Los Marcianos

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El norteamericano Kim Stanley Robinson (1952) aún tenía cosas que narrar al acabar su Trilogía de Marte. Ganadora de los premios Hugo y Nébula, una obra de ese calibre deja muchas ideas en el tintero, vidas por desarrollar y historias que contar. Y el Marte de Robinson es, al fin y al cabo, el reflejo de una Tierra atormentada y de unos personajes desarraigados.

Además de Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul, Robinson es autor de Antártica y Tiempos de Arroz y Sal (esta última de publicación reciente y notable éxito). Ha ganado el premio Asimos, el Locus, el Joh W. Campbell y el Word Fantasy Award.

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EL GRAN ACANTILADO

Todos saben que el origen de la abismal dicotomía entre las tierras bajas septentrionales y las tierras altas meridionales sembradas de cráteres sigue creando controversia entre los arqueólogos. Podría ser el resultado de la colisión más brutal del primitivo periodo de bombardeo, y el norte por tanto la mayor cuenca de impacto. O podría ser que las fuerzas tectónicas bullesen todavía bajo la corteza primitiva y un cratón protocontinental, como Pangea en la Tierra, se hubiese levantado y luego solidificado en el hemisferio meridional y, debido a que Marte, más pequeño que la Tierra, se enfriaba más deprisa, no hubo la consiguiente fractura y deriva de las placas tectónicas. Podría pensarse que interpretaciones tan dispares forzarían a la areología a plantear preguntas que rápidamente decidirían el acierto o la imposibilidad de una y otra, pero hasta el momento no ha sido así; ambas hipótesis han atraído defensores que han aportado argumentaciones en toda regla para respaldar sus posturas, y así la cuestión ha acabado por convertirse en uno de los debates clásicos de la arqueología. Yo, por mi parte, aún no me he formado una opinión.

La cuestión repercute en muchos otros temas aqueológicos, pero vale la pena recordar lo que esa brutal diferencia representa para quienes caminan sobre la faz de Marte. La travesía de Echus Chasma hacia sus acantilados orientales proporciona quizá la perspectiva más espectacular del llamado Gran Acantilado que las divide.

El suelo de Echus Chasma es el caos en su punto más caótico, y para alguien que va a pie esto significa interminables divagaciones y pérdidas de tiempo para seguir avanzando. En la actualidad se puede seguir el sendero y sortear las subidas y bajadas, los desprendimientos, callejones sin salida y retrocesos necesarios para abrirse camino en cualquier dirección; y el Sendero del Laberinto es el paradigma de eficiencia en el traza_ do de una ruta a través de semejante terreno; de todos modos si se quiere hacerse una idea de cómo eran las cosas en los primeros tiempos, lo mejor es abandonar el sendero y forjar afanosamente un nuevo e irrepetible paseo a través del yermo.

Si se elige esto último, pronto de descubre que la escasa visibilidad del terreno circundante, nunca superior a un kilómetro, no permite planificar una ruta que lleve muy lejos. El paisaje está formado por grandes bloques de basalto y andesita erosionados, y se avanza como si se cruzara un terreno gigantesco, como una hormiga debe sin duda avanzar por un talud. Pequeños pero inescalables acantilados te desafían allá donde mires. La única manera de avanzar es mantenerse sobre las crestas que bordean una continua sucesión de pozas gigantescas con la esperanza de que las crestas se comunicarán de manera que sea posible salvadas. Es como recorrer un laberinto de setos caminando sobre las copas de éstos.

Terreno caótico: el nombre es ciertamente preciso. Aquí la corteza del planeta perdió una vez su apoyo: el acuífero que había debajo se vació rápidamente montaña abajo y más allá del horizonte en una gran riada, corrió por Echus Chasma, rodeó la masa que obstruía Kasei Vallis y se encauzó por el desfiladero de Kasei para precipitarse sobre Chryse Planitia, a dos mil kilómetros de distancia. Y cuando esto ocurrió, la tierra se derrumbó.

Por eso, día tras día uno se arrastra, escala o camina por los planos inclinados y fracturados de los grandes bloques de la corteza caída. Lo ocurrido .es evidente: la corteza se derrumbó, se hizo añicos y, como no había espacio suficiente, se depositó como pudo. La violencia de este antiguo colapso apenas quedó enmascarada por tres mil millones de años de erosión eólica y depósitos de polvo. Es una paradoja que un paisaje de aspecto tan inestable sea tan antiguo y haya permanecido tan inalterado.

Así pues, roca fracturada hasta donde alcanza la vista. Que no es mucho, la verdad; incluso en sus puntos más elevados (el Sendero del Laberinto sigue una línea que va de elevación en e1evación), el horizonte se encuentra sólo a tres o cuatro kilómetros de distancia. Un yermo escabroso y cerrado de roca teñida de orín.

Entonces, en la cima del largo tejado de una cresta, uno se encuentra a suficiente altura para descubrir en el este, a gran distancia, asomando apenas por encima del paisaje pedregoso, las cumbres de una cadena montañosa del pálido color anaranjado de la tarde que muere. Si se acampa en esta prominencia, con el resplandor del crepúsculo la cordillera distante parece el costado de un mundo distinto que se eleva lentamente hacia el cielo.

Pero a la mañana siguiente se desciende de nuevo al laberinto de marmitas de gigante y pasadizos, crestas y bloques meseta llanos como edificios bajos en Manhattan. Cruzar ese terreno requiere toda la atención, y casi se olvida la visión de la distante cadena montañosa (fue en esta región donde descubrimos una providencial grieta en un acantilado de treinta metros que nos permitió descolgar nuestras mochilas con cuerdas y descender sin riesgo), hasta que en el siguiente promontorio asoma de nuevo, más cerca y más alta, pues se alcanza a ver una porción mayor de la pendiente. Se descubre entonces que no se trata de una cadena montañosa sino de un acantilado que se extiende hacia el norte y el sur, de horizonte a horizonte, cincelado con la combinación de hondonadas y barrancos común a todos los acantilados y aserrado en la cima, pero por lo demás macizo: cincelados sin profundidad, como las rozaduras que se descubren en ciertas superficies metálicas. Mundos-cañón de gran profundidad y aún más escarpados. Las estribaciones que los separan parecen gigantescos contra fuertes, las cuadernas de un mundo superior. Las ocasionales cornisas horizontales que marcan las estribaciones parecen capaces de sostener islas-estado. Pero es dificil estar seguro desde abajo.

Cuando se alcanza el punto llamado Vista del Pie del Acantilado, uno de los últimos puntos elevados del caos, casi tan alto como la estrecha franja de meseta accidentada que une el caos y el escarpe, y fmalmente se tiene un panorama completo del terreno que se extiende hasta las faldas del gran acantilado, ya no puede verse la cima del acantilado: su gran mole la oculta y lo que se ve ribeteando el cielo, próximo al cenit, no es la verdadera cima, aunque pueda parecerlo si no se ha estado atento, sino algún promontorio de su flanco.

Sólo elevándose en un pequeño dirigible y alejándose del acantilado, sobrevolando la parte oriental del caos, puede vérselo en toda su extensión. Tomando alguna referencia visual se descubre que lo que parecía la cima vista desde el último campamento sólo se encontraba a dos tercios de la altura total; el resto no estaba a la vista y, en cualquier caso, el marcado efecto óptico del escorzo impide hacerse una idea de su altura real. Una flota en el aire, arriba, arriba, como un pájaro girando en una corriente ascendente, y al ver fmalmente el acantilado completo, se empieza a reír inconteniblemente, a reír y a llorar, embobado por el paisaje, sin palabras para describir una experiencia tan abrumadora.

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Interplanetaria

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