Los Horrores del Escalpelo

HorroresEscalpeloDanielMares

Otoño de 1888.

El ingeniero español Leonardo Torres de Quevedo se halla en Londres en pos del mítico Ajedrecista de Maelzel, un autómata mecánico que se creía perdido desde hacía décadas.
En compañía de Raimundo Aguirre, monstruoso ladrón y asesino, quién dice tener la pista del perdido autómata, inicia la búsqueda a través de los bajos fondos londinenses y alta sociedad victoriana.
Pero la búsqueda es interrumpida por el horror: las calles del deprimido barrio de Whitechapel amanecen con cadáveres de prostitutas abiertas sobre el adoquinado. Y Torres Quevedo y su compañero Aguirre se ven implicados en la caza de un asesino que firma sus crímenes como Jack el Destripador, entrando en una compleja partida de ajedrez con oscuras conspiraciones, el misterio y la muerte como piezas principales.

«Una rica ambientación que nos hace ver, oler y tocar el Londres de finales del XIX. Personajes inolvidables que horrorizan y conmueven. Una trama repleta de giros imprevisibles, pero siempre coherentes. Todo ello servido por la pluma iconoclasta de Daniel Mares, el talento más desatado de la fantasía española.»
Javier Negrete, autor de La espada de fuego y Salamina.

«Un largo paseo por el horror y la muerte, a la sombra del asesino más famoso de la historia y de la mano de uno de los autores más originales que produjo el círculo literario de la extinta TerMa madrileña.»
León Arsenal, autor de El Hombre de la Plata y El Espejo de Salomón 

ANTICIPO:

Yo estaba allí antes que Torres. No les aburriré contando las penurias y vicisitudes de una vida entregada a la barbarie y la depravación, sometida a perpetuas humillaciones y lejana de la luz de Dios; mi mal vivida vida. Tras el final de la guerra seguí rebotando de cárcel en cárcel, de miseria en miseria, años desperdiciados en alcohol o pecados. Crucé al viejo mundo huyendo de… lo que fuere. Seguí envileciendo mi cuerpo y mi espíritu en tierras irlandesas y británicas, hasta terminar en septiembre de mil ochocientos setenta y ocho como una atracción más en un desfile de monstruos. Un hombre sin cara, que anda como un muerto resucitado, habla con infinita lentitud y piensa aún más despacio no puede encontrar otra ocupación; la mendicidad, el delito o la degradación pública, esas habían sido mis opciones durante los treinta y cuatro años de mi vida, por lo menos en los últimos diez.
Todo lo que la naturaleza me había quitado no menoscababa… de acuerdo, dejémoslo en que me lo quitó mi mala fortuna, o mi estupidez y mi miedo, como gusten; la cuestión es que mis muchas taras me incapacitaban para llevar una vida normal, pero esta merma no afectó en absoluto a mi fortaleza física, que los años de mal trato y trabajo duro habían desarrollado hasta hacer de mí un hombre formidable, al menos en mi mitad izquierda. Esta circunstancia me libró de muchas penurias, pues en el mundo de los fenómenos de ferias la crueldad es moneda de cambio. Mi vigor impidió que sobre mí se ejercieran demasiados abusos, es más, era yo el despiadado y cruel con mis compañeros de deformidad. Así, Pottsdale, el feriante que era el dueño de la exhibición de fenómenos recién instalada en lo más céntrico de Londres a la que mis huesos habían ido a parar, me empleaba, además de para mostrar mi monstruosidad a muchachas gritonas y asustadizas, como el instrumento de autoridad entre mis compañeros indefensos.
El espectáculo de Pottsdale mostraba el lado oscuro del mundo como ninguno en el que haya estado. Allí convivíamos, no en armonía por cierto, las imágenes de la injusticia natural que la sociedad victoriana pudiente alejaba de sus vidas, con la esperanza de que a fuer de ignorarnos, dejáramos de existir. En esa cloaca de finales del Siglo de los Prodigios estábamos los frutos de la locura del mundo, las excreciones purulentas de ese diecinueve surgido del desarrollo industrial rampante mezclado con nostalgias de glorias perdidas. Allí languidecían el horrible Esqueleto Humano y el asombroso Hombre Sapo, la Mujer Serpiente y el voraz Hombre Lobo, las Siamesas y el Hombre más Gordo del Mundo, la Familia Diminuta y yo; hasta contábamos con la reciente incorporación de un domador de osos, con su plantígrado bailarín. Yo, habitual inquilino de palacios del feísmo al estilo del de Pottsdale, nunca vi lugar tan horroroso ni tan inmundo. Vivíamos en celdas, en un callejón cercano a Trafalgar Square, celdas que jamás se limpiaban. Así moraban algunos, pues yo en mi condición de brazo derecho del viejo Potts dormía con él, a los pies de su cama. Ellos, mis compañeros, permanecían el día entero encerrados allí, mientras que yo, junto con algunos como el rugiente Hombre Lobo, Eddie el domador de osos o Tom el enano, que compartían mi suerte como «amigos» de Potts, conservábamos un modo de vida más humano; no, menos animal. Los tres citados de hecho eran compañeros de juergas de nuestro patrón, compinches en alguna que otra fechoría, cuyos botines repartían como buenos camaradas piratas, dejando nada para mí; bastante era ya el no correr la suerte del resto de los monstruos. No obstante, mi olfato siempre me indicó que parte de los beneficios que sacaban de hurtos, pillajes y otras trapisondas, e incluso un buen pellizco de las ganancias de la exhibición de fenómenos iban a parar a otros bolsillos, pues en Londres el crimen andaba bien organizado, y era preciso lubricar muchas manos para que todos fueran felices en el reino del pecado.
Yo, por el contrario, carecía del intelecto suficiente para servir de algo más que no fuera mozo o sirviente, y a nadie rendía cuentas aparte de a Potts. Mis cometidos se reducían a dar de comer a los monstruos, administrar disciplina cuando era preciso y una vez a la semana entrar en cada cuartucho a tirar un cubo de agua en el suelo y recoger otro con las deposiciones de los inquilinos. El hedor era insoportable y aun así los visitantes no dejaban de acudir a los siete pases de cada tarde y los dos del domingo por la mañana. Claro, que alguien que paga un chelín para poder ver engendros desfigurados no debe ser muy remilgado en cuestión de olores.
Potts recogía en persona el dinero, bien adornado con chaqueta roja y hongo viejo, repeinando siempre sus abultadas patillas, prometiendo con cómico acento francés adornado de toda suerte de ademanes y grandes alardes, que por tan poco dinero iban a contemplar horrores traídos de los confines de la tierra, advirtiendo a las jóvenes excitadas y a los tipos que allí las llevaban como preámbulo de veladas más lúbricas, que si tenían corazones sensibles no entraran, voceando con tonos acartonados de feriante las excelencias de su negocio junto a Pete, el oso danzarín de Eddie, que pese a su considerable tamaño era capaz de bailar una agitada polca a los sones, dulces y estridentes a un tiempo, de la concertina de su amo; jamás vi animal mejor adiestrado.
Cuando Potts no podía ejercer de maestro de ceremonias lo hacía su mujer, Eliza, un ser gordo que en nada debería envidiar a nuestro George, el fenómeno de cuatrocientas libras que apenas podía respirar y se veía confinado de por vida en su celda, incapaz de salir de ella. Eso sí, ella era mucho más desagradable, dotada con una avidez insaciable por la cerveza y los bolsillos ajenos. Si era la señora de Potts la que abría las cortinas donde figuraba en sucias letras rojas: L’exhibition de Phénomènes et d’Horreurs de tout le monde du monsieur Pott, colgaduras que guardaban a Londres de contemplar el horrendo callejón, seguro que en ese pase se tendrían escasas ganancias. La desagradable fetidez de Eliza quitaba las ganas de ver a otro monstruo. Fuera quien fuese el recaudador, una vez recogidas las monedas, franqueaban el paso al callejón, y el público pasaba uno a uno por las celdas viejas donde cada cual hacíamos nuestro número. Éramos artistas como decía Burney, el Hombre Esqueleto, mientras se moría poco a poco.
Un arte incomprendido por el resto del mundo civilizado, si me permiten este cinismo. En una ocasión a punto estuvieron de cerrar el negocio, con la consecuente ruina de Pottsdale y la muerte segura de muchos de los «actores» de la farsa, que aunque obscena, triste e indigna de todo cristiano, era la única existencia que podíamos conseguir. Algunas buenas gentes se quejaron de que este era un espectáculo que ofendía a Dios nuestro Señor, más aún cuando se ofrecían pases en domingo. No creo que ninguno de nosotros faltáramos al Señor, más le llamaríamos a las lágrimas que a la ira, si como pienso el creador es antes piadoso que justiciero, o así me gusta a mí verlo, que cargo con tantos pecados.
Llegaron a presentarse policías dispuestos a cerrar tan bochornoso espectáculo, pero pocas leyes hay que guarden por los menos favorecidos y así, con suspender las sesiones del domingo, y despistar unas coronas aquí y allá entre los agentes, Potts siguió con su negocio. Poco después de que la policía de la City hiciera el amago de cierre y acabara con los pases de fin de semana, un tipo elegante, un médico o un científico dijo que era, apareció por el callejón. La visión de negocio de mi patrón le llevó a pensar que si nos habían quitado las jornadas de domingo, debíamos recuperar las pérdidas añadiendo matinés todos los días. Llevábamos una semana abriendo a las diez de la mañana, y ese día, poco antes de empezar, nadie se agolpaba en la entrada del callejón esperando que Potts saliera a pregonar las excelencias de su espectáculo. Londres estaba de luto. Dos días antes, el Princess Alice, el más popular de los vapores de recreo que hendían el Támesis, tuvo un mal encuentro con un buque carbonero cinco veces mayor que él en ruta a Newcastel para cargar carbón. El Princess Alice se hundió en menos de cuatro minutos junto con seiscientos cuarenta pasajeros, doscientos más de los que debiera haber llevado. Desde ese día se estaban recogiendo cadáveres del río. Ante tragedias así, ni al más seco de los corazones le apetece ver monstruos.
Apareció no obstante ese caballero trajeado aguardando que las cortinas negras se descorrieran. Quería un pase privado. Era una circunstancia insólita, yo no recuerdo que Potts organizara funciones de esa índole, pero este señor pagó su buen dinero para que él y su sobrina, una joven muy hermosa y de aspecto delicado, pudieran contemplarnos. Dijo que se trataba de satisfacer cierta curiosidad académica.
—Mi sobrina, pese a su condición de mujer y su juventud, tiene algunas inquietudes científicas que a mí me gusta aliviar.
—Esa condición de que habláis salta a la vista —se relamió Potts con el sombrero roñoso en la mano y su falso y afeminado acento francés, mirando a la blanca niña vestida de encajes e ignorando los gruñidos de Eliza, que ya llevaba borracha desde el alba—, y las inquietudes que quiera aliviar c’est votre affaire, et de votre petite nièce. Eso sí, se hará cargo de que esto es un negocio, mon ami, y de que somos muchos los que nos ganamos la vida con él. Si cerrara las puertas, mis pérdidas… c’est terrible. —Mentira, no aguardaban muchas más ganancias en la jornada de hoy. El pecador codicioso calló en cuanto el caballero mostró dos libras.
—La gentuza que frecuenta su «negocio» enturbiaría el carácter docente que trato de dar a esta visita —dijo entregando el dinero—. Por no hablar de que no son compañía deseable para mi sobrina.
La tal sobrina, que no dudo que lo fuera, peores cosas he visto, sonrió con núbil lascivia cuando las grasientas manos de Potts apretaron las monedas. Era una niña hermosa y conocedora de su belleza y de los deseos que removía en los hombres, incluyendo a su tío. No digo que fuera una buscona, pero la santidad tampoco la llamaba. Muchos hombres, incluyendo a Potts, traían aquí a putas para excitarse con ellas y no eran mujeres así, por allí solo veíamos a rameras de lo más tirado, no doncellas que ocultaban tras su castidad los vicios más torcidos. Eddie se enfadó, que aun siendo ahora feriante parecía venir del teatro, de las variedades o del circo, y le disgustaban estas exhibiciones grotescas. Mal enfado ese, porque poca cosa más que lo grotesco se mostraba allí. El dinero es el dinero, Potts era quien mandaba; empezó a golpear el suelo con su bastón, llamándonos a escena.
La exhibición empezó como de costumbre, por las celdas de la derecha hasta dar toda la vuelta al callejón.
—Bien, nous commençons le notre paseo a través de les cruels caprices de la nature por una de las criaturas plus incroyables du monde: aquí tenemos a L’homme Araignée, el Hombre Araña de Bengala, capaz de… —No, nada tan exótico como la India. Era Burney y había nacido en Manchester. El número del Hombre Esqueleto, el ser más delgado del mundo, capaz de pasar a través de collares de perros y de cinturones de delgadas bailarinas aburría. La gente prefería horrores peores, más sórdidos, y parece que un pobre infeliz al que se le prohibía comer seis de los siete días de la semana no era lo bastante espantoso. El mundo prefiere monstruos de verdad, así que a Potts, cuyo cerebro era una fuente continua de aberraciones, se le ocurrió hacerle andar a cuatro patas, retorcerse como un contorsionista, para lo que tenía cierto talento, y maquillarlo con hollines y cal. Ahí lo tenía: un espantoso y delgado ser arácnido.
Después la familia de enanos, Tom y Edna, con su pantomima trasnochada de disputa doméstica, incluyendo al pequeño Tomy, un monito con pañales que hacía las funciones de niño, feo y cómico. Donde Pete ha sido el animal más portentoso que jamás vi, Tomy es el más desagradable y malsano; extremos hay entre las bestias como en el hombre. No perdió mucho tiempo el caballero y su sensual sobrina en las aburridas bobadas de esa triste pareja, que no tenían gracia ni el día de su debut, menos entonces que ya llevaban repitiendo los chistes más de cinco años. Pasaron rápido al siguiente, a Irving, un anormal que padecía exceso de hirsutismo y un brillo malsano en su alma que le llevaba a cometer los peores actos, hazañas que avergonzarían al mismo Satanás y de las que se servía bien Potts. El Hombre Lobo apareció medio desnudo, gritando y golpeando contra los barrotes con sus colmillos de jabalí falsos asomando por la boca. La sobrina se pegó a su tío, y él acarició los rizos rojizos de la niña. Pottsdale sonreía y babeaba viendo la mirada brillante de la chiquilla con alma de puta.
En la celda vecina de Irving estaba Lawrence, el Hombre Sapo, mi billete a la salvación. Lawrence nació con sus cuatro extremidades atrofiadas, poco más grandes que las aletas de un pez, y una cabeza desproporcionada, afectada de una hidrocefalia lenta y cruel que acabaría matándolo. En mi cerebro roto ronroneaba el continuo resquemor de la culpa: la muerte de Bunny Bob, supongo. Así que mantenía un ojo siempre fijo en el más débil de nuestro circo, pensando que eso me redimía por dejar que el Monstruo mancillara y matara a Bob. No mostraba amabilidad ni caridad alguna hacia él, no era capaz de sentir algo así por nadie y menos expresarlo, me limitaba a procurar que comiera todos los días, a limpiarlo y a que ninguno de los sádicos con los que convivía, Potts o Irving por ser más concreto, desahogaran su crueldad u otros instintos aún más infames sobre él.
Potts había ideado para él un teatrillo, un lienzo coloreado con dibujos tropicales en el que podía atársele y colocarlo vertical, permitiéndole mover sus pequeñas aletas y parecer así un sapo, o cualquier otra cosa que sugiriera la venenosa lengua de nuestro amo y maestro de ceremonias, que los oídos de los curiosos, una vez espantados, pueden creer las fantasías más descabezadas.
—¿Es hombre o mujer? —preguntó la sobrinita.
—¿Ve a lo que me refería? —dijo el tío mientras abrazaba a su adorada pupila—. La curiosidad de mi sobrina es asombrosa y un tanto perversa. —Pude ver desde mi jaula, que estaba enfrente a la de Lawrence, cómo el viejo apretaba su mano contra la cadera de la muchacha—. Lo que quiere decir es si las deformidades de ese hombre alcanzan sus órganos genitales.
Je comprends —dijo Potts—. Eso costará plus, si las autoridades supieran que permito esta clase de…
Y el caballero pagó un poco más, y Potts abrió mi jaula, y bastón en mano me indicó que entrara en la de Lawrence y lo desnudara. Lo hice, exagerando aún más mi andar para cumplir con mi papel de hombre-monstruo. No vi ningún mal en ello, la humillación era algo con lo que cohabitaba día tras día. No diré que pensara que esa pequeña exhibición no podía añadir más vergüenza al sufrimiento habitual de Lawrence, era consciente de sus padecimientos; es que me eran indiferentes, no veía sentido a lamentarse por ellos, ni los suyos ni el de nadie, todos éramos exhibidos, éramos engendros y ese era nuestro puesto en el orden de las cosas.
Luego, terminada la innoble presentación de Lawrence, llegamos a Amanda, la escultural Mujer Serpiente con sus tatuajes y su lengua hendida asomando.
—¿Puedo tocarla? —dijo la niña, ya muy excitada tras el Hombre Sapo.
Núm —se apresuró Potts como si temiera que metiera la mano entre los barrotes—. Ma petite, el simple contacto con la piel de esta diablesse es venenoso. Podríais morir en un segundo, ce qui serait une perte insupportable.
—Disculpe señor…
Monsieur Pott.
—Bien, al hilo de la pregunta de mi sobrina. ¿Existe alguna relación entre estas criaturas, algún contacto…?
Je comprends parfaitement. —Sí, no era el primer caballero que deseaba contemplar a dos monstruos fornicando en compañía de su protegida, con frecuencia mucho más joven que él. No es que Potts ofreciera este tipo de espectáculos, no se atrevería con el revuelo que las buenas gentes de Londres habían formado en torno a su callejón, pero ni Pottsdale ni yo éramos neófitos en el negocio de las exhibiciones de atrocidades, así que pronto reconocimos que el señor buscaba un tipo especial de excitación. Eddie, que había dejado a su obediente oso dormir y procuraba escapar de este espectáculo degradante, volvió a mostrar su parecer, cuando le pidieron que desalojara y adecentara la habitación del fondo, donde iba a proseguir la función; de nada le sirvió.
Quiso nuestro mecenas que fuéramos Amanda, exótica, repulsiva y misteriosa a la vez, y yo, repulsivo sin más, los que representáramos una farsa grotesca de los primeros padres en el paraíso. Por qué ese sibarita del infierno me eligió a mí, no lo sé, hay abismos a los que es mejor no asomarse. Potts me llevó a un lado y me explicó el negocio.
—Ray vas a joder, ¿cuánto hace que no te alegras ese cuerpo deforme tuyo? —Cierto, como comprenderán mi aspecto no facilitaba las relaciones con el bello sexo. Mi conocimiento de la carne de Eva se ceñía a las prostitutas de menor escalafón, mucho peores que las mujerzuelas del East End, y muy borrachas. Una mujer tenía que estar en condiciones infrahumanas para querer rozar a alguien como yo. Sí, no espero su compasión, esos tiempos pasaron hace una eternidad y las cicatrices, aunque escuecen y se quejan cuando hace mal tiempo, ya han sanado. Lo cierto es que me costaba fortunas conseguir los favores de una vieja enferma y desdentada, y yo no disponía de fortuna alguna, por lo que la posibilidad de gozar de Amanda, una hembra sensual pese a su lengua bífida, su falta de pelo, sus dientes tallados y sus tatuajes monstruosos era el mayor de los regalos; era una hembra joven. Joven.
Por supuesto, Amanda no estaría tan entusiasmada. No creo que fuera capaz de pensar en nada, no recuerdo haberla oído pronunciar palabra alguna, y en su mente ahogada por el alcohol y la locura no cabía otros pensamientos que los más tórridos, que desahogaba allí donde el ardor de su vientre la atrapara, sin importarle quién mirara. Esa lascivia voraz la aprovechaban, estoy seguro, Potts, Irving y no diría yo que no lo hiciera también el muy casado Tom, pues el cuerpo firme y suave de la Mujer Serpiente, pese a sus tatuajes y su calvicie, o tal vez por ellas mismas, era de lo más apetecible a tenor de lo que estábamos acostumbrados. Todo eso es cierto, tan cierto como que esos arrebatos que mostraba hasta con los fríos barrotes de su celda, nunca estuvieron dedicados a mí.
—Tranquilo —me explicó Potts manoseándome en un patético remedo de actitud cariñosa—, estará borracha y será muy dulce. Te dejará hacer a tu antojo, una verdadera fiesta para el viejo Ray. —Cierto de nuevo. Amanda, además de ser retrasada, vivía sumergida en ginebra que el mismo Potts destilaba a partir de alcanfor, un veneno que todos tomábamos ahí, y ella con una devoción que rivalizaba la de Eliza. Estaría ebria hasta casi la inconsciencia, lo que no conduce por necesidad al inmediato sometimiento a los pérfidos deseos de un ser embrutecido, no siempre, y nunca si el sujeto soy yo. Sí, supongo que fue una violación, si tomamos una definición estricta de esa palabra, y si dijera que fue la única de mi vida faltaría a la verdad en parte; más de una vez gocé de mujeres que no mantenían el conocimiento completamente y este no es el mayor pecado del que debiera arrepentirme, creo que ya dije que en alguna ocasión falté al quinto.
No pretendo convertir esto en una confesión minuciosa de mis faltas, moriríamos todos antes de terminar y quiero, por el contrario, ahorrarles las nauseas que les provocaría la escena que interpretamos. Procuraré tratar el asunto con la mayor delicadeza.
Una fea función, la más desagradable que imaginen constituye gozo para alguien. Siempre hay espectadores agradecidos y generosos para cualquier monstruosidad. En la inmunda habitación donde dormía Potts al final del callejón, lo hicimos. Tío y sobrina se sentaron frente al camastro poblado por todo un imperio de chinches, donde Amanda se tendía, bebiendo de un frasco de barro el veneno del que ya no podía separarse y preguntándose, supongo, qué pasaba, por qué su carcelero la quería allí y quiénes eran aquel caballero y aquella encantadora niña que la miraban alumbrados por un par de luces y preguntaban cosas como:
—¿Sabe hablar?
—¿Qué come?
—¿Me entiende?
Ambos maravillados por los movimientos fluidos de la borracha, que parecían más hipnóticos bajo la titilante luz de dos candiles. Llegaba mi turno. Ella no necesitaba beber esa botella para estar borracha, se pasaba el día así. Era su forma de desaparecer del callejón. Amanda bebía y fornicaba con todo varón, salvo yo, Potts se iba con putas de cinco peniques, yo daba palizas a las siamesas o evitaba que Irving atormentara a Lawrence; cualquier cosa para no estar allí.
—Que se desnuden —dijo la niña, que en la lóbrega intimidad del cuartucho de Potts se había convertido en una pequeña y sensual tirana. Potts me animó a hacerlo y yo decidí irme, un desafortunado ataque de dignidad, fuera de lugar en mi situación.
—Vamos Ray, muchacho, te daré diez peniques —como a dos de sus putas—, y tendrás a una mujer de verdad. Es un coñito joven, eso no lo has probado nunca ¿eh Ray, muchacho? No te haces idea cómo es esta cerda, va a dejarte seco…
No, no era ya problema para mí copular con Amanda, de hecho la miraba con mayor deseo por momentos; lo que no quería es que esos dos me vieran sin ropa. Puede que estuviera acostumbrado a que contemplaran mis cicatrices, a las expresiones de asco, a las risas y arcadas, pero siempre vestido, como un ser humano, nadie, excepto la madre de uno, tiene derecho de ver la desnudez de un cristiano.
—Escucha Ray —me golpeó con su sombrero y se puso a hablarme al oído—, no voy a perder este negocio por tus tonterías. ¿Dónde se ha visto?, un deforme como tú con remilgos, a estas alturas. Si no sois vosotros, dejaré que nuestro amigo peludo se la meta por el culo a Lawrence, ¿eso quieres?
No. No podía dejar que le hicieran nada a Lawrence. Si cuidaba de él, mis pecados estarían perdonados. Me quité la ropa y me acerqué a la mujer reptil. Amanda, que respondía con increíble voracidad a cualquier contacto humano, se apartó a la defensiva como una cobra acorralada. No quiso quitarse lo poco que le cubría. Gruñó con su voz rasgada. La golpeé en la cara y Potts la midió con su bastón. Era joven y fuerte, pero la bebida la convertía casi en una inválida bajo nuestros golpes. La niña soltó un gritito excitado y vi cómo su mano volaba hacia la entrepierna de su tío mientras se mordía sus labios pecaminosos. Dediqué de nuevo mi atención a Amanda. La pareja de monstruos, tío y sobrina, no nosotros, explicaban al detalle lo que querían ver, cada giro, cada degradante acto.
—Ves querida —decía el hombre con la voz ahogada mientras hundía su cara contra el pecho plano de su sobrina—. Es la bestia, el hombre carnal y primitivo, Adán fornicando con la serpiente en este paraíso grotesco. Mi amor, ¿ves el acto salvaje que mancha al ser humano desde el primer día?, ¿la representación de la degradación que te ha convertido en una puta? Eres mi puta, ¿verdad?
La niña de ojos sucios sonreía y hacía mohines, mientras yo me lanzaba al violento ultraje de una Amanda medio inconsciente y sangrando por la boca, murmurando algo, como rezando. Vi cómo Potts empezaba a tocarse contemplando a la pareja que devoraba con los ojos nuestras sórdidas y patéticas evoluciones románticas.
No duró mucho, apenas empezó. En un momento, mientras yo obediente a sus órdenes cometía tan atroz pecado y miraba absorto los dibujos en esa piel, la niña se levantó y comenzó a acariciar el cuerpo sucio y tembloroso de la Mujer Serpiente. Yo la aparté de un manotazo. Cogí mi ropa y salí corriendo atropellando de nuevo a la cría, que cayó protestando con un berrinche infantil, y a mi amo en la fuga. Algo terminó por romperse dentro de mí, algo que hizo que ignorara la consecuencia de mi huida: los golpes de Potts, la tortura sobre Lawrence, el hambre y el tormento desencadenado sobre los dos.
Puedo decirles con conocimiento de causa que el Señor ha puesto luz en el alma de cada uno de los hombres, que el criminal más despiadado encuentra en algún momento la gracia de Dios en su interior, hasta en una criatura descarriada como yo, tonta y criada entre la inmundicia. Muchos actos de mi vida avergonzarían al diablo mismo, pero fue esta última degradación pública la que me sacudió las entrañas y me hizo llorar, y preguntarme qué más me quedaba por hacer.
Quedé en el callejón vigilado solo por la mirada vacía del oso Pete. Mientras Eliza abría ya para el público en general, yo pensaba en mi vida, tanto como entonces era capaz de pensar. Se puede vivir sin ninguna esperanza, sin ilusiones ni sueños, se puede llevar una existencia preocupado solo por lo que beberás esa noche, por cómo sobrevivirás hoy, por lo que robarás, pero eso no es vida. Es cierto que sin ilusión no hay desengaño, y así la existencia se torna plácida como la de los animales, placida y brutal, sin dolor, ni pena, ni alegría, lejos de la gracia de Dios. ¿Acaso es eso vida? Ese día vi el horror de mis actos en aquella violación ausente, ese crimen hecho con total despego, sin el disfrute del criminal, o casi sin él. Cuando no se obtiene placer de los pecados cometidos es señal del final. Así lo entendí, aunque con el tiempo volví a caer a un pozo aún más hondo. Por fortuna la misericordia de Cristo nuestro Señor siempre está a nuestro lado, y si una vez te toca, siempre tendrás acceso a su luz.
Me lamentaba entonces, mientras apretaba el paso para salir del callejón, no solo de lo hecho sino de lo que me quedaba por hacer, condenado a una existencia navegando sin rumbo entre la degradación moral y física, cuando escuché una palabra en español. No sé cuánto hacía que no oía el bonito sonido de nuestro idioma. Esos agradables tonos constituyeron mi artefacto del tiempo. Fui transportado hasta casa, con mi padre riendo y cantando, bailando con su mujer, animado por el alcohol que en los primeros estadios de su adicción lo alegraba más que sumirle en la melancolía asesina de sus postreros años. Navegué a los tiempos en que tuve una cara entera y me quedaba una vida entera, ningún pecado manchaba mi espíritu, ningún odio ni rabia atormentaban mis noches. Ni robos, ni muertes, ni violaciones.
Quien había hablado era un caballero de altura respetable, no le eché más de veinticinco años, de pelo oscuro, mirada franca, y un elegante bigote adornando su rostro sencillo. El joven trataba de hacerse entender en francés, intercalando unas pocas palabras inglesas recién aprendidas sin duda. La altura y presencia del hombre no intimidaba, todo lo contrario, cierta calidez y serenidad acompañaba a sus ademanes, tranquilos pese a encontrarse perdido en ese pozo de iniquidad. Junto a él, Eliza, que había abierto por su cuenta y riesgo, trataba de timarlo. El caballero parecía estar desorientado, miraba sin sobresaltos pero con algo de desconcierto al desolador espectáculo que lo rodeaba e intentaba hacerse entender. Eliza sonreía con sus dientes amarillentos, exigiendo el doble de la tarifa habitual y mirando con avidez el paño del traje del forastero.
Algo apagado y extinto desde la infancia debió prender en mi cabeza. Rápido, sabiendo que contaba con poco tiempo antes de ser disciplinado por mi deserción, el que empleara Potts en apaciguar a sus clientes enfadados por la espantada, fui a por ellos y lo abordé:
—Dis… dis… señor, ¿p… puedo ayu… ayudarle? —Me hice entender bien en la lengua de mis antepasados, pese a los años sin usarla. Parece que las lesiones en el cerebro que entorpecían mi raciocinio hasta convertir cada pensamiento en un doloroso parto, conservaban mi memoria, o ciertas partes de ella, en excelente estado. El hombre me miró desde su altura, solo desde la física. Aunque la talla moral del caballero superaba la mía, aunque era innegable que mientras yo había crecido alimentado por la ignominia, el espíritu de este hombre se había nutrido de generosidad, bondad y sabiduría, no me despreció con la mirada, en ella solo vi gratitud. Era la primera vez que alguien me daba las gracias, supongo que también era la primera vez que yo hacía algo por alguien.
—Gracias a Dios —dijo—. No imaginaba encontrarme a nadie que hablara español por aquí. Trataba de decir a esta señora que…
—Nnnnadie habla su id… idioma en Llll… Londres.
—El problema de las lenguas, sí… —empezó a divagar—, cuánto avanzaría este mundo si no estuviéramos sumidos en una Babilonia… ¿ha oído hablar del Esperanto?
No entendí nada, ni Eliza, que me miraba con más abulia en su cara de lo habitual, si eso era posible.
—¿D… d…de d… dónde es us… ted? —dije yo.
—¡Eh! —gruñó ella.
—Español…
—¿Q… q… qué quiere?
—Sí. Trataba de explicar a esta amable señora que busco el… Spring Gardens, pero creo que me he perdido.
—Mmmme temo… q… q… que así es. —Sí, el callejón de Potts era el polo opuesto al Spring Gardens. El lugar que buscaba Torres, aun estando muy cerca de mi exhibición de atrocidades, distaba tanto de ella como el cielo del infierno. Era una iglesia remozada hacía un siglo por James Cox, un afamado artista e inventor que convirtió la capilla en un museo para sus creaciones. Tres meses atrás ese museo había sido reabierto de nuevo, no sé si bajo la tutela de sus herederos, pero sí con el mismo espíritu que el original; una feria de estilo mucho más edificante que la del señor Pottsdale. Según contaban, por supuesto que yo jamás la había visitado, el lugar era una recopilación de los mayores prodigios científicos y artísticos de la humanidad, los del señor Cox y los de sus discípulos así como obras de todos los genios europeos de varias décadas. Solo un viajero perdido y desconocedor del idioma podía acabar aquí yendo allí. Me gustaría a mí no equivocar el camino al final de todo, e ir abajo en lugar de arriba, si es que no estoy ya en ese final—. El lugar q… q… q… está m… muy cerca. Veng… venga con… conmigo.
Eché a andar hacia la calle, ligero pese a mi caminar de borracho. Eliza gritó algo: «Cara Podrida —me dijo, así solía llamarme, y—: ¿Qué crees que haces?», todo ello aderezado con multitud de lindezas. Yo seguí adelante tirando de la manga del extranjero, que se disculpó con el sombrero ante «la dama» mientras me seguía.
—D… déjela… iba a… ro… robarle.
—Oh… Muchas gracias por su ayuda en ese caso. Es usted muy amable, solo será necesario que me indique.
—Somos… p… p… paisanos. —La sonrisa del español aumentó, sin duda mi acento revelaba más que mis palabras. Me enfadé, no me gustaba que se rieran de mí—. Yo nnnn… nací aquí —mentí—, p… p… pero mis… ab… abuelos eran de Esp… Esp…
—Entonces en efecto, casi somos paisanos.
Salimos del callejón al empedrado húmedo del exterior al tiempo que Potts abandonaba su cuarto bastón en mano para ajustarme las cuentas, después de que la pareja de caprichosos se las ajustara a él, imagino. Londres es frío y desapacible en otoño, y muy concurrido a esas horas del mediodía, todavía algunos muchachos voceaban las ediciones de la mañana con las listas de los muertos del Princess Alice, mezcladas junto a las noticias de una nueva aparición de Jack, el demonio que aterraba a las mujeres de Londres desde hacía mucho tiempo. Chismes y horrores reales entremezclados en la prensa, eran ojeados por personas despreciables que esperaban entrar en el callejón de Pottsdale, y por buenas gentes que iban de visita a Spring Gardens, o a ocuparse de asuntos comunes, que aunque yo lo ignorase, podían ir más allá de hurtos y tropelías. Mi mundo era feo y así veía a mi ciudad. Nunca me gustó, me parecía sucia y malhumorada, peligrosa; ese era el Londres que yo conocía. Llegué a odiarla aún más diez años después, y con todo, la amé a un tiempo.
—¿Qué le… t… trae p… por aquí, s… señor…? —pregunté.
—Torres. Oiga, no es preciso que me acompañe… —respondió él.
—N… no. —Me detuve—. N… n… necesita ayuda, y… y yo… ¿Algo mmmalo?
Lo miré desafiante, sabedor de lo que turbaba mi media cara. Suponía que asqueado, el tal Torres trataba de zafarse de mi incómoda presencia, como tantos otros. Por Dios, intentar deshacerse de mí, que estaba evitando que le robasen… nada más lejos de la verdad. En la mirada del español no había ni una sombra de desprecio, ni rastro de la repugnancia que pudiera provocarle mi aspecto, tan solo el sincero apuro ante mi arranque de generosidad.
—En absoluto —dijo mientras se protegía del frío entre el cuello de piel de su abrigo—. Le vuelvo a agradecer tanta molestia. ¿Su nombre era?
—Rai… Raimundo. ¿Q… q… qué le trae p… por…?
—Como le dije… oh, se refiere a su país. Llevo varios meses viajando por Europa, conociéndola, disfrutando de su arte y sus paisajes. —Viajado, bien vestido, un diletante rico, no puede evitar que mi instinto de criminal se agudizara.
—Aquí… no hay p… pa… paisajes. Yo p… p… puedo acom… acom… llevarle hasta Ep… Epping Forest, es b… bonito. ¿Art… art… artttista?
—No. Ingeniero.
—Aquí. —Le indiqué la fachada de lo que fue una iglesia sobria, acogedora pero muy seria. Esta austeridad contrataba y magnificaba la fulgente belleza que se escondía en el interior, belleza que en condiciones normales jamás podría haber estado a mi alcance.

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1 Opinión

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  • Alberto
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