Los Milans del Bosch. Una familia de armas tomar.

milans

Jaime Milans del Bosch convulsionó al la sociedad española al saltar a la palestra a raíz de uno de los episodios más negros de la historia reciente española, el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Sin embargo, antes que él no fueron pocos los miembros de esta familia que alcanzaron protagonismo en el acontecer político y militar. Desde Francisco Milans del Bosch, quien se hizo célebre durante su participación en la conocida como Guerra del Francés por su costumbre de colgar en una encina de la finca familiar a los franceses que caían en sus manos, hasta Joaquín Milans del Bosch y Carrió, gobernador civil de Barcelona durante la dictadura primoriverista, pasando por los hijos de éste Mariano, Joaquín, Javier, Jaime y Rafael.

Probablemente el más conocido de la familia sea Jaime , por su participación en el golpe del 23-F. Sin embargo, reconstruir su árbol genealógico, y detenerse especialmente en las carreras de cada uno de sus miembros, depara algunas importantes sorpresas ya que sus antepasados no carecen de biografías apasionantes, que les llevaron al centro de los momentos más importantes de nuestra historia, y siempre estrechamente ligadas a los estamentos militares. Al hilo de estas biografías, Cardona va reconstruyendo también la historia del Ejército, desde las revoluciones liberales del siglo XIX hasta los últimos coletazos, muerto de Franco, del franquismo.

Gabriel Cardona, reconocido especialista en historia militar, reconstruiye minuciosamente la trayectoria de una de las estirpes militares más relevantes que ha dado nuestro país, enmarcándola además en el contexto político y social que acompañó a cada generación. Como consecuencia de ello, y tomando como hilo conductor la carrera militar de los diferentes miembros de la familia, el autor va creando como fondo una historia completa del Ejercito español.

ANTICIPO:
La Revolución en la frontera

Los hechos se sucedían vertiginosamente en Francia, mientras en España fracasaba la política de Floridablanca. En febrero de 1792, el rey lo sustituyó por el conde de Aranda, que también era hombre de ideas ilustradas. Militar, político y diplomático notable, había sido impulsor de los grandes cambios producidos durante el reinado de Carlos III.

No por ello era partidario de la revolución, sino de las reformas administrativas planeadas y dirigidas por el gobierno. Desconfiaba de los revolucionarios franceses y los había calificado de «rebeldes y fanáticos gallos». Sin embargo, deseaba estar en paz con ellos. Sabia que una ruptura con Francia resultaría desastrosa para la política exterior de la Corona, pues permitiría que Inglaterra se aprovechara, apoderándose de las colonias españoles en América.

Tenía experiencia en la guerra y en la política internacional. Se había bregado en las pugnas de Carlos III contra las ambiciones británicas, que conocía perfectamente. Sin embargo, Carlos IV y su mujer no se inquietaban por las grandes cuestiones de Estado, sino por sus directos intereses monárquicos. Ante todo, deseaban ayudar a Luís XVI y su familia. Si era preciso, presionando militarmente a Francia.

Aranda conocía la debilidad militar española y no deseaba un choque armado con los vecinos, en el que el único vencedor sería Inglaterra. Sin embargo, ante la insistencia de los reyes, se preparó para un conflicto y dio instrucciones al general Francisco Antonio de Lacy de estudiar una invasión del Rosellón. Lacy aprovechó por su cuenta el cambio de ministro para expulsar de Cataluña a numerosos emigrados porque incordiaban y alborotaban a la población contra los revolucionarios franceses, desestabilizando su autoridad. Si había guerra, ya la dirigirían el gobierno y las autoridades. Los emigrados nada tenían que opinar.

A pesar de los preparativos bélicos, Aranda maniobró con el objetivo de evitar la ruptura con Francia. Pero no bastaba su voluntad. La familia real española trataba a toda costa de salvar la vida de Luís XVI y creía que su Ejército podía derrotar fácilmente a los desarrapados revolucionarios. Estos tampoco se prestaban a los arreglos, estaban poseídos por el entusiasmo republicano, cada día se mostraban más intransigentes y no deseaban convivir con las monarquías absolutas, sino derribarlas. Cualquier intento de arreglo resultaba inútil.

En abril Francia declaró la guerra a Austria, y Aranda debió moderar su política pacificadora. En septiembre se proclamó la República Francesa y se multiplicaron las ejecuciones de aristócratas y clérigos. La reina María Luisa y su favorito Manuel Godoy rechazaban abiertamente el neutralismo de Aranda, que perdía posiciones continuamente. Hasta que, el 23 de febrero de 1794, los reyes le indicaron que se retirase a descansar a sus tierras. Elegante eufemismo para sacárselo de encima.

En su lugar, nombraron ministro universal a Manuel Godoy, de sólo veinticinco años de edad, ocho de servicio y que nunca había participado en guerra alguna, pero había sido nombrado teniente general y duque de Alcudia.

Investido de plenos poderes, Godoy lo intentó todo, hasta el soborno, para salvar la vida de Luís XVI. Sin embargo, el rey de Francia fue guillotinado el 21 de enero de 1793. La Revolución aceleraba su marcha y, un mes y medio más tarde, la Convención rompió las hostilidades con España. Al cabo de veinte días, Carlos IV replicó con su propia declaración de guerra. En vistas al conflicto, se organizaron en España tres cuerpos de ejército, uno en el Pirineo occidental, otro en Aragón y un tercero en Cataluña. De este último ya no pudo encargarse Antonio Lacy, que había fallecido el 31 de diciembre de 1792. Ocupó su puesto el general Antonio Ricardos y Carrillo de Albornoz, aragonés de Barbastro.

La campaña del Rosellón

El enfrentamiento con los franceses despertó el entusiasmo popular, estimulado por los curas y frailes, que, en sus sermones y comentarios, presentaban a los revolucionarios como hijos de Satanás. En toda Cataluña tomó cuerpo una movilización espontánea para enfrentarse a los extranjeros enemigos de los reyes y de la Santa Madre Iglesia, a los asesinos de la guillotina.

El ayuntamiento de Barcelona, junto con la nobleza, el comercio, los gremios y los fabricantes de la ciudad, formó una junta que elevó un memorial al rey para crear un cuerpo de ochocientos voluntarios, armados y mantenidos a sus expensas, y ofreció prestar el servicio de seguridad y policía urbana para que la guarnición pudiera marchar a las operaciones. Cuando el proyecto fue aprobado, llovieron nuevos ofrecimientos y los fabricantes de estampados suscribieron una aportación de veinte mil libras anuales. En la interminable lista de ofrecimientos destacó el de Juan Moraya, vecino de Barcelona, que prometió levantar y equipar un batallón.

El entusiasmo había prendido. No sólo se movilizaban voluntades en Barcelona. En Reus se preparó una fuerza de ochenta y ocho hombres, otra parecida en Tarragona y en Berga comenzaron a organizar los miqueletes, tradicionales soldados volúntanos mantenidos por las instituciones catalanas. Lleida ofreció ciento cincuenta y siete voluntarios, Cervera, cincuenta y veinte mil reales, Vilafranca del Penedés veinticinco mil reales para socorrer a las familias de veintidós voluntarios, Tarrasa veinte mil reales para gratificar a otros veinte. El provincial de los capuchinos dijo que prestaría sus frailes para el servicio religioso de las unidades del Ejército y de los hospitales militares.

Los voluntarios catalanes se incorporaron al cuerpo de ejército de Ricardos. Con agrado de la población, pues Cataluña estaba exenta de las levas forzosas y, en caso de guerra, reclutaba y pagaba a sus propios soldados. También se alistaron centenares de exiliados galos en sus propias organizaciones: el Royal Roussillon, la Legión Royale et Catholique des Pyrénées y la Legión du Vallespir, que mantenían contactos con realistas de allende los Pirineos.

A pesar del belicismo de los reyes españoles, de su favorito Godoy y del entusiasmo popular, el general Ricardos espero sin mover sus fuerzas. Contaba con escasas tropas y prefería aguardar la ocasión propicia. Esta se presentó el 17 de abril de 1793, cuando la población fronteriza de Sant Llorenc de Cerdans le envió un mensaje pidiendo protección contra los revolucionarios. Entonces, las columnas de Ricardos penetraron en Francia, donde fueron recibidas como libertadoras. En poco tiempo, dominaron toda la ribera izquierda del Tec, tomaron Arles y cortaron las comunicaciones con Prats de Molió. Las escasas y poco aguerridas guarniciones francesas se retiraron desordenadamente hacia Ceret, que Ricardos tomó el día 20.

En el mes de febrero anterior, Francisco, el menor de los Milans del Bosch, había sido nombrado alférez. Penetró en el Rosellón con las tropas de Ricardos, entró en combate cuatro días después de la toma de Ceret y su unidad intervino en las escaramuzas de las Jornadas siguientes. Procuró aprovechar la ocasión para distinguirse en acciones de guerra, tras los años perdidos como cadete. Su buena disposición le valió, el 14 de mayo, un despacho de alférez de cazadores, una tropa ligera, organizada para rápidas maniobras. El 17 de julio marchó a las inmediaciones de Perpiñán, que era cañoneado por los españoles y parecía a punto de ser conquistado en una batalla que muchos creían decisiva.

La situación de los franceses era desesperada. Al comenzar agosto, la villa fortificada de Vilafranca de Conflet se rindió a Ricardos, que estrechó el cerco de Perpiñán, aunque no consiguió tomarlo. Una nueva derrota francesa en Trullas hizo que, en diciembre, Ricardos tomara también Bacares, Colliure y Pontvendres. Numerosos grupos de soldados galos se retiraban desordenadamente para refugiarse en Perpiñán, que parecía a punto de caer.

No era costumbre de la época combatir durante el invierno. Ante los primeros fríos, los ejércitos se replegaban y permanecían inactivos hasta la llegada de la primavera. Y, a menudo, ni siquiera entonces comenzaban las grandes campañas, que tenían lugar en pleno verano, cuando la lluvia era una posibilidad remota y habían sido recogidas las cosechas, que proporcionaban grano, paja y harina a los hombres y caballos del ejército. Ricardos se atuvo a la costumbre, decidió no proseguir la guerra en el húmedo y frío clima del Rosellón y redro sus tropas a Voló para pasar el invierno.

El 29 de agosto, la escuadra del almirante Juan de Lángara y la británica de lord Hood habían tomado el puerto francés de Tolón. Los franceses, deseosos de recuperarlo, lo sitiaron nuevamente metiendo a las fuerzas angloespañolas en una trampa. Rafael, el primogénito de los Milans del Bosch, era alférez agregado al regimiento del rey, de guarnición en el Campo de Gibraltar.

No había podido marchar a la guerra del Rosellón como su hermano Francisco. Y, terminado el otoño, le encomendaron una misión poco brillante, aunque con ciertas posibilidades. Debía embarcar en el navío San Fermín, velando para que llegaran a su destino sesenta hombres y otros tantos caballos, que iban a reforzar las tropas españolas que defendían Tolón. Era un cometido de escasa importancia, aunque lo acercaría al campo de batalla, donde quizá pudiera tomar parte en las operaciones y acreditar algunos méritos.

De momento, no tuvo suerte. El 19 de diciembre, los franceses tomaron Tolón y la escuadra angloespañola abandonó el puerto antes de que llegara el San Fermín con Rafael y sus caballos. Regresó al Campo de Gibraltar donde, en el continuo vaivén de alianzas y enfrentamientos internacionales, combatió contra un pequeño desembarco de la Marina británica en Algeciras. También participó en varios cordones sanitarios, establecidos para aislar las sucesivas epidemias desatadas en Andalucía. A pesar de todo, el 14 de septiembre de 1794, le concedieron una plaza de capitán de caballería en el Regimiento de Dragones de Villaviciosa.

La reacción francesa

Francia estaba acosada en todas sus fronteras; sin embargo, el Comité de Salud Pública aprovechó la inactividad invernal de Ricardos y preparó una ofensiva para 1794. El general Dugommier recibió el mando militar en el Rosellón, asistido por los delegados políticos Milhaud y Sobrany, encargados de asegurar la fidelidad del general y de imprimir espíritu revolucionario a la tropa.

En una política llamada de amalgame, los franceses habían mezclado a los antiguos soldados profesionales con voluntarios de la Revolución. Resultó un conjunto entusiasta y desordenado, que no respetaba las reglas de la táctica pero combatía con ardor. Frente a las rígidas formaciones de los soldados absolutistas, cada combatiente francés hacía la guerra con entusiasmo, aparentemente tal como le venía en gana, y grandes grupos de tiradores se destacaban del grueso de las tropas para hostilizar al enemigo.

A fin de que sus desordenados combatientes no se desbandaran y conservaran cierto orden durante la batalla, los ejércitos revolucionarios atacaban directamente en columnas profundas y estrechas, tal como habían marchado por los caminos hasta llegar al campo de batalla. Mientras estas columnas se acercaban al enemigo, las bandadas de tiradores se movían a sus flancos. Corrían, chillaban, blasfemaban y disparaban mientras los soldados llevaban a cabo sus formales maniobras. Hay que decir que con bastante torpeza.

Esta táctica deslavazada, desconocida y contraria a los reglamentos llevó el caos y el entusiasmo a los campos de batalla al tiempo que desconcertaba a los militares profesionales extranjeros, instruidos en la hierática liturgia de la guerra tradicional. Tampoco los cañones galos combatían como se tenía por costumbre, y baterías completas iban de un lado a otro, enganchadas a troncos de caballos lanzados al galope, entraban en fuego y, con igual premura, se desplazaban a otra posición. Los cañonazos revolucionarios llegaban desde todos lados, sin poder precisar cuál sería su próximo blanco.

Al cabo de algún tiempo, esta inesperada y alborotada forma de combatir dio ventaja a los franceses, que comenzaron a ganar terreno mientras sus soldados, vestidos estrafalariamente, cantaban letras patrióticas, blasfemaban, gritaban consignas revolucionarias, aullaban obscenidades y la intendencia revolucionaria requisaba todos los comestibles, piensos y forrajes de los pueblos. Los ejércitos de la bandera tricolor habían abandonado los meticulosos métodos militares consagrados en el siglo XVII. Sin embargo, tenían éxito.

Una liberación no deseada

Como Ricardos había ocupado la fortaleza de Bellegarde, Dugommier retrasó su ofensiva contra Cataluña y esperó mejor ocasión. Mientras tanto, en París caía el triunvirato formado por Robespierre, Couthon y Saint Just.

Como todavía no podían dispararle cañonazos, los agregados políticos del ejército revolucionario enviaron a territorio enemigo numerosos folletos y proclamas impresas en castellano y catalán, que prometían la libertad y reproducían la Declaración de los Derechos del Hombre. Esta propaganda no surtió efecto- Al contrario: los soldados franceses chocaron con la enemistad de la población.

Al ver que la propaganda resultaba inútil y el aura de la revolución no encandilaba a los extranjeros, recurrieron al terror y cometieron el error de comenzar a fusilar prisioneros. En lugar de atemorizar, despertaron un feroz espíritu de venganza, que llevó a los españoles a fusilar o asesinar también a los franceses capturados en cualquier circunstancia.

Ya no marchaban viento en popa los asuntos españoles en el Rosellón. Ricardos falleció inesperadamente y ocupó su puesto el general Luís de Carvajal y Bargas, conde de la Unión, que comprendió la imposibilidad de contener los embates enemigos con las escasas tropas que tenía a sus órdenes.

Los franceses habían tomado la iniciativa; en una rápida incursión atravesaron los Pirineos y destruyeron las fundiciones de Sant Llorenc de la Muga y de Ripoll, que fabricaban armas muy acreditadas. De paso, saquearon cuanto tuvieron a mano, irritando así a los curas y a los payeses expoliados.

Tales hechos facilitaron al conde de la Unión su propósito de explotar el fervor religioso, xenófobo y monárquico suscitado por aquella Francia revoltosa y atea. Decidido a organizar una guerra ideológica y popular, insistió en la prohibición de leer papeles revolucionarios y, el 6 de mayo de 1794, dictó una orden para resucitar el somatén, que había suprimido Felipe V. También estableció la obligación de que todos los varones útiles entre quince y sesenta años defendieran el territorio catalán. La población acogió estas medidas con simpatía, sobre todo después de que una columna francesa penetrara en el territorio y robara los objetos de plata de las iglesias de Ripoll y Camprodón. Los frailes y sacerdotes tuvieron motivo para insistir en sus predicaciones contra la Revolución descreída, incitando a poco menos que una guerra santa.

Los franceses conservaban su ventaja militar y, tras la batalla de Voló, en mayo de 1794, expulsaron a los españoles del Rosellón. El general Dugommier preparó la invasión de Cataluña y de las provincias vasconavarras. Esperaba ser recibido con entusiasmo por una opinión revolucionaria que sólo existía en su imaginación.

La tradición, la rutina y el sentimiento religioso atizado por los curas pesaban más que las proclamas de unos franceses que llegaban robando y avasallando. La población civil no mostró ningún entusiasmo cuando las columnas revolucionarias atravesaron el oeste de los Pirineos, ocupando Pasajes, Fuenterrabía y San Sebastián. Sin embargo, como las tropas españolas continuaban en la fortaleza de Bellegarde, Dugommier no se atrevió a invadir Cataluña dejando una guarnición enemiga fortificada a sus espaldas.

Numerosos catalanes se presentaron voluntarios como miqueletes y somatenes, aunque parte de su entusiasmo decayó cuando el capitán general ordenó que se incorporasen al Ejército como Milicias Provinciales. Estaban acostumbrados a la movilización voluntaria, amaban su tierra y sus instituciones particulares, y no deseaban ser obligados a servir como soldados lejos de sus hogares.

Movilización en Cataluña

El día primero de agosto, una fuerza española marchó contra las baterías francesas instaladas en el pueblo gerundense de Sant Llorenc de la Muga. El segundo teniente Francisco Milans del Bosch, que avanzaba con su unidad de cazadores, se tambaleó inesperadamente y cayó al suelo alcanzado por una bala de fusil. La herida era grave y lo evacuaron a un hospital improvisado, donde no murió más por los beneficios de su robusta naturaleza que por los precarios cuidados médicos que le dispensaron. La herida y su convalecencia le ahorrarían los acontecimientos posteriores.

En septiembre de 1794, Dugommier conquistó la fortaleza de Bellegarde y ordenó a sus tropas penetrar definitivamente en Cataluña. Era un buen momento para los franceses, pues las unidades españolas habían entrado en crisis. El general La Unión carecía de fuerzas para continuar la guerra y decidió sacar partido de las costumbres militares catalanas. Reunió a las tropas voluntarias con que contaba y organizó una línea fortificada a la altura de Figueras, apoyada en el imponente castillo de San Femando.

Los franceses rebasaron esta línea el 20 de noviembre y, en el combate de Mont-Roig, murieron los generales La Unión y Dugommier. El Ejército español se desmoralizó hasta el extremo de que numerosas unidades huyeron en desbandada, y el día 28 el castillo de Figueras se entregó sin disparar un tiro, pese a contar con numerosa tropa, artillería, alimentos y municiones.

El Ayuntamiento de Manresa y su junta de somatenes se dirigieron al gobernador interino Jerónimo Girón, marqués de las Amarillas, y al Ayuntamiento de Barcelona proponiendo una junta general o asamblea de diputados de todos los corregimientos para defenderse del peligro. El Ayuntamiento barcelonés aceptó la idea y fue apoyado por José de Urrutia, que había sido nombrado nuevo capitán general.

Urrutia había nacido en Barcelona, de una familia vasca asentada en Cataluña, propietaria de la masía Can Ruti, de Badalona. Conocía bien el problema de los voluntarios y convocó a las autoridades de los corregimientos. El 24 de diciembre de 1794, presidió una Junta de cincuenta y cinco diputados que, el 11 de enero de 1795, se trasladó a Girona, donde Urrutia tenía su cuartel general. La Junta acordó organizar un ejército de voluntarios con el nombre de tercios de Cataluña, cuyo mando recibió el general Juan Miguel de Vives, y votó también una contribución general para la defensa así como otras disposiciones.

Los voluntarios sumaron unos veinte mil hombres, la mayoría siguiendo la tradición catalana de los miqueletes. Sin embargo, Urrutia no permitió que la Junta se convirtiera en una Junta de Gobernación del Principado, como pretendían algunos de sus miembros, ni que se crearan nuevas juntas locales. La Junta de Girona se limitó a servir de referencia a los corregimientos y a arbitrar recursos para la guerra.

La desgastada monarquía española luchaba con dificultades contra la pujante Revolución francesa, cuyas tropas tomaron Bilbao y Vitoria. Aumentaba la propaganda revolucionaria, y los gastos de guerra obligaron a incrementar los impuestos indirectos en España, de modo que subieron los precios y la carencia de pan provocó nuevos alborotos populares. El gobierno, desbordado por los acontecimientos, inició conversaciones de paz con los franceses.

A pesar de todo, en Cataluña dio resultado la improvisada combinación de soldados, miqueletes y somatenes. Urrutia derrotó a las tropas del general Perignon el 26 de mayo en Pontos y el 14 de junio en Pluvia, en cuya línea prosiguió la resistencia hasta que cayó Rosas, el 3 de febrero de 1795.

El 22 de julio de 1795 se firmó la paz de Basilea, por la cual los franceses devolvieron a España sus conquistas a cambio de la mitad de la isla de Santo Domingo. Como si fuera un triunfo, los reyes concedieron a Godoy el título de Príncipe de la Paz, cuando sólo había conseguido una derrota. Durante el mes de agosto, se firmó el 1° Tratado de San Ildefonso, que convirtió en aliadas contra Inglaterra a la España borbónica y católica y a la Francia revolucionaria y atea.

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1 Opinión

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  • Alejandro Mohorte
    on

    Aunque siento un profundo respeto por la obra de don Gabriel Cardona y también pienso comprar este libro, me temo que en la resolución de la Guerra de la Convención (1793-1795) se ha dejado guiar por el tópico. En el “Mercurio Histórico y Político” de julio de 1795 (accesible y descargable de la Biblioteca Nacional de España en pdf) se informa de la batalla de Pontós de 14 de junio de 1795 (pag 294 a 322) donde el ejército francés de los Pirineos Orientales fue derrotado y obligado a abandonar Cataluña pasando las tropas españolas a cruzar la frontera en julio entrando de nuevo en Francia y bloqueando la fortaleza de Mont-Louis al noreste de Llivia. Esta información aparece confirmada por la historiografía francesa que entra en detalles sobre este asunto, por ejemplo en el “Manuscrit de l’An III” de Agathon Jean-François Fain, Paris 1828, ed. Arléa. En el mismo ejemplar del Mercurio Histórico y Político de julio de 1795 se informa en el frente vasco-navarro de las victorias españolas en el combate de Ollaregui (pags 349 a 322) junto a Pamplona y de los combates de Orón y del puente de Miranda de Ebro (pags 357 a 365) ambos el 22 de julio de 1795 que llevaron a la retirada francesa a sus posiciones de salida y al estancamiento del frente, ofensiva francesa ordenada para mejorar la posición de negociación que resultó en la firma a toda prisa del tratado de Basilea con España el 25 de julio de 1795 que entró en vigor el 1 de agosto de 1795 devolviendo ambos bandos el territorio ajeno que ocupaban. Así pues hay que hablar más de una paz apresurada por ambos bandos y mal negociada por los diplomáticos españoles, y dados los hechos difícilmente de una derrota militar española en esa guerra aunque el tópico mil veces repetido diga lo contrario. Mientras tanto en las demás fronteras francesas el resto de las fuerzas de la Primera Coalición –británicos, holandeses, prusianos y austriacos- así como las revueltas realista en la Vendée y de los federados girondinos sí habían sido derrotadas por la Convención francesa en 1793 y 1794, y Prusia incluso había abandonado la guerra el 5 de abril de 1795 en el primer tratado de Basilea tres meses antes que España y a los que seguirán los demás coaligados incluso Austria en 1797 con la “Paz de Campoformio”.

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