Los Relojes de Alestes

Poco tiempo después del primer viaje a la Luna, protagonizado por los caballeros del Gun Club estadounidense, en la Europa de entreguerras está fraguándose un proyecto que significará el inicio de una nueva era para el reino de Prusia.
Una rica aristócrata, frau Irna Hohenstaufen, invertirá su magnífica fortuna en financiar un viaje a la superficie del satélite con un propósito mucho más prosaico que el de los americanos: excavar en busca de oro hasta el mismo corazón de la Luna, con la ayuda de un misterioso reloj del que nadie conoce su utilidad, para así financiar la inminente guerra de su país contra el Imperio Otomano.
Pero lo que encontrarán una vez lleguen allí desafiará incluso las más atrevidas predicciones de los científicos…

ANTICIPO:

7 de Enero. En el mar.

Mi infalible memoria no me ha defraudado, una vez más, y me ha permitido arreglar todos los asuntos que tenía pendientes en los Estados Unidos —despedida en calidad de único superviviente de los cerros de Derrey con el coronel Hutchison incluida— para llegar a tiempo al puerto de Nueva York, y comprar un billete en primera clase en un vapor recientemente adquirido por la White Star Co., (una empresa de reciente formación cuya profesionalidad garantiza muchos éxitos futu­ros). Se trata de un barco blanco, negro y rojo llamado Oceanic, fabricado por manos irlandesas, con dos poderosas chimeneas que intimidan un poco si se las contempla desde la base. Es un vapor muy marinero, debo decir, y también confor­table, sensiblemente más cómodo que el armatoste que me trajo aquí hará dos meses y al que vaticino una pronta estancia en el fondo de los mares. O aún mejor, un hábil desguace para aprovechar el metal en proyectos más útiles que un eterno vaivén al filo de la náusea por las peores corrientes que un capitán pudiera elegir. ¡Qué incómodo me sentí durante semejante travesía, casi como si fuera un antiguo bogador griego, volviendo a la par la crujía y sintiendo el escoramiento y las cabe­zadas frente a las tormentosas costas de Troya!
Por si acaso, y no fiándome del todo de la estabilidad que el Oceanic pudiera desarrollar ante el embate de las olas, he solicitado que mi camarote se encuentre en el eje de balanceo, justo en el centro del paquebote, donde las líneas de pluma en los diarios son más rectas que en ninguna otra cubierta. Mejor prevenir que curar.
El camarote es austero pero elegante, de una manera como sólo los que saben apreciar la belleza de la sencillez podrían disfrutar. El tiempo de los excesos que nos legaron nuestros abuelos, a través de aquellas corrientes desmañadas e insultantemente complejas como el rococó, ha entonado su canto del cisne, y es en las formas directas y estrictas («funcionales», si me permiten el atrevimiento) don­de se esconden los hallazgos del siglo que ahora empieza. Ojalá pueda persuadir a mi buen amigo el arquitecto Roman Chambler con estos argumentos, y no aplique al nuevo paraninfo de las artes de Praga los horribles frisos que ya se adivinan en sus planos.
Desde la ventana de mi camarote puedo ver cómo se aleja la costa, con los edificios tragados lentamente por una pesada niebla. Sobre una islita desierta, que antes sirvió de lazareto, los americanos están levantando un enorme pedestal y unos andamios. Me preguntó qué nueva locura pretenderán elevar ante la mirada atónita de los inmigrantes. De mi estancia en este país lleno de gente con buenas intenciones y que parece odiar por sistema a los búfalos (una especie de toro lanu­do al que los turistas disparan desde los trenes sólo por diversión; ya haré un dibujo de su anatomía en cuanto tenga tiempo… y omitiré los agujeros) me he traído bas­tantes interrogantes y algunas preocupaciones. La misión que me fue encomenda­da, sobra decirlo, ha sido cumplida con la máxima diligencia. Pero cuando uno observa las cosas que suceden a su alrededor y tiene la suficiente sagacidad como para extrapolar sus efectos, se preocupa. Y piensa en los motivos que tienen los gobiernos para realizar actos inverosímiles, que en otros territorios menos vírgenes serían calificados poco menos que de locuras.
Aquella dantesca columna de humo, por ejemplo. Desde que dejé el con­dado de Johnston, primero a caballo y luego en ferrocarril, esa forma oscura y tubular recortada contra el cielo no ha abandonado ni por un instante mis pen­samientos. Si tuviera que enumerar los motivos que se me han ocurrido para explicarla, algunos de ellos realmente estrafalarios, el número sobrepasaría ampliamente el centenar. Pero hay uno que no hace más que rondarme, el más insólito y absurdo de todos. El único que no me atrevería a escribir en un diario sin codificar, y que éste soporta porque la clave taquigráfica sólo la conoce un servidor y las personas a las que estas reflexiones van dirigidas. Un motivo que implica una valentía y una terquedad de tal calibre, sazonadas por la paranoia que sólo el espíritu humano es capaz de desarrollar, que me cuesta creer que alguien pueda ponerlo en práctica.
Y sin embargo, ahí estaba su huella, oliendo a pólvora recién incinerada. Alta como la torre de Babel, recortándose contra un paisaje de montañas que parecían haber levantado brazos para protegerse de la furia de la detonación.
Derrey se encontraba a bastantes kilómetros de la base del fenómeno, pero aún así tomé ese rumbo antes de dirigirme a la ciudad. Necesitaba comprobar de primera mano el alcance de tal devastación. Tuve que hacer grandes esfuerzos por controlar a mi caballo, pues el animal estaba comprensiblemente asustado. Había algo en el ambiente, como un residuo que hubiese trastornado para siempre la na­turaleza, quemando el aire y aplastando con mano invisible los vientos continenta­les. Algo que la fauna (y si me apuran, seguro que también la flora) podía percibir con claridad. En la aproximación a la base de la columna de humo me crucé con un contingente de animales que atravesaba la foresta en sentido contrario, huyendo como si un segundo Noé los estuviera convocando en su Arca. Ciervos, linces, conejos, zorros, aves de plumaje blanco y espeso que es inusual ver a la luz del día… formaban una hueste natural que me asustó más que cualquier ejército de ganaderos furiosos. Pero aún así continué otros cinco kilómetros, obligando al ja­melgo a avanzar, hasta que hallé la primera fosa de cizalla.
¿Han probado alguna vez a romper un cristal clavando un escoplo en su cen­tro, para ver cómo surgen las fracturas radiales del agujero? Lo que tenía delante era una grieta similar a esos radios explosivos en la superficie del cristal, sólo que tatuada en el mismo manto terrestre. Y algo más: una brutal onda expansiva había inclinado gran cantidad de árboles, no con la fuerza suficiente como para desarrai­garlos pero sí como para peinar el bosque en torno al epicentro. La foresta estaba inclinada diez o quince grados con respecto al suelo, y los frutos de los árboles y las ramas jóvenes habían sido soplados de los troncos con tal violencia que forma­ban una alfombra crujiente por todo el valle. En esa alfombra había numerosos ejemplares, ahora lo recuerdo, de una flor llamada boletus triformis, que por algu­na incómoda razón me recordaba al bigotillo del coronel Hutchison.
Fue entonces cuando lo oí. Un sonido de voces humanas que llegaba desde lejos, hablando en ese inglés tan nasal de los Estados del norte, y cuyo tono trans­mitía a la vez euforia y preocupación. Dejé al caballo atado a una rama, no fuera a ser que siguiera sus instintos y se sumara al éxodo animal, y me acerqué sigilosa­mente hasta una loma desde donde podría disfrutar de una amplia perspectiva del valle. Agachado en un poco decente decúbito, mis ojos pudieron contemplar un cuadro que, de haber sido otro quien lo relatase, fácilmente le habría tildado de necio y de enfermo mental.
A una distancia no mayor a dos kilómetros de donde yo oteaba, se abría un gigantesco cráter en mitad del valle, justo donde confluían los círculos de árboles inclinados. Un cráter del que partían las fracturas radiales, y de cuyo interior sur­gían varios raíles de metal al rojo blanco. Estos raíles estaban deformados, aplasta­dos literalmente contra el granito que había dado lugar, por compresión, a aquellas mismas montañas. El hierro se enfriaba lentamente, retomando su gris característi­co, pero me indicó que había hecho muchísimo calor dentro de aquel cráter. Un calor potente pero instantáneo, que no había tenido tiempo de derretir el metal ni de incendiar la vegetación cercana (o si lo había hecho, la propia onda de aire se había encargado de apagarla).
Para entonces la brisa había disipado la mayor parte de la columna, aunque una molesta niebla se empeñaba en enroscarse en mis tobillos. A mi alrededor, y sin previo aviso, comenzaron a caer piedras. Sí, señor, llovían piedras gordas como puños y astillas de granito del cielo. Corrí a ponerme a cubierto bajo los árboles el tiempo que duró aquella insólita granizada, unos ocho minutos. Tanta duración implicaba que los fragmentos habían subido muy, muy alto, y que habían sido proyectados a gran distancia.
Recogí una de esas astillas del suelo y la analicé. Era metralla, agrietada longitudinalmente por la presión del aire. Y estaba fría. Su aspecto me confirmaba que no era un volcán en miniatura lo que estaba viendo, sino algo muy distinto. Un olor acre se desprendió del fragmento para adherirse a mi garganta.
En ese momento regresaron los misteriosos gritos de júbilo. Me acerqué al borde de la loma y divisé a varias escuadras de hombres, la mayoría vestidos como operarios del ferrocarril, que salían de unos refugios practicados en el subsuelo. Estaban contentos, pues saltaban y se abrazaban como si hubiesen logrado una gran hazaña, aunque intuí que el ruido los había dejado un poco sordos. Entre ellos había unos pocos gentilhombres, vestidos con frac y sombrero de copa, que se estrecharon mutuamente las manos. Todos ellos miraron hacia arriba, a las nubes, como si intentasen ver algo increíblemente lejano. La Luna en cuarto menguante asomaba por entre dos ejércitos de nubes que libraban una guerra silenciosa en las alturas.
¿Habían sido aquellas personas las causantes de tal devastación? Y de ser así… ¿qué imposible cantidad de explosivo habrían utilizado? Tendrían que haber hecho acopio de él en todas partes del país, dejando a los Estados Unidos a merced de los picos y las palas en las prospecciones, y de los arcos y las flechas en las tropas, mientras durase la escasez de pólvora.
Elevé la vista y miré a la Luna, nuestro querido y acnéico satélite. Ojalá pu­diéramos interrogar a la noble Selene, deseé, testigo imparcial de todos los hechos de los hombres desde su inalcanzable púlpito. Ella seguro que había visto lo que sucedió en aquel valle, y de poder hablar nos habría contado grandes cosas.
Después de aquella experiencia regresé vi coactus, obligado por la fuerza, a los valles más alejados del cráter, pues aquellos misteriosos hombres comen­zaron a peinar la zona fusiles en mano, y no quise que me descubrieran y acu­sasen de espía.
¡Cuánta razón habrían tenido al hacerlo, de haber sabido lo que sucedería después!

22 de Enero. Margravato de Brandeburgo.

Mi largo viaje desde Ultramar ha concluido, por fin, y la ciudad catedralicia de la isla de Havel se alza en todo su esplendor ante mis ojos. Después de tanta barbarie presenciada en las Américas, es absolutamente grato a mi corazón volver a sentirse rodeado del reconfortante boato, la elegancia y la finura europeas. Ya estaba echando de menos a nuestras damas, hermosas como claros de primavera en sus crinolinas de pelo de caballo, con las brillantes joyas, los paraguas de fina blonda y entredós y los sugerentes volúmenes realzados con polisones. Cómo he añorado esta hermosura deliciosamente burguesa, en contraposición con la apabullante pero inaprensible belleza de las tierras salvajes.
He aquí que mi segunda parada, después de informar a mis superiores en el Palacio de Gobierno, no iba a ser mi propia casa, sino la de mi buen amigo e inven­tor Sigurd Garvorg. El viejo Sigurd y yo nos conocíamos desde hacía mucho, desde los tiempos en que yo era un muchachito entusiasmado con el añoso arte de la alquimia (al que más tarde conocí bajo su nuevo y moderno nombre, química); un muchacho que iba a la Universidad para perfeccionar sus conocimientos y desta­par el frasco de Pandora de las leyes atómicas. Y dejar, de paso, apabullados a los maestros con mi erudición, por qué no decirlo. Hubo uno de ellos, sin embargo, que no se dejó impresionar por mis profundos y hasta cierto punto heréticos cono­cimientos de química (extraídos del ejemplar de la Magna Natura de Cleón que había caído en mis manos, y que yo mismo traduje del latín).
Ese profesor, en lugar de ver en mí a un alumno contestón y anticlerical que pronto se enredaría en bretes con la Iglesia, supo ver el potencial de un futuro sabio, y me crió casi como si fuera uno de sus muchos y estúpidos hijos. El profe­sor era Sigurd, que aunque me aventajaba casi en el doble de edad, forjó conmigo un lazo de amistad y camaradería que se ha mantenido intacto hasta hoy.
La fachada de su casa se rindió tiempo atrás a una invasión de hiedra trepado­ra, y eso es lo que más me gusta de ella. Desde la buhardilla puede verse el Palacio, enmarcado en un cuadro de tejados a dos aguas y picos coronados por campana­rios. Fue en esa estancia, que había absorbido un fuerte olor a éter y a otras sustan­cias etílicas después de años de experimentos, donde encontré a mi viejo maestro.
—¡Nordhal, qué honor tenerte por aquí! —me saludó, sin dejar de pedalear. Estaba subido a un monociclo estático de cuyas ruedas brotaban cables—. ¡Pasa, hijo, pasa y ayúdame!
Entré en la buhardilla sintiendo una profunda sensación de nostalgia. Aque­llas vigas de madera que olían a resina, aquel suelo entarimado que crujía a cada paso, las mesas con los viales y las probetas y los barómetros aneroides… todo formaba parte de mi pasado, un conjunto de enseres y de sensaciones a los que yo llamaba, de forma resumida, hogar.
El viejo se apeó del monociclo y yo tomé su lugar. Me arremangué las pliseras del frac y, como una adolescente mojigata, junté las piernas para que encajasen con los pedales. Sigurd se secó el sudor con un paño y se encajó sus anteojos de zeppelinista.
—Qué alegría verte, hijo —exclamó, controlando entre risas la temperatura de unos viales donde bullían líquidos—. ¿Cuándo has vuelto a Brandeburgo?
—Esta misma madrugada —respondí, haciendo un esfuerzo por pedalear a la velocidad a la que él me indicaba. La electricidad nacida del movimiento escapaba del piñón a través de los cables y calentaba las redomas. Tenía que tener mucho cuidado: si pedaleaba demasiado rápido, podía aumentar tanto la temperatura como para arruinar el experimento—. Solucioné unos asuntos y vine directo a tu casa. ¿Cómo está Emillie?
—Maravillosa, maravillosa… ha comenzado unas clases particulares de astro­nomía con un catedrático.
—¿Astronomía? ¿No iba a dedicarse al cultivo de la filosofía y las letras? —me extrañé. La pizpireta Emillie, sobrina de Sigurd, tenía prohibido ir a la universidad (como todas las mujeres), pero desde niña había mostrado un inusual apetito por los libros y los conocimientos generales, que en mi opinión iba a desembocar en una licenciatura en Filosofía y Letras, un campo del saber idóneo para un alma sensible. Que hubiese trocado los sofismas y las figuras retóricas por los astros y los cometas fue toda una sorpresa.
—Así fue, en una época —asintió Sigurd—, pero el carácter de las señoritas de hoy en día es tan veleidoso como el vuelo de las golondrinas. —Encogió los hombros, comprobando que los líquidos fluían bien a través de unos tubos, hasta desembocar en un tanque de un metro de altura que dominaba el centro de la habi­tación. Hasta él llegaban también los cables eléctricos, que se arremolinaban en una bobina en torno a la tapadera—. Dentro de un año o dos decidirá que las cosas terrenales son más importantes que las del cielo, como sabemos tú y yo, y optará por casarse con su profesor.
—¿Por qué con él?
Sigurd me guiñó un ojo.
—No le queda otro remedio, aunque todavía no lo sabe: he elegido al más joven y guapo para que le dé clases.
—Viejo zorro…
Solté un bufido ante tal idea, mientras me fijaba en el tanque de agua. Mien­tras Sigurd hablaba, mis ojos lo recorrieron arriba y abajo, intentando dilucidar para qué ignoto propósito había sido concebido. Tuve que admitir que estaba des­concertado.
Sigurd debió de captar mi vacilación, porque aclaró:
—Se trata de mi último invento, el embalsamador galvánico de Garvorg —anun­ció con orgullo. Acarició los cables como si fuesen los cabellos dorados de una damisela—. Con él, los problemas derivados del noble arte de los ritos funerarios serán cosa del pasado. Las familias nobles podrán preservar mejor los cuerpos de sus difuntos, y el enterramiento constituirá una apoteósica figuración de la más profundas inquietudes humanas.
Parpadeé.
—¿Embalsamador galvánico? ¿Qué significa eso?
—Lo verás con la ayuda de este singular espécimen… —Extrajo de un cofre un paño en el que llevaba envuelto un objeto de pequeño tamaño. Cuando lo des­lió, vi lo que parecía un esqueje de planta, arrancado desde la raíz. Sigurd abrió la tapadera del tanque, tras consultar el aneroide, e introdujo con sumo cuidado el esqueje en su interior. Luego la cerró, pulsó un par de palancas y me hizo un moli­nillo con un dedo. Yo pedaleé más deprisa. Brillantes arcos voltaicos abrazaron los radios de la rueda y cabalgaron los cables hasta anudarse en el carrete.
Sigurd no perdió el tiempo: abrió una botella en la que guardaba unos polvos de color amarillo latón, y vertió el contenido en la caja de piel de un fuelle. Dejó la botella en el suelo, lejos de sus torpes pies, e insufló el polvo con el fuelle en el interior del tanque.
Las partículas metálicas se mezclaron con el agua, pero no de forma caótica. La electricidad las arremolinó en espirales cada vez más pequeñas alrededor del esqueje. A los pocos minutos, toda la planta estaba bañada de una fina y reluciente capa dorada.
—¿Qué estoy viendo? —jadeé, pedaleando al mismo ritmo frenético que an­tes. Sigurd, por fortuna, me hizo una señal para que me detuviera y me pasó el paño del sudor.
—El polvo es pirita de cobre, o calcopirita. La magia electroestática lo ha adheri­do al esqueje como si ambos estuviesen imantados, forrándolo con una capa protectora que… —el ensombrecido tono de su voz me sugirió que ahora venía el «pero»— …por desgracia, es demasiado efímera como para resultar útil. Ahora lo comprobarás.
En efecto, a los pocos minutos de habérsele cortado el suministro eléctrico, las partículas fueron desprendiéndose del cuerpo sólido en una especie de torbelli­no de nieve. Era como ver la descomposición granular que normalmente le tomaba a un cuerpo vivo decenas de años resumida en unos pocos segundos. Al cabo de un momento, sólo algunas manchas de pirita quedaban adheridas a la planta, y el resto flotaba como comida para peces en el medio líquido.
Los hombros de Sigurd se cayeron.
—Este es el desafío final de la ciencia: superar el escollo de lo imperecedero —reflexionó—. Nada es real hasta que uno lo hace perdurar en el tiempo para que otros puedan verificarlo y disfrutar de sus ventajas.
Me sequé el sudor con mi propio pañuelo, que mi prometida Ginka había bordado con mis iniciales en hilo de plata, junto a la diminuta figura de una mon­taña. Una broma privada que era a la vez un reproche, como si su presencia en mi bolsillo insistiese en que una roca iba a estar ahí por siempre, y que al final de mis viajes tenía el deber de retornar junto a ella. Las piedras no se iban a marchitar nunca. El amor puede que sí.
—Lo conseguirás. —Palmeé el hombro de Sigurd para darle ánimos—. Eres una de las personas más inteligentes que conozco. Resolverás el problema, y los escultores de cenotafios te odiarán por los siglos de los siglos, pues, ¿qué mejor adorno hay para una tumba que la propia figura del difunto inmortalizada en co­bre? Siempre y cuando, claro —sonreí—, que no atraiga a los rayos en los días de tormenta, y más que un descanso eterno sea para él un suplicio eléctrico…
Sigurd asintió como si éste fuera un dato que él ya había dado por supuesto.
—Eso es más deseable de lo que piensas, amigo mío. ¿Qué piensas que ocu­rriría si usáramos a nuestros difuntos como acumuladores, a partir de ahora? —bromeó—. La sociedad del siglo que despunta va a necesitar mucha cantidad de ese precioso éter cósmico, capaz de mover bielas y piñones, y si los muertos pueden seguir resultando útiles una vez sepultados…
Reí a mandíbula batiente ante sus heréticas ideas, ciertamente parecidas a las que un joven y atolondrado Nordhal apuntaba en sus cuadernillos en los primeros años de carrera. En realidad, el viejo profesor y yo nos parecíamos mucho, aunque ni en mis más desquiciados sueños imaginé a las necrópolis como barrocas centra­les eléctricas, con los difuntos alzados en sus prisiones magnéticas a pleno sol y en poses piadosas, esperando a que se desatara una tormenta para cargar los acumula­dores escondidos en los mausoleos. Me pregunté qué opinaría San Filopator, pa­trón de los esfuerzos científicos, de semejante idea.
Me marché de la casa de Sigurd prometiendo que me vería con él muy pronto, y fui a hacer mi siguiente parada. Tenía previsto comprar un ramo de rosas blancas en una tienda que frecuentaba desde que tuve edad para cortejar damas, pero al elevar un brazo para detener un coche de caballos, el hedor de mis axilas me repe­lió como el galvanismo del monociclo. Antes que para el amor, debía encontrar tiempo para un buen baño. Después visitaría a mi adorada Ginka en el Parque de Colonia, muy cerca de la casa de sus padres, e intentaría relajar su malestar por la excesiva longitud de mi viaje comparando su belleza con las flores exóticas de Ultramar. Eso la apaciguaría.
O eso creía yo.

23 de Enero. Parque de Colonia, junto al Puente de los Suspiros.

Una de las más atractivas bellezas del Parque de Colonia es su lago de aguas esmeraldinas, que en condiciones de absoluto reposo semeja un espejo estático, completamente plano, del que surgen unos curiosos árboles acuáticos apoyados sobre raíces aéreas. Resulta normal que el visitante primerizo se asombre ante la perfección y la limpieza de una superficie tan rematadamente plana que parece artificial, y ahogue luego una exclamación cuando unas ondas inesperadas rompen esa quietud, ese equilibrio de pacto divino, agitando la planicie de la que brotan los exóticos gewenets, pues así se llaman estos árboles que no saben si son plantas o son peces. Unas ondas que servirán a su vez de gritos silenciosos, de heraldos de espuma que anunciarán la sigilosa entrada en escena de una barca de enamorados.
Para los que habíamos nacido en Brandeburgo, el Parque era un lugar muy especial, sobre todo en invierno. En esta época, cuando el sol se reduce a un disco plateado semejante a la Luna y la luz que derrama es fría y metálica, las bajas temperaturas convierten el agua en un cristal frágil, denso, astillado a menudo por las impetuosas zambullidas de los patos. Los árboles acuáticos, la mañana del vein­titrés de enero que evoco en mi diario, estaban más hermosos que nunca, y cada rincón parecía diseñado expresamente para el amor, como en una ilustración que vi una vez en gran folio para la Egloga de los Fecundos, de Martinett.
¿Pero cómo una mente empírica como la mía puede transformarse por unas horas en la de un poeta, para describir no sólo la sensación que me produjo ser parte de la serenidad del Parque, sino también el impacto de ver a mi amada apear­se del carruaje, justo en el remanso donde habíamos concertado la cita? ¿Cómo resumir en estos trazos irregulares de tinta los matices de esa aparición celestial, de esa dama de mármol de Pentelikon, fría y distante como sólo las ninfas de la alta sociedad prusiana saben aparentar? Debería ser, pues, un poeta y no un científico, para creer que la inclinación de la luz invernal variaba para alargar la sombra de su polisón, o que el brillo de sus ojos se volvía un poco más turquesa cuando me miraba, y cuando reconocía en mí a su más incondicional admirador.
El encuentro entre nosotros fue tan eufórico como nos lo permitieron las for­mas. Detenidos uno enfrente del otro a la distancia justa para que se abrazaran nuestros perfumes, le dije:
—Señorita Maudenhoff, permítame recalcar que las flores no se atreverán a abrirse hoy para no tener que competir con su inigualable belleza. Terrible escarnio sería el sufrido por la naturaleza si se atreviese a medirse con usted en tales lides.
Ella se ruborizó, como yo supuse que haría, y contestó:
—Señor Dass, permítame responderle que es usted un adulador incorregible. ¿Cómo van a abrirse las flores en una tarde como ésta, si hasta los polluelos se niegan a seguir a sus madres al agua helada para nadar?
Le tendí el arco de mi brazo, y ella lo aceptó. Unidos por ese singular nudo, y con las cabezas a salvo de la lluvia bajo la cúpula de su paraguas, paseamos entre los macizos de flores hasta coronar un puente. Los espejos alargados en que se transformaban los canales mostraban unos campanarios donde el insigne gótico quería arañar el cielo clavándose en la tierra.
—No sé si lo sabe, pero este puente fue bautizado «de los Suspiros», igual que uno muy antiguo que hay en Venecia —comenté.
Ella contempló sorprendida el arco de piedra, como si lo viese por prime­ra vez.
—No, la verdad es que nunca me lo habían dicho —confesó—. ¿Su nombre se debe a los suspiros de los amantes, que lo cruzan con el corazón henchido de pasiones?
—Uhm… sí, más o menos.
—Pero dígame, señor Dass, ¿cuándo ha vuelto de las espantosas tierras salva­jes? —preguntó con su vocecilla de petirrojo.
—Ayer —admití—. Y confieso que, aunque la urgencia por venir a visitarla me carcomía desde lo más profundo, mis obligaciones con el Estado y una simple cuestión de higiene me obligaron a posponer hasta hoy nuestra reunión.
—Bueno, no le dé más importancia, señor Dass. Entiendo que un hombre de su posición está sujeto a reglamentos que no son fáciles de esquivar… —Ginka me miró con ojos de gacela—. ¡Pero dígame! ¿Vio usted a los indios del continente en ese viaje? ¿Es cierto que son todos calvos, y que arrancan la cabellera de sus ene­migos para proteger las cabezas peladas de sus hijos del sol?
Reí con demasiada sinceridad, tanto que al momento tuve que aclararlo para no herir su sensibilidad.
—Perdóneme, señorita, pero no he podido evitar este acceso jocoso al pensar en todos aquellos salvajes comerciando con pelucas, y perfumándolas a su prehis­tórica manera como hacían los súbditos de Luis XIV. No, no —le palmeé la mano enguantada—. Mejor olvide los rumores y los relatos picantes sobre las Indias que adornan las reuniones de los clubes de té, porque pocas se basan en datos contras­tados.
—¡Pero si dicen que hay tribus en esas costas que adoran a dioses de madera, cuyos altares brotan del suelo como pinos, y que se visten de animales para cop…! —Se tapó ella misma la boca, no fuera a dejar escapar una impertinencia—. Para hacer esas cosas tan de… de mormones, que son moneda corriente allá en las colo­nias…
—Se sorprendería al saber cuánto de lo que acaba de decir es cierto. Por des­gracia, yo no he tenido la buena o mala suerte de encontrarme con nativos de aque­lla tierra, pues apenas quedan ya en libertad. Ahora son los blancos descendientes de los linajes de ladrones y conquistadores exiliados quienes gobiernan los territo­rios, y le garantizo que no son mejores que sus antepasados.
La bella joven suspiró, expulsando un fantasmagórico vaho de sus labios que en aquel momento quise atrapar al vuelo, antes de que se disipara, para sentirlo contra los míos y volcar parte de su calidez en mi piel.
—Qué lástima. —Contempló soñadoramente el espejo del canal—. Tenía tan­tas ganas de poder contarles cosas nuevas sobre las Américas a mis amigas en la próxima reunión…
—¡Oh, si es por eso no tiene de qué preocuparse! —reí—. Le puedo narrar hechos espeluznantes que sin duda experimenté con gran riesgo de mi vida, y que ahora me es fácil revivir para solaz de la alta sociedad. Puedo contarle, por ejem­plo, cómo vi a unos vaqueros atrapar con un lazo a una locomotora que se había salido de la vía, y que se adentraba arrasándolo todo en un campo de maíz. Hicie­ron falta nueve hombres con sus respectivos caballos para refrenar sus iras mecáni­cas, echando un lazo tras otro por el estrecho cuello de la chimenea y poder salvar así la cosecha. O cómo el regente de un circo ambulante que se hace llamar Búfalo Nosequé, saltaba de un caballo a la carrera sobre las espaldas de un mestizo que corría a no menor velocidad, y lo domaba y reducía hasta atarle las manos a los pies ante los aplausos de la multitud.
—¡Son bárbaros! —se horrorizó Ginka, aunque yo sabía que estaba tomando nota mental de los detalles de mi historia para luego relatarlos, ampliados con unos pocos de su propia cosecha, ante el ágora de la alta sociedad—. No puedo creer que tales cosas sean permitidas fuera de Europa. ¡Aquí estarían violando una docena de leyes con sólo pensarlas!
—Allá, por el contrario, ser capaz de montar a un salvaje que se revuelve como un búfalo se considera una hazaña digna de hombres. Ya sabe, de esos que sólo se bañan cuando llueve y escupen flemas de medio lado. —Arqueé la cabeza, simulándolo.
Ginka rió por lo bajo, asqueada y divertida al tiempo. Proseguimos nuestro deambular por los sinuosos meandros del sendero, disfrutando de unos setos escul­pidos con forma de elefantes que formaban arcos con sus trompas, como rindiendo pleitesía a los amantes que bajo ellos paseaban.
—De costumbres así de estrafalarias debe saber mucho vuestro padre —indi­qué—, con todos sus viajes como embajador a la lejana India. Yo he aprendido mucho más sobre el mundo oyéndole hablar al socaire de una copa de oporto que pisando con mis propias botas esas tierras. —Señalé a los elefantes de hierba—. El afirma haber visto a estas colosales criaturas en su hábitat natural, no en zoológi­cos. ¿Puede creer que los hindúes los pastorean y los usan como mulas de carga para talar la selva?
—A estas alturas ya me es imposible discernir cuál de los dos es un embustero más grande, si mi padre o usted —dijo con la boca pequeña, simulando enfado—. Si concedieran premios a la imaginación desbocada, no sé quién sería más merecedor de ellos, si usted con sus relatos de locomotoras que relinchan, o mi padre con sus elefantes cargados de pedazos de bosque.
—Bueno —encogí los hombros—, hay mentirosos que han pasado a la histo­ria precisamente por lo exagerado de sus embustes. Ahí tiene usted al griego Ulises, al español Sem Tob, al polaco Copérnico… En ocasiones es casi imposible deter­minar las diferencias entre la fábula y su apólogo.
Enfadada, esta vez de verdad, la joven me clavó un dedo en la corbata.
—Pues sepa usted, señorito, que algún día viajaré por mí misma a esas tierras, cuando estén decentemente colonizadas, y comprobaré si todas las historias que mi padre y vos me habéis estado contando desde que era niña son verdad o no. Y más os vale —juntó las cejas— que haya como mínimo un germen de realidad en ellas, o sabréis lo que vale el coraje de una dama.
—Eso ya lo sé, querida mía —asentí—, eso bien que lo sé. —Me atreví a acercar un poco más mi mano a su falda, sin llegar a tocarla. Si ella se dio cuenta, no lo demostró—. Me gustaría suplicaros, precisamente, que me concertarais una cita con vuestro padre. Es urgente que hable con él lo antes posible sobre unos asuntos que conciernen a los intereses de nuestro país en las colonias.
Ginka se extrañó.
—No os ofendáis, señor Dass, pero…
—Llamadme Nordhal, os lo suplico. Al menos cuando estemos en el Parque. Estos elefantes no se atreverán a delatarnos, si saben lo que les conviene.
—Está bien, Nordhal. Pero explicadme cómo es que un científico del Margravato puede influir en la política exterior de nuestro país… y no os ofendáis.
—No me ofendo, y lo que es más, entiendo perfectamente vuestras dudas. —Aun­que si os revelara la verdad sobre nuestra pertenencia al Servicio Secreto, este idilio acabaría de manera un tanto abrupta, recuerdo que pensé, y luego me pareció una barbaridad—. Sin embargo, aunque es la realeza la que dicta dónde deben desembarcar las tropas y qué tesoros autóctonos, bien sea culturales o pertenecien­tes al ámbito natural, debemos salvar de las incultas manos de esos salvajes, los que a la postre hacen el trabajo sucio son los científicos. Somos nosotros quienes partimos a Ultramar y regresamos con tesoros que los regentes de esos países no saben cuidar por sí solos. Por el bien de la historia universal, debemos proteger ese legado histórico de su propia incompetencia.
—¿Es de eso de lo que queréis hablar con mi padre? ¿Del saqueo de tierras lejanas?
—¡Por favor, señorita, qué forma de hablar es ésa para una dama!
—¿Por qué una dama no debería hablar así, si se considera inteligente? ¿Aca­so nos gustaría a nosotros que llegasen los otomanos y se llevasen a su país la cúpula entera del Buitenhof, para exhibirla como una atracción de feria, igual que el Búfalo Nosequé hace con los mestizos?
Me hice el ofendido, aunque sabía de sobras que Ginka no era tan culta como para tener esas ideas por sí misma. Seguramente habría oído, en alguna de esas reuniones de damas apolilladas que hablaban como papagayos, comentar a alguien que los baujonistas tenían razón. Se trataba de un movimiento de intelectualoides de baja estofa que aspiraban a grupo de presión social, aunque nadie les tomaba en serio. Justificaban la soberanía de cada pueblo sobre su patrimonio histórico, ale­gando que en Inglaterra estaba la mitad de la historia del antiguo Egipto, y en Francia la otra mitad, y todo gracias al latrocinio de las huestes de Napoleón I. A la postre, defendían la absurda idea de que todos los obeliscos, las esfinges y las joyas expropiadas tenían que ser devueltos a sus países de origen, sin darse cuenta de que si en la actualidad esos tesoros siguen existiendo, es precisamente gracias al saqueo. De no haber sido transportados a Europa, donde las gentes aprecian y mi­man con esmero el legado histórico, los propios egipcios las habrían desbaratado para reciclar la piedra con el fin de construir casas o carreteras, como ya hicieron los ítalos con el anfiteatro Flavio, retirando los refuerzos metálicos del arquitrabado y estando a un pelo de arruinar un monumento universal.
Ginka podía refugiarse en la nobleza de tales ideas poniéndose en el lugar del saqueado, como era lógico, pero seguramente nadie le había contado que, en la actualidad y con el auge de los trenes de mercancías, los egipcios están saqueando momias de tres mil años de antigüedad de las fosas comunes y las están quemando en las calderas de su sistema ferroviario, ante la imposibilidad de conseguir made­ra. En pocas décadas habrán arruinado su legado funerario, transformándolo en combustible. ¿Acaso no es lícito proteger la memoria histórica de un país así, pen­sé yo, aunque sea por la fuerza de las armas?
—Será mejor que refrenemos este ímpetu, o corremos el riesgo de arruinar nuestro hermoso paseo —sonreí. El pecho de Ginka, henchido de ideas revolucio­narias, se desinfló paulatinamente cuando me introduje en el jardín y arranqué unos cuantos jacintos—. Mejor acepta este humilde presente de un viajero que ha visto demasiadas cosas, y no quiere recordarlas todas.
—Sigo pensando que sois un embustero, señor Dass —dijo ella, aceptando el improvisado ramillete—. Pero tenéis algo que me impulsa a creer en vuestros fan­tásticos relatos. Puede que sea vuestro tono de voz, o ese entusiasmo que ponéis en las descripciones, pero sabéis cómo iluminar el corazón de una dama.
—Me alegra oírlo, de veras.
—Venid, vamos a mi casa —invitó de repente. Estábamos a punto de entrar en la zona más resguardada del parque, con sotos de flores que parecían abrazar los bancos de metal, confiriéndoles un cierto halo de intimidad… y confieso que pensaba hacer una tentativa de besarla en ese sitio, por lo que su oferta me frustró—. Mi padre os recibirá en su despacho. Agradecerá charlar con alguien sobre la utilidad que el ejército prusiano pueda extraer de esos elefantes remolcadores de bosques. —Rió con una musicalidad cristalina, tan hermosa como el rocío cristalizado que colgaba de la noche anterior en las puntas de las ramas, y todo mi malestar se esfumó. Era un ser realmente adorable, la pequeña Ginka; plana de pensamiento, influenciable y fácilmente corrompible con ideas absurdas, pero adorable. Creo que fue ése el pri­mer momento en el que me sentí realmente orgulloso de que una mujer así fuera a convertirse algún día en mi esposa, aunque dudé seriamente de si, una vez cuñado nuestro himeneo con la rúbrica del Obispo, debería traerla a mis viajes.
Ginka sería capaz de saltar a la arena de Búfalo Bill (ahora recuerdo su apelli­do) para defender los derechos del ganado y tratar de devolverle la dignidad a los pobres indios. Como si tal disparate, en la América actual, fuera posible…

23 de Enero. En la casa del Cónsul prusiano para la India y los territorios védicos de la emperatriz Victoria.

Augustus Maudenhoff, el padre de Ginka, era un rico de esos que lo habían sido toda la vida, desde la cuna y mucho antes, y que por tanto sabía combinar
xuberancia con gusto. No como esos nuevos ricos modernos, que se hacían de oro de la noche a la mañana vendiendo alguna baratija de moda y luego no sabían en qué gastarse el dinero. Maudenhoff habría podido darles a esos paletos bañados en oro una o dos lecciones sobre cómo ser sobrio y elegante a la vez, y aunque su hogar no escatimaba en detalles que mostraban su riqueza, tampoco abusaba de ellos hasta el punto de volver ofensiva su condición aventajada.
Nordhal le había visto por primera vez en una reunión con el Gran Pensiona­rio de los Estados once años atrás, en 1880, donde se debatieron asuntos de una índole científica tan importante como los mejores enclaves de las regiones centroeuropeas para excavar en busca del precioso oro negro: el carbón, el com­bustible del futuro. Pero el geólogo no trabó amistad con el cónsul hasta un año después, cuando conoció a su hija, todavía una niña, e hizo lo que estaba en su mano por ingresar en su círculo de amistades. Nordhal buscó información sobre el hombre que quería como futuro cuñado y halló cosas realmente interesantes. Augustus se había conformado con un trabajo de embajador después de intentar meterse en política, la carrera más ingrata de todas, tras haber aprendido los idio­mas de la India y el Pakistán sirviendo en algunos barcos de la marina de guerra. Fue primer grumete en el Venganza, la nave insignia del almirante Van Decken con la que él solo zarandeó la fortuna de Francia y España juntas. Y cuando llegó a un tiro de mosquete de las costas de marfil de Pondicherry, desembarcó para dedi­carse en cuerpo y alma al estudio de aquella cultura que parecía heredada de los tiempos del Diluvio, aunque siempre, claro, manteniéndose moralmente por enci­ma de ella, como correspondía a todo buen caballero de raza aria. Después de eso, y antes de regresar a los sublimes palacios fúnebres de Nagpur, a sus calles infesta­das de monos y a los grandes monumentos a los dioses de la antigüedad que cre­cían como hongos en las selvas, Augustus empleó varios años en cultivar su otra gran pasión, la botánica. Recogió y clasificó toda la flora de las colonias, clavó en alfileres la entomología completa de la provincia, y decidió que si podía empalar y juzgar las propiedades de un insecto para así entenderlo mejor, también podía ha­cer lo mismo con los políticos de su tierra.
Así fue como ingresó en el Servicio Secreto. Clavando alfileres en la gente adecuada.
El despacho del cónsul estaba lo suficientemente cerca de la cocina como para permitir alguna escapada rápida para rellenar la copa de oporto (toda vez que la licorera del despacho se vaciaba por descuido de la servidumbre), y tan lejos como para que no molestase el empalagoso olor de las frituras. Enmoquetado, fo­rradas las paredes con tapices importados de las colonias o con hileras de libros en cuatro o cinco idiomas, devenía en un lugar cálido y confortable, iluminado por unos quinqués cuando la chimenea no estaba encendida. Los cuadros originales de Caspar Friedrich o de Otto Runge, los grandes románticos, con sus árboles torturdos por el viento y sus paisajes alegóricos, trazaban al instante un esbozo de la personalidad de su dueño. Augustus era el idealista eterno, soñador pero a la vez rendido a la evidencia del «mundo tal cual es»; el último defensor de un pesimismo positivista que lo convertía en el hombre idóneo para ser embajador de cualquier país que todavía creyera en sí mismo, a pesar de la negrura que enturbiaba los horizontes. Tenía el tipo de confianza que un hombre recibe del cielo, excesiva para ser feliz, suficiente para no serlo.
Cuando llegué a su casa, el cónsul estaba hundido en un mullido sillón rojo. Al verme, cuando el ama de llaves me hizo pasar, una sonrisa iluminó su rostro (sonrisa postergada unos segundos, en los que terminó de leer la última página de un libro) y me tendió una mano blindada con anillos.
—¡Nordhal, qué placer tenerte aquí de nuevo, diantre, en la zona civilizada del mundo! —clamó a los cielos, con el énfasis vitriólico que lo caracterizaba—. ¿No encontraste a ninguna india bonita que te hiciera desistir de tus fútiles intentos por seducir a mi hija?
—No son tan fútiles, embajador —estreché su mano, cayendo una vez más en su juego verbal, tan astuto y traicionero como a él le gustaba—. De hecho, esta misma tarde, en el Parque…
Levantó una barrera hecha de manos entre mis confesiones y él.
—Alto, alto; nada han de saber los generales de la sedición sobre las batallas del amor. Pero siéntate. ¿Una copa?
—Por favor.
El líquido fluyó como sangre aromatizada por la concavidad del vaso, con su inercia cargada de sabores. Dejé que mis posaderas encontraran su sitio perfecto en uno de los sillones, un emplazamiento tan confortable que empecé a lamentar el hecho de tener que regresar a mi propia casa.
—Dice mi hija que la has soliviantado un poco con tanto reproche a sus ideas baujonistas.
—¿Estás al tanto de ellas? —pregunté, sorprendido.
Augustus hizo un ademán de barrer el asunto, como si lo que pensara o dejase de pensar su hija mayor no fuera más que un capricho de pubertad. Ocupó su si­llón, al otro lado de la mesa, y me miró a través del cristal del vaso.
—Por supuesto. Desde que algún inconsciente le habló del derecho de esos países a recuperar lo que el bueno de Bonaparte, ese corso cabrón, les robó… no para de echármelo en cara. La pobre se pone roja como un tomate cada vez que sacamos el tema. —Puso voz de falsete—: Que si el patrimonio cultural esto, que si el patri­monio cultural lo otro… Se vuelve más pesada que una mosca de verano, la verdad. Hay veces en que me recuerda demasiado a su madre, que en paz descanse.
—Madurará —dije, como si él necesitara oírlo—. ¿Acaso no acabamos ha­ciéndolo todos?
—¿Madurar, ella? Ginka es tan terca que es capaz de quedarse en los veintitantos de por vida. —Señaló uno de los cuadros de Friedrich, titulado en una plica «El árbol de los cuervos»—. Así me siento yo por dentro, como ese pobre roble, azotado por el viento hasta carecer de hojas y estar más jorobado que un mulo viejo. Compré ese cuadro de saldo en una exposición, pero lo colgué ahí porque… no sé, tiene algo en los colores. Una luz que atrae.
—Entonces es un buen cuadro.
—¡Es feísimo! Pero hasta que la situación de este país no mejore, me servirá para recordarme lo cansado que estoy, y todo lo que me queda por hacer todavía.
—Precisamente de eso, Augustus, quería hablarte.
Se puso serio.
—Aguarda un instante.
Se levantó y cerró la puerta del despacho. Junto al cuadro, sobre los morillos de la chimenea, un tubo metálico provisto de una tapa de latón desaparecía en el interior de la pared. De una alcayata, sobre éste, colgaba un silbato que usaba para convocar a la servidumbre. El cónsul cerró la tapa del tubo y la amortiguó aún más con una bufanda.
—Estos tubos me sirven para llamar a los empleados, en las otras habitacio­nes —explicó—. Pero cuando hablo de cosas importantes los tapono, porque estoy seguro de que esos bribones pegan el oído a las canaletas a ver si escuchan algo de mis conversaciones.
—¿Crees que el servicio te espía? —Enarqué una ceja.
—En una ocasión, para hacer la prueba, pegué la boca al tubo y di el mayor grito que me permitieron mis pulmones. Resonó por todo el artesonado de la casa. Al rato —sonrió con malicia—, hice formar al servicio y vi que a uno de los mu­chachos de la cocina le sangraba el oído. Se lo merecía, el muy fisgón. Al día siguiente le despedí. Pensé que eso les serviría de escarmiento a los demás, pero nunca se sabe…
—¿Y por qué no los despides a todos, si no te fías de ellos?
—¿Quién me iba a fregar los platos y planchar la ropa con vapor entonces, Ginka? —se burló—. No, amigo mío: los deberes de los subordinados, sólo ellos pueden y saben afrontarlos. Además, al enemigo hay que tenerlo cerca, si se le quiere controlar.
—No sabes cuánta verdad hay en esas palabras, Augustus. No tienes ni idea.
Avivó el fuego de la chimenea. Los cristales estaban blancos de vaho. La diferencia entre la temperatura exterior y la de aquel despacho no sería menor, en aquellos momentos, de veinte grados.
—Cuéntame qué te preocupa, geólogo —me invitó a hablar. Y yo, deseoso como estaba de hacerlo, obedecí. Le conté mis vicisitudes en el otro continente, la experiencia en el condado de Johnston y, lo más importante, el asunto de la gran explosión. El cónsul tenía suficiente rango como para discutir conmigo sobre te­mas de máxima prioridad.
—¿Cómo de alta era esa columna de humo? —preguntó, asombrado.
—Más de un kilómetro. Y tubular, no cónica. Por fuerza tenía que ser obra humana, y así se lo hice saber a mis superiores.
—Entonces es cierto. Se han atrevido a hacerlo —musitó, enigmático.
Esta vez fui yo quien me incliné, interesado, hacia él.
—¿Qué se rumorea por los salones?
Augustus se quedó mirando la copa con aire distraído.
—Hace unos meses circuló un rumor sobre la asociación del rifle norteameri­cana, los caballeros del Gun Club. No sé si has oído hablar de ellos.
Asentí. Yo ya había apurado mi copa, pero no hice ningún gesto invitándole a rellenarla, para que no se distrajera.
—Sus insignes miembros han estado a punto de sufrir una depresión por la falta de guerras que hay ahora mismo en el mundo —explicó—. Ya sabes que la guerra es su oficio, y la balística su dios. Si no tienen un campo de batalla en el que probar sus últimos inventos, se vuelven locos y son capaces de comerse sus som­breros de pura rabia.
—Los conozco. Es una gente muy belicosa.
—América del Norte ha firmado tratados últimamente con casi todos los paí­ses con los que ha trabado un sano conflicto en lo que va de siglo. Debido a ello, estos aburridos caballeros han encontrado otro campo de investigación en el que aplicar sus conocimientos y sus fortunas: el de la astronáutica.
Tardé unos segundos en comprender lo que Augustus Maudenhoff estaba su­giriendo. Y cuando lo hice, las cejas salieron repelidas de mis párpados.
—Reconozco que, cuando vi el cráter —confesé, titubeante—, la única expli­cación que me vino a la mente fue que estaban tratando de poner en práctica un cañón lo suficientemente potente como para sortear el océano y alcanzar blancos en China, o en Europa. Pero nunca se me ocurrió…
—El interés que tienen no es el de hacer regresar los bólidos que proyec­tan hacia la atmósfera, Nordhal, sino el de mantenerlos arriba, en el espacio. Girando y girando en un ciclo sin fin. Sabíamos que el ejército americano esta­ba haciendo acopio de pólvora y otros materiales explosivos, y que una carava­na de trenes cargados de esa sustancia había partido de las minas de Missouri hacia el norte del país, pero no estábamos seguros de dónde estaría emplazado el cañón. —Dejó la copa en la mesa, y movió un milímetro los papeles que tenía sobre el escritorio, ajustándolos al borde—. Que asistieras por casualidad al disparo fue un feliz accidente, que nos ha permitido situar el lugar desde donde lanzaron el proyectil. Eso, unido a la fecha y hora concretas del lanza­miento…
—…Nos dará una idea de cuál era su objetivo —entendí. Apoyé la barbilla en el puño—. ¿Pero por qué enterrar un cañón bajo tierra? Eso te permite apuntar sólo en una dirección.
—Por la potencia del disparo. Tantas toneladas de pólvora consumidas en un solo punto reventarían el tubo más recio que la industria es capaz de fabricar.
—¡Por supuesto! —chasqueé los dedos—. Enterrándolo, las propias monta­ñas hacen de ánima del cañón, y las altas capas de basalto absorben la fuerza lateral de la explosión. —Lo vi claro en ese momento—. Es un sistema muy inteligente, pero poco práctico. El cráter que yo vi era un cementerio; la tierra de las paredes había caído dentro y destrozado la excavación.
Augustus afiló la mirada.
—Eso no importa, si sólo quieres usarlo una vez.
Me dejé caer hacia atrás, contra el respaldo del sillón. El movimiento nervio­so de mis dedos, que se agitaban como los de un instrumentista sobre un teclado, traicionaba mi impaciencia. Sentí la necesidad de saber más, mucho más, sobre aquel extraño asunto.
—¿Han enviado algún agente a los Estados Unidos para recabar más datos? —pregunté.
—Algunos cruzan el océano en estos momentos hacia allá, en un vapor de la White Star. Si el Gun Club tiene intenciones de proseguir con sus tanteos en el campo de la balística de gran calibre, lo sabremos.
Augustus frunció la frente de una manera siniestra, apagó el rayo de furia que centelleaba bajo su párpado y murmuró:
—Dentro de poco estallará una guerra, aquí en Europa. Tan grande y tan bru­tal como el mundo jamás ha conocido.
Yo lo miré, preocupado, aunque tales palabras no me cogían de sorpresa.
—En una semana asistiremos al enlace entre el rey Guillermo y su hijastra, Lavinia de Sajonia-Weimar. Significará la unión definitiva de los Estados Germanos bajo el dominio único de Prusia. Llegará entonces el momento de devolver favores a los reinos vecinos. Y muchos de esos favores se acabarán saldando con sangre, querido Nordhal. —Me miró—. Acuérdate de lo que te digo.

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2 Opiniones

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    kokio
    on

    Cuando se da cuenta de un libro -es decir, cuando se lo critica desde el punto de vista del aficionado-, uno no puede evitar trufar la lectura de expectativas.

    Pues bien, cuando leí «Cónicas del Multiverso» me encontré ante un autor con una imaginación prodigiosa, pero con una tendencia muy desagradable hacia el lirismo.

    Será cuestión de gustos…

    Pero el lenguaje acaramelado alcanza en «Los relojes de Alestes» el nivel de lo insoportable. Algunas frases parece que no vayan a acabar nunca… Quizá podríamos justificar esto apelando a que es una novela Steampunk ucrónica con un lenguaje adaptado a su tiempo.

    El lado positivo de la novela lo encuentro en la osadía de narrar la historia en forma de diario de sus personajes. Algo muy complejo que en este caso solo sirve para cortar el ritmo de la narración.

    Al final el conjunto no puede evitar dejarte la sensación de que la historia no tiene ni pies ni cabeza. Es innegable el talento de Víctor Conde para construir mundos creíbles. Sin embargo arrastra en esta novela los mismos defectos que encontré en la entretenida «Crónicas del Multiverso». La diferencia radica en que «Los relojes de alestes» estos defectos se ven multiplcados, ocultando de este modo las partes más notables de la novela.

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    fjsi
    on

    Hombre, ten en cuenta que es una novela «a la manera de», Victor Conde se sitúa en la época e intenta imitar el estilo decimonónico en la medida de lo posible. No tienes más que leer a los «padres espirituales» de la novela, Verne y Wells, para comprobar como para el gusto actual, sobre todo Verne, a veces se volvían insoportables por momentos. Otra cosa es que a veces a Victor se le va la pinza y no es que imite el estilo de la época, es que directamente es tosco: la primera frase «El instrumento tenía unas patas tipo garra fabricadas en madera» es cualquier cosa menos elegante.

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