Lotería solar

La Federación de los Nueve Planetas se rige por un sistema en que gobierna el Presentador, un presidente interplanetario elegido, al igual que todos los puestos de relevancia, mediante lotería. Se trata de una civilización regida por el azar y las matemáticas que pretende garantizar la igualdad y la transparencia.

Pero incluso en este sistema ideal se han podido afincar individuos capaces de manipularlo para sacar el máximo provecho de los beneficios del cargo.

Los abusos de poder, pues, están a la orden del día en este mundo enloquecido en el que un antiguo presidente planea asesinar a su sucesor para recuperar su posición. Se trata de un plan ingenioso y audaz, pues el presidente está protegido por eficientes servicios de seguridad y un grupo de telépatas capaces de detectar y seguir las intenciones homicidas de los asesinos.

ANTICIPO:
El robot MacMillan se movía lánguidamente por el pasillo recogiendo los billetes. El casco plateado de la esbelta aeronave intercontinental reverberaba bajo el sol de verano. Abajo se extendía la inmensidad azulada del océano Pacífico, una superficie infinita de luz y color.

-Es realmente hermoso -dijo el joven de pelo pajizo a la joven sentada junto a él-. Me refiero al océano. El modo en que se confunde con el cielo. La Tierra es el planeta más hermoso del sistema.

La joven se quitó sus telegafas y la luz natural la encandiló. Como saliendo de un sueño, miró por la ventana: -Sí, es hermoso -admitió con timidez.

Era muy joven, de no más de dieciocho años. Tenía los pechos pequeños y erguidos; la cabellera ondulada y corta era como un halo de color anaranjado -la última moda- alrededor del cuello delgado y las delicadas facciones. Enrojeció y rápidamente volvió a ponerse las telegafas.

A su lado, el joven inofensivo de ojos claros sacó un paquete de cigarrillos, tomó uno, y luego le ofreció el paquete envuelto en un estuche de oro.

-Gracias -dijo ella nerviosamente. Sujetó un cigarrillo con sus dedos de uñas carmesíes-. Gracias -repitió, cuando el joven le alcanzó un encendedor de oro.

-¿Adónde va? -preguntó él.

-A Pekín. Trabajo para la Colina Soong. Bueno, en realidad he recibido una carta convocándome a una entrevista. -Hurgó en su bolso diminuto.- Me parece que la tengo por aquí en alguna parte. Quizá pueda echarle un vistazo y decirme de qué se trata. No entiendo nada de esa jerga legal -y enseguida agregó-: Claro que, en Batavia, Walter podrá…

-¿Es usted una clasificada? La chica enrojeció aún más.

-Sí, clase 11-76. Sé que no es una posición muy elevada, pero no me va mal. -Se sacudió las cenizas esparcidas sobre el chal de seda bordado y el seno derecho.- Obtuve mi clasificación el mes pasado.

-Vaciló un momento y luego preguntó:– ¿Y usted? Sé que algunas personas son muy susceptibles, sobre todo las que no tienen…

El joven se señaló la manga: -Clase 56-3.

-Parece usted tan… cínico.

El joven esbozó una sonrisa neutra. -Quizá lo soy.

-Miró amablemente a la chica.- ¿Usted cómo se llama?

-Margaret Lloyd -respondió ella bajando los ojos con timidez.

-Soy Keith Pellig -dijo él con una voz aún más fina y seca que antes.

La chica reflexionó un momento.

-¿Keith Pellig? -La frente lisa se le arrugó de un modo poco natural.- Creo haber oído ese nombre, ¿es posible?

-Es posible -dijo el joven con una pizca de ironía-. Pero no tiene importancia. No se preocupe.

-Me molesta no recordar las cosas. -Ahora que sabía el nombre del joven podía hablar abiertamente.- Nunca habría obtenido mi clasificación, pero vivo con alguien muy importante. Está esperándome en Batavia. -En la cara inocente había una mezcla de orgullo y modestia.- Walter me arregló las cosas. Sin él nunca lo hubiera conseguido.

-Me parece muy bien -dijo Keith Pellig.

El robot MacMillan se detuvo ante ellos y extendió una garra metálica. Margaret Lloyd le entregó rápidamente su billete y Pellig hizo lo mismo.

-Hola, hermano -le dijo Pellig crípticamente mientras el robot le marcaba el billete.

Cuando el robot MacMillan se fue, Mary Lloyd dijo: -y usted, ¿adónde va?

-A Batavia.

-¿Negocios?

-En cierto modo -respondió Pellig con una sonrisa inexpresiva-. Quizá después de pasar allí una temporada empezaré a considerado un viaje de placer. Mi humor cambia.

-Habla usted de una manera tan extraña… -dijo la chica, desconcertada, pensando que los hombres mayores que ella eran realmente complicados.

-Soy un hombre extraño. A veces apenas me doy cuenta de lo que haré o diré un minuto después. A veces me veo como un desconocido: lo que hago me sorprende y no consigo entender por qué lo hago. -Pellig apagó el cigarrillo y encendió otro; la sonrisa irónica se le había trocado en una expresión sombría y turbada. Estuvo callado un rato y al fin borbotó unas palabras, dolorosamente:- Qué maravillosa es la vida, si uno no se debilita.

-¿Yeso qué significa? No lo había oído antes.

-Es una frase sacada de un viejo manuscrito. –Pellig escudriñó por encima de ella la ancha ventana y el océano debo.- Pronto llegaremos. Suba conmigo al bar, la invito a tomar una copa.

Margaret Lloyd temblaba de miedo y excitación. -¿Cree usted que eso sería correcto? -Se sentía terriblemente halagada.- Quiero decir que, como estoy viviendo con Walter y…

-No se preocupe -dijo Pellig mientras se levantaba e iba morosamente hacia la puerta con las manos hundidas en los bolsillos-. Es más, la invitaré a dos copas. Suponiendo que yo todavía sepa de usted cuando estemos arriba.

Peter Wakeman se tomó de un trago el jugo de tomate, tuvo un escalofrío, y le pasó el informe a Cartwright por encima de la mesa del desayuno.

-Es realmente Preston. No se trata de un ser sobrenatural de otro sistema.

Los dedos toscos de Cartwright jugueteaban involuntariamente con una taza de café.

-No puedo creerlo. -Rita O´Neillle tocó el brazo. -Es tal como lo explicó en el libro. Quería quedarse allí para guiarnos. Las Voces.

Wakeman parecía preocupado.

-Hay algo más que me intriga. Pocos minutos antes de nuestra llamada a la Biblioteca de Información, habían recibido otra llamada solicitando el mismo informe.

-¿Y eso qué significa? -preguntó Cartwright con un sobresalto.

-No lo sé. Cuentan que recibieron unas cintas de audio y vídeo que en principio eran idénticas a las nuestras. Pero ignoran de dónde venían.

-¿Eso es todo 10 que puede decirnos? –preguntó Rita O´Neill, inquieta.

-Antes que nada, creo que saben perfectamente quién les ha pedido el informe. Pero no quieren decirlo. He pensado en mandar algunos telépatas para que sondeen a los oficiales que recibieron las cintas.

Cartwright hizo un gesto de impaciencia: -Olvídelo. Tenemos cosas más importantes en qué pensar.

¿Hay noticias de Pellig?

Wakeman parecía sorprendido.

-Se supone que ha abandonado la Colina Farben.

Cartwright torció la cara.

-¿No han podido entrar en Contacto?

Rita puso una mano sobre la de Cartwright.

-Lo harán cuando entre en la zona protegida. Aún está fuera.

-¡Por el amor de Dios! ¿No pueden salir a buscarlo? ¿Van a quedarse aquí sentados esperando a que llegue? -Cartwright meneó la cabeza.- Lo siento, Wakeman. Ya sé que hemos hablado de esto miles de veces.

Wakeman estaba molesto, pero no tanto por él como por Leon Cartwright. En los últimos días, desde que era Gran Presentador, había habido en él un cambio corrosivo. Estaba allí sentado, jugueteando nerviosamente con la taza de café, un hombre encorvado, envejecido y muy asustado. La fatiga le había oscurecido y arrugado la cara; el miedo le ensombrecía los ojos azules. Una y otra vez parecía como si fuera a decir algo, pero terminaba siempre cayendo en una nube de silencio.

-Cartwright -dijo Wakeman suavemente-. No tiene usted buena cara.

Cartwright le echó una mirada de furia.

-Un hombre está a punto de llegar para matarme, en público, a plena luz del día, y con el beneplácito del sistema. El mundo entero tiene los ojos pegados al televisor, esperando el resultado, alentando al asesino, aplaudiéndolo. El campeón de este… deporte nacional. ¿Cómo diablos quiere que me sienta?

-No es más que un hombre -dijo Wakeman con calma-. No tiene más poder que usted. En cambio, usted cuenta con la protección de las Brigadas y con todos los recursos del Directorio.

-Pero después de él vendrá otro, y otro, y miles más. Una corriente interminable.

-Todos los Presentadores han tenido un problema parecido -dijo Wakeman alzando una ceja-. Pensé que sólo le interesaba seguir con vida hasta que la nave estuviera a salvo.

El rostro gris y exhausto de Cartwright era una respuesta suficiente.

-Quiero seguir vivo. ¿Le parece mal? –Cartwright se levantó, intentando que no le temblaran las manos.- Pero tiene usted razón. -Esbozó una sonrisa tímida, como disculpándose-. Intente ponerse en mi lugar. Usted se ha ocupado de esos asesinos toda su vida. Para mí es algo nuevo: hasta hoy yo era una entidad trivial, anónima, un completo desconocido. Ahora estoy encadenado aquí bajo un reflector de diez mil millones de vatios… Soy el blanco perfecto… -Levantó la voz.- ¡Y quieren matarme! ¡Santo cielo! ¿Qué es esa estrategia de ustedes? ¿Qué piensan hacer?

Está aterrado, da lástima, pensó Wakeman. La nave le importa un comino. Sin embargo, vino hasta aquí para eso.

A la mente de Wakeman llegaron los pensamientos de Shaeffer desde una oficina en otro bloque del Directorio. Shaeffer era el nexo entre Wakeman y las Brigadas. -Es el momento de llevarlo. Aunque no creo que Pellig esté muy cerca. Pero teniendo en cuenta el apoyo de Verrick es posible un amplio margen de error.

-Exactamente -pensó Wakeman de vuelta-. En otras circunstancias Cartwright hubiese perdido la razón al enterarse de que Preston estaba vivo, pero ahora apenas le ha hecho caso. Y quizá piensa que la nave ha llegado a destino.

-¿Y usted supone que hay un Disco de Fuego?

-Claro que sí. Pero eso no nos interesa. -Secamente Wakeman pensó:- Y, según parece, a Cartwright tampoco le interesa demasiado. Ha conseguido convertirse en el Gran Presentador con el único propósito de que la nave llegue al Disco de Fuego. Pero ahora que se enfrenta a la situación, lo ve todo como una trampa mortal.

Wakeman se volvió hacia Cartwright y le habló en voz alta. -Bueno, Leon… Prepárese: vamos a sacarlo de aquí. Tenemos tiempo de sobra. Aún no hay informes sobre Pellig.

Cartwright parpadeó y lo miró con desconfianza.

-¿Adónde? Pensaba que la cámara protectora de Verrick resolvía…

-Verrick supone que se esconderá allí: será el primer lugar donde irán a buscado. Vamos a sacado de la Tierra. Las Brigadas han preparado un retiro en la Luna. Está registrado como un balneario convencional para tratamientos psicopáticos. Pero, en realidad, es algo mucho más complejo que las instalaciones de Verrick aquí en Batavia. Cuando las Brigadas se encarguen de Pellig, usted estará a 385.000 kilómetros. Cartwright no supo qué decir y miró a Rita O´Neill.

-¿Qué hago? ¿Voy?

-Aquí, en Batavia -dijo Wakeman-, aterrizan cien naves cada hora. Miles de personas se desplazan entre las islas; estamos en el lugar más poblado del universo. ¡El centro funcional del sistema de los Nueve Planetas! Pero en la Luna un ser humano no puede pasar inadvertido. Nuestro balneario está alejado de los demás; hemos comprado un terreno en una zona poco apreciada. Alrededor de usted habrá miles de kilómetros de espacio yermo y sin aire. Si Pellig consigue seguirle la pista hasta la Luna y llega andando con esa voluminosa escafandra Farley, un contador Geiger, un radar cónico, una carabina y un casco, pienso que lo descubriremos.

Wakeman pretendía hacerse el gracioso, pero a Cartwright no le hizo ninguna gracia.

-Dicho en otras palabras, aquí no saben cómo protegerme.

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2 Opiniones

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    XXX
    on

    Es una pregunta literal y sin ninguna doble intención. Lotería Solar es un título mítico de Philip K. Dick, un escritor de por sí mítico. Lo que yo quiero es que alguien me comente hasta qué punto esta novela es valiosa en sí o sólo llega a rebufo de otros grandes novelas del escritor de California, y de la fama que ha logrado entre un público más amplio que el fandom. Y que nadie me recrimine preguntar esto, no la he leído y tenemos el ejemplo de Blade Runner, novela infecta donde las haya que goza de fama inmerecida gracias a una gran película.

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    Manel
    on

    Merece la pena, claro que merece la pena. Lotería Solar es Philip K. Dick en estado puro, con todos sus defectos y todas sus virtudes.

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