Los cien días

Ciendias

Embarcado con destino a Chile, con el propósito de colaborar con el proceso de independencia de la incipiente república americana, Jack Aubrey va a cambiar completamente de rumbo cuando conoce la noticia del momento: Napoleón ha huido de la isla de Elba y es fácil deducir con qué propósito.

De nuevo al servicio de la Armada Real, Aubrey va a verse al frente de las más arriesgadas misiones en unos meses críticos para la paz de Europa, y la ayuda del espía y buen amigo Stephen Maturin va a ser más necesaria que nunca.

Conspiraciones en el Adriático, acciones nocturnas en el Mediterráneo, ataques a enclaves aún no colonizados, persecuciones… una sucesión de emocionantes lances que dejan sin aliento al lector y que ponen ante sus ojos un momento clave en la historia de Occidente.

Patrick O’Brian está considerado como uno de los mejores cultivadores de la novela histórica, con sus reconstrucciones de la época, su atención al detalle, su sensibilidad para crear personajes complejos y profundos.

ANTICIPO:
Se volvió dispuesto a compartir su asombro, sólo para descubrir que sus dos acompañantes ya no estaban con él. A esas alturas descendían los botes de ambos barcos y los infantes de marina, con los mosquetes relucientes y las casacas rojas brillantes a la luz del sol, se disponían a embarcar.

Se alejaron los botes, cargados hasta la regala (la pinaza de la Pomone había enmudecido los remos inútilmente) y rumbo a la playa situada inmediatamente debajo de la punta donde la torre del castillo en ruinas quebraba el uniforme horizonte.

Desembarcaron los soldados, mientras apenas se rizaba la mar en la ribera. Entonces, cuando los botes bogaban ya hacia la punta norte de la bahía, Jack ordenó dar vela para subirIos a bordo. Cinco minutos después, Ragusa Vecchio apareció ante su mirada; era un pueblo dejado disperso, al norte del castillo en ruinas. Fondeada en sus aguas se hallaba la fragata en cuestión, acompañada por las dos naves argelinas. Los botes cruzaban de un lado a otro sobre el agua cristalina, y la suave brisa de juanetes seguía soplando del sudsudoeste.

Tanto en la Surprise como en la Pomone se pitó a zafarrancho de combate. Jack ordenó izar la bandera inglesa.

-Señor Woodbine -dijo al piloto-, sitúeme a veinticinco yardas de su amura de babor y después ponga en facha las gavias. Doctor, tenga la amabilidad de quedarse a mano para traducir.

La fragata francesa bullía de actividad, y parecía estar largando amarras. La polacra había cobrado ya su única ancla y su compañera aún recogía cadena.

La Surprise navegó entre ambas y la francesa puso en facha dos de sus gavias y permaneció ahí, inmóvil, meciéndose con suavidad.

Jack saludó al francés con la habitual voz marinera.

-¿Qué barco anda? -Sus palabras encontraron un eco en la voz de Stephen Maturin.

Fue un joven bastante atractivo en el alcázar, vestido con uniforme de capitán de navío y sombrero de dos picos (que levantó a modo de saludo), quien respondió:

-La Ardent, de la Armada imperial.

Siguió un impresionante grito al unísono de «Vive l´Empereur!», procedente de la dotación de la Ardent.

-Querido señor -continuó Jack tras responder al saludo-: Ahora Francia está gobernada por su muy cristiana majestad Luis XVIII, aliado de mi rey. Debo pedirle que ice la bandera correspondiente y que me acompañe a Malta.

-Lamento decepcionarIe, señor -dijo el capitán de la Ardent, pálido de rabia-, pero si lo hiciera faltaría a mi deber.

-Me apena tener que insistir, pero si no me obedece nos veremos obligados a emplear la fuerza.

Durante este tiempo, alargado por la necesidad de la traducción, los argelinos habían estado haciendo cortas bordadas. Por fin se habían situado al pairo, uno por la amura de babor de la Surprise, y el otro por la aleta. A bordo de ambas embarcaciones reinaba el griterío, ya fueran órdenes o consejos.

-Abre las portas de ambos costados -ordenó Jack.

Las brigadas de marineros que servían los cañones habían estado aguardando la orden, de modo que abrieron a la vez las portillas pintadas de rojo; dos segundos después asomaron las bocas de las piezas con un sordo estampido que reverberó en la bahía.

Lo mismo sucedió a bordo del barco francés. -Messieurs les anglais -dijo el capitán de la Arden tirez les premiers.

Jamás pudo resolverse la duda de quién fue el primero en ofender al enemigo, puesto que en cuanto se desató el estruendo se produjo una explosión fortuita a bordo de la polacra saetía, y ambos bandos entablaron combate con tanta premura como pudieron, lo cual desencadenó una trapisonda ensordecedora que devolvió el eco desde el castillo y el muelle, mientras los cañonazos cubrían la costa cercana de un denso humo blanco, atravesado una y otra vez por lacerantes llamaradas anaranjadas.

Al principio, la Surprise no pudo disparar con la suficiente rapidez, pues no disponía de la gente necesaria para servir las baterías de ambos costados a un tiempo. Sin embargo, los barcos argelinos, de inferior calado, comprobaron que no podían soportar el peso de sus andanadas y se retiraron lejos del alcance de los cañones.

El rugido del fuego en el costado de la Ardent se vio apoyado inicialmente por las baterías costeras, que montaban cañones de dieciocho libras; pero incluso en pleno tumulto del combate los marineros de la Surprise aprovecharon el rápido declive del enemigo, y quienes pudieron arrancar unos segundos al tiempo inclinaron sonrientes la cabeza al compañero, diciendo: «Soldados…».

En el instante en que los infantes de marina silenciaron la última de las baterías, pudieron oírse tres disparos bien dirigidos, efectuados por los cañones situados a popa de la Surprise cuando ésta se hallaba en el seno de una ola, que atravesaron el costado de la Ardent, alcanzando el pañol del farol. Hubo una pequeña explosión, un conato de incendio, Y unos segundos después otra explosión muy superior a la primera. Una ingente columna de humo y llamas se alzó al cielo, apagando la luz del sol.

La tercera parte del casco a popa de la fragata quedó completamente destrozada. Los restos se hundieron sin más, y después la fragata los siguió tras zambullirse lenta y horriblemente, hasta topar con el fondo. De la Ardent tan sólo asomaba el palo trinquete, Y antes incluso de quedar inmóvil del todo el mar se vio agitado, azotado, por una lluvia de restos compuesta entre otras cosas por el tope de mayor y varios pies del mastelero, perchas enormes, apenas quebradas, innumerables motones e irreconocibles pedazos de madera. De algún modo la mayoría de estos restos derivados de la explosión fueron a caer playa adentro, pero minutos después seguían lloviendo trozos pequeños, y algunos dejaban a su paso una estela de humo.

-¡Alto el fuego! -voceó Jack en mitad del sepulcral silencio que siguió-. ¡Batiporta cañones! Señor Harding, echen al agua todos los botes disponibles. -Sin ir más lejos, la lancha, estibada en el combés, presentaba diversos impactos-. Yordene a la Pomone acercarse a la voz.

Se dirigió corriendo bajo cubierta, donde Stephen se incorporaba después de entablillar un brazo roto que PolI procedía a vendar con rapidez y destreza.

-Enseguida el doctor te pone en condiciones, Edwardes -dijo Jack al paciente, y, tras apartar a Stephen, le preguntó cuán urgente creía que era su misión en Spalato.

-No hay nada que sea más urgente -respondió Stephen. Jack asintió.

-Muy bien -dijo-. ¿Qué daños hemos sufrido?

-Harris ha muerto como consecuencia de un tiro de mosquete. Seis heridas de astillas, una peligrosa; y tengo a dos contusionados, debido a que les ha caído encima un motón.

Un parte de bajas pero que muy modesto. Jack tuvo unas palabras para cada uno de los hombres que aguardaban su turno para ser atendidos por el doctor, y después volvió a cubierta. La Pomone ya se había situado de costados paralelos.

-¿Han sufrido muchos daños? -preguntó.

-Muy pocos, señor, para un combate tan reñido por muy breve que fuera. Cuatro quemaduras de pólvora, un cañón volcado, cuatro pares de obenques cortados y daños en la jarcia de labor. Algunos heridos como consecuencia de los motones caídos de la jarcia, o por las astillas. Sin embargo, todos nuestros botes están en condiciones.

-En tal caso, le ruego que los echen al agua. Recojan a cuantos supervivientes sea posible, y vayan a por nuestros infantes de marina. Desembarquen a los prisioneros en Ragusa (la nueva Ragusa, costa arriba), y después sígame a Spalato sin perder un minuto.

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11 Opiniones

Escribe un comentario

  • Ighor
    on

    ¿Es este personaje el que inspiró la película de Gregory Peck?

  • indigo
    on

    ¿El de esta novela? No, ese es un tal Hornflowner, o algo asín. Están publicados en España por la misma editorial en similar formato, pero me quedo con este: Jack Aubrey (Hornflower no se va de putas).

  • Alberto
    on

    Hornblower, se habla de la serie en las columnas de ficción militar (en el apartado "desde Opar")

  • braulio
    on

    Será algo putero, pero al menos a Jack Aubrey no le dejan cada poco tiempo en la puerta un hijo bastardo, como a su buen amigo Heneage Dungas.

  • maximus
    on

    ¿Y alguien sabe si algún día llega Jack Aubrey a almirante?

    O al menos que le den un barco decente, que he visto en el anticipo que aparece la Surprise y se nos va a caer a pedazos, demonios.

  • soberano
    on

    ¿La divina Surprise, caerse a cachos?

    Puede que sea un poco vieja, pero sigue manteniendo unas excelentes condiciones para la navegación, y no hay ninguna embarcación que sea capaz de navegar de bolina tan rápido como la Surprise.

  • maximus
    on

    Ya, pero su tonelaje y el número y calibre de sus cañones es inferior al de otras fragatas, en especial de las más modernas americanas.

    Es hora que le den a Jack un buen navío de línea

  • mario
    on

    yo me pierdo con tanto cabo, oblenque, sobrejuanete, mesana, sobremesana, perica, boca del lobo, carronada y demás.

    llega a ser desconcertante, por mucho que digais en la columna que no se nota.

    Una pena, porque quitando eso, el libro es sumamente entretenido

  • Buendia
    on

    Me ha sorprendido con cierto agrado, pues en esta novela O´Brian recupera buena parte del pulso narrativo y buen hacer que hicieron grandes sus primeras novelas y que, tristemente, había declinado de forma considerable.

  • Garay
    on

    A veces abusa de tecnicismos. Prefiero a los dos héroes de buena parte de los foristas de aquí. Sharpe y Harry Flashman.

  • hectorfe
    on

    porque no leer a Forester C.S. y su serie de 10 libros Hownblower de Edhasa, es el maestro de la novela historica naval, nuestro promocionado amigo Obrian poco tiene que hacer si se comparan las obras

    saludos, hector

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