Los viajes de Tuf

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Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran corpulencia, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe cantidades ingentes de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Además, es honrado. Tuf consigue una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería de la Vieja Tierra. El Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y sus gatos. A lo largo de siete relatos, Tuf se hace con la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas mecánicos con la ayuda de la ingeniería ecológica, a la que añade su astucia e ironía.

ANTICIPO:

A Haviland Tuf la Exposición Bioagrícola de los Seis Mundos le había decepcionado enormemente.
Había pasado un día tan largo como agotador en Brazelourn, recorriendo de un lado a otro las cavernosas salas de exhibición, deteniéndose en algunos lugares para inspeccionar brevemente un nuevo híbrido de cereal o un insecto mejorado genéticamente. Aunque en la biblioteca celular del Arca había material de clonación para literalmente millones de especies vegetales y animales procedentes de incontables planetas, Haviland Tuf siempre estaba dispuesto a aprovechar cualquier ocasión de mejorar y aumentar dicho surtido.
Pero muy poco de lo expuesto en Brazelourn le había parecido prometedor y, a medida que transcurrían las horas, Tuf sintió que le iba invadiendo el aburrimiento y la incomodidad, perdido entre aquellas multitudes que vagaban con aire indiferente por el lugar. Había gente por todas partes: granjeros de los túneles de Vagabundo, con sus pieles de un color marrón oscuro; terratenientes de Areeni, cubiertos de plumas y perfumes; los sombríos habitantes del lado nocturno de Nueva ¡ano, codeándose con los abigarrados nativos de su eterno ecuador y, naturalmente, montones de nativos. Todos hablaban demasiado alto y miraban con molesta curiosidad a Tuf. Algunos habían llegado al extremo de tocarle, haciendo aparecer un fruncimiento de ceño en su pálido rostro.
Por último, decidido a apartarse de la muchedumbre, Tuf pensó que tenía hambre. Se abrió paso a través de los visitantes Con una digna expresión de incomodidad y acabó emergiendo en la gran sala de exposición de Ptolan, una cúpula de cinco pisos de altura. En el exterior de la sala había cientos de vendedores que habían instalado sus puestos entre los enormes edificios y, de entre los más próximos, el que parecía menos ocupado era el que vendía pasteles de cebolla. Por ello, Tuf decidió que en esoS momentos un pastel de cebolla convendría admirablemente a sus deseos.
—Caballero —le dijo al vendedor—, desearía un pastel. El vendedor de pasteles era más bien entrado en carnes, tenía las mejillas rosadas y lucía un grasiento delantal. Abrió su caja térmica, metió la mano en su interior, protegiéndola antes Con un guante, y extrajo de ella un pastel humeante. Lo puso en el mostrador ante Tuf y le miró por primera vez.
—Oh, es usted uno de los grandes —dijo. —Ciertamente, señor —le contestó Haviland Tuf. Cogió el pastel y le dio un mordisco Con expresión inmutable.
—No es del planeta —observó el vendedor de pasteles—. y tampoCo creo que venga de ningún Sitio cercano.
Tuf terminó su pastel con tres preciosos mordiscos más y se limpió loS dedos cubiertos de grasa Con una servilleta.
—Ha logrado usted dar Con lo obvio, señor —dijo, extendiendo un dedo largo y calloso—. Otro —pidió.
El vendedor sacó otro pastel sin dirigirle la palabra y con cierta cara de enfado, dejando que Tuf lo comiera en relativa tranquilidad. Mientras iba saboreando la crujiente corteza y el aromático interior del pastel, Tuf se dedicó a observar las multitudes que iban y venían por entre las hileras de puestos, así Como las cinco grandes salas que se levantaban una sobre otra. Cuando hubo terminado de Comer se volvió hacia el vendedor de pasteles Con su rostro tan vacío de expresión Como de costumbre.
—Caballero, por favor, desearía hacerle una pregunta. —¿Cuál? —dijo el vendedor sin demasiada amabilidad. —He visto cinco salas de exposición que he ido visitando por turno. —Las señaló Con el dedo. Brazelourn, Valle Areen, Nueva ¡ano, Vagabundo y ahora, aquí, Ptolan. —Tuf cruzó las manos sobre su enorme estómago. Cinco, señor mío. Cinco salas, cinco mundos. Sin duda, dado que Soy forastero, no me encuentro lo suficientemente familiarizado con algún punto muy sutil de las costumbres locales y ello es el motivo de mi presente perplejidad. En los lugares que he visitado antes, durante mis viajes, un acontecimiento que se hiciera llamar a sí mismo Exhibición Bioagrícola de los Seis Mundos debería incluir muestras procedentes de seis mundos. No sucede tal cosa aquí. ¿Podría usted aclararme las razones de ello?
—De Namor no vino nadie. —Ya veo —dijo Haviland Tuf. —Por los recientes problemas que hubo, naturalmente —añadió el vendedor.
—Ahora todo me resulta claro —dijo Tuf—. O, si no todo, al menos una parte. Quizá tuviera usted la amabilidad de servirme otro pastel y explicarme cuál era la naturaleza de dichos problemas. Soy curioso, señor. Es mi gran vicio, siempre lo he tenido.
El vendedor de pasteles se puso nuevamente el guante y abrió la caja térmica.
Ya sabe lo que suelen decir: la curiosidad te da apetito. —Ciertamente —dijo Tuf—, aunque debo confesar que jamás había oído este refrán con anterioridad. El vendedor frunció el ceño.
—No, lo he dicho mal. El apetito te vuelve curioso, eso es… No importa. Mis pasteles le quitaran el hambre.
—Ah —dijo Tuf, cogiendo el pastel—. Siga, por favor. y el vendedor de pasteles le explicó, con bastante lentitud y abundantes digresiones, los problemas que había sufrido recientemente el planeta Namor.
—Como puede ver —concluyó finalmente—, es comprensible que no acudieran a la feria con tanto ¡aleo. No tenían gran cosa que exhibir.
—Por supuesto —dijo Haviland Tuf, limpiándose los labios—. Los monstruos marinos pueden resultar muy molestos.

Namor era un planeta de color verde oscuro. Carecía de lunas y estaba rodeado por un cinturón de nubes doradas no demasiado espeso. El Arca salió con un último estremecimiento del hiperimpulso y se instaló majestuosamente en órbita a su alrededor. Haviland Tuf fue de un asiento a otro en el interior de su larga y angosta sala de comunicaciones, estudiando el planeta en una docena de los centenares de pantallas que colmaban la estancia. Haciéndole compañía tenía a tres gatitos de pelaje grisáceo, que saltaban por encima de las consolas e instrumentos, deteniéndose únicamente el tiempo necesario para propinarse juguetones zarpazos entre ellos. Tuf no les prestaba la menor atención.
Al ser un planeta predominantemente acuático, Namor sólo poseía una masa de tierra lo bastante grande como para ser visible desde la órbita del Arca. No era demasiado grande pero, una vez aumentada por las pantallas, resultó consistir en miles de islas dispersas a lo largo de interminables archipiélagos que parecían crecientes lunares sembrados sobre los profundos océanos verdosos, como un collar roto que tachonara las aguas con su esplendor. En otras pantallas se distinguían las luces de las ciudades y pueblos del lado nocturno y puntos intermitentes de energía indicaban las instalaciones iluminadas por el sol.
Tuf lo estuvo contemplando todo y luego se instaló ante otra pantalla, la conectó y empezó a jugar una partida de un juego de estrategia con el ordenador. Un gatito subió de un salto a su regazo y se quedó dormido. Tuf puso mucho cuidado en no despertarle y unos minutos después un segundo gatito saltó sobre él y empezó a morderle, por lo que Tuf los puso a los dos en el suelo.
Hizo falta aún más tiempo del que había previsto Tuf pero, finalmente, el desafío llegó, tal y como había sabido que llegaría.
—Nave en órbita —decía el mensaje—, nave en órbita. Aquí el control de Namor. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje, por favor. Hemos enviado naves interceptoras. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje.
La transmisión procedía de la masa de tierra principal y Tuf puso las coordenadas de origen en el ordenador. Mientras tanto, el Arca se había encargado de localizar a la nave que se les estaba aproximando (pues sólo parecía haber una) y su imagen apareció en otra pantalla.
—Soy el Arca —le dijo Tuf al Control de Namor.
El Control de Namor era una mujer de rostro más bien rechoncho y rala cabellera marrón, sentada ante una consola y vestida con un uniforme verde oscuro con algunas cintas doradas. Frunció el ceño y desvió por un segundo la mirada, sin duda hacia algún superior instalado en otra consola.
—Arca —le dijo—, indique cuál es el mundo de su origen. Por favor, indique cuál es su mundo de origen y el motivo de su viaje.
El ordenador le indicó que la otra nave se estaba comunicando con el planeta y otras dos pantallas se encendieron. En una de ellas se veía a una mujer joven y delgada con la nariz bastante prominente. Estaba en el puente de mando de una nave. En la otra se veía a un hombre de edad ya avanzada ante una consola. Los dos vestían uniformes de color verde y estaban conversando rápidamente en código. El ordenador necesitó menos de un minuto para descifrarlo y después de ello Tuf pudo oír la conversación.
que me cuelguen si sé quién es —estaba diciendo la mujer de la nave—. Nunca he visto una nave tan enorme. Dios mío, mírela… ¿Lo están recibiendo todo? ¿Ha contestado?
—Arca —seguía diciendo la mujer regordeta—, diga cual es su mundo de origen y el motivo de su viaje, por favor. Aquí el Control de Namor.
Haviland Tuf interceptó la otra conversación e hizo los arreglos necesarios para hablar con todos a la vez.
—Aquí el Arca —dijo—. No tengo mundo de origen, estimados señores, y mis intenciones son totalmente pacíficas. Pretendo dedicarme al comercio y atender las consultas que se me hagan. Me he enterado de sus trágicas dificultades y, conmovido ante sus apuros, he acudido para ofrecerles mis servicios.
La mujer de la nave pareció sorprendida. —¿Qué diablos es usted..? —empezó a decir y se calló a mitad de la frase. El hombre parecía igualmente perplejo pero no dijo nada, limitándose a contemplar boquiabierto el pálido e inexpresivo rostro de Tuf.
—Arca, aquí el Control de Namor —dijo la mujer regordeta—. No estamos abiertos al comercio. Repito, no estamos abiertos al comercio. Nos encontramos bajo la ley marcial.
Para entonces la mujer de la nave ya había logrado dominarse un poco.
—Arca, aquí la Guardiana Kefira Qay, comandante de la Navaja Solar. Estamos armados, Arca: explíquese mejor. Es mil veces mayor que cualquier comerciante que hayamos visto nunca. Arca, explíquese o disparamos.
—Ciertamente —dijo Haviland Tuf—, aunque las amenazas no le servirán de gran cosa, Guardiana. Me siento profundamente ofendido y vejado. He venido hasta aquí desde la distante Brazelourn para ofrecerles mi ayuda y mi consuelo y ahora soy recibido con amenazas y hostilidad —un gatito se instaló de un salto en su regazo y Tuf lo cogió con una de sus manazas y lo depositó sobre la consola que tenía delante, de forma que el visor pudiera captarlo. Luego contempló con ojos doloridos—. Ya no queda confianza en el género humano —le dijo al gatito.
—No dispare, Navaja Solar —dijo el hombre de edad avanzada—. Arca, caso de que sus intenciones sean realmente pacíficas será mejor que se explique. ¿Qué es? No tenemos mucho tiempo, Arca, y Namor es un planeta pequeño y escasamente desarrollado. Nunca hemos visto una nave semejante. Explíquese, por favor.
Haviland Tuf acarició al gatito. —Ah, siempre debo enfrentarme a la suspicacia —le dijo—. Tienen mucha suerte de que mi corazón sea bondadoso y amable o de lo contrario me limitaría a partir, dejándoles abandonados a su destino. —Luego clavó sus ojos directamente en el visor y dijo: Caballero, soy el Arca y mi nombre es Haviland Tuf. Soy el amo, el capitán y toda la tripulación de esta nave. Me han dicho que enormes monstruos surgidos de los abismos marinos de su planeta les causan graves problemas. Muy bien. Les libraré de ellos.
—Arca; aquí la Navaja Solar. ¿Cómo se propone conseguirlo?
—El Arca es una sembradora del Cuerpo de Ingeniería Ecológica —dijo Haviland Tuf con envarada formalidad—. Soy ingeniero ecológico y especialista en guerra biológica.
—Imposible —dijo el hombre—. El CIE fue barrido hace un millar de años junto con el Imperio Federal. Ya no existe ninguna de sus sembradoras.
—¡Cuán lamentable! —dijo Haviland Tuf—, hete aquí que me encuentro sentado sobre un espejismo. Sin duda y ahora que me ha informado de la inexistencia de mi nave, me hundiré a través del casco para caer en su atmósfera, dentro de la cual arderé hasta consumirme.
—Guardián —dijo Kefira Qay desde la Navaja Solar—, puede que esas sembradoras ya no existan, pero me estoy acercando bastante de prisa a un objeto que según me indican mis sensores tiene unos treinta kilómetros de largo. No parece ser ninguna ilusión.
—De momento aún no he empezado a caer —admitió Haviland Tuf.
—¿Realmente puede ayudarnos? —le preguntó la mujer sentada en el Control de Namor.
—¿Por qué siempre deben ser puestas en duda mis afirmaciones? —le preguntó Tuf al gatito.
—Jefe de Guardianes, debemos darle la oportunidad de probar lo que dice —insistió el Control de Namor.
Tuf alzó la mirada. —Pese a que se me ha insultado, amenazado y puesto en duda, sigo conmovido por su situación actual y ello me impulsa a quedarme. Quizá pueda permitirme el sugerir que la Navaja Solar… Bien, digamos que me utilice de muelle. La Guardiana Qay podría subir a bordo, cenaría conmigo y mantendríamos una pequeña conversación. Estoy seguro de que sus sospechas no pueden extenderse a la conversación, el más civilizado de todos los pasatiempos humanos.
Los tres Guardianes conferenciaron apresuradamente entre sí y luego con una persona o personas que no aparecían en la pantalla, en tanto que Haviland Tuf seguía sentado y jugaba con el gatito.
—Te llamaré Sospecha —le dijo—, para de tal modo conmemorar mi recepción en este planeta. Tus demás compañeros de camada serán Duda, Hostilidad, Ingratitud y Estupidez.
—Aceptamos su propuesta, Haviland Tuf —dijo la Guardiana Kefira Qay desde el puente de la Navaja Solar—. Prepárese para ser abordado.
—Ciertamente —respondió Tuf—. ¿Le gustan las setas? La cubierta de lanzaderas del Arca eran tan grande como un campo de aterrizaje de primera clase y parecía casi un almacén de espacionaves averiadas. Las lanzaderas del Arca se encontraban pulcramente dispuestas en sus soportes. Eran cinco naves negras e idénticas, de perfiles angulosos y cortas alas triangulares que se arqueaban hacia atrás, diseñadas para el vuelo atmosférico y todavía en buen estado. Pero había algunas otras naves no tan impresionantes. Un navío mercante de Avalon, en forma de lágrima, parecía a punto de hacerse pedazos sobre sus tres soportes. A su lado había un caza cubierto de las cicatrices del combate y una nave-león de Kaaleo cuyos complicados adornos hacía bastante tiempo que se habían oscurecido. Alrededor de ellas se alzaban montones de naves aún más extrañas y difíciles de identificar
La gran cúpula que se alzaba sobre la cubierta se dividió en un centenar de segmentos parecidos a las porciones de un pastel y reveló un pequeño sol amarillo rodeado de estrellas y una nave en forma de mantarraya, de un apagado color verdoso y que tendría más o menos el tamaño de una de las lanzaderas. La Navaja Solar se posó en la cubierta y la cúpula se cerró tras ella. Una vez las estrellas hubieron quedado nuevamente ocultas, la cubierta se llenó de atmósfera y Haviland Tuf apareció unos instantes después.
Kefira Qay emergió de su nave apretando firmemente los labios, pero ningún control, por férreo que fuera, podía ocultar del todo el pasmo que ardía en sus ojos. Dos hombres armados, con monos de color oro y verde la seguían.
Haviland Tuf se dirigió hacia ellos en su vehículo de tres ruedas.
—Me temo que la invitación a cenar incluía sólo a una persona, Guardiana Qay —dijo al ver a la escolta—. Lamento cualquier posible malentendido, pero debo insistir al respecto.
—Muy bien —dijo ella, volviéndose hacia la escolta—. Esperad aquí, ya tenéis las órdenes pertinentes. —Una vez se hubo sentado junto a Tuf añadió: La Navaja solar hará pedazos su nave, si no vuelvo sana y salva dentro de dos horas.
Haviland Tuf la miró y pestañeó. —Espantoso —dijo—. Allí donde voy mi cálida hospitalidad es recibida con desconfianza y amenazas de violencia —puso el vehículo en marcha.
Avanzaron en silencio por un laberinto de salas y corredores interconectados y acabaron entrando en un gigantesco túnel en penumbra que parecía extenderse en ambas direcciones a lo largo de toda la nave. Cubas transparentes de cien tamaños distintos cubrían las paredes y el techo hasta perderse de vista. La mayoría estaban vacías y cubiertas de polvo, pero en unas cuantas había líquidos multicolores dentro de los cuales se removían siluetas confusas. No había el menor sonido a excepción de un lento gotear que parecía venir de muy lejos. Kefira Qay lo examinaba todo, pero guardaba silencio. Recorrieron unos tres kilómetros a lo largo del túnel. Finalmente Tuf se desvió hacia una pared que se abrió ante ellos. Unos instantes después frenó el vehículo y bajaron de él.
Tuf escoltó a la Guardiana Kefira Qay hasta una habitación pequeña y austera en la cual se había dispuesto una suntuosa cena. Empezaron tomando sopa helada, dulce, picante y negra como el carbón. Continuando después con ensalada de neohierba aliñada con jengibre. El plato principal era un.¡enorme hongo asado que casi rebosaba de la gran bandeja en que estaba servido y al que rodeaban un docena de vegetales distintos con variadas salsas. La Guardiana pareció disfrutar enormemente de la cena.
—Al parecer mi humilde cocina ha sido de su gusto —observó Haviland Tuf.
—Hacía mucho tiempo que no comía bien —replicó Kefira Qay—. En Namor siempre hemos dependido del mar para nuestro sustento. Normalmente el mar se ha mostrado generoso, pero desde que empezaron nuestros problemas… —alzó el tenedor en el cual había pinchado un vegetal os. curo y más bien rugoso cubierto de una salsa marrón amarillenta—. ¿Qué estoy comiendo? Es delicioso.
—Raíz de pecador de Rhiannon, con salsa de mostaza —dijo Haviland Tuf.
Qay la comió y dejó el tenedor sobre la mesa.
—Pero Rhiannon está muy lejos… ¿Cómo ha podido… —no completó la frase.
—Por supuesto —dijo Tuf, apoyando el mentón en las manos y estudiando su rostro—. Todo esto ha sido obtenido en el Arca aunque su origen podría remontarse a una docena de planetas distintos. ¿Le gustaría tomar un poco más de leche sazonada?
—No —murmuró ella, contemplando los platos vacíos—. Entonces, no mentía. Es usted lo que dice ser y esta nave es una sembradora de… ¿cómo les llamó?
—El Cuerpo de Ingeniería Ecológica, del largamente difunto Imperio Federal. No había demasiadas y todas, salvo una, fueron destruidas durante las vicisitudes de la guerra. Sólo el Arca sobrevivió, vacía y abandonada durante todo un milenio. Pero no debe usted preocuparse por los detalles. Baste con decir que la encontré y la puse en funcionamiento.
—¿La encontró? —Tengo la impresión de que ésas han sido exactamente mis palabras y espero que en el futuro me preste mayor atención cuando hablo. No siento la menor inclinación ni deseo de repetirme. Antes de encontrar el Arca me ganaba humildemente la vida con el comercio. Mi antigua nave sigue todavía en la cubierta y es posible que la viera.
—Entonces, es realmente un mercader… —¡Por favor! —dijo Tuf con voz indignada—. Soy un ingeniero ecológico y el Arca es capaz de remodelar planetas enteros, Guardiana. Cierto que estoy solo y que en sus tiempos esta nave contó con doscientos tripulantes y que me falta el largo entrenamiento que se les daba siglos antes a quienes ostentaban la letra de oro, el sello de los Ingenieros Ecológicos. Pero, a mi modesta manera, no me va del todo mal. Si Namor desea hacer uso de mis servicios no dudo que podré ayudarles.
—¿Por qué? —le preguntó con ciertas suspicacia la Guardiana—. ¿Por qué se muestra tan ansioso de ayudarnos?
Haviland Tuf extendió sus pálidas y enormes manos en un gesto de impotencia.
—Sé muy bien que puedo dar la impresión de ser un estúpido, pero no puedo evitarlo. Mi naturaleza es generosa y siempre la conmueven las calamidades y el sufrimiento. Me resultaría tan imposible abandonar a su pueblo, en su presente apuro, como hacerle daño a uno de mis gatos. Me temo que los Ingenieros Ecológicos estaban hechos de un material más duro que yo, pero no puedo cambiar mi naturaleza sentimental. Por ello, aquí estoy ahora, sentado ante usted, dispuesto para hacer todo lo que pueda.
—¿No quiere nada a cambio? —Trabajaré sin ninguna recompensa —dijo Tuf—. Naturalmente, tendré gastos y por ello debo imponer una pequeña tarifa para satisfacerlos. Digamos… tres millones de unidades. ¿Le parece justo?
—Justo… —dijo ella con sarcasmo—. Yo diría que es un precio bastante elevado. Ya hemos visto antes otros como usted, Tuf. Mercaderes armados y aventureros que han venido para enriquecerse con nuestra miseria.
—Guardiana —le dijo Tuf con cierto reproche en el tono—, me juzga usted tremendamente mal. Mi provecho personal es minúsculo. El Arca es muy grande y costosa. ¿Bastaría quizá con dos millones? No puedo creer que sea capaz de negarme esa miserable suma de dinero. ¿Acaso su planeta no vale tanto?
Kefira Qay suspiró y en su delgado rostro apareció por primera vez el cansancio.
—No —acabó admitiendo—, no si puede hacer lo que promete. Claro que no somos ricos y que deberé consultar con mis superiores, ya que la decisión no me corresponde sólo a mí —se puso en pie con cierta brusquedad—. ¿Puedo usar su sistema de comunicaciones?
—Cruce la puerta y siga por la izquierda. Por el pasillo azul. La quinta puerta a la derecha —Tuf se levantó con pesada dignidad y empezó a despejar la mesa, mientras la Guardiana salía de la habitación.
Una vez de regreso, se encontró con que Tuf había abierto una botella de licor de un vívido color escarlata y ahora estaba acariciando un gato blanco y negro que se había aposentado sobre la mesa.
—Está contratado, Tuf —dijo Kefyra Qay, sentándose de nuevo—. Dos millones. Después de que haya ganado esta guerra.
—De acuerdo —dijo Tuf—. Discutamos su situación mientras tomamos unas copas de esta deliciosa bebida.
—¿Es alcohólica? —Levemente narcótica. —Una Guardiana no utiliza jamás estimulantes o depresores. Somos un gremio de combatientes. Sustancias como ésa ensucian el cuerpo y disminuyen los reflejos. Debemos mantenernos siempre vigilantes, pues ésa es nuestra misión: vigilar y proteger.
—Muy loable —dijo Haviland Tuf al mismo tiempo que llenaba su copa.
—La Navaja Solar no sirve de nada aquí y el control de Namor ha dicho que necesitamos sus capacidades combativas ahí abajo.
—Entonces haré todo lo posible por acelerar su partida. ¿y usted?
—Se me ha relevado de la nave —dijo ella torciendo el gesto—. Vamos a esperar a que nos envíen los datos de la situación actual y yo me quedaré con usted para ayudarle y actuar como oficial de enlace.

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