Los héroes de Kalanum

HeroesDeKalanumJavierNegrete

Parece que Carlos lo tiene todo: vive en un chalé estupendo y su padre, Miguel, es uno de los autores de libros juveniles más famosos del país, creador de Keio, un personaje que arrastra a los chavales. Sin embargo, a cambio de la fama, Miguel ha renunciado a los héroes de Kalanum, y esa renuncia ha tenido un precio demasiado alto: su propia alma. ¿A quién puede recurrir Carlos para recuperar al padre siempre escaso de dinero pero sobrado de cariño e imaginación? Solo se le ocurre una respuesta: los mismos héroes a los que Miguel condenó al olvido. Lástima que sean personajes de ficción y que vivan en un inaccesible mundo de fantasía… ¿o no?
Javier Negrete nació en Madrid en 1964. Estudió Filología Clásica y desde 1991 trabaja como profesor de griego en el IES Gabriel y Galán de Plasencia. En 1992 publicó su primera novela, La luna quieta. Es autor de otras obras de ciencia ficción como La mirada de las furias (premio Ignotus a la mejor novela, 1998) y Estado crepuscular (premio Ignotus y Gigamesh al mejor relato, 1994). Ha cultivado también la literatura juvenil con Memoria de dragón y Los héroes de Kalanúm. Con Buscador de sombras ganó el Premio UPC de novela corta del año 2000 y ha recibido tres veces la mención especial del jurado de dicho premio. Por otro lado ha resultado finalista de los premios Edebé, El Barco de Vapor y La Sonrisa Vertical. En Minotauro publicó en 2003 La Espada de Fuego, merecedora del premio Ignotus a la mejor novela, y El espíritu del mago, en 2005. Ambas obras han tenido una entusiasta acogida de público y crítica. También ha aparecido en edición de bolsillo el ómnibus que contiene Buscador de sombras y La luna quieta. En 2006 ganó el Premio Minotauro con Señores del Olimpo.

ANTICIPO:

Bolardos, mi editor, se me quedó mirando.
—¿Es que quieres tomarme el pelo, Miguel? ¿Dónde está el capítulo catorce?
Le sonreí. En aquella época aún hacía bromas. Luego, después de aquel día que nunca se me borrará del recuerdo, dejé de hacerlo.
—¿Por qué lo dices? ¿Es que falta algo?
—¿Dónde está el final? ¿Se puede saber cómo se las arre­glan los héroes para salvar a Arfagacto?
Abrí la cartera y saqué un manojo de folios.
—¡ Ah, te refieres a esto! Sí, es verdad: el último capítulo.
Le entregué las hojas. Yo seguía imprimiendo mis nove­las, aunque podría haberle mandado el archivo por correo electrónico. A él le habían regalado un eBook para que leyera los originales en formato PDF, pero lo tenía muerto de risa porque seguía prefiriendo el papel.
Estábamos los dos un poco anticuados. En su caso, era más comprensible, porque tenía ya sesenta y cuatro años. Lo mío supongo que era romanticismo.
Bolardos leyó el último capítulo como solía hacer él, se­parando un poco los labios, subiendo y bajando las cejas como los brazos de un director de orquesta y gruñendo de vez en cuando como si cada tres párrafos le perdonara la vida al autor.
Cuanto terminó de leer, juntó aquellos folios con el resto y cerró la tapa de cartón que Silvia, mi mujer, había cosido con cordeles rojos. Después de pensar unos segundos, ade­lantó su grueso labio inferior, chasqueó la lengua y me rega­ló su opinión.
—Bien, Miguel. Está bien resuelta, y sin perder el ritmo. Me ha gustado más que la anterior. Las fuentes de Priotis te había quedado un poco flojilla, pero esta… ¿Cómo se titula?
—El secreto de Kalanum —le recordé.
—Sí, claro. Es el secreto que Melania quiere hacerle con­fesar a Arfagacto. Al final los héroes evitan que lo averigüe.
—De eso se trataba, ¿no?
Bolardos tamborileó en la mesa con un dedo amarillo de nicotina.
—Ya. Está muy bien que Melania no lo descubra. Pero yo sí quiero saberlo. ¿En qué demonios consiste ese secreto?
Sonreí. En aquel tiempo pretendía guardármelo, tal vez para siempre o tal vez para una futura novela. Después, in­cluso olvidé que existía.
Tuvo que pasar bastante tiempo para que volviera a re­cordar cuál era el secreto de Kalanum. Pero no voy a adelan­tar acontecimientos, pues esa es la historia que vamos a con­tar entre mi hijo y yo.
—Si te lo dijera, ya sabrías tanto como yo —le respondí.
Bolardos me miró a través de una nube de humo. Fumaba tabaco negro, que a su edad le sentaba como un tiro, pero yo no pretendía convencerle de que lo dejara. Discutir con Silvia ya me cansaba bastante.
Ella fumaba rubio. El olor era menos fastidioso que el del negro, o tal vez me había acostumbrado a él. Pero, en cambio, nunca me acostumbré a las toses que le oía todas las mañanas cuando se levantaba para ir al trabajo. Me dolían como si brotaran de mi propio pecho. «Para Navidades lo dejaré», me decía siempre. «A ver si no llegas a Navidades», amenazaba yo, medio en broma.
Maldita broma.
—No me tomas en serio —se quejó Bolardos.
—¿Cómo no me voy a tomar en serio a mi editor favo­rito?
A tu editor, sin más. No tienes otro. Y a este paso, no vas a tener ninguno —gruñó Bolardos.
Entendí lo que quería decir. Su enojo no iba contra mí.
—¿Ya están otra vez fastidiando los de arriba? —le pre­gunté.
Los de arriba eran la gente de Orbe, el grupo de publica­ciones que había absorbido a la pequeña editorial Orellana. Bolardos intentaba ponerles buena cara, pero en realidad no los soportaba.
—Ahora se han convertido en los de al lado. Son como una plaga que no para de crecer. Van a trasladarme a la cuarta planta y a tirar el tabique de ahí para ampliarle el despacho a Camargo. El lema es: más basura y menos litera­tura. ¿Qué es lo importante? ¿Que los autores sepan escribir y transmitan emociones? ¡No! Lo importante es que salgan en la televisión.
Bolardos intentó darle una calada al filtro, se dio cuenta de que no quedaba ni una mísera hebra de tabaco que que­mar y aplastó la colilla. Tenía la costumbre de dejar el ciga­rrillo para abajo mientras fumaba, de modo que el humo, al subir, le manchaba los dedos de amarillo. Silvia, que era muy observadora, me había explicado esos detalles. Ella, aunque fumara, se cuidaba mucho las manos.
—Basta de lamentos —concluyó Bolardos—. En una se­mana tendrás el contrato nuevo, antes de que los de Orbe cambien de opinión.
Lo interpreté como una despedida y me levanté. Andaba con prisa. Quería saber qué le había dicho el médico a Silvia. Mientras, Bolardos ya estaba sacando otro cigarro del pa­quete.
—Si encendieras uno con la colilla del otro, te ahorrarías el gas del mechero —me despedí.
Otro detalle que recuerdo de aquel día es que, al salir, vi que estaban colgando unos cuadros nuevos en el pasillo. Muy abstractos, muy «de diseño».
En aquellos tiempos estaban cambiando muchas cosas.
Orellana había sido hasta entonces una editorial peque­ña, casi familiar, que durante muchos años había presenta­do unas cuentas saneadas, pero modestas. Yo estaba con­tento de trabajar para ella. Los libros de Kalanum no se vendían mal. Aunque nunca aparecían en las listas de best sellers, habían conseguido un público fiel, sobre todo entre los niños y adolescentes. Yo escribía tres o cuatro al año, me lo pasaba bien, y con eso y con el sueldo de Silvia juntába­mos suficiente dinero para ir tirando. Nos quedaba poco para terminar de pagar el piso y estábamos pensando en cambiar la cocina y poner tarima en toda la casa. Incluso nos permitíamos las clases de karate de Carlos y algún que otro viaje.
Pero unos meses atrás, Orellana había sido adquirida por Orbe, un poderoso grupo que controlaba tres editoria­les, un periódico y varias revistas. Los nuevos dueños esta­ban dispuestos a mantener las colecciones de toda la vida, como la de Kalanum, siempre que no perdieran dinero. Pero, sobre todo, pretendían traer aires nuevos.
A mí esos aires nuevos me olían a chamusquina. Aquello se había llenado de directivos que no se sabía muy bien para qué estaban, porque de libros no tenían ni idea. Venían to­dos encorbatados, pero no como Bolardos, que traía unas corbatas feas y entrañables, de esas de lunares y ojos que se compran para el Día del Padre en la tienda de la esquina. No: esos tipos parecían sacados de un anuncio del Corte Inglés y venían relucientes e impecables con sus gemelos dorados y sus cuellos almidonados, como si de bebés hubie­ran dormido en tablas de planchar.
Y se llenaban la boca con términos como marketing, objeti­vos financieros, gestión de recursos, optimización, sinergias, multi­media. Yo no entendía mucho, pero sabía que aquella palabre­ría no tenía nada que ver con las novelas, que, al fin y al cabo, eran lo que querían los lectores. A los escritores nos llamaban creativos y nos hacían asistir a reuniones interminables, en las que yo decía que sí a todo mientras miraba a un tablero blan­co lleno de diagramas de flujo, cuando en realidad me dedi­caba a cavilar en cómo rematar el próximo capítulo.
Pensando en todo eso se me empezó a agriar el buen humor que me había dejado la entrega de mi libro.
En la calle chispeaba. Aquel otoño estaba siendo muy llu­vioso. Pensé en Silvia: a mi mujer le encantaba quedarse de­trás de los cristales viendo llover, mientras que a mí el cielo encapotado me ponía de mal humor.
Me di cuenta de que en Kalanum casi nunca llovía, o al menos yo no lo había dejado escrito. ¿De dónde salía tanto verdor, huertas tan feraces y bosques tan frondosos?
Era un reino mágico, me dije. La magia puede hacer que todo crezca. Pero otra vocecilla me recordó que odiar la llu­via no era motivo para no escribir sobre ella.
Saqué del bolsillo una libreta de espiral y un lápiz dimi­nuto y mordisqueado —siempre me quedaba con los lápi­ces de mi hijo Carlos cuando él iba a tirarlos— y escribí:
«Que llueva en algún capítulo. Si no, Kalanum va a pare­cer el Sahara.»
Por aquel entonces llevaba escrito en el ordenador el equivalente a treinta páginas de la siguiente aventura. Aún me sentía un poco frío e inseguro, pero siempre me ocurría lo mismo al empezar una novela.
Aunque suene a queja, he de decir que escribir es una tarea ardua y muchas veces ingrata. En realidad, empe­zaba a disfrutar de mis novelas cuando las llevaba muy avanzadas, casi al final (luego me convertí en un autor profesional y eso de disfrutar pasó al olvido). A veces, me daba pena terminar un libro, porque en los últimos capítulos era cuando de verdad llegaba a creerme la his­toria.
Llegaba a evadirme tanto de la realidad que Silvia me daba palmaditas en la nuca y me decía: «¡Llamando a Kalanum, llamando a Kalanum!». Yo la miraba con enfado, porque no me gusta que me toquen la cabeza, pero era fin­gido. A ella se lo permitía todo, y después de tres años de noviazgo y catorce de matrimonio, el contacto de sus manos me seguía poniendo la piel de gallina.
Cuando iba a coger el autobús, me encontré con Ca- margo, uno de los nuevos ejecutivos de la editorial. Salía de su deportivo japonés y se me acercó con paso elástico y se­guro y un traje gris que debía costar mil y pico euros.
—¡Hombre, Miguel, a ti tenía yo ganas de verte! ¿Qué, has venido a traerle al viejo tu último producto?
Camargo llamaba «productos» a las novelas, como si es­cribir libros fuera igual que fabricar detergentes, aspirado­ras o sillas de oficina.
—Se lo traje hace unos días. Hoy he venido para que me diera su opinión. La va a publicar como está.
—Qué bien. Oye, Miguel, quiero hablar contigo muy se­riamente.
—Pues habla. Nadie te lo impide.
—Tengo proyectos para ti. Creo que deberíamos darle un empujón a tu carrera, ¿no te parece? —Subrayó el «em­pujón» dándome un puñetacito en el hombro.
—No sé —contesté, apartándome un poco de él—. No estoy tan descontento con mi carrera. Me divierte lo que hago y gano para vivir.
—¡Ja! Pero mírate, hombre. Con lo que vales y estás aquí, en una parada de autobús, para irte a un piso de la periferia que seguro que solo tiene un cuarto de baño.
—Sí, pero le hemos puesto taza —respondí, pero creo que no captó el sarcasmo.
—No es que te esté menospreciando. Tienes talento y lo usas, pero yo creo que podrías optimizarlo. Los libros de Kalkañú no están mal…
—Kalanum.
—Eso, Kalañún. Sí, son interesantes y tienen imagina­ción…
Y se venden —recalqué.
—Pero menos de lo que podrías vender otros productos. Deberías aprovechar tu talento para crear algo con más pe­gada. —Subrayó sus palabras con un gancho de derechas lanzado al aire—. Los tiempos cambian. Los chicos de ahora son de la generación de los videojuegos, del móvil, del quenti…
—Se dice «tuenti» —contesté yo, que conocía aquella red social por Carlos.
—Pues eso, quenti. ¡El caso es que a los chavales hay que darles algo más visual, más impactante!
—Sí, pero es que nosotros trabajamos para una editorial y producimos libros.
—Libros, vídeos, juegos, ¿qué más da? La palabra cla­ve es multimedia. Ahora tengo que irme, pero piénsatelo: ¡lo a gusto que volverías a tu casa oyendo un mp3 en tu coche nuevo! Triunfar en la vida tiene sus compensacio­nes.
Camargo se marchó, con las mismas prisas con que lo hacía todo. Yo me quedé meneando la cabeza. ¿Por qué le aguantaba las impertinencias a aquel individuo?
¡Un coche! ¡Qué tontería! En aquella época, me parecía un derroche usar un vehículo que pesaba quince veces más que yo para ir de un sitio a otro. A Silvia y a mí nos gustaban los lugares verdes y limpios como Kalanum, con cielos azu­les y aguas claras, y no queríamos contribuir a la polución
de la Tierra.
Pero eso era en aquella época. Después perdí a Silvia, y toda la belleza del mundo desapareció para mí.

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