

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    WOOZ
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    Los clásicos suelen ser una apuesta bastante segura a la hora de hacer una buena compra o disfrutar leyendo algo, ya que por lo menos, resulta indicativo el calificativo de “clásico” en lo referente a su calidad o valor literario.

    De Poe me quedo con “El Pozo y el Péndulo”, “El Barril de Amontillado”, “El Retrato Oval” y “El Gato Negro”.

    Saludos

    WOOZ

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