Los siete libros del Mediterraneo

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La lectura de esta obra, Los siete libros del Mediterráneo, se puede iniciar desde varias ópticas, todas ellas válidas: la primera, la de una pasión desbocada hacia la cultura mediterránea, hacia el mar, hacia sus mitos, religiones y personalidades; la segunda, desde posiciones históricas, pues es un recorrido de milenios tan bien ambientado que el lector, con seguridad, valorará el rigor y realismo con el que están presentados los personajes, las escenas, la vida del mar y la construcción de estrofas; la tercera, desde posicionamientos estéticos, pues la belleza de este texto cala tan hondo como el Mediterráneo en nuestros sueños; y la cuarta, como un libro de viajes en donde contemplaremos frescos marítimos y urbanos desde el punto de vista del autor y de otros personajes históricos como Safo, Herodes, Saulo, San Juan, Cervantes, Shelley, Rilke, Rubén Darío… u otros ficticios: Quinto Polión, Joseph, Omar…

Fernando de Villena (Granada, 1.956) es doctor en Filología española y profesor de Literatura. Ha publicado más de doce libros de narrativa en-tre los que destacan las novelas El hombre que delató a Lorca, Sueño y destino, Iguazú, El testigo de los tiempos… Como poeta ha desarro-llado una extensa producción en la que destacan los volúmenes Poesía 1.980-1.990, Poesía 1.990-2.000 y el ciclo de libros dedicados a El Mediterráneo que hoy presentamos juntos por primera vez y que le han valido el reconocimiento de gran parte de la crítica. Ha dedicado asimismo algunas obras al estudio de la producción literaria en los siglos de Oro y en el siglo XX.

ANTICIPO:

CONFIANZA
He visto tantas veces la mentira,
el venenoso fraude, la apariencia,
llevarse el galardón entre los hombres
y del vulgo las honras y el aplauso,
que bien podría ser
ahora entre vosotros
maestro en desengaños.
Pero miro la hondura de los cielos,
la templanza del día,
la armonía de luces y colores
que precede al crepúsculo en el huerto,
y una vez más confío.

SUS OJOS
Como el ciprés altivo
que hacia los cielos mira
desdeñoso con cuanto al lado tiene,
así Claudia se muestra
cuando con sus esclavas
hacia el mercado va
colmada de aderezos.
Bien sé que me conoce
y la curiosidad, tal verde sierpe,
le roe las entrañas,
mas tengo la certeza
de que jamás me volverá sus ojos.

ADMONICIÓN
Has probado tus armas varias veces
bajo las muy gloriosas
insignias de Británico;
navegaste por aguas de penumbra
más allá de la hermosa Tingitania,
y tu acero fue siempre respetado
en el Campo de Marte.
¿Por qué entonces ahora, Severino,
eres sólo un esclavo de tu esposa?
Bien sé que el fuerte Heracles
terminó con la rueca entre las manos,
mas yo y la misma Ilíberis
esperamos de ti más altas cosas.

PETICIÓN
La rara perfección de algunos cuerpos
regalo es de los dioses,
nunca obra del esfuerzo
de los pobres mortales.
En vano, pues, te jactas, Claudia hermosa,
y más habida cuenta
que la sazón del fruto
o la belleza de la flor intacta
apenas si resisten la carrera de un día.
No seas tan avara de tus gracias
y concede a la sed de un pobre anciano
el vino de tus labios encendidos.

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Interplanetaria

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