Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin

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Orlando Figes, el aclamado autor de La Revolución rusa (2000) y El baile de Natacha (2006), narra en este libro las vidas de la gente de a pie en la Rusia de Stalin, donde todos temían hablar en exceso y donde la sociedad tomó por costumbre comunicarse en susurros, a veces para proteger a familiares y amigos, y en otros casos para traicionarlos. Un lugar y una época en los que el joven obrero pasaba información a su superior para mantener su empleo, un marido para desembarazarse de su amante, un vecino por una insignificante cuestión de envidias. Una sociedad en la que llevar una doble vida se convirtió en lo habitual. En esta soberbia obra, Orlando Figes da voz por primera vez a esos silenciosos supervivientes, tras un monumental trabajo, investigación y documentación, en un libro, simplemente, arrebatador.

ANTICIPO:

Al revisar estos acontecimientos desde la perspectiva de la década de 1970, Baitalski pensaba que Yeva era una buena persona, pero que su bondad había quedado en segundo plano ante su sentido del deber hacia el Partido, cuyos artículos de fe habían predeterminado su respuesta al «bien» y el «mal» del mundo. Había subordinado su personalidad y capacidad de razonamiento a la «intransigente» autoridad colectiva del Partido. Había «decenas de miles de Yevas» entre los bolcheviques, y su aceptación incuestionable del juicio del Partido persistió incluso cuando la Revolución dio paso a la dictadura estalinista: Esta gente no degeneró. Por el contrario, cambió demasiado poco. Su mundo interno siguió siendo el mismo, impidiéndoles ver las cosas que habían empezado a cambiar en el mundo exterior. Su desdicha fue su conservadurismo (yo lo llamaría su «conservadurismo revolucionario»), expresado a través de su inalterable devoción (…) a los estándares y definiciones adquiridos durante los primeros años de la Revolución. Incluso era posible convencer a esa gente de que, por el bien de la Revolución, debían confesar que eran espías. Y muchos fueron convencidos, y murieron creyendo en la necesidad revolucionaria de su desaparición «Nosotros, los comunistas, somos gente de un tipo especial —dijo Stalin en 1924—. Estamos hechos de mejor materia (…). No hay nada más alto que el honor de pertenecer a este ejército.» Los bolcheviques se consideraban portadores de virtudes y responsabilidades que los distinguían del resto de la sociedad. En su importante libro Ética del Partido (1925), Aron Solts comparó a los bolcheviques con la aristocracia de la época zarista. «Hoy -escribió-, somos nosotros quienes constituimos la clase gobernante… Es de acuerdo con la manera en que vivamos, nos vistamos, valoremos esta o aquella relación, y de acuerdo con la manera en que nos comportemos, que se establecerán las costumbres en nuestro país.» Por tratarse de una casta proletaria gobernante, resultaba inaceptable que un bolchevique se relacionara estrechamente con personas de una clase social diferente. Según Solts, era «de mal gusto», por ejemplo, que un bolchevique se casara con una mujer que no perteneciera a la clase proletaria, y esos matrimonios debían ser condenados de la misma manera que «hubiera sido condenado en el siglo pasado el matrimonio de un conde con una criada». La ideología del Partido rápidamente llegó a dominar todos los aspectos de la vida pública en la Rusia soviética, del mismo modo que la ideología de la aristocracia había dominado la vida pública en la Rusia zarista. El propio Lenin comparó a los bolcheviques con la nobleza y, de hecho, unirse al Partido, después de 1917, era como ascender en la clase social. Otorgaba una situación preferencial a los cargos burocráticos, un estatus y privilegios de élite, y el derecho a compartir la suerte del Partido. Hacia el final de la Guerra Civil, los bolcheviques se habían atrincherado en todos los principales cargos del gobierno, cuya burocracia creció desmedidamente a medida que casi todos los aspectos de la vida en la Rusia soviética cayeron bajo el control del Estado. Hacia 1921, la burocracia soviética era diez veces más grande de lo que había sido nunca en el Estado zarista. Había dos millones y medio de funcionarios estatales, un número que duplicaba la cantidad de obreros industriales de Rusia. Ellos constituían la base social del régimen. Las actitudes elitistas arraigaron rápidamente en las familias de los bolcheviques y fueron transmitidas a sus hijos. La mayoría de los escolares soviéticos daban por hecho que los miembros del Partido gozaban de un estatus más elevado que otros miembros de la sociedad, según un estudio realizado en varias escuelas en 1925, empleando juegos controlados. Si se les permitía decidir en una disputa entre dos niños, los otros usualmente decidían a favor del niño que reclamaba prioridad en el patio y cuyos padres eran bolcheviques. El estudio sugería que las escuelas soviéticas habían infundido un cambio importante en los valores infantiles, reemplazando el antiguo sentido de justicia e igualdad que antes predominaba en la clase trabajadora por un nuevo sistema jerárquico. Los hijos de los miembros del Partido mostraban un sentimiento de autoridad firmemente desarrollado. En un juego controlado, un grupo de niños jugaba a los trenes; los niños querían que el tren partiera y no querían esperar a que una niña subiera a bordo, pero la niña dijo: «El tren esperará. Mi esposo trabaja en la GPU [la policía política] y yo también». Luego subió a bordo del tren y exigió que le dieran un billete gratis. El calificativo definitorio de esta élite autoproclamada era la «moral comunista». El Partido Bolchevique se autocalificaba como una vanguardia moral y política, cuyo mesiánico sentido del liderazgo exigía que sus miembros demostraran que eran dignos de pertenecer a esa élite. Por ser un elegido, cada miembro estaba obligado a demostrar que su conducta privada y sus convicciones satisfacían los intereses del Partido. Debía demostrar que era un verdadero seguidor del comunismo; demostrar que poseía una conciencia moral y política más elevada que la masa de la población; que era honesto, disciplinado, trabajador y que estaba desinteresadamente dedicado a la causa. No era un sistema moral en el sentido convencional. Los bolcheviques rechazaban la idea de la moralidad abstracta o cristiana por considerarla una forma de «opresión burguesa». Era, en cambio, un sistema en el que todos los temas morales estaban subordinados a las necesidades de la Revolución. «La moralidad—escribió un teórico del Partido en 1924— es lo que ayuda al proletariado en la lucha de clases. La inmoralidad es todo lo que la obstaculiza.» La convicción era la cualidad moral crucial de todo bolchevique «consciente». Era lo que distinguía al verdadero comunista del que quería «hacer una carrera» y que se unía al Partido con fines interesados. Y la convicción era sinónimo de una conciencia limpia. Las purgas y los juicios públicos del Partido estaban concebidos como una inquisición del alma del acusado destinada a exponer la verdad de sus convicciones (de ahí la importancia que se otorgaba a las confesiones, consideradas como revelación del yo oculto). La convicción, y más aún las creencias, era un asunto público, no privado. Tal vez se las relacionaba con la tradición ortodoxa de la confesión y la penitencia públicas, que marcaban una diferencia tan importante respecto de la naturaleza privada de la confesión en el Occidente cristiano. Sea como fuere, la moral comunista no daba lugar a la noción occidental de la conciencia como un diálogo privado con el yo interior. En este sentido, la palabra rusa para «conciencia» (sovest) casi desapareció del uso oficial después de 1917. Fue reemplazada por el término soznatel´nost´, que implica la idea de conciencia o la capacidad de alcanzar un juicio moral y una comprensión del mundo más elevados. En el discurso bolchevique, soznatel´nost´ significaba el logro de una lógica moral-revolucionaria más elevada, es decir, la ideología marxista-leninista. Por supuesto, no se esperaba que todos los bolcheviques poseyeran un conocimiento detallado de la ideología del Partido. Para las bases, era suficiente que los miembros se dedicaran a la práctica diaria de sus rituales —juramentos, himnos, ceremonias, cultos y códigos de conducta—, de la misma manera que los fieles de una religión organizada expresaban su fe cuando asistían a la iglesia. Pero las doctrinas del Partido debían aceptarse como artículos de fe por todos sus seguidores. Su juicio colectivo debía aceptarse como Justicia. Acusados de crímenes por el liderazgo, los miembros del Partido debían arrepentirse, arrodillarse ante el Partido y recibir con gusto su sentencia. Defenderse era agregar otro delito a los ya cometidos: el de disentir de la voluntad y el poder del Partido. Esto explica por qué tantos bolcheviques se rindieron a su destino en las purgas, aun cuando fueran inocentes de los crímenes de los que habían sido acusados. Esa actitud quedó de manifiesto en una conversación hecha pública por un amigo del líder bolchevique Iuri Piatakov, poco después de la expulsión de Piatakov del Partido por ser considerado trotskista, en 1927. Para conseguir ser readmitido, Piatakov había abjurado de muchas de sus más antiguas y acendradas convicciones políticas, pero esto no lo convertía en un cobarde, como lo acusaba su amigo. Más bien, como lo explicó Piatakov, demostraba que: un verdadero bolchevique podrá purgar rápidamente de su mente ideas en las que ha creído durante muchos años. Un verdadero bolchevique ha sumergido su personalidad en la colectividad, en «el Partido», en grado tal que eso mismo le permite hacer el esfuerzo necesario para liberarse de sus propias opiniones y convicciones… Está dispuesto a creer que el negro era blanco y el blanco era negro, si el Partido así lo requiere. No obstante, precisamente por haber cambiado tan radicalmente sus ideas, Stalin nunca confió en Piatakov —ni en otros «renegados»—, y ordenó su arresto en 1936. Las purgas empezaron mucho antes de que Stalin accediera al poder. Tuvieron su origen en la Guerra Civil, cuando las filas del Partido crecieron rápidamente y sus líderes temieron ser aplastados por «carreristas» y «ventajistas». Los blancos de las primeras purgas eran grupos sociales enteros: «elementos burgueses regenerados», kulaks y grupos semejantes. Los bolcheviques que procedían de un entorno obrero eran eximidos del escrutinio, a menos que se hubiera formulado una denuncia específica en su contra en alguna reunión de purga. Pero durante la década de 1920 hubo un cambio gradual en la práctica de las purgas, con un énfasis cada vez mayor sobre la conducta y las convicciones privadas de cada bolchevique. Este cambio se vio acompañado de un sistema cada vez más elaborado de inspección y control de la vida privada de los miembros del Partido. Los postulantes que ansiaban unirse al Partido debían demostrar que creían en su ideología. Se atribuía mucha importancia al momento en que se habían convertido a la causa, y se consideraba que sólo los que habían luchado en las filas del Ejército Rojo durante la Guerra Civil habían demostrado su grado de compromiso. A lo largo de todo el transcurso de sus vidas, se requería a los miembros del Partido que escribieran una breve autobiografía o completaran un cuestionario (anketa), con el que proporcionaban detalles acerca de su entorno social, su educación y su carrera, y sobre la evolución de su conciencia política. Estos documentos eran, esencialmente, una forma de confesión pública mediante la cual los miembros del Partido reafirmaban sus méritos para contarse entre los elegidos. El punto clave era demostrar que la formación de su conciencia política se debía por entero a la Revolución y a la tutela del Partido. Un trágico incidente acaecido en la Academia de Minería de Leningrado sirvió para reforzar la insistencia del Partido en supervisar la vida privada de sus miembros. En 1926, una estudiante se suicidó en la residencia de la academia. Se descubrió que había sido impelida al suicidio por la cruel conducta de su amante. Konstantin Korenkov no fue llevado a juicio, aunque sí fue excluido del Komsomol acusado de «responsabilidad moral por el suicidio de una camarada». La Comisión de Control de la organización regional del Partido -una suerte de tribunal I regional— invalidó la decisión, que consideró demasiado severa, y la reemplazó por «una severa reprimenda y una advertencia». Pocas semanas después, Korenkov y su hermano menor robaron la oficina del cajero de la Academia de Minería, matando al cajero de una puñalada e hiriendo a su esposa. El caso estuvo a cargo de Sofía Smidovich, miembro de alto nivel de la Comisión Central de Control, la organización responsable de ética y legalidad del Partido, quien definió el «korenkovismo» como una «enfermedad» cuyo síntoma más evidente era la indiferencia a la moral y la conducta de los propios camaradas: La vida privada de mi camarada no me concierne. El colectivo de estudiantes observa cómo Korenkov encierra a su esposa enferma, sangrando literalmente (…) bien, es su vida privada. Se dirige a ella con insultos y expresiones hirientes (…), nadie interfiere. Lo que es más: en la habitación de Korenkov suena un disparo, y el estudiante del cuarto de abajo ni siquiera considera necesario ir a ver qué está ocurriendo. Valora que se trata de un asunto privado. Smidovich argumentó que era tarea del colectivo instaurar estándares morales a sus miembros por medio de la vigilancia y la intervención en sus vidas privadas. Sólo de esa manera, insistía, se podría promover el verdadero colectivismo y la «conciencia comunista». El sistema de mutua vigilancia y denuncia ideado por Smidovich no era un invento de la Revolución de 1917. La denuncia y la delación habían sido durante siglos elementos presentes en el gobierno ruso. Las peticiones dirigidas al zar en contra de funcionarios que abusaban de su poder habían desempeñado un papel vital en el sistema zarista, reforzando el mito popular de un «zar justo» que (en ausencia de tribunales o de otras instituciones públicas) protegía al pueblo de los «malos servidores». En los diccionarios rusos, el acto de «denuncia» (donas) era definido como una virtud cívica («la revelación de actos ilegales») más que como una actitud egoísta y malévola, y esta definición permaneció inalterada durante las décadas de 1920 y 1930. Pero bajo el régimen soviético, la cultura de la denuncia adquirió nuevo significado e intensidad. Los ciudadanos soviéticos fueron alentados a informar sobre sus vecinos, colegas, amigos e incluso familiares. La vigilancia era el deber primordial de cada bolchevique. «Lenin nos enseñó que cada miembro del Partido debe convertirse en un agente de la Cheka, es decir, que debe vigilar y presentar informes», argumentó Sergei Gusev, quien había ascendido hasta convertirse en miembro de alto nivel de la Comisión Central de Control. Los miembros del Partido recibían la orden de informar sobre sus camaradas si creían que sus pensamientos o su conducta privada amenazaban de alguna manera la unidad del Partido. En fábricas y barracones, se exhibía una lista de los candidatos a convertirse en miembros del Partido delante de la oficina de la célula del Partido. Los miembros del colectivo eran invitados a escribir denuncias contra los candidatos, señalando sus defectos personales (como por ejemplo, que eran bebedores, agresivos o de mal carácter), que luego serían discutidos por un comité. Los informes de conversaciones privadas se convirtieron en una característica cada vez más común de las denuncias, aunque algunos líderes expresaron sus reservas acerca de la moralidad de esa práctica. En el XIV Congreso del Partido, celebrado en 1925, se decidió que informar sobre una conversación privada era en general una práctica censurable, pero no si esa conversación era considerada «una amenaza a la unidad del Partido». La instigación a la denuncia fue un elemento central de la cultura de la purga que se desarrolló durante la década de 1920. En las organizaciones soviéticas y del Partido, había reuniones regulares de purga en las que funcionarios y miembros del Partido debían responder a las críticas emanadas de las bases bajo la forma de denuncias orales y escritas. Estas reuniones podían volverse muy personales, como descubrió la joven Elena Bonner, quien presenció una de ellas realizada en la residencia del Comintern: Le preguntaban a la gente por sus esposas, y a veces por sus hijos. Resultó que algunos golpeaban a sus esposas y bebían vodka en cantidad. Batania [la abuela de Bonner] hubiera dicho que las personas bien educadas no formulan esa clase de preguntas. A veces, el que era sometido a la purga decía que no golpearía más a su esposa o que dejaría de beber. Y muchos decían, sobre su trabajo, que «no lo harían más» y que «entendían todo». Parecía como cuando a una la citan en la sala de maestros: el maestro está sentado, te reprende, los otros maestros esbozan una sonrisa perversa, y una dice rápidamente «entiendo», «por supuesto, me equivoqué», pero no lo dice en serio, o sólo quiere salir de allí para volver con los otros niños al recreo. Pero esta gente estaba más nerviosa que cuando una estaba ante la maestra. Algunos prácticamente lloraban. Era desagradable verlo. Cada purga llevaba mucho tiempo; en algunas sesiones, se ocupaban de tres personas a la vez, otras veces sólo de una. Poco a poco, había menos cosas de la vida privada de los bolcheviques que escapara a la mirada y la censura de la dirigencia del Partido. Esta cultura pública, en la que se esperaba que todos revelaran su mundo íntimo a la comunidad, fue específica de los bolcheviques —no hubo nada semejante en el movimiento nazi o fascista, donde cada nazi o cada fascista estaba autorizado a tener una vida privada, mientras se adhiriera a la ideología y las reglas de su partido—, hasta que se produjo la Revolución Cultural china. Los bolcheviques rechazaron explícitamente cualquier distinción entre vida privada y vida pública: «Cuando un camarada dice: «Lo que estoy haciendo en este momento es de la incumbencia de mi vida privada, no de la sociedad», decimos que eso no es correcto», escribió un bolchevique en 1924. Toda la vida privada de un miembro del Partido era social y política, todo lo que hacía tenía un impacto directo en los intereses del Partido. Ése era el significado de la «unidad del Partido»: la completa fusión del individuo con la vida pública. En su libro Ética del Partido, Solts concebía al Partido como un colectivo autocontrolado, donde cada bolchevique vigilaba y criticaba las motivaciones y conductas privadas de sus camaradas. Pero, en realidad, esta vigilancia mutua conseguía exactamente lo contrario: alentaba a las personas a aparentar cumplir con los ideales soviéticos, mientras ocultaban su verdadera personalidad en una esfera privada secreta. Ese disimulo se difundiría ampliamente en el sistema soviético, que exigía la exhibición de lealtad y castigaba la expresión del disenso. Durante el terror de la década de 1930, cuando el secreto y el engaño se convirtieron en estrategias de supervivencia imprescindibles para casi todo el mundo en la Unión Soviética, apareció un tipo absolutamente nuevo de personalidad, y de sociedad. Pero esta doble vida ya era una realidad en la década de 1920 para grandes sectores de la población, especialmente para las familias del Partido, que vivían bajo la mirada pública, y para todos aquellos cuyo origen social o creencias los hacían vulnerables a la represión. La gente aprendió a llevar una máscara y a desempeñar el papel de leales ciudadanos soviéticos, aun cuando vivieran según principios diferentes en la intimidad de su propio hogar. Hablar era peligroso en una sociedad como aquella. Las conversaciones familiares repetidas fuera del hogar podían ser causa de arresto y encarcelamiento. Los niños eran la principal fuente de peligro. Naturalmente charlatanes, eran demasiado pequeños para entender la importancia política de las cosas que escuchaban en sus casas. El campo de juegos, especialmente, era un semillero de informantes. «Nos enseñaron a controlar nuestra lengua y a no hablar con nadie acerca de nuestra familia», recuerda la hija de un funcionario bolchevique de mediano rango de Saratov: Había ciertas reglas sobre lo que se escuchaba y lo que se decía que nosotros, los niños, tuvimos que aprender. Lo que por casualidad escuchábamos decir a los adultos, en susurros, o lo que escuchábamos que decían a nuestras espaldas, no debíamos repetirlo ante nadie. Nos meteríamos en problemas incluso si permitíamos que los adultos se enteraran de que habíamos escuchado alguna conversación. A veces decían algo e inmediatamente nos [advertían: «Las paredes oyen», o «Vigila tu lengua» o alguna otra expresión (…). Pero en general, aprendimos esas reglas por instinto. Nadie nos explicó que lo que se decía podía ser peligroso políticamente, pero de alguna manera lo sabíamos. Nina lakovleva creció en una atmósfera de silenciosa oposición al régimen soviético. Su madre provenía de una familia noble de Kostroma que había huido de los bolcheviques durante la Guerra Civil; su padre era un revolucionario socialista que había sido encarcelado después de participar en el gran levantamiento campesino contra los bolcheviques en la provincia de Tambov, en 1921 (escapó de la cárcel y huyó a Leningrado, donde volvió a ser arrestado en 1926 y sentenciado a cinco años en la prisión especial de aislamiento de Suzdal). De niña, durante la década de 1920, Nina sabía que no debía hablar de su padre con sus amigos de la escuela. «Mi madre no decía una sola palabra sobre política —recuerda Nina—. Incluso declaraba explícitamente su falta de interés por los temas políticos.» A partir de esa actitud de su madre, Nina aprendió a cerrar la boca. «Nadie estableció reglas específicas sobre lo que se podía decir, pero flotaba un sentimiento general, una atmósfera dentro de la familia, que hizo que entendiéramos claramente que no debíamos hablar de nuestro padre.» Nina también aprendió a desconfiar de cualquiera fuera de su familia inmediata. «No quiero a nadie, sólo quiero a mamá, a papá y a la tía Liuba —le escribió a su padre en 1926—. Solamente amo a nuestra familia. No quiero a nadie más.»

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1 Opinión

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  • Alberto
    on

    El título de este libro (muy bueno, si bien algo deprimente) hace referencia tanto al miedo a la gente a hablar con libertad, como a los susurros de los confidentes al denunciar. [b]Figes[/b] recopila testimonios (principalmente orales) de víctimas de la represión, los enlaza con la vida del escritor Estalinista [url=http://www.interplanetaria.com/ficha.php?id=VivosMuertosKonstantinSimonov]Konstantin Simonov[/url] y los combina para formar un fresco de la historia de la URSS (con énfasis en el periodo de 1930 a 1956) El autor consigue contar las historias sin marcar las tintas en lo dramático de las situaciones (ya de por si bastante terribles) y pasa de una a otra con agilidad (y se pueden buscar m´s testimonios en la web del autor: [url=http://www.orlandofiges.com/]http://www.orlandofiges.com[/url])

    En fin, un libro excelente (aunque aviso que está centrado en histórias «a pie de calle» el que quiera saber sobre la política interna de la URSS debería acudir a los libros de Conquest o [url=http://www.interplanetaria.com/ficha.php?id=CorteZarRojoMontefiore]Montefiore[/url])

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