Los perdedores de la Historia De España

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Un libro audaz que rescata un puñado de vidas que se quedaron en la cuneta de la historia.

Los protagonistas de la historia no siempre son seres extraordinarios, exitosos, fuertes y visionarios. La historia también está hecha de personas movilizadas por sus sueños y sus temores, equivocadas a veces, o víctimas de circunstancias que no pueden eludir, en definitiva, personas con las que todos podemos identificarnos.

Desde la Roma antigua hasta nuestros días, se repasan los avatares de 23 personajes fascinantes que nos ayudan a comprender nuestro pasado y también el presente. Los nombres propios de la historia de España también se nutren de valientes soldados romanos que resultaron vencidos, revolucionarios que no encuentran formas efectivas para encauzar su fuerza, seres cegados por sus creencias religiosas, príncipes rebledes, eternos condenados al exilio o autoexiliados

ANTICIPO:
Historia de un linaje

Todo relato tiene un principio. Éste comienza con la muerte de un rey enfermizo, cuya flaca naturaleza física terminó quebrando sus imperativos deseos. Cuando esa señora que lo muda todo vino a asomarse al fin a su mirada, este rey, de nombre Enrique III, dejó la corona en manos de su único descendiente varón, Juan II (un niño de apenas un año), y la escena política a cargo de su enérgico hermano, Fernando de Trastámara.

Los cronistas al servicio de don Fernando y al de sus hijos, los infantes de Aragón, se muestran muy diligentes al mostrar a aquél como un esbelto e ideal caballero andante, recio y de mando excepcional en la batalla, y de admirable altura en los laberintos y azares de la corte.

«Cuanto más cercanos son los infantes a los reyes y a la corona real -dicen que decía-, y mayor deudo han con ellos, tanto más son tenidos y obligados y tienen mayor cargo de honrarlos y servirlos, por el gran deudo que con ellos y su merced tienen.»

Esa gran visión institucional y ese idealismo caballeresco, de cuya prueba dan exhaustiva nota los cronistas al reflejar su fidelidad al niño rey y su heroísmo valeroso en la guerra contra el infiel (de su célebre empresa contra el reino de Granada en la primavera de 1410 vendrá su sobrenombre, «el de Antequera»), no estaban reñidos, como manda la estirpe y el siglo en que vive, con una gran ambición. Único segundón legítimo de la Casa de Trastámara, Fernando de Antequera buscó ante todo el engrandecimiento de su linaje. Quiso levantar, a la sombra del trono de Castilla, un árbol robusto que constituyera, por sí solo, la arboladura de la alta nobleza, y tenía energía y fuerzas para ello.

En 1407, año de la muerte de Enrique III, contaba Fernando de Antequera veinticinco años y aún no daba señales del declive que causaría su temprana muerte. Era entonces -duque de Peñafiel, conde de Mayorga, señor de Lara…- el hombre más poderoso de Castilla. Tan sólo unos años después, tras el compromiso de Caspe, en 1412 exactamente, abandonaba la tierra de sus antepasados para ocupar el trono de Aragón, incrementando las dimensiones de su vasto poder, pero ni siquiera entonces renunció a su viejo proyecto. Conservó la regencia de Castilla en sus manos y procuró construir para sus hijos una gran fortaleza sobre la que asegurarles el ascendiente que él, soberano de Aragón, aún ejercía en el joven Juan II: villas, grandes señoríos, rentas, vasallos, huestes, castillos… Cuentan los cronistas que de sus días ninguno brilló como éstos. Cuentan que fue ahora cuando Fernando de Antequera tuvo ante sí la imagen más nítida de cuanto había planeado: que su linaje dominara sobre los grandes reinos de la Península, que su familia fuera indestructible, que sus vástagos reinaran en Aragón y a la vez no consintieran que en Castilla se reinase sin su beneplácito; que en sus ejércitos militara el oro y la tempestad, que sus manos tejieran terribles la tela de la espada contra todo aquel -noble o rey- que se atreviera a desafiarlos.

El proyecto de don Fernando debía coronarse dejando varias felicidades aseguradas o, cuanto menos, probables: la del primogénito y heredero a la corona de Aragón, el magnánimo Alfonso V; la del segundón y negociador Juan, al que se encomendaban los asuntos italianos; la del impetuoso y conspirador Enrique, maestre de la Orden de Santiago, y encargado de conducir los negocios de Castilla en compañía de los dos menores, Sancho, maestre de la Orden de Calatrava, y Pedro. La Fortuna (gran obsesión para los poetas de aquella época) no lo resolvió así. Fernando falleció en 1416, cuando más ardía en él la cima soberbia de sus pretensiones, y los infantes que le sobrevivieron -ese mismo año, la muerte, tan callando, cerró también los ojos del joven Sancho- se enzarzaron en una torpe disputa. Desprovistos de lágrimas y de soledad, pero no de codicia, jamás prestaron oídos al consejo de su padre: permanecer unidos y leer la Crónica del rey don Pedro, el Cruel. Jamás leyeron la crónica de aquel tiempo en que los hermanos fueron por siempre enemigos y la guerra civil se adueñó de Castilla mediante episodios tortuosos e inútilmente feroces, aquel tiempo en que don Pedro, finalmente, había quedado preso del implacable abrazo de su hermano bastardo, don Enrique, primer rey de la dinastía Trastámara.

Como había ocurrido a mediados del siglo XIV con aquellos hijos del fuerte Alfonso XI, las más ruines ocurrencias también vinieron ahora a envenenar el fruto de los mejores deseos. Las envidias y resentimientos comenzaron a crecer entre los vástagos de Fernando de Antequera en 1416. En aquel año, los impulsos dominadores -es decir, el polo opuesto al orden jurídico- empujaron a unos infantes contra otros, y mientras sus corazones se deshermanaban, los nobles instalados en los escalones de abajo, los Enríquez, los Velasco, los Mendoza, los Stúñiga… afilaron sus apetitos: ¡Qué buen botín si, un día, ese vasto edificio construido por don Fernando se derrumbara! ¡Qué gran botín!…

El rey dominado

Rey adulto, dicen los consejeros políticos en la Edad Media, debe mostrar debilidad para que alguien se atreva a desacatarlo. Rey mozo tiene que acreditar su vigor para que no se atrevan. Tanto más, si los que están en condiciones de hacerlo son poderosos, y de su propia sangre.

En los oídos de Juan II debieron resonar palabras parecidas en 1419. Llegó a rey siendo un niño y le encaramaron al gobierno ese año, cuando contaba catorce años, alcanzada apenas la mayoría de edad. Los cronistas oficiales le retratan muy franco, religioso, católico y de mucha oración, muy dado a la caza y a las lecturas, admirador de sabios y eruditos, de agudo ingenio, amante de la paz y compasivo con los pobres. Los estudiosos de la época, menos complacientes, le describen fino intelectual y rey muy orgulloso de dirigir un equipo de traductores, pero también débil y pusilánime e incapacitado para el ejercicio del poder, lo que explica que siempre estuviera dominado por otros, que fuera tan vulnerable ante los ataques de hombres decididos y siempre actuara bajo la influencia de su favorito, Álvaro de Luna.

Tengan razón unos y otros, pues fondo de verdad también hay a veces en las crónicas oficiales, lo cierto es que el joven rey se descubrió muy pronto prisionero de los infantes de Aragón y que también muy pronto encontró refugio en aquel cortesano capaz de intrigar e imponerse, de protegerlo frente a la soledad y salvaguardarlo de las fuertes y alargadas garras de sus familiares.

«Tuvo este rey desde su mocedad -dice el cronista oficial de Juan II- muy acepto al noble varón Álvaro de Luna, a cuyo seso y consejo, más que ningún otro cavallero, se allegaba…» Y a continuación, unas líneas más adelante: «.., y así por tan gran afección a él era inclinado, que todas las cosas quería el Rey hacer y cumplir a su voluntad».

Inteligente, de cuerpo pequeño y muy derecho, buen cabalgador, atrevido y esforzado en la guerra, don Álvaro de Luna se ganó la voluntad de su señor muy temprano. Cuando era un simple y joven paje del joven monarca. Lo consiguió en medio de los infantes de Aragón, empeñados en controlar al rey y convertirlo en títere de su voluntad, y de los nobles de Castilla, cuyo interés consistía en encerrar al soberano en un estrecho círculo de derechos y deberes para con sus grandes casas. En medio de este paisaje de usurpadores, infecundo en hombres de Estado desinteresados, se elevó ante los ojos del rey aquel joven y ambicioso paje, bastardo de uno de los sobrinos del pontífice Benedicto XIII, el Papa Luna. Logró escalar a las alturas de la corte y figurar como el gran valedor de la autoridad regia. Tal vez porque así conseguía manipular él, y no otros, las riendas del poder.

«Este Condestable don Álvaro de Luna -dice el halconero de Juan II en otra crónica- alcanzó tanto en Castilla, que no se falla por crónicas que hombre tanto alcanzase, ni tan gran poderío tuviese, ni tanto amado fuese de su rey como él era… No era cosa en el reino que vacase e algo fuese que todo no venía de su mano, así de lo seglar como de lo eclesiástico.»

Todas las cosas tuvo, en efecto, y todas le abandonaron… En don Álvaro de Luna, valido del siglo XV, se cumplieron las máximas de los validos del siglo XVII, a los que precede y anticipa en favor regio, poderío, riqueza y obsesión por extender el poder del Estado. «El favor consume a aquellos a los que se otorga.» «Las grandes confianzas entre el regio señor y el favorito tienen grandes caídas»… Como Piers Gaveston en la Inglaterra de Eduardo II, don Álvaro de Luna tuvo ocasión de comprobar que la espada y el verdugo pueden convertirse en instrumento «de divina retribución» por la codicia, el orgullo o abuso del poder. Si la relación entre el monarca y sus consejeros siempre fue propensa a terminar mal, con lamentaciones, expresiones de pesimismo existencial o cosas peores, en el caso de los favoritos, súbditos omnipotentes que habían ascendido a una preeminencia deslumbrante a través de su artera habilidad para ganarse y conservar el favor de su príncipe, los versos de Christopher Marlowe marcan su existencia:

Pero ¿a quién el poder y el mando

no han vuelto desgraciado en vida o muerte?


Con razón un autor anónimo escribía en 1618 que en materias de privanzas no hay seguridad humana, y que en medio de conflictos y dudas de unos y ansias de otros, el súbdito no sabe si sigue al general o algún teniente o a una sombra. Lerma, no obstante de dos decenios sin parangón, fue desterrado de la corte en 1618, y creyó prudente buscar la seguridad de una dignidad eclesiástica frente a la eventualidad de una caída de favor aún más devastadora. Olivares tuvo ocasión en el exilio de sus últimos años, deshonrado y medio loco, de exclamar que lo único seguro en esta vida son la inestabilidad, la inconstancia y la falta de gratitud. Entre las filas de los validos del siglo XVII, para los que la vívida imagen de don Álvaro en el patíbulo fue siempre una advertencia ejemplar, tendríamos dificultad para encontrar uno que negara la conocida descripción del servicio a los príncipes como una riqueza pobre, una abundancia miserable, un estado asediado de enemigos, una seguridad temblorosa, una altura con caída. Los novelistas y poetas románticos recrearon después su mundo cortesano como un mundo en que maquiavélicos ministros tejen complicadas redes de intriga y convierten a hombres más débiles en agentes de sus grandes designios. Pero, como dice John Elliot, los validos del siglo XVII también fueron reformistas, hombres de proyectos, arbitristas enfrentados con demandas que forzaban las capacidades del Estado hasta el punto de ruptura, también fueron la identidad negativa de un rey que no podía hacer el mal, y el instrumento para la represión de las facciones y la unificación de la corte, para la coordinación de la maquinaria de gobierno y la articulación entre el centro y las provincias, para la movilización de todos los recursos de la comunidad en apoyo de la política real.

Jamás gozaron de buena prensa, pues sobre sus coetáneos siempre sobrevoló el miedo a que la voluntad del príncipe quedara cautiva de las intrigas de su privado. Esta desconfianza puede inferirse de múltiples textos, pero es quizá en la Historia General de España de Juan de Mariana, redactada en los últimos años del reinado de Felipe II y revisada a comienzos de la era de Felipe III y el duque de Lerma, donde alcanza mayor relieve. Contrario a los validos y camarillas que anulan al monarca, anclado en Toledo, desde donde advierte al rey sobre las amenazas que sobre el Imperio y sobre él, como rey, se ciernen, al dejarse usurpar el poder regio y permitir que sus privados participen en el gobierno, cuando explica cómo había sucumbido Juan II a la influencia de don Álvaro de Luna, Mariana afirma:

Es miserable crianza de rey, sujeta a graves daños, que el gobernador de todos no ande en público ni le vean sus vasallos, tanto, que aun a los grandes que le visitaban, no conocía; que quitasen al Príncipe la libertad de ver, hablar y ser visto… Bien podría preguntarse: ¿Como pollo en caponera me pongas tú a engordar al que nació para el sudor y para el polvo?

El reinado de Juan II, sujeto siempre al mando y albedrío de sus palaciegos y cortesanos, era percibido por el jesuita como uno de los períodos más turbulentos de la historia de Castilla, y también como la prueba más evidente de las nefastas consecuencias de la existencia de privados, cuya tiranía veía repetirse en el duque de Lerma. Reflexiones, estas de Mariana, que pesaron sobre la imagen del valido hasta que los historiadores del siglo XX rescataron su papel como constructores de Estados, y no incurablemente frívolos o irremediablemente corruptos.

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