Los gladiadores

gladiadores

En el año 73 a.C., setenta gladiadores encabezados por el galo Cirxus y el tracio Espartaco huyeron de la escuela de Léntulo Batuatus para escapar del trágico destino de una muerte degradada a la condición de espectáculo. Así arranca una de las aventuras más fascinantes de la historia, un episodio que Koestler recrea como ejemplo paradigmático de cómo los movimientos de liberación pueden desembocar en una tiranía.

A las puertas del centenario del nacimiento del controvertido escritor Arthur Koestler, parece el momento idóneo para recuperar esta obra en una edición asequible a todos los públicos, y que además puede leerse en contraposición a la que diera Howard Fast, sobre el mismo tema, en Espartaco.

Publicada anteriormente en la colección de Narrativas Históricas con el título Espartaco. La rebelión de los gladiadores, se ha intentado mantener un diseño similar para no llevar a engaño, pero recuperar una traducción más fiel del título original para distinguirla claramente de la obra de Howard Fast y evitar la confusión de los lectores.

ANTICIPO:
La vía Apia se estrechaba hacia el sur, una interminable procesión de mojones, árboles y bancos. Estaba pavimentada con grandes bloques cuadrangulares de piedra y regulares setos de cactos se alineaban sobre sus flancos inclinados. Tanto piedras como plantas estaban cubiertas con una capa de polvo harinoso. Hacía calor y reinaba un profundo silencio.

La posada de Fanio se alzaba junto al segundo mojón al sur de Capua, y aunque era la época más activa del año, estaba vacía. Corrían tiempos malos e inseguros, y sólo viajaban aquellos que no tenían más remedio que hacerlo, pues pandillas de rufianes ignorantes vagaban por el campo, volviendo arriesgado el tránsito y el comercio- El camino no había visto pasar ningún cliente potencial desde el mediodía, a excepción de dos grupos de viajeros aristócratas que se dirigían a Baia y que nunca hubieran posado sus ojos en la posada de Famo.

Fanio estaba detrás del mostrador, escuchando el balance de cuentas de su contable. La habitación, saturada de humos hediondos, olía a tomillo y cebollas. Dos camareras maquilladas arrojaban los dados sobre una mesa para decidir cuál de ellas debía atender al próximo cliente. Los criados masculinos, robustos, de cuello corto y grueso, aptos para cualquier tarea, estaban ocupados en los establos o disfrutaban de sus siestas en el patio sombrío bajo nubes de mosquitos. De repente se oyeron voces bulliciosas en la entra da. Cuando Fanio se levantó para ver qué ocurría, la puerta se abrió precipitadamente y una multitud ruidosa entró en el local. Había al menos cincuenta o sesenta personas y el lugar se llenó de inmediato. Los recién llegados llevaban extraños instrumentos, similares a los que se usaban en el circo. Casi todos parecían muy animados y reían o proferían gritos innecesarios. Uno de ellos llevaba la piel de un animal cruzada sobre un hombro, en lugar de ropas decentes. Permanecieron de pie, con evidente incomodidad, dirigiendo miradas lascivas a las camareras. Por fin, uno de ellos exigió que les prepararan una mesa en el patio.

Fanio contempló aquel grupo de personas y, sin excesiva prisa, ordenó a sus sirvientes que llevaran bancos y taburetes fuera. Las camareras se humedecieron las cejas, intercambiaron muecas de disgusto y comenzaron a poner la mesa. Los huéspedes se sentaron y reinó un silencio expectante. Entre ellos había varias mujeres. En la cabecera se sentó un gordo de bigotes caídos y ojos de pez. Llevaba una cadena plateada al cuello y parecía una foca triste. Las camareras iban y venían colocando vasos y jarras sobre la mesa, pero el gordo las arrojó al suelo con el brazo.

-Llevaos esto -dijo-, queremos un barril.

Las jarras de cerámica se estrellaron contra las piedras del suelo y los demás rieron. Una mujer delgada y morena golpeó la .mesa con sus puños pequeños e infantiles

Fanio se aproximó al gordo con pasos indolentes y sus criados cuellicortos formaron un muro a sus espaldas. Cuando le .tocó el brazo, todo el mundo se calló la boca. Fanio, un individuo regordete, con un solo ojo y hombros corpulentos, miró de arriba abajo a cada uno de sus clientes.

— ¿De qué arena os habéis escapado? —les preguntó.

El gordo apartó la mano de Fanio de su brazo y respondió:

-El que pregunta demasiado, se expone a escuchar demasiado. Ahora queremos nuestro barril.

Fanio permaneció inmóvil un momento, mirando a sus huéspedes, que a su vez miraron a Fanio sin decir nada. El silencio se prolongó unos instantes, hasta que por fin Fanio guiñó un ojo y sus hombres arrastraron el barril hacia la mesa. Fanio esperó que lo abrieran y se marchó. Las camareras regresaron para llenar las copas, pero los comensales ya se habían amontonado en torno al barril y se servían solos. Luego pidieron la comida. Las camareras llevaron varias fuentes y los comensales comieron y bebieron hasta ponerse de muy buen humor, mientras los criados cuellicortos los observaban apoyados contra la pared.

Cuando empezó a oscurecer, el gordo llamó al propietario de la posada. Fanio se acercó y comprobó que varios comensales dormían sobre las mesas y otros sostenían a las camareras -que también parecían muy animadas- sobre sus regazos.

El gordinflón, con un aspecto tan melancólico como antes, pidió a Fanio que preparara habitaciones para todo el grupo. Algunos huéspedes protestaron, gritando que era necesario seguir adelante; pero el gordo dijo que aquel lugar era tan bueno como cualquier otro para pasar la noche. Fanio guardó silencio. La delgada joven morena reconoció que el gordo tenía razón y que podrían poner guardias en las puertas. El gordo respondió que ya habían discutido bastante y que el posadero debía preparar las camas y la ropa de cama. Por fin Fanio dijo que no tenía ni camas ni ropa de cama y les rogó que pagaran y se marcharan.

Los comensales permanecieron en silencio. Un instante después, el hombre de la piel le dijo a Fanio que no debía temer nada, pues llevaban suficiente dinero para pagarle-Tenía una cara ancha y bondadosa, cubierta de pecas, y sus extremidades angulosas, junto a su forma de sentarse —con los poderosos codos apoyados sobre las rodillas—, le daban el aspecto de un leñador de las montañas. Fanio lo miró, el hombre de la piel le devolvió la mirada y Fanio giró la cara. Uno de los comensales, un hombre pequeño y delgado, soltó una carcajada desagradable y arrojó al propietario una bolsa de monedas. Fanio la recogió, pero insistió en que debían retirarse. Los comensales guardaron silencio. Fanio esperó unos instantes, hizo un guiño y los cuellicortos se acercaron. Entonces el gordo se incorporó y Fanio retrocedió unos pasos. Permanecieron allí de pie, barriga frente a barriga. Fanio miró al gordinflón y le advirtió que en sus tiempos se las había visto con bandidos más grandes y mejores que él. Su manotazo fue rápido y astuto, pero el gordo le hundió la rodilla en el estómago y lo arrojó contra la pared, donde el propietario de la posada se acurrucó gimoteando.

Uno de los grandullones de cuello corto alzó el brazo y todos se arrojaron sobre el gordo. Los que dormían despertaron, las camareras gritaron, los trípodes se astillaron y el estrépito de las jarras ahogó el crujido de los huesos contra los cuales se estrellaban. Sin embargo, las extrañas armas de los comensales eran superiores a las porras de los criados y la refriega no duró mucho tiempo.

El patio se convirtió en un caos. Los criados retro cedieron y se apiñaron junto al establo. Las camareras les vendaron las heridas, pero fueron incapaces de ayudar a dos de ellos, que fueron arrastrados fuera de allí. Los comensales merodeaban, vacilantes, bromeaban y se burlaban de los criados. Los cuellicortos guardaban silencio y algunos miraban a Fanio, que seguía acurrucado junto a la pared.

El hombrecillo delgado se dirigió hacia Fanio con pasos cortos y afectados y se inclinó sobre él. Fanio giró la cabeza y escupió. Solícito, el hombrecillo le propinó un puntapié en el pubis y Fanio se dobló haciendo arcadas.

-Ya te han sacado un ojo, pero ahora vas a perder algo más —dijo el hombrecillo-. Eso es lo que le pasa a la gente que busca problemas, y nada menos que con Crixus. —Rió dando una palmada a la barriga del gordinflón.

Sin embargo, Crixus no rió. Con sus bigotes caídos y sus ojos apagados, tenía todo el aspecto de una foca triste.

Los criados cuellicortos seguían apiñados junto al establo, custodiados por varios comensales armados. El hombre de la piel cruzó el patio y se detuvo frente a los sirvientes. Todos lo miraban.

-¿Y ahora qué vamos a hacer con vosotros? —les preguntó.

Los criados lo observaban con ojos serenos y atentos. Les gustaba mirar así.

-¿Qué clase de personas sois vosotros? -preguntó uno de ellos.

-Adivínalo -gruñó el hombrecillo—. Quizá seamos senadores.

-No nos importa que durmáis aquí -dijo uno de los cuellicortos-, siempre y cuando os larguéis por la mañana.

-Gracias, eres muy amable —respondió el hombre de la piel con una sonrisa.

Todos rieron, incluso algunos de los cuellicortos.

-Os encerraremos para que paséis la noche con las vacas —dijo el hombre de la piel.

-En realidad deberíamos acabar con vosotros —dijo Crixus-. Si alguno de vosotros intenta salir, lo mataremos de inmediato.

Los encerraron en el establo y aseguraron las puertas con candados de hierro. Dos de los huéspedes se quedaron a vigilarlos y otros dos centinelas se apostaron en la salida.

Las camareras se marcharon a hacer las camas y a prepararse para una noche agotadora.

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