Los lugares secretos

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Claudia Ugarte comienza a sospechar que la desaparición de su ex pareja, encubierta dos años atrás, no sólo no es coherente con su carácter sino extraña y con múltiples lagunas. Preocupada por la suerte de su antiguo amante, comienza a indagar en el trabajo que éste, historiador, estaba realizando antes de su supuesta partida, un estudio sobre la pervivencia de símbolos en diferentes edificios de Madrid que podrían remitir a una filosofía gnóstica surgida en la Edad Media en Oriente, los agápetos, y a una secta derivada de ésta, Los Elegidos, con conexiones en Italia y Sudamérica.

Tras una exhaustiva investigación que pone en peligro su propia vida y en la que implicará a muchos de sus amigos y, también, a algún que otro personaje indeseable, Claudia descubrirá que Los Elegidos no sólo han existido realmente sino que han conseguido mantener su fe y sus prácticas sangrientas hasta hoy, y que la secta está formada por personajes poderosos tanto social como políticamente que no dudarán en matar a todos cuantos amenacen sus creencias y su modo de vida.

En esta novela aprovecha el potencial de Madrid y sus misterios. Gran conocedor de sus calles, locales, historias y secretos, León Arsenal saca partido a la ciudad de Madrid para hacer de ella un entorno mítico y novelesco, hará ver al lector la ciudad de un modo nuevo y diferente, mágico y literario. La percibirá con sus ojos diferentes. Arsenal nos muestra aspectos y lugares conocidos y que hasta ahora nos habían pasado desapercibidos, nos descubrirá símbolos, edificios, cementerios; en definitiva lugares que hoy día existen y que se pueden visitar.

ANTICIPO:
Observó a lo lejos el Templo de Baco, en un cerrillo de laderas suaves, templete de piedras blancas sobre césped muy verde; más aún en esos instantes, tras las lluvias y sembrado de hojas muertas. Jacobo había mencionado en sus papeles a aquella construcción y, aunque su comentario había sido sobre arquitectura –sobre lo singular que era, a caballo entre el barroco final y el neoclásico-, a Claudia no le costó nada imaginárselo allí parado, contemplando fascinado todo aquello. El templete de planta ovalada, a cielo abierto, con columnas de estilo jónico. La estatua blanca del dios, representado como un joven desnudo, con racimos en ambas manos y hojas de parra en cabellos y sobre el sexo, con un perro a los mismos pies.

Se llegó hasta allí para circundar muy despacio el templo, lamentando no tener una cámara porque, aunque el templete se alzaba bajo pinos altos, la ventolera arrojaba lluvias de hojas muertas que revoloteaban entre las columnas jónicas y la efigie del dios. Acarició distraída las estrías de una de esas columnas. Observó atenta el rostro de Baco, al tiempo que recordaba el gran interés de Jacobo por el paso de lo simbólico a lo decorativo. Porque era de suponer que aquellos españoles dieciochescos no habían levantado ese templo para rendir culto a una antigua deidad pagana y sí por motivos estéticos.

De tal reflexión saltó a Carmen Silva, puede que por los contactos con el mundo del arte de los que ésta alardeaba. Justo antes de visitar el Capricho, había tenido una conversación telefónica con ella. Habían hablado un par de veces, siempre por móvil, y Claudia no podía evitar darle vueltas y vueltas, en la cabeza, a esa mujer que cultivaba de forma obvia un halo de misterio. Especulaba sobre la relación que pudo tener con Jacobo, sobre cuánto pudo durar y, también, sobre hasta dónde podía fiarse de ella. A la postre, la había abordado un día, en el cementerio de Carabanchel, sin más aval que su palabra. Y, por más que había rebuscado, Claudia no había encontrado, entre el marasmo de papeles de Jacobo, ni una línea dedicada a ella. Sólo aquel boceto a medias.

En esas cavilaciones estaba, la mano sobre una columna, los ojos puestos en la estatua de Baco y con la cabeza muy lejos, cuando algo la hizo brincar de sobresalto. Nunca pudo precisar qué fue en concreto lo que la asustó. Tal vez un destello captado de reojo, un susurro de tela o la intuición de que había alguien a su espalda. Pero, lo que fuese, le salvó la vida, porque el bote la apartó un paso, justo para que algo afilado, que pasó cortando el aire, errase por dedos su garganta. Soltó un grito, sin saber ni qué ocurría, mientras ya un nuevo tajo de acero afilado no le abría el cuello por poco. Descargó a ciegas el paraguas y el golpe arrojó atrás a su agresor, lo que le dio, al menos, un latido para hacerse cargo de qué estaba ocurriendo.

Pese a estar el templete en alto y abierto, su agresor se había acercado sin que ella se diese cuenta, tal vez porque estaba absorta en sus pensamientos, o puede que fuese muy sigiloso. El caso era que un hombre había surgido a su lado, como un espectro, con abrigo negro y guantes, empuñando un cuchillo de aspecto atroz, con la hoja ancha, curva y de filo interno, como las hoces. Se cubría con un máscara que Claudia, al hacer luego memoria, recordaría como de regusto clásico, casi acorde con la estatuaria del parque. Un semblante joven, de belleza fría, forjado en un metal como plata antigua, manchado por el tiempo. Recordaría también los ojos tras las ranuras, muy claros. Y, sobre todo, recordaría el terror que causó en ella esa aparición súbita de ropas negras y hoja afilada, entre las columnas griegas del templete.

El viento arrojó sobre ellos una lluvia de hojas muertas y, entre su revuelo, el Ángel atacó de nuevo, buscando siempre con su arma la garganta de su víctima. Claudia interpuso el bolso. En la época en que vivía amenazada, tomó clases de defensa personal y ahí la enseñaron a defenderse con lo que más a mano tiene una mujer: bolso, móvil. Paró el golpe, pero la cuchillada, aparte de rasgar el bolso, se lo arrancó de la mano, de forma que se le fue dando tumbos cuesta abajo, desparramando su contenido por el césped.

Pero eso le dio el respiro que necesitaba para refugiarse entre las columnas del templo. El espectro de negro y máscara volvió al ataque. Le lanzó dos, tres tajos. Ella hurtaba el cuerpo, interponiendo las columnas, moviéndose, sin poder pensar en nada que no fuese salvar la vida un instante más. Nunca supo cuánto duró todo eso, si segundos o minutos. Sí que en ningún instante apartó la vista de aquella hoja afilada que cortaba silbando el aire. Esquivaba o interponía el paraguas, casi hipnotizada por esa máscara, a la que las manchas del metal daban un aire trágico, y por esos ojos tan claros que ardían tras las hendiduras.

Tal vez, mientras se movía entre las columnas y la estatua, sorteando cuchilladas, llegó a oír cómo gritaban abajo, entre el silbo del filo y sus propios resuellos. Tal vez. Su atacante se detuvo de golpe, las ropas negras aleteando en el viento, esa hoja tan filosa destellando a un sol de última tarde que se colaba entre las nubes y las frondas de otoño. Claudia vio cómo volvía la cabeza para observar ladera abajo, antes de mirarla de nuevo a ella, en guardia, el pelo rubio caído sobre el rostro, el paraguas adelantado. Él se apartó dos pasos y, sin transición, se dio la vuelta para huir a la carrera.

Sólo entonces se apercibió ella, seguro, de los gritos. Se acercó al borde del templete, entre las columnas. Había gente abajo, un puñado de personas, atraídas sin duda unas por los gritos de otras. Dos guardias de seguridad subían la cuesta, porra en mano, secundadas por un hombre de aspecto resuelto que, a falta de algo mejor, había echado mano a un pedrusco. Aturdida, jadeando, se fijó en el paraguas que empuñaba. La tela colgaba rasgada y, sin poderlo evitar, al pensar que eso mismo podía haber hecho ese fijo temible en su estómago o cuello, sintió cómo le flaqueaban las piernas.

Dejó caer el paraguas. Se apoyó en una de las columnas, tratando de no llorar. Al apartar los cabellos del rostro, su mirada se cruzó con la del dios y, por alguno de esos absurdos que tiene la mente humana, recordó otra vez las disquisiciones de Jacobo sobre lo simbólico y lo decorativo. Se preguntó si el haber estado dentro de un templo le habría salvado la vida. Si tendría que dar gracias a una deidad pagana por haber evitado aquel cuchillo. Y, sin atreverse a confiar en sus piernas, aún apoyada en la columna, se giró para encarar a los que habían hecho huir a aquel espectro de máscara y negro, que ya llegaban al templete de Baco.

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9 Opiniones

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  • PP3
    on

    hola

    El libro me tiene buena pinta, pero al darle al link con la casa del libro me dice que esta en preventa. ¿Es cosa suya o el libro todavia no esta a la venta? Si no ha salido ¿cuando saldrá?

  • PP3
    on

    ¡Muchas gracias por el video y por la dirección de Facebook! Además me he encontrado con el trailer en Youtuve.

  • Sable
    on

    Espectacular, sin duda. Un buen montaje que anima a leer el libro.

  • Brutus
    on

  • coronel pike
    on

    De Ignacio del Valle…al parecer es la primer novela de una triología (hasta ahora) protagonizada por un señor llamado Arturo Andrade, miembro del servicio secreto del ejercito de Franco que luego se alista en la División Azul y anda dando tumbos por la Europa de Hitler…Me habían hablado muy bien y la lectura de este libro me ha dejado un poco frío…en algunos momentos me he aburrido bastante, qué diablos…el tipo va en busca de un cuadro del Museo del Prado desaparecido durante la evacuación y tiene también un rollo sentimental con una prostituta austriaca, una cría cuya virginidad va a ser subastada en un burdel de postín de la calle Almagro…hay un falangista muy rechulo y engominado y también un limpiabotas filósofo y el prota habla mucho de la caballería andante y demás…no sé, creo que el autor tenía buenas intenciones, pero que me ha dejado algo frío, la verdad…si alguien se ha leido los dos siguientes que diga algo, por si vale la pena seguir o me planto aquí…

    Saludos

  • coronel pike
    on

    Creo que me he medido mal…no domino todavía la nueva página…disculpas, chicos.

  • Alberto
    on

    El próximo jueves 25, a las 19.30 de la tarde, León Arsenal presentará su último libro: Los Lugares secretos. La presentación tendrá lugar en el Ateneo de Madrid, calle del Prado 21 y correrá a cargo de Luis Alberto de Cuenca.

     

    Presentación de Los Lugares Secretos en el Ateneo de Madrid 

  • MasNou
    on

    ¿Es entrada libre, no?

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