Los siete infantes de Lara

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La leyenda de los siete infantes de Lara era tan popular a mediados del siglo XIX como ahora pueda serlo el ciclo artúrico, porque entonces el romancero estaba en boca de las gentes. A partir de ahí Fernández y González tramó un folletín donde se daban cita todos los elementos terribles y truculentos del romance, La enemistad de doña Lambra con los Siete Infantes de Lara. Emboscadas, traiciones, prisiones, amores desesperados y venganzas de sangre se traman a lo largo de páginas que en su momento eran esperadas por un público ansioso de devorar las entregas con fruición. Y bien es verdad que la leyenda original daba buen material, por lo que el ingenio fecundo de Fernández y González sólo tuvo que ponerse a trabajar para convertirlo en una novela por entregas que hizo durante largo tiempo las delicias de un público que aguardaba ansioso cada nuevo capítulo.

Manuel Fernández y González (1821-1888) fue sin duda el príncipe de los novelistas por entregas españoles. Se le atribuyen entre 150 y 200 novelas, algunas de ellas de más de mil páginas. Lo mejor de su producción está en los primeros títulos, ya que el éxito le llevó a incrementar su producción, en detrimento de sus mejores cualidades. Vivió de forma fastuosa y dictaba a taquígrafos para mantener su ritmo prodigioso. Fue admirado y querido por sus contemporáneos, y desdeñado por la literatura académica. Murió en Madrid, arruinado y sin que su fallecimiento despertase ecos entre sus compañeros del mundo de las letras.

ANTICIPO:
Era poco antes de la salida del sol de aquel mismo día. Seis caballeros, seguidos de otros tantos escuderos, caminaban a buen paso y en silencio por un escabroso camino de travesía, y tan estrecho, que se veían obligados a marchar a la deshilada, esto es, uno detrás de otro.

Mientras anduvieron entre breñas, siguieron el sendero; pero cuando, bajando las faldas de una vertiente, se encontraron en llano, el que marchaba delante sacó su caballo del camino, y empezó a marchar a campo traviesa, como para abreviar la distancia que aún les separaba de Burgos, cuyos torreones se veían a lo lejos.

Los de detrás siguieron al delantero, y no obligándoles ya el terreno a marchar en hilera, se reunieron en dos grupos: los caballeros delante, los escuderos a una respetuosa distancia detrás.

Así se aproximaron a un espeso encinar que les cortaba el camino, y al aventurarse en uno de sus estrechos senderos, se vieron obligados a marchar de nuevo en hilera.

De repente Diego González, porque estos seis caballeros eran los infantes de Lara, refrenó su caballo, se detuvo, y volviéndose, hizo señal a los que le seguían de que también se detuvieran.

Lo que había motivado esta acción de Diego de Lara eran pisadas cercanas de cabalgaduras, que resonaban sobre un sendero cercano que se cruzaba con el que seguían, y eran aquellos tales y tan buenos tiempos de bandidaje y de aventureros, que nada tenía de extraña tal precaución en un hombre que había ya mandado jinetes en batalla, y que había adquirido fama de capitán prudente y experimentado. No sabía, pues, con quién tendría que habérselas, y aprovechando lo escabroso y cerrado de la senda, que podía decirse la emboscada, permaneció inmóvil y en silencio; los demás comprendieron que estaban en acecho y guardaron también un profundo silencio por su parte.

Poco después Diego González, empinándose en los estribos y mirando por entre el ramaje, vio lo siguiente:

Pasaron primero dos pesados hombres de armas, jinetes en fuertes caballos, descuidados y con la lanza en la cuja: poco después otro jinete, enteramente encubierto y envuelto en un ropón rojo; luego una litera conducida por dos mulas, y sobre cada una de ellas un hombre de armas; últimamente, cerrando la marcha otros dos jinetes armados exactamente como los anteriores. Nadie más pasó. Cuando se hubieron perdido a lo lejos del ruido de sus pasos, Diego González aguijó su caballo y dijo con negligencia:

—Alguna bendita abadesa o buen abad que vuelve a su monasterio.

Y siguió adelante; ni él habló más, ni nadie le preguntó.

Al fin, al poco espacio salieron del bosque, y se encontraron en un ameno campo, en que el desembocaban algunos senderos del bosque, y en el cual a lo lejos se veía una alta y frondosa alameda, por la cual atravesaba un camino.

—He aquí, hermanos míos, que ya estamos cerca de la fuente de los Almendros, y por lo tanto, sobre uno de los caminos de Burgos: ¿qué pensáis que debemos hacer?

—Pienso —dijo Suero—, que debemos esperar en un mesón de las afueras y enviar uno de nuestros escuderos a casa de doña Lambra a informarse si para allí nuestro hermano Gonzalo.

—¿Y no sería mejor —observó Rodrigo— ir directamente a casa de nuestra prima?

—Con los arneses al hombro, ¿no es verdad? —Interrumpió Fernán—: como quien dice: aquí venimos con el hierro hasta los dientes, temerosos de que no haya sucedido algún entuerto a un Lara, ni más ni menos que si fuese una doncella melindrosa.

—Lo cierto del caso es —dijo Martín— que yo no las tengo todas conmigo: según la carta que hemos encontrado en el aposento de nuestro hermano, ama a Blanca Núñez y es amado de ella: ella le llama para que la defienda de doña Lambra… y doña Lambra, lo sabemos todos, lo sabe nuestro padre, y esto le hace alentar proyectos de matrimonio, ama, según todas las muestras, locamente a Gonzalo. Si nuestro hermano ha cometido una imprudencia… doña Lambra… y esto no lo he dicho hasta ahora… será capaz de todo.

—Doña Lambra, hermano —dijo severamente Diego—, es nuestra parienta, y aunque no podemos decir que ese parentesco sea próximo, al fin tiene en sus venas sangre de los Laras: ningún Lara ha cometido aún una traición.

—Dios quiera —dijo aún insistiendo Martín— que esa mujer no nos sea funesta.

En aquel momento se oyeron pasos de cabalgaduras, y por uno de los senderos apareció la misma cabalgada que había visto pasar Diego: pero sin litera: solo venían las mulas y sobre ellas los dos hombres de armas.

Aquella gente pasó por los linderos del bosque sin ver, o al menos sin demostrar que había visto a los infantes de Lara.

Este hecho torció el rumbo de la conversación de los hermanos.

—¡Por nuestra señora de la Hoz! —Exclamó Diego—, ¿qué han hecho esas gentes de la litera que llevaban?

—La habrán dejado en algún caserío —dijo Martín.

—No hay por aquí caserío, ni edificio, ni pueblo, en una legua a la redonda —repuso Diego.

—En ese caso, ellos sabrán lo que han hecho de ella —dijo Martín.

—Escuchad, hermanos —exclamó Diego—: no sé por qué me interesa esta aventura y voy en su demanda. Esperadme en la fuente de los Almendros, y si tardo, id a la venta de San Cristóbal, sobre el camino de Burgos y esperadme allí.

—¿Y vas solo? —dijo Fernán.

—¡Ira de Dios! ¿Y qué ha de acontecerme? Id tranquilos y esperadme en uno de los dos lugares que os he dicho.

Y sin añadir más, picó a su caballo y se metió de nuevo en el bosque.

Pero por más que hizo por encontrar la senda que habían seguido los de la litera, le fue imposible dar con ella; tanto se cruzaban los senderos, las veredas y las trochas; aquello era un laberinto: por una, dos y tres veces partió de un sitio y después de haber dado mil vueltas, volvió a encontrarse en él; el sol subía, y casi había perdido la paciencia cuando escuchó cerca de sí agudos gritos de una mujer que pedía socorro; pero por la parte por donde resonaban era tan áspero el terreno y tan espesa la maleza, que era imposible al caballo atravesar por allí: el generoso infante no dudó un momento: echó pie a tierra y se abalanzó a un estrecho sendero: de repente al bajar de una quebradura se presentó a sus ojos un espectáculo terrible.

Era el estrecho centro de enmarañamiento de árboles: en medio de él un negro atlético, con el collar de los esclavos al cuello, con un puñal desnudo en la mano, miraba con indecisión, con espanto, y al mismo tiempo con una expresión horrible, a una hermosa joven, que asía brutalmente de un brazo y que se revolvía aterrada a sus pies.

Aquel esclavo era Jamrú, aquella joven Blanca.

En el momento en que apareció Diego de Lara, pintóse una horrible decisión en el semblante del negro, y levantó el puñal sobre Blanca, que arrojó un agudo grito de terror.

—¡Infame! —Gritó el infante con voz de trueno, poniéndose de un salto junto a ellos y echando mano a su espada—; suelta esa doncella o eres muerto.

Al ver sobre sí un hombre armado, y singularmente el semblante de uno de los siete infantes de Lara, a quien tan bien conocía, Jamrú se dio por muerto, dejó caer el puñal; y soltando a Blanca, cayó de rodillas e inclinó la cabeza en silencio, como el reo que espera el golpe del verdugo, mientras la desdichada joven se asía al cuello de Diego sin dejar de mirar aterrada al esclavo.

—¡Oh! ¡Diego! ¡Diego! —Exclamó—; defiéndeme de ese hombre.

—¿Quién eres? —preguntó el infante al negro.

—Yo soy el esclavo Jamrú, señor —contestó temblando.

—¡Ah! ¿Eres el esclavo de mi prima doña Lambra? En otros tiempos te he visto dominar a un potro salvaje, luchar con un toro y vencerle, arrostrar sin temor el peligro, y te tenía por valiente; pero me he engañado, un valiente no asesina a mujeres, ni tiemblan ante la muerte.

El esclavo se alzó y miró frente al infante.

—Antes exponía la vida sin temor; porque me era insoportable… —dijo—, y ahora… tiemblo perderla… porque… porque ella me ama.

Diego creyó comprender toda la horrible verdad. Vio en aquel acto brutal, ejercido contra Blanca, los celos de doña Lambra, y una promesa de amores hecha por esta al esclavo en premio de su sumisión.

—¿Que ella te ama? —Dijo—: ¿y quién es ella?

—Ella es más hermosa que el sol que alumbra mi patria —dijo el esclavo—: por ella la muerte me es horrible.

—Espera, espera, pobre Blanca mía —dijo Diego llevándola a una breña y sentándola en ella—: nada tienes que temer estando conmigo, y yo necesito hablar a solas a este miserable.

Y apartándose a un lado con el esclavo, le dijo:

—¿Con que doña Lambra te ha ofrecido su amor por la sangre de esa desdichada?

Una expresión de asombro difícil de describir se pintó en el semblante del negro.

—Un arcángel tentador ha tendido sobre mí sus alas —exclamó el negro, con el énfasis de los de su raza.

—Hablemos claro —exclamó impaciente Diego González—: ¿tú has traído aquí a esa dama por orden de doña Lambra?

El esclavo miró de una manera temerosa al infante y calló; pero una amenazadora y terrible mirada de Diego le hizo hablar.

—Sí, señor —dijo.

—Para que la matases… —añadió el infante.

—Sí, señor —contestó con doble trabajo el negro.

—¿Y sabes qué causas han obligado a tu señora a cometer esa infamia?

—Anoche la niña Blanca estaba en el huerto con el hermoso caballero: yo avisé a mi señora, y mi señora los vio: la hermosa castellana de la frente pálida, ama al bello garzón de las guedejas rubias… y el esclavo Jamrú ama a la altiva castellana.

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