Los Malos Años

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En el año 1350 murió el rey de Castilla Alfonso XI, víctima de la Peste Negra, mientras sitiaba Gibraltar. Subió así antes de tiempo al trono su joven hijo Pedro I, conocido por la historia como El Cruel. Ciñó la corona en un tiempo aciago para una Europa asolada por la peste, la guerra y repetidas malas cosechas –llamadas «los malos años»- que diezmaron a la población. En Castilla, los nobles, como ya hicieran durante la minoría de edad de Alfonso XI, intrigaban y promovían rebelión tras rebelión, tratando siempre de arrancar pedazos de poder al trono.

En esa tesitura turbulenta, cuando el joven rey abandonó de repente a su esposa Blanca de Borbón, sobrina de Francia, sólo tres días después de su boda, el polvorín en que se había convertido Castilla estalló con toda su violencia. En conflicto arrastró a todos los estamentos sociales, obligando a tomar partido por el rey o por la reina. Unos, los menos, lo hicieron siguiendo su conciencia; otros, la mayoría, de acuerdo con sus intereses. Y la guerra cundió como un incendio por todo el reino.

ANTICIPO:
Recorrer los muros de Aguilar, antes del alba, era una costumbre que Carrillo había adoptado en los últimos días de asedio. Era la hora mala, la final de la noche, cuando los centinelas son más dados a dormirse. El mejor momento para el enemigo intente un asalto sorpresa, o para que un traidor les franquee el paso.

Pero, aquella última mañana, ya no quedaban centinelas, ni nada que guardar. Juan Carrillo y su paje Martín recorrían unas defensas abandonadas. Alboreaba, pero no se oían apenas sonidos: el chasquear de las banderas de Aguilar, con sus águilas índigo sobre blanco, el silbido del viento, y a veces un mugido, ladridos, el canto de un gallo en un corral. Faltaba hasta el olor a leña quemada, tan de la hora, cuando se avivaban los fuegos del hogar. Pero también los lugareños, lo mismo que los soldados, habían huido de la villa al amparo de la oscuridad.

Carrillo se asomó de nuevo a las almenas, convencido de que había enemigos en los campos circundantes, aunque no se viese nada. Y allí se quedó largo rato, las palmas de las manos sobre las piedras heladas, rumiando sus pensamientos.

Desde mediados del mes de octubre, las tropas del rey don Pedro de Castilla sitiaban Aguilar, capital del ricohombre Alfonso Coronel, rebelde a su autoridad. Los soldados reales habían plantado tiendas junto al camino de Córdoba, cerca del río. Abrieron zanjas y agujeros para obstaculizar posibles salidas y comenzaron a excavar galerías subterráneas, con paciencia de hormigas. También llevaban consigo ingenios de guerra y los tan temidos truenos, que disparaban bolas de hierro entre estampidos, fogonazos y grandes humaredas negras.

Los banderizos del señor de Aguilar les combatieron animosos durante meses. Cada vez que las compañías reales se acercaban, les recibían con una lluvia de piedras y saetas, entre gritos y cánticos de guerra, y ondear de los pendones con el águila índigo. No conformes con eso, habían realizado también correrías por toda la comarca, poniendo en apuros a los sitiadores y llegando a capturar a uno de sus jefes.

Se decía que muchos señores castellanos, descontentos con el rey y su canciller Alburquerque, estaban por alzar bandera y unirse a Alfonso Coronel. Que el rey de Granada mandaría también jinetes. Incluso uno de los yernos de Coronel, Juan de la Cerda, había cruzado el estrecho para pedir ayuda a los reyes benimerines de África.

Pero todo eso fue al principio del asedio, cuando mediaba el otoño. Según iban pasando las semanas y entraba el invierno, la moral fue decayendo. El cerco se estrechaba y las noticias no eran buenas. Ni un solo señor se había levantado en armas, ni llegaron moros granadinos o africanos. Nada se sabía de Juan de la Cerda. El único que se presentó en Aguilar fue Juan Carrillo, viejo amigo de Coronel. Acudió para tratar de hacerle entrar en razón; convencerle de que depusiera las armas. Pero el señor de Aguilar era testarudo, temía a Alburquerque, otrora aliado y ahora enemigo, y no se dejó ganar. Carrillo, entonces, en un arranque, decidió quedarse y compartir al menos su suerte, porque eran compadres y grandes amigos.

A finales de año, se presentó también un escudero de Coronel, recién salido de las prisiones del rey. Se había negado a rendir un castillo, del que era alcaide, al rey y éste mandó que le cortasen las manos como castigo. Repuesto, se presentó mutilado en el campo sitiador, rogando paso libre por caridad, para poder al menos morir con su señor. Los jefes del asedio consintieron, conmovidos. Pero la presencia en Aguilar de aquel desdichado, que recorría como alma en pena las murallas cuando llovían proyectiles, en busca de una muerte que no acababa de llegarle, dañó la moral más que otra cosa, ya que su presencia recordaba a los rebeldes el rigor del rey.

La leña, las hortalizas, la harina, comenzaron a escasear por Año Nuevo. Los sitiadores amagaban asaltos no sólo a la luz del sol, sino también en las noches entreclaras. Aquellos ataques al claro de la luna eran quizá lo más duro. Lanceros y ballesteros se acercaban en oleadas a los muros, entre redoble de atabales, toques de trompeta, clamoreo, resonar de varas y metales. Los gritos de alarma y el rebato de campanas despertaban a la villa entera. Todo era entonces confusión. Los artilleros reales disparaban sus truenos, y los fogonazos iluminaban la oscuridad. Los estallidos de pólvora atronaba en la noche, el aire se llenaba de olor a azufre y las balas surcaban como cometas la negrura.

Los viajeros se admiraban siempre de esa costumbre castellana, consistente en forrar las balas de hierro con paja seca. Al disparar los truenos, la pólvora incendiaba esas camisas de heno, de forma que los proyectiles cruzaban las tinieblas dejando estelas de fuego, para ir a estrellarse contra las murallas, y hacerlas retemblar entre lluvias de pavesas incandescentes.

A cada ataque nocturno, los soldados de Aguilar acudían a los muros a medio vestir, ateridos de frío, adormilados, pero siempre resueltos a rechazar los asaltos. Los jefes sitiadores, empero, eran demasiado avezados como para derrochar buenos soldados en ataques frontales. Coronel había reforzado sus defensas y ellos se contentaban con amagos, destinados a minar la moral, lo mismo que las azadas de sus zapadores socavaban, palmo a palmo, los cimientos de las murallas.

Faltaba de todo intramuros, y nadie contaba ya con auxilio exterior. A últimos de enero, los vigías avisaron a gritos de que llegaba el rey en persona. Apareció por el camino de Córdoba, a la hora sexta, y quienes lo divisaron, desde lo alto de las torres, dijeron que vestía de armadura, con sobreveste y pellote de pieles, tocado con almófar, sobre el que llevaba una corona, quizá para significar que llegaba como soberano y en son de guerra. Le rodeaban sus seis guardas reales, sobre destreros de gualdrapas con las armas de Castilla y León bordadas, y, tras ellos, gente selecta de las demás guardias reales –donceles, ballesteros montados, escuderos de a caballo-, así como algunos hombres de su cámara.

Entonces ya, ni el más optimista tuvo duda alguna de que el asalto final estaba próximo.

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26 Opiniones

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  • lun
    on

    Si está por ahí León Arsenal, por favor, que adelante un poco la trama del libro nuevo. He pedido que va de Pedro I el Cruel (me gusta mucho su historia ), pero no consigo leer nada más, porque la página de Bibliolimpo se me corta justo por donde empieza la reseña, mierda de ordenadores.

  • Rastan
    on

    Ahí va.

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    Los malos años. La guerra entre Pedro el Cruel y la Reina Blanca. León Arsenal, después de obtener con La boca del Nilo el Premio Espartaco de Novela Histórica y el Premio Internacional Ciudad de Zaragoza y ver cómo su obra traspasa nuestras fronteras, se ha convertido sin duda en el autor español de novela histórica de mayor proyección.

    En Los malos años nos traslada a los momentos previos a la boda del rey Pedro el Cruel con Blanca de Borbón, a quien no tardó en confinar en el Alcázar de Toledo, provocando con ello la ruptura con Francia, la caída del favorito portugués Juan Alfonso de Albuquerque, quizás el hombre más poderoso del reino, y la rebelíón de Toledo, que no tardaría en extenderse a otras ciudades. Un tiempo sin duda turbulento, de traiciones, intrigas, luchas y con la amenaza aún presente de la peste negra. Sin duda, el escenario idóneo para una de las excelentes tramas que construye León Arsenal.

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  • lun
    on

    Gracias Rastan. No es vuestra página, es mi ordenador, que a veces parece la niña del exorcista.

  • Sable
    on

    Por lo que cuenta el autor en su blog, el libro sale mañana o pasado en las principales librerias.

  • Brutus
    on

    La presenta en Madrid el miercoles 21, a las 7 de la tarde. Será en la librería Fuentetaja, en San Bernardo 35. Se entiende que la presentación es pública y que puede asistir quien lo desee.

  • Frau Hesselius
    on

    ¡Qué chuli que sea abierta al público! Le diré a mi tía abuela que baje, que le pilla al lado de casa.

    Hablando de Pedro el Cruel, una duda que me corroe: ¿a cuántos reyes han desenterrado en España sólo para estudiar, no su ADN y si había restos de veneno en sus idem, sino la forma de su cráneo? Es que es curioso que siempre cogieran los huesitos del cabezón del pobre Pedro para estudiar si estuvo o no loco. Que yo sepa eso lo hizo un médico, creo que sevillano, de principios del siglo pasado, pero acabo de ver que otros dos doctores también le miraron el cráneo y concluyeron que fue un "psicópata con manía persecutoria". Y se habrán quedado tan anchos.

  • Frau Hesselius
    on

    Corrijo: el médico no era sevillano, sino afincado en Palencia y quizá de allí. Se llamaba Francisco Simón Nieto y su estudio de la cabeza de Pedro el Cruel lo publicó en noviembre de 1912 en el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones (tal cual). Y también hizo más estudios de cráneos reales. Una moda del XIX.

  • lun
    on

    Vaya, pues es una pena que esa moda fuera post-morten; de habérselo hecho a más de uno en vivo, nos habríamos ahorrado décadas de sufrimiento.

    Es curioso como la historia sentencia a sus personajes sobrenombrándolos. ¿Era más cruel Pedro I que los Reyes Católicos?.

  • Pluto
    on

    La frenología quedó desacreditada hace ya tiempo (una buena caricatura de esa seudociencia se puede leer en La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa).

    A Pedro I le apodaron el cruel porque perdió la guerra, si la hubiera ganado entonces le habrían apodado cruel a Enrique (la Histria es inclemente con los vencidos).

    Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el libro de Arsenal?

    El muchacho escribe su novela y en vez de comentarla hablamos de frenólogos y de la tía abuela de alguien.

    Más seriedad, señoras :)

  • Le
    on

    Gracias por anunciar la presentación de mi nueva novela.

    Se hicieron dos exhumaciones de los restos de don Pedro y, dejando de lado métodos y teorías de otras épocas, no dejaron de arrojar datos interesantes. La segunda de las autopsias se hizo a instancias de Gonzalo Moya, que luego publicó un ensayo sobre don Pedro, dejó claro por ejemplo que el rey tenía una pierna más corta que otra. Por esos y otros indicios se llegó a la conclusión de que había sufrido una parálisis cerebral infantil. También tenía un problema en los canales vertebrales que pudiera con el tiempo haber desembocado en muerte por insuficiencia vertebro-basilar… de no habérsele adelantado el cuchillo.

    Aparte de lo folclórico, las autopsias de restos antiguos no dejan de ser de lo más útil en algunos aspectos, la verdad.

  • Frau Hesselius
    on

    Por supuesto que lo son (¿decía López de Ayala algo de una leve cojera?).

    A mí lo que me había llamado la atención es que en el cráneo de él buscaran la locura, fundamentalmente. ¿Y por qué no en los de los demás?

    Suerte.

  • lun
    on

    Eh, que yo no me estoy metiendo con el libro de Arsenal, al contrario: si la vida de Pedro I siempre me pareció interesante, es precisamente por el apodo que le colgaron.

    Por cierto, ya puestos: ¿A Guzmán el Bueno también le abrieron la azotea para constatar su benevolencia?

  • Wamba
    on

    No está claro dónde está enterrado Guzmán. Yo he oído que en un pueblo (cuyo nombre no recuerdo ahora) entre Extremadura y Andalucía; pero en el pueblo de mi padre, Gaucín, hay incluso una placa en el castillo anunciando que está allí enterrado. Así que igual han desenterrado y hecho mil perrerías a los restos de un pobre pagés.

  • Frau Hesselius
    on

    Muy interesante.

    ¡En qué momento se me ocurriría a mi mencionar lo de las exhumaciones! Al final vamos a acabar hablando del frenillo de Carlos II o de si el padre de Isabel la Católica era realmente su padre.

  • coronel pike
    on

    Para amigos de restos con solera. En cierto libro de Jesús Torbado ("Milagro, milagro", si no recuerdo mal) se hace un repaso a las reliquias que se pueden visitar en España. No perderse el prepucio de Jesucristo,que está en un monasterio de la provincia de León.

  • Frau Hesselius
    on

    Mira que me lo estaba temiendo.

    (Anda, Pike, mira en la columna de la izquierda, donde pone editar perfil y mensajería. Pincha en mensajería)

  • lun
    on

    No sé lo que te habrá mandado Hesselius por mensajería, pero yo me he dado una "hartá" de reir, que todavía me duelen las mandíbulas

  • Wamba
    on

    Pues si conservan el prepucio, se podrá responder a una gran cuestión: ¿tenía un pene divino? ]:)

  • Pluto
    on

    ¿Nadie lo ha ledido todavía?

  • Frau Hesselius
    on

    Ledido no. A algunas provincias remotas no ha llegado todavía.

  • lun
    on

    Qué barbaridad, si lo acaban de sacar…. A mi librería tampoco ha llegado.

    Pluto: ¿es que nos quieres usar de avanzadilla?

  • lun
    on

    La historia ha condenado la figura de Pedro el Cruel y abrazado la de sus detractores, empatizándonos con ellos. El rey no fue sino una marioneta de una época movida por los hilos de intrigas e intereses.

    El libro me ha gustado mucho. La trama es emocionante, no baja la guardia y engancha cada vez más a medida que avanza la historia. Los diálogos, en ocasiones, se me han hecho largos y densos, pero me ha gustado la forma en como el autor entrelaza historia y ficción, consiguiendo que la novela sea éso: una novela. A la reina Blanca siempre me la imaginé, no sé porqué, menos apocada, más osada, y me ha gustado, especialmente, el personaje de Hug Benavent.

  • leon
    on

    Gracias por el comentario, Lunática. La verdad es que novelar este periodo y esta historia concreta es difícil, justamente por exceso casi de información. Así que me alegro que en conjunto esté gustando, porque traté de hacer justo novela y no limitarme a novelizar las crónicas, como tantos han hecho.

    Por cierto que intervengo en contra de mis antiguas opiniones. Siempre pensé que justo siendo además de autor uno de los administradores del sitio podía coartar a la gente de opinar con libertad. Pero algunos amigos me han convencido de que no, de que después de todo se pretende que interplanetaria tenga unos foros algo distintos. Y justo la presencia de los autores, además de dinamizar las discusiones, sirve para mantener las mismas encarriladas. Así que por aquí ando.

  • lun
    on

    Y me parece correcto. Además, como lector, también tendrás tus discrepancias con los comentarios de los foreros.

    En tu libro decías que no descartabas escribir, más adelante, otra etapa de la vida de Pedro I de Castilla, lo cual sería estupendo, porque la alianza del Rey con el Príncipe Negro y sus posteriores desavenencias, serían una trama interesantísima. A ver si te animas

    Saludos

  • D
    on

    Está muy bien escrito, pero aconsejo leerlo de corrido. Hay un porrón de personajes y lo disfrutas más si lo lees de una sentada. Quizá por eso me ha gustado mucho más la segunda mitad del libro, porque la leí de una sola vez.

  • coronel pike
    on

    Me ha gustado bastante, en especial el personaje del guerrero navarro que le escribe cartas a Constanza de Uxue. También están muy conseguidos los tres cazadores castellanos que aparecen y desaparecen, testigos de los momentos importante de aquella guerra. Me gusta tambien el ritmo lento y pausado de la narración.

    Por ponerle un pero, en el primer capítulo se mezclan corsos y sardos como si fueran el mismo pueblo.

    Recomendable.

    Un saludo.

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