Los constructores del puente y otros relatos

Kipling

La era victoriana fue pródiga en escritores de primera magnitud; Stevenson, Sir Henry Haggard, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker y Rudyard Kipling son algunos de los más nombres conocidos. Las posturas colonialistas e imperialistas tuvieron en Kipling a un cultivador atípico. Su obra muestra cómo aprovechar el sentido de lo exótico, de lo aventurero, de lo bizarro y de la narrativa de acción. Si en otros autores vemos que lo que viene de fuera es fuente de peligros y amenazas sin cuento, en este autor es, al menos en esta novela, una oportunidad irrepetible para expresar su fe en el trabajo minucioso y anónimo que desarrollaban en medio mundo los hombres del imperio, británicos y nativos, para dominar las adversidad y llenar aquel vacío insondable con los férreos valores de hombres trabajadores y poco pagados de sí mismos. Y ese espíritu lo encontramos en el simbólico Los constructores de puentes, un homenaje del autor a su padre, y en el último relato de este libro, El chico de la leña, una historia de poco más de sesenta páginas sobre los sueños idealistas de un joven que termina convirtiéndose en un militar íntegro. Asume que aquella misión colectiva exige los máximos sacrificios, como ocurre con la mayoría de los personajes de Kipling, incluyendo a la pequeña locomotora protagonista de 007, con su temor a no ser capaz de dar la talla en las tareas encomendadas.

El trabajo de cada día es una antología que Valdemar publica en dos entregas, esta que ahora nos ocupa, Los constructores de puentes, y La tumba de sus antepasados. La edición es impecable, cuidada y con las notas necesarias para proporcionar el marco adecuado para garantizar al máximo el disfrute de un clásico, algo ya es costumbre en Valdemar.

ANTICIPO:
Llegaron entonces a una India que les resultaba más extraña a ellos que a un inglés que no hubiera viajado –la India plana y roja de las palmas, las palmiras y el arroz, la India de los libros de dibujos, del Little Henry and His Bearer17–, todo muerto y seco bajo el calor abrasador. Habían abandonado el incesante tráfico de pasajeros del norte y el oeste, que había quedado muy atrás. Aquí la gente se arrastraba hasta los lados del tren, llevando a los pequeños en los brazos; entonces dejaban atrás una vagoneta cargada y hombres y mujeres se amontonaban alrededor y por encima como hormigas ante la miel derramada. En una ocasión, durante el crepúsculo, vieron sobre una llanura polvorienta un regimiento de hombrecillos oscuros, cada uno de los cuales llevaba un cuerpo a los hombros, y cuando el tren se detuvo para dejar allí otra vagoneta vieron que la carga no eran cadáveres, sino gentes sin comida recogidas junto a sus bueyes muertos por un cuerpo de tropas irregulares. Ahora se encontraban con más hombres blancos, aquí uno y allí dos, cuyas tiendas habían sido puestas cerca de la línea del ferrocarril, y que habían llegado armados con poderes escritos y palabras coléricas para quedarse con una vagoneta. Estaban demasiado atareados para hacer otra cosa que asentir a Scott y Martyn, y miraban con curiosidad a William, quien no podía hacer otra cosa que preparar el té y observar cómo sus hombres se apartaban de la avalancha de gimientes esqueletos andantes, bajándolos del tren en grupos de a tres, separando con sus propias manos las vagonetas designadas o aceptando recibos de los hombres blancos, fatigados y con los ojos hundidos, los cuales hablaban un argot distinto al suyo.

Se quedaron sin hielo, sin agua de soda y sin té, pues llevaban seis días y siete noches en la carretera y les parecía que estaban allí varias veces siete años.

Al fin, durante un amanecer seco y caluroso, en una tierra de muerte iluminada por las luces largas y rojizas de los vagones del ferrocarril, donde estaban quemando a los muertos, llegaron a su destino y se encontraron con Jim Hawkins, el jefe de la hambruna, sin afeitar, sin lavar, pero alegre y haciéndose cargo totalmente de los asuntos.

Allí mismo ordenó que Martyn viviría en los trenes hasta nueva orden; tenía que regresar con las vagonetas vacías, llenarlas de gente hambrienta donde la encontrara, y dejarla en el campamento de la ayuda situado al borde de los Ocho Distritos. Cogería suministros y regresaría, y sus policías defenderían las vagonetas cargadas de cereales, recogerían también a gente y la dejarían en un campamento situado a cien millas al sur. Scott, y Hawkins se sentía muy contento de ver de nuevo a Scott, en ese mismo momento se haría cargo de un convoy de carretas de bueyes y se dirigiría al sur, entregando alimentos en su camino hacia otro campamento de ayuda, alejado del ferrocarril, donde dejaría a sus hambrientos, que no faltarían en el camino, y esperaría órdenes junto al telégrafo. En general, en todos los asuntos pequeños Scott haría aquello que mejor le pareciera.

William se mordió el labio inferior. No había nadie en el ancho mundo como su hermano, pero las órdenes de Martyn no le daban poder discrecional. Salió cubierta de polvo de la cabeza a los pies y con una arruga en forma de herradura en la frente que había dejado allí lo mucho que había pensado durante la semana anterior, pero tan dueña de sí misma como siempre. La señora Jim –que debería haber sido Lady Jim, aunque nadie se acordaba de llamarla correctamente– se hizo cargo de ella con un gritito de sorpresa.

–Ay, estoy tan contenta de que se encuentre aquí –dijo casi sollozando–. No debería estar, desde luego, pero está; no hay otra mujer aquí y podemos ayudarnos la una a la otra, ya sabe; tenemos a todos esos desgraciados, y a los niños pequeños que están vendiendo.

–He visto algunos –dijo William.

–¿No le parece terrible? Yo he comprado veinte; están en nuestro campamento. ¿Pero no querrá comer algo primero? Aquí tenemos a más de diez personas para encargarse de eso, y además tengo un caballo para usted. ¡Ay, estoy tan contenta de que haya venido! Usted es también una punjabí, y ya sabe lo que eso significa.

–Cálmate, Lizzie –le dijo Hawkins por encima del hombro–. Cuidaremos de usted, señorita Martyn. Siento no poder invitarle al desayuno, Martyn. Tendrá que comer en el camino. Deje a dos de sus hombres para que ayuden a Scott. Estos pobres diablos no resisten las carretas de carga. Saunders –dijo dirigiéndose al conductor que estaba medio dormido en la cabina–, regrese y llévese a estos hambrientos. Tendrá «vía libre» hasta Anundrapillay; al norte le darán órdenes. Scott, cargue las carretas de esa vagoneta BPP y salga lo antes que pueda. El euroasiático de la camisa rosa es su intérprete y guía. Encontrará una especie de boticario atado al yugo de la segunda vagoneta. Ha estado intentando largarse, así que tendrá que vigilarle. Lizzie, lleva a la señorita Martyn al campamento y diles que me envíen aquí el caballo rojo.

Scott, con Faiz Ullah y dos policías, estaba trabajando ya en las carretas, llevándolas hasta el tren y abriendo los lados tranquilamente, mientras los otros las cargaban con bolsas de mijo y trigo. Hawkins le estuvo contemplando mientras llenaba la primera carreta.

–Es un buen hombre –dijo–. Si todo va bien, le haré trabajar duramente.

Ésa era la idea que tenía Jim Hawkins del máximo cumplido que un ser humano le podía hacer a otro.

Una hora más tarde Scott estaba en camino; el boticario le amenazaba con penas legales por hacer que él, miembro del Departamento Médico Subordinado, hubiera sido obligado a ir en contra de su voluntad y todas las leyes que rigen la libertad del súbdito; el euroasiático de camisa rosa rogaba le diera permiso para ir a ver a su madre, que estaba muriéndose a unos cinco kilómetros de distancia:

–Sólo muy, muy pequeño permiso de ausencia y enseguida regresar, señor…

Los dos policías, armados de barrotes, cerraban la retaguardia, y Faiz Ullah, con el desprecio típico de un mahometano hacia todos los hindúes y extranjeros marcado en cada línea de su rostro, les explicaba a los conductores que aunque Sahib Scott era un hombre al que había que temer, él, Faiz Ullah, era la verdadera autoridad.

La procesión pasó chirriando junto al campamento de Hawkins: tres tiendas descoloridas bajo un grupo de árboles muertos; tras ellas estaba el cobertizo de ayuda donde unos seres indefensos agitaban los brazos alrededor de las cazuelas.

–Ojalá el cielo hubiera dejado a William fuera de esto –dijo Scott para sí mismo tras echar un vistazo–. Con toda seguridad tendremos el cólera en cuanto lleguen las lluvias.

Pero William parecía haberse dedicado voluntariosamente a las operaciones del código de la hambruna, que cuando ésta se declara están por encima del funcionamiento de la ley ordinaria.

Scott la vio en el centro de una turba de mujeres llorosas, con la ropa de cabalgar de calicó y un sombrero de fieltro gris azulado rodeado por una cinta de muselina dorada.

–Necesito cincuenta rupias, por favor. Olvidé pedírselas a Jack antes de irse. ¿Puede prestármelas? Es para comprar leche condensada para los bebés.

Scott sacó el dinero de su cinto y se lo entregó sin una palabra, después dijo:

–Por favor, cuídese.

–Oh, estaré muy bien. Conseguiremos leche de aquí a dos días. A propósito, tenía que decirle que según las órdenes debe llevarse uno de los caballos de Sir Jim. Hay aquí un cabulí gris que pensé sería justo de su estilo, por lo que diría que debería llevarlo. ¿Le parece bien?

–Es una gran amabilidad por su parte. Aunque me temo que ninguno de nosotros podemos hablar ahora mucho de estilo.

Scott llevaba puesto el uniforme de caza de dril manchado por el tiempo, muy blanco en las costuras y algo desgastado en los puños. William le contempló pensativamente, desde el salacot hasta sus botas tobilleras engrasadas:

–Creo que tiene muy buen aspecto. ¿Está seguro de llevar todo lo que necesita: quinina, clorodina18, etcétera?

–Así lo creo –contestó Scott tocándose tres o cuatro bolsillos del uniforme mientras le traían el caballo, se montaba en él y empezó a cabalgar junto al convoy.

–Adiós –gritó.

–Adiós y buena suerte –contestó William–. Le quedo muy agradecida por el dinero.

Se dio la vuelta sobre los talones y desapareció en la tienda, mientras las carretas pasaban junto a los cobertizos del hambre, después junto a las líneas rugientes de los grandes fuegos y entraban en las recalentadas tierras de Gehenna del sur.

De William la Conquistadora.

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Interplanetaria

14 Opiniones

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  • Ighor
    on

    No lo he leído, pero no dudéis de que me lo compro ya. Este Kipling es siempre una garantía y en cualquier libro que escriba. Alguien se ha leido Stalky y cia? Menudo novelón.

  • caesar
    on

    Suscribo plenamente lo de Kipling. Lo otro no lo sé

  • Gawain
    on

    Stalky & Cía. lo leí long time ago… y me encantó. Tal vez, porque las aventuras que les pasa en su colegio tenían cierto paralelismo con mis propias vivencias y me quedó marcado el libro. Es bueno, sí, pero tanto como un novelón mmm me parece exagerado. Creo que has sido un tanto gneeroso con la adjetivación.

  • Cid
    on

    No vas a encontrar hoy en día muchas novelas juveniles un poco viejas que mantengan la frescura de stalky. Es buena por los cuatro costados.

  • Santor
    on

    Kipling es un autor excepcional, fruto de una epoca que dio muchos como él (Stevenson, Doyle), capaces de escribir muchas excelentes novelas, tocando los varios palos de la aventura. Lastima que, como Doyle con Sherlock Holmes, muchos relacionen a Kipling con El libro de la selva, olvidando su ingente producción, que va de lo juvenil como el stalky del que se habla en este mismo foro, a novelas de aventura pura y dura.

    Por eso está bien que su producción vuelva a circular, para que no se olvide su gran trabajo.

  • churno
    on

    Completamente de acuerdo.

  • Taurus
    on

    Hay una pelicula que se llama El hombre que pudo reinar, de Sean Conery y Michael Caine. Creo que está inspirada en una novela de Kipling. ¿Es cierto?

  • Alberto
    on

    Es cierto, pero no recuero del título.

  • Palmira
    on

    El hombre que pudo reinar no está basado en una novela, sino en un poema.

    Kipling, que aparte de escritor fue un periodista político muy activo e influyente en su tiempo, viajó sin descanso por todo el Imperio y por Norteamérica, en cambio Europa le dejaba bastante indiferente. Sobre los viajes de Kipling hay un libro que, en mi opinión, vale la pena:

    La vida imperial de Rudyard Kipling, de David Gilmour, en Seix Barral.

  • coronel pike
    on

    Está basado en la novela corta El hombre que pudo reinar, también traducida como El hombre que pudo ser rey. Es tan buena como la película. Si te gusta Kipling prueba también con Kim, la novela madre de todas las novelas de espías.

  • Pluto
    on

    Es, en efecto, una novela corta, como apunta el coronel. Puede encontarse junto a otros tres relatos en una edición muy buena de Valdemar: El hombre que pudo reinar y otros cuentos.

    La película que se basa en un poema de Kipling es Gunga Din, una obra maestra del cine de aventuras. (Creo que otra película también basada en un poema suyo es Tres soldados, también en blanco y negro).

    John Huston, el director de El hombre que pudo reinar, era un gran amante de la poesía de Kipling, hasta el punto que retaba a cualquiera a comenzar a recitar cualquier poema suyo y él aseguraba poder continuarlo hasta el final.

    Por cierto, el productor de la película quería que el papel de ambos soldados los interpretaran Robert Redford y Paul Newman, que en los años anteriores habían cosechado éxitos enormes con Dos hombres y un destino y El golpe, pero finalmente les dieron el papel a dos actores británicos.

  • Magnolia de acero
    on

    Películas basadas en Kipling:

    son muy buenas Gunga Din (Cary Grant), Capitanes intrépidos (Spencer Tracy) y sobretodo El hombre que pudo reinar (Maichael Caine y Sean Connery), creo que son historias tan buenas que contribuyeron mucho a forjar la imagen de esos grandes actores.

    Sin embargo, curiosamente, a pesar de ser Kim una buena novela de aventuras que a dado lugar a varias películas, ninguna de ellas ha salido realmente redonda.

    Una pregunta:

    ¿alguien conoce alguna película basada en la vida de Kipling?

  • Pluto
    on

    Pues no conozco ninguna película sobre la vida de Kipling, pero ahora mismo están rodando una sobre una parte de ella:

    ‘My boy Jack’ recreará la vida del hijo del escritor. Jack Kipling, que así se llamaba el muchacho, al estallar la Primera Guerra Mundial podía haberse escaqueado del servicio militar gracias a las influencias de su padre, pero se negó a hacerlo pese a los vehementes ruegos de éste, y murió en las trincheras. Lo que finalmente le llevó a la muerte. Sus padres desde entonces iniciaron un lamentable viaje en busca de la tumba de su hijo, que fue visto con vida por última vez con herido de gravedad en medio de un enfangado campo de batalla.

    La muerte de Jack cambió las ideas de Kipling sobre los imperios y las guerras.

    El actor que interpretará al hijo de Kipling es Daniel Radcliffe, famoso por encarnar al pesado de Harry Potter (cuya muerte final en el s´petimo libro esperamos tantos con impaciencia, aunque haya quien dice que será uno de los signos del apocalipsis).

  • Pluto
    on

    Una novela sobre la vida de Kipling es:

    Dingley, el ilustre escritor de Jerome y Jean Tharaud, que ganaron con ella el premio Goncourt allá por 1906.

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