Los juguetes de la paz / La cuadratura del huevo

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Saki, seudónimo de H.H. Munro, es para Graham Green el más grande humorista inglés del siglo XX. Macabro, ácido y divertido, todos sus cuentos son un ejemplo de brevedad y eficacia, ya sean humorísticos o de terror. Cada cuento de Saki es como un cuchillo lanzado al intelecto del lector, ya sea para provocar su risa o moverle al espanto. No es de extrañar que dos de sus más ilustres discípulos sean Tom Sharpe y Roald Dahl. Según Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». Borges, gran lector de Saki, decía: «Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde».

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(Canossa)

Demosthenes Platterbaff, el eminente inductor al desorden, era sometido a proceso por un serio delito y los ojos del mundo de la política estaban clavados en el jurado. El delito, hay que decirlo, era grave para el Gobierno pero no para el preso. Había volado el Albert Hall la noche anterior al gran Tango Té de la Federación Liberal, ocasión en la que el secretario del Tesoro iba a hacer exposición de su nueva teoría: ¿Contagian las perdices enfermedades infecciosas?

Platterbaff había sabido escoger muy bien el momento. El Tango Té hubo de ser pospuesto, pero iban a celebrarse otros acontecimientos políticos que no podían retrasarse. Al día siguiente del juicio se celebrarían comicios locales en Nemesis-on-Hand, y se había divulgado allí el rumor de que si Platterbaff seguía pudriéndose en la cárcel el día de la celebración de dichos comicios, el candidato gubernamental, a buen seguro, los perdería. Por desgracia, no había equivocación alguna, tampoco dudas, acerca de la culpabilidad de Platterbaff. No sólo se había confesado culpable, sino que manifestaba su intención de repetir su fechoría en cualquier otro lugar, en cuanto sus circunstancias se lo permitieran; encima, a lo largo de todo el proceso había parecido ausente, concentrado en una pequeña maqueta del Salón del Libre Comercio de Manchester.

El Jurado no hallaba pruebas de que el acusado hubiera volado deliberadamente el Albert Hall, así que había que preguntarse si cabía encontrar atenuantes que Justificasen la absolución. Claro está, cualquier sentencia con que la ley pudiera castigar al acusado, sería rectificada de inmediato con un indulto inmediato, aunque para el Gobierno era deseable que no se hiciera preciso tal acto de clemencia. Un indulto, en vísperas de unos comicios electorales, dadas ¡as amenazas de desafección de una parte del electorado, sí no se concedía, o incluso si se demoraba la concesión del mismo, no sería una capitulación pero lo parecería. La oposición, por otra parte, podría atribuirlo a motivos oscuros, por lo que era comprensible el nerviosismo que imperaba en la sala donde se seguía el proceso y entre los pequeños grupos reunidos ante los teletipos que llegaban de Whitehall, Downing Streer y otros centros afectados por el caso.

El jurado volvió de sus deliberaciones en busca de un veredicto; hubo murmullos de excitación, de nerviosismo, a los que siguió un silencio mortal. El presidente del jurado leyó su veredicto:

—El prado considera al acusado culpable de volar el Albert Hall, pero desea dar un toque de atención a propósito de la celebración inminente de las elecciones locales en Nemesis-on-Hand.

—¿Equivale eso a una absolución? —preguntó el fiscal del Estado, levantándose de un salto.

—Creo que no —dijo el juez fríamente—; por eso me siento en la obligación de condenar al acusado a una semana de reclusión.

—Y que Dios tenga piedad de las urnas —exclamó un tanto irreverente uno de los pasantes de los letrados.

Era una sentencia escandalosa, pero es que el juez no estaba políticamente situado del lado ministerial.

El veredicto y la sentencia se hicieron públicos a las cinco y veinte de la tarde; a las cinco y media, una auténtica turba se agolpaba ante la residencia del Primer

Ministro cantando con la música de Trelawney:

Si nuestro héroe se pudre

Un solo día en presidio

Mil quinientos electores

Nos pasaremos a la oposición con nuestros votos


—Mil quinientos votos —dijo el Primer Ministro estremeciéndose—. Sólo pensarlo da miedo. Ganamos las últimas elecciones por mil siete votos de ventaja.

—Los colegios electorales se abrirán mañana a las ocho —dijo el organizador de la campaña—. Ese hombre tiene que estar libre a las siete.

—Mejor a las siete y media —dijo el Primer Ministro—; no aparentemos precipitación.

—Entonces, en ningún caso después de las siete y media —dijo el organizador de la campaña—. Prometí al representante político de ese distrito que tendría permiso para poner carteles por allí anunciando la libertad de Platterbaff antes de que se abrieran los colegios. Sólo así, según él, podría remitirnos por la noche un telegrama diciendo Radprop elegido.

A las siete y medía de la mañana del día siguiente, el Primer Ministro y el organizador de la campaña desayunaban a la espera del Ministro del Interior, que había acudido a supervisar en persona la puesta en libertad de Platterbaff. Aun siendo tan pronto ya había concentrada una multitud vociferante ante la residencia del Primer Ministro, repitiendo continua y monótonamente lo de los mil quinientos votos.

—Estallarán en vivas apenas sepan la noticia —dijo el Primer Ministro—. Pero… ¡Abuchean a alguien! Será que llega MacKenna…

El Ministro del Interior hizo acto de aparición en la sala poco después. Llevaba la palabra desastre impresa en la cara.

—¡No quiere salir! —exclamó.

—Dice que no se irá a menos que lo acompañe una banda de música… Dice que nunca ha salido de la cárcel sin banda de música… y que no va a renunciar a eso ahora.

—Esas cosas deberían correr por cuenta de sus simpatizantes —dijo el Primer Ministro—, no puede exigirnos que enviemos una banda de música a un condenado que es puesto en libertad… ¿Cómo justificaríamos eso en los presupuestos?

—Sus simpatizantes dicen que la música ha de correr por nuestra cuenta —dijo el Ministro del Interior—, y también dicen que como nosotros lo encarcelamos, es responsabilidad nuestra que salga de la prisión con honores… Pero lo más impórtame es que él insiste en que no saldrá si no lo recibe una banda de música.

Sonó un penetrante timbrazo telefónico. Era la línea de Nemesis-on-Hand.

—Se empezará a votar en cinco minutos… ¿Ya está en la calle Platterbaff? ¡Por Dios! ¿Por qué… ?

El organizador de !a campaña colgó el auricular.

—No es el momento más oportuno para enrocarse en una pretendida dignidad —dijo con determinación—. Tenemos que encontrar a unos músicos de inmediato. Platterbaff tendrá su banda.

—¿Y dónde vamos a encontrar músicos ahora? —dijo el Ministro del Interior con aspecto abatido—. No podemos tirar de una banda militar, y no estoy seguro de que Platterbaff la aceptara si se la ofreciésemos… Y no tenemos otras bandas de música… Seguro que está al tanto de la huelga de músicos…

—¿No podría negociar usted una tregua con los huelguistas? —preguntó el organizador de la campaña.

—Lo intentaré —dijo el Ministro del Interior dirigiéndose al teléfono.

Sonaron las ocho horas de la mañana. La turba reunida ante la residencia del Primer Ministro coreaba:

Votaremos a los otros

Se recibió un telegrama. Era de la oficina central del comité electoral de Nemesis-on-Hand. Perdemos veinte votos por minutos, era el breve mensaje que contenía.

Dieron las diez de la noche. El Primer Ministro, el Ministro del Interior, el organizador de la campaña y unos cuantos y muy solícitos amigos, reunidos ahora en el interior de la cárcel, hablaban con cierta incoherencia acerca de Demosthenes Platterbaff, que se hallaba entre todos ellos, silencioso, cruzado de brazos y con los pies muy firmes en el suelo. Unos legisladores con pico de oro, cuya elocuencia había arrastrado al Comité Investigador de Marconi, o al menos a una gran parte de dicho Comité, desperdiciaban sus artes oratorias con aquel hombre coriáceo e inflexible. Sin banda de música que le rindiera honores, no saldría. Y no reñían banda.

Dieron las diez y cuarto, y luego las diez y media. Entraban como una riada los mensajeros del telégrafo.

Los obreros de las factorías de Yamley han emitido su voto… Se imaginará, en qué sentido, decía un telegrama desesperado. El resto iba en el mismo sentido. Nemesis-on-Hand se ponía de parte de Reading, el otro candidato.

—¿Tiene por ahí algunos instrumentos que sean fáciles de tocar? —preguntó el organizador de la campaña al director de la cárcel—, ¿Quizá tambores, platillos, ese

—Los funcionarios tienen su propia banda —dijo el director de la cárcel—, aunque no podría consentir que…

—Pues tráiganos sus instrumentos —dijo el organizador de la campaña.

Uno de los amigos tan bien dispuestos que allí estaban con los mandatarios se defendía bien con la corneta. Los ministros del Gobierno podrían ser más o menos capaces de acompañar con los platillos, y el organizador de la campana, por su parte, algo sabía de tambores.

—¿Qué quiere que toquemos? —preguntó este último a Platterbaff.

—La canción más popular del momento —respondió el agitador tras reflexionar unos instantes.

Era una melodía que todos habían oído cientos de veces, por lo que no tuvieron dificultad para hacer una versión pasable de la misma. A los acordes, pues, de No quiero hacerlo, que así se titulaba aquella canción, el condenado avanzó con paso decidido en pos de su libertad. Se daba por sobreentendido que la letra de la canción no aludía a quien volara el Albert Hall, sino al Gobierno que lo había puesto preso.

AI final resultó perdido aquel escaño parlamentario en disputa, aunque por muy poco margen. Los sindicatos locales tomaron por una clara ofensa que los ministros del Gobierno actuaran como esquiroles, ante lo cual ni la liberación de Platterbaff sirvió para apaciguarlos.

Se había perdido aquel escaño, cierto, pero los ministros acababan de anotarse una victoria moral. Habían demostrado que sabían ceder, y cuándo hacerlo.

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